Macri y las energías renovables. El plan RenovAr – 3°

Una pala de 88 metros se va abriendo camino desde la fábrica al puerto. Destino final: una turbina marina Vestas de 8 MW.

Arias continúa la saga, crítica, del Plan RenovAr (el capítulo anterior está aquí). Comentamos al pasar que la garantía para proyectos de inversión estadounidenses que se anunció ayer incluye en forma explícita las energías renovables.

LA NECESIDAD, MADRE DE LA INVENCIÓN

Dado que las turbinas eólicas son gigantes y nuestro país también, pero no así su red ferroviaria, vial y portuaria, era inevitable que el modelo iniciado por RenovAr empezara a parecerse en algo al modelo automotriz actual: no logra prescindir de al menos algún grado de generación de trabajo local.

Lo predijo en 2017 el ingeniero Hugo Brendstrup, el diseñador eólico de INVAP, con 40 años de pelea en el tema. Y no le creímos. Aprovechamos este artículo para confesar nuestro error. Brendstrup predijo que se abrirían oportunidades para proveedores locales de servicios a parques, y que tal vez luego las “multis” eólicas subcontratarían la integración local de trenes de transmisión.

Y efectivamente, como lo muestran los convenios de Vestas con Newsan en Campana, o de Nordex-Acciona con FAdeA en Córdoba, eso empezó a suceder. Pero hasta ahora, en cámara lenta. Ocurre que RenovAr está en el “freezer”. Los 4500 MW subastados se están adjudicando muy lentamente. Ningún ganador parece apurado por cruzar el charco debido al “riesgo país”. Lejos de suministrar el 8% del consumo (previsiones de 2016) el programa hoy llega gateando al 2,4%, y eso con toda la carne en la parrilla: viento, sol, biomasa e instalaciones “micro-hidro”. De aquellos propósitos de llegar al 20% de renovables en la torta eléctrica de 2025 ya no se acuerda nadie.

Sin embargo, los ya comprometidos a parques en papeles y fierros deberán generar empleo local para bajar costos. Es inevitable por cuatro causas: del carácter monumental de los equipos y de la pesadilla logística de moverlos por el país, que ya hablamos.

La segunda causa es que RenovAr bautiza generosamente como argentino todo fierro que por “mester de contaduría” pueda acreditar un 35% por ciento de valor agregado nacional. Eso logra que el resto de un equipo entre sin pagar tarifas aduaneras, como sucede con nuestros autos llamados “argentinos”. Los eólicos que ahora no cumplan con ese 35%, demostrable sumando torre y tren, deberán pagar tasas aduaneras del 14%. Sin embargo, como no se esperan más rondas tumultuosas, eso es cerrar el establo luego de que el caballo se escapó.

La tercera causa es que la hora/hombre de trabajo calificado argentino acaba de quedar bajísima, y seguirá bajando. ¿Qué mejor ocasión de abaratar costos?

La cuarta causa es hipotética pero no imposible. La disparada del dólar a la larga podría dejar sin repuestos mecánicos, metalúrgicos y electrónicos una cantidad de parques ya construidos. Y hay varios en construcción. Sus operadores podrían quedar atrapados entre consumidores argentinos nada dispuestos a pagar tarifas eléctricas uruguayas, y la inflación que ingenua o maliciosamente los inventores de RenovAr creían dominable. Si pensamos que esto podría suceder es porque ya sucedió.

Si Ud. se da una vueltita por Comodoro Rivadavia y mira los 26 molinos del Parque Eólico Morán, hasta 2011 el mayor del país, cuente cuántos equipos están funcionando. Recuerde que son todos de primeras marcas y que en los ’90 fueron adquiridos con todo entusiasmo bajo la Ley de Convertibilidad de Domingo Cavallo. Recuerde también que ésta aseguraba a la Cooperativa de Servicios Públicos de Comodoro que podría cobrar la luz en pesos tan sólidos como dólares, e importar repuestos y mantenimiento en dólares ni un centavo más dignos de crédito que nuestros pesos. Y recuerde que todo el país -bueno, no todo- creyó la misma gansada.

¿Descontó el equipo Gamesa caído el mes pasado (ver imagen en capítulo 2°) por demasiado estar inmóvil y sin servicio en uno de los sitios más ventosos de la Argentina? Las costas abundan en recurso, pero el aire salino provoca una corrosión tan rápida como la de los equipos marinos. ¿Cuántos están parados? ¿Desde hace cuánto? ¿Cuánta plata perdió la Cooperativa entre lucro cesante y/o juicios de proveedores? Son preguntas ingenuas, ignoramos las respuestas.

Eso ocurre en una ciudad donde no faltan aptitudes para fabricar algunos de los repuestos que les faltan a esas máquinas, seguramente no todos. Es que Comodoro es una ciudad muy fierrera, pero no tan electrónica ni ducha en aleaciones especiales, materiales compuestos o aerodinámica. Uno tira una piedra en Comodoro y aterriza en el taller o la fábrica que se puso un ingeniero mecánico de la vieja YPF para dar servicios a las petroleras de hoy. Sin embargo, 26 molinos parados como estatuas podrán simbolizar muchas cosas, pero definitivamente no son un mercado capaz de generar fabricantes locales de repuestos de molinos viejos.

“Casting” de un aspa de turbina marina de 88 metros. El diseño es muy científico, pero el trabajo es poco automatizado y sumamente artesanal. Se puede hacer en nuestros muchos astilleros ociosos.

La cosa cambia si uno piensa en la musculatura científica y tecnológica ya no de esa ciudad patagónica, sino la de todo el país. Toda la Argentina, con su sistema científico-tecnológico y las aproximadamente 140 firmas industriales que son o fueron proveedoras del Programa Nuclear en la terminación de Atucha II en 2014, en el retubamiento de Embalse terminado este año. También incluya las firmas aeroespaciales que estaban participando exitosamente en dos programas abortados en 2016: el diseño y construcción de satélites de ARSAT en INVAP, y el de “drones” SARA (Sistema Aéreo Robótico Argentino) en la FAdeA, la Fábrica Argentina de Aviones.

Néstor Kirchner se puso la banda presidencial en un país con 30 MW eólicos instalados, y su viuda Cristina Fernández se la sacó con 187 MW en línea y 282 más en construcción, que se inauguraron este año. El objetivo ofrecido por plan GENREN de 2010 (1000 MW) quedó por la mitad, la mayor parte de los oferentes se excusó de iniciar obras “porque los bancos externos no ponían un centavo en Argentina”, pero IMPSA puso 51,5 MW de potencia nueva en los parques Arauco, La Rioja, y Tordillo, Chubut, así como su primera fábrica argentina (la anterior estaba en Brasil). NRG sumó otra turbina en Tordillo. Resumen: nada “wow”, pero nuestros fabricantes seguían en la brecha. RenovAr los eliminó de su propio país.

RenovAr tiene el potencial de terminar en un escenario “Mega Comodoro”: miles de molinos parados en todo el país. En tal caso, la fabricación de repuestos argentinos se transformaría en algo intermedio entre un rompecabezas tecnológico, un problema diplomático, un buen negocio no necesariamente temporario, y sobre todo una emergencia nacional. Porque ningún país, ni siquiera éste, tolerará pagar al exterior, y además cara, y con penalidades judiciales, por electricidad que no se genera.

En todo caso, recordamos a nuestros lectores el origen de la industria sustitutiva argentina: la carencia y la capacitación. El general Enrique Mosconi logró construir YPF en 1922 porque faltó carbón inglés en la Primera Guerra, y era evidente que se venían juntas de la mano la Segunda y la era del petróleo. El general Manuel Savio fundó Fabricaciones Militares en 1941 porque ya no llegaban fusiles Máuser y cañones Krupp. Y en 1950, ante la inminencia de una tercera guerra, que los políticos y militares de todo el mundo consideraban inevitable, un tercer general, en este caso presidente, Juan D. Perón, fundó la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA).

YPF, FM y la CNEA generaron industrias que a su vez generaron industria en general. Necesitaban desesperadamente abastecedores calificados: los crearon. Y estos necesitaron más proveedores: miles de ellos. La multiplicación de fábricas y talleres fue exponencial.

A YPF, FM y la CNEA no las trajo la cigüeña ni salieron de un repollo. Fueron posibles en un país lleno de ingenieros y técnicos gracias a la vigencia plena de la ley 1420 de educación pública, creada para fines muy distintos: “argentinizar” de apuro a los hijos de los inmigrantes e impedir que entre ellos prosperaran corrientes separatistas. Lo cierto es que ante el desafío del desabastecimiento, fuimos por un tiempo el único país sudamericano capaz de crear industrias sustitutivas bastante avanzadas en muy pocos años. La necesidad aquí siempre fue madre de la invención, según el dicho gringo.

Que después de los ’60 esas industrias, en lugar de hacerlas crecer, las hayamos rifado, vendido, maltratado o cerrado, es otra historia. Pero cuando escucho que debemos contentarnos con ser el supermercado del mundo y venderle naturaleza cruda, recuerdo cuánto mejor fue, mientras duró, funcionar como la ferretería industrial en plan B del Cono Sur.

(Continuará)

Daniel E. Arias