EL FIN DE UNA ETAPA

Desde el comienzo -no hace tanto: un mes y días; pero parece más- dijimos que AgendAR no iba a hacer «catastrofismo». No nos interesa conseguir lectores o clicks con títulos alarmistas. Tratamos de ser serios, porque la producción argentina, y la Argentina son temas serios.

Por eso es necesario aclarar de qué estamos hablando: Del inevitable final de una etapa en la economía de nuestro país, y de sus consecuencias inmediatas en ese plano. Cómo se va a manejar esto desde la política, y cuál es la política económica que reemplazará a la actual, son preguntas importantes, pero ahora no están los elementos para contestarlas. La definición no será en AgendAR, por supuesto, pero no dejaremos de dar nuestra opinión. Por ahora, sólo cabe esperar que esas preguntas se respondan con serenidad y patriotismo.

Entonces, con el fin de una etapa nos estamos refiriendo a lo que se puede llamar el esquema macroeconómico -preferimos el viejo término «economía política», pero hoy no está de moda- del gobierno de Mauricio Macri.

Ante todo, es necesario tener claro que la realidad económica de un país no cambia de un día para el otro. Hay entonces una dosis de continuidad inevitable, no importa las intenciones del que gobierne en uno u otro momento.

La administración que comenzó en diciembre 2015 encontró algunas ventajas: un país desendeudado -en comparación con su P.B.I.- y un «colchón social»: un porcentaje muy importante de la población que goza de un buen nivel de consumo. Esto también era un problema, como se verá enseguida, pero le permitió al nuevo gobierno un «período de gracia», y hacer algunos ajustes recesivos sin que el malestar económico causara un malestar muy extendido en sus votantes.

También se encontró con una dificultad muy tradicional en Argentina, que su economía había vuelto a experimentar desde -las fechas varían según qué índices se tomen- 2006 a 2008: la restricción externa. Lo que sucede cuando las exportaciones ya no producen las divisas para comprar lo que nuestra industria, y los hábitos de consumo de buena parte de nuestra población, exigen importar.

El gobierno anterior había manejado este problema, que se fue agravando, básicamente con restricciones para importar y para remitir dividendos al exterior. Además de los impuestos a la exportación: las retenciones. Desde el primer momento, la administración Macri tomó el camino opuesto. Liberó las transferencias al exterior y disminuyó las retenciones.

Esto produjo una monumental transferencia de ingresos entre sectores de la sociedad. Un dato que, necesariamente, exacerbó la puja política. Pero eso hizo pasar por alto un hecho evidente, que sólo algunos economistas empezaron a señalar. Esas dos medidas, o conjuntos de medidas para ser más preciso, agravan la restricción externa.

Disminuyen los ingresos de divisas al Estado, y aumentaban las divisas que las empresas requieren para transferir sus utilidades al exterior. Las empresas extranjeras y una parte de las nacionales, por un viejo hábito de los argentinos con recursos.

Esto no provocó dificultades en lo inmediato. La liquidez internacional, esto es, la abundancia de capitales en busca de beneficios causó en estos años un «boom» en la colocación de fondos en los mercados emergentes. Además, como dijimos, el país estaba relativamente desendeudado. El aumento del déficit comercial no obligó a reponer las restricciones del gobierno anterior a la importación y al flujo de divisas.

Pero los créditos deben pagarse. O al menos, si se renuevan, sus intereses. Además, esa liquidez internacional produjo otro fenómeno del que también había antecedentes en Argentina, más recientemente en la década de 1990. Los capitales especulativos -fondos de riesgo, y también otros- empezaron a invertir aquí, atraídos por las altas tasas que se pagaban y las facilidades de repatriación que se otorgaban.

Ya como opinión de quién firma, tengo que decir que ese fue uno de los brazos de la tenaza que hoy estrangula a la gestión Macri. El otro fue la ausencia de una política de desarrollo viable, que hasta por razones ideológicas este gobierno se negó implementar. Se suponía que el libre juego del «mercado» iba a asignar, por sí solo, las inversiones productivas.

¿Pero qué inversión productiva puede competir con una tasa de interés que garantiza un retorno del 25% anual? Las tasas que, según los libros de economía escritos para otra realidad, iban a dominar la inflación.

Ahora bien, esas tasas -que en los últimos días han subido a niveles absurdos- garantizan ese retorno, en tanto el dólar se mantenga razonablemente quieto. Porque esos beneficios los dan valores en pesos.

Entonces el inversor, operador de un banco o gerente de un fondo de inversión -no son los inversores privados los que mueven los miles de millones de dólares que todos los martes, por ejemplo, se renuevan en las LEBACs- que consigue para su firma un beneficio del 25% anual, puede esperar un jugoso bono a fin de año.

Pero si la caída del peso frente al dólar licua ese beneficio o lo transforma en pérdida… puede verse transferido a la sucursal en Kabul.

Por eso es que los créditos del F.M.I., o el respaldo de Trump, son irrelevantes a la hora de la decisión inmediata. Frente a la posible corrida cambiaria que causarían los fondos que están en LEBACs -este martes 15 son 647 mil millones de pesos- si se volcaran a la compra de dólares. El Banco Central, todo el gobierno, está tratando de evitar ese escenario.

Para pronósticos, los horóscopos. Lo que sucederá la próxima semana es imprevisible para nosotros. Sólo se puede aconsejar, con razonabilidad, que las tasas altas llevan un riesgo igualmente alto.

Lo que nos parece evidente, y de ahí el título de esta nota, es que el esquema económico que, con matices, prevaleció desde diciembre 2015 no va a continuar. Esto es más claro aún, si se toma en cuenta la preferencia de los técnicos del Fondo Monetario por aconsejar devaluaciones drásticas.

Es la única forma factible, en realidad, de disminuir el gasto público, el «costo laboral» y las jubilaciones. Disminuirlas en relación al valor de las divisas, que eso es lo que toman en cuenta.

Por eso, hay algo que consideramos inevitable: la etapa que se inicia no va a tener -un dólar «barato». La industria manufacturera probablemente estará en mejor posición desde ahora en adelante, en muchos rubros. Sus insumos importados también serán más caros, pero tendrá menos competencia china. El resto, depende de lo que hagamos los argentinos.

Abel B. Fernández