¿Pueden funcionar en Argentina barrios solares a semejanza de los de Alemania?

En la década del ’70, cuando los programas de energía nuclear proliferaban en Europa, surgieron planes para instalar una central en la ciudad alemana de Friburgo, pero entonces la gente dijo no. Durante más de una década, los ciudadanos de la región impulsaron una lucha en su contra y la planta pasó a la historia como la primera en el mundo que no se construyó por la protesta social.

Entre los activistas estaba el arquitecto Rolf Disch, para quien el proceso fue revelador. De allí en más llevaría adelante una pelea personal: derribar los preceptos que hacían que el sector de la construcción absorbiera el 40% del consumo nacional de energía de su país. Los objetivos estaban claros: edificios con un consumo mínimo y que generaran un excedente de energía y abastecer la demanda restante con fuentes que no dañaran el ambiente.

Desde su estudio comenzó a darle forma a proyectos experimentales y en 1994 construyó su primera «casa plusenergy», un edificio bautizado Heliotrope en el que el receptor fotovoltaico que gira para seguir al sol y así optimizar la entrada de energía. Seis años después comenzó una villa solar que alberga en la actualidad un conjunto de 50 viviendas y un edificio comercial con nueve penthouses residenciales.

El complejo consume un 90% menos de energía en calefacción en comparación con la media alemana y sus amplios techos fotovoltaicos producen cada año más kilovatios hora de electricidad que la necesaria para abastecer los consumos básicos.

«En el clima alemán, con veranos cálidos e inviernos crudos, tiene mucho sentido utilizar la luz solar para calentar los edificios durante los meses fríos, porque el 75% de la demanda de energía proviene de la calefacción. Por lo tanto, las casas tienen fachadas completamente acristaladas hacia el sur, con sombra para los calurosos días de verano. Necesitan calefacción solo algunos días de invierno, cuando el clima permanece durante varios días frío, nublado y con niebla», explica. Para mantener el calor dentro del edificio, las viviendas tienen paredes recubiertas con material aislante y las ventanas triple cristal.

Según sus cálculos, los hogares producen 115 kWh por metro cuadrado y consumen 79 kWh, generando en promedio un excedente de energía de 36 kWh al año. En comparación, una casa convencional construida en la misma época consumiría aproximadamente 190 kWh y las más antiguas unos 300 kWh o más.

El debate sobre la huella de carbono que genera cada actividad productiva se da cada vez con más fuerza. Para el arquitecto Santiago Autunno, socio del estudio Galvez Autunno, es casi cuestión de principios: «La buena arquitectura debe ser de bajo consumo energético». «Más allá de la latitud, época y lugar, las construcciones que solucionan cuestiones sencillas como la orientación, el asoleamiento, las fachadas en sombra, etc. han trascendido el paso del tiempo sin necesidad de incorporar demasiada tecnología».

Afirma además que «no necesariamente las viviendas son más caras. Con los avances en los materiales y las soluciones constructivas, es posible lograr un nivel adecuado de confort y eficiencia energética con materiales más livianos y sencillos de montar. Como los paneles térmicos que comúnmente se utilizaban para cámaras frigoríficas y hoy se aplican a edificios de múltiples usos; o el steel frame, que permite reducir considerablemente los tiempos de construcción».

Autunno destaca que el ahorro energético tiene incidencia «en todos los aspectos» y que es posible lograr confort aun con un menor consumo de calefacción o aire acondicionado. La clave es «el estudio del asoleamiento y las características propias de cada lugar, para lograr un edificio equilibrado en la ganancia de calor en épocas de bajas temperaturas, o en el manejo de la luz natural mediante la posición, dimensión y materiales de las ventanas».

Otros expertos coinciden con esa impresión y señalan que las «inversiones adicionales», ya que permiten ahorrar a sus propietarios costos de calefacción y generar un ingreso por la venta de electricidad, podrían oscilar entre el 2% y el 6% de los costos totales.

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La coyuntura económica de nuestro país, con la mayor parte de las variables económicas en retroceso, no es la mejor para pensar en este tipo de proyectos. Aunque, pasada la «tormenta», el interés internacional por las licitaciones de las renovables, los costos a la baja de la generación de energía y el abaratamiento de los paneles solares, entre otros factores, abrirían la puerta a replicar experiencias similares. Experiencias positivas en algunas localidades -en Santa Fe y provincias del Noroeste- dan motivos para el optimismo, aunque haría falta una política estatal que ordene el juego.

¿Es posible que estos emprendimientos crezcan en Argentina?

Desde luego que es posible. Pero necesitamos políticas transparentes en las licitaciones y concursos, que contemplen un proyecto arquitectónico como un todo y que a la vez cumpla rigurosamente con los requerimientos de los usuarios y el lugar, el presupuesto y el tiempo de las obras.

  • No se puede tomar un diseño de Alemania y reproducirlo en un contexto totalmente diferente.

¿En qué parte de la Argentina? En todas: las soluciones serían diferentes para Buenos Aires o Ushuaia».

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