Energía nuclear, cambio climático y la Argentina – 1° parte

Este artículo es continuación del que publicamos el lunes, hace dos días Quiénes atacan la capacidad nuclear argentina. Quiénes no la defienden. Aparece a las pocas horas de un decreto oficial fusionando 2 empresas claves del área: CONUAR y FAE.

Una medida plausible, en teoría: entre ambas juntan todos los pasos necesarios para llegar desde polvos de óxido de uranio a elementos combustibles terminados. Pero se da en un marco de ajuste y despidos. Y es ineludible verla en el contexto de esa nota que publicamos.

Pero más allá de la batalla que se está dando por la supervivencia -parcial- del Programa Nuclear Argentino, es necesario responder para qué. Proponer a los argentinos una visión de futuro positiva y realizable. Es lo que tratamos de hacer en esta nota y en las siguientes. Y se nos ocurre que hay que hacerlo en otras áreas, además de la nuclear.

¿Cuál es el proyecto argentino específico, nuestra carta propia en el complejo y competitivo escenario de la energía nuclear? Donde somos proveedores muy chicos, al lado de EE.UU., China, Rusia,… Sobre todo, proveedores que no pueden ofrecer financiación: Es el CAREM. El reactor CAREM (siglas de Central Argentina de Elementos Modulares) es un proyecto de central nuclear de baja potencia, ideal para el abastecimiento eléctrico de zonas alejadas de los grandes centros urbanos o polos fabriles o…


El CAREM a comienzos de febrero. El proyecto data de 1984. Y la obra empezó en 2011…

¿Y qué pasa con el CAREM? En construcción desde 2011, cada vez con menos plata, 1 año de atraso sumado desde 2016, presupuestos magros que se evaporan en meses por inflación, Techint amenazando parar la obra si no le actualizan costos, fecha estimada para pruebas de puesta en marcha en 2022, gracias por preguntar. Es una carrera, y como viene la cosa, NuScale, un proyecto idéntico de los EE.UU. (copiado del nuestro) nos primerea.

Entonces: No es imaginable que en Pérez Companc confundan, como lo hace Guadagni en el artículo que citamos en la nota anterior, la potencia “dispatchable” o “de base” (el piso mínimo de electricidad capaz de hacer funcionar día a día un país o una región) con el suministro “ahora sí, ahora no” de las fuentes intermitentes.

Al igual que la energía nuclear, la fotovoltaica (solar) y la eólica tienen todas baja huella de carbono, pero las dos últimas son intermitentes, dada la mala costumbre del sol de no brillar de noche (cuando aumenta la demanda de electricidad), empeorada en el caso eólico por lo impredecible, esa manía del viento de soplar cuando quiere y no cuando la red pide potencia.

Como subraya Gates en su artículo del 7 de enero en el New York Times, todavía falta mucho para que podamos almacenar masivamente potencia intermitente en baterías gigantes. Es lo que ensaya desde 2015 otro tecnomagnate de alto perfil, Elon Musk, en sus parques solares, para volver “de base” la energía eólica. Para ello, instaló la mayor batería de litio del mundo en el parque de Hornsdale, provincia de South Australia, pero cuesta unos U$ 100 millones. Por ahora, los números y la tecnología no cierran.

El propio Musk, tomando en cuenta que Francia obtiene un 76 (llegó al 80% en tiempos de Mitterrand) de su electricidad del átomo libre de accidentes desde fines de los ’70, se confiesa favorable a las centrales de fisión si están bien diseñadas y fuera de áreas propensas a desastres naturales. Lo que también añadió en su conferencia del 2 de diciembre de 2015 en La Sorbonne de París (pueden acceder al video cliqueando aquí), es que el 97% de los climatólogos concuerdan en que el escenario de calentamiento actual está causando más inundaciones, sequías, fracasos agropecuarios, migraciones y guerras que las que se vieron en toda la historia humana previa.

En un tiempo estas predicciones eran exclusivas de grupos catastrofistas como Greenpeace. Ahora son descripciones, y las hacen científicos de fuste del IPCC, el organismo interdisciplinario sobre cambio climático de las Naciones Unidas que representa a los expertos de 192 estados-nación. Pero además las repiten empresarios tecnológicos que, como Gates, reinventaron el siglo XX y, como Musk, están tratando de torcer el rumbo de colisión climática que ha tomado el siglo XXI. Si insisto con super-super millonarios “world class” es porque en la historia moderna a los supermillonarios siempre les han creído más que a los meros científicos.

Doy por sentado que los directivos de Pérez Companc han oído estas opiniones hasta el hartazgo y tendrán posición tomada, pero es conjetural. Es más fácil preguntarle a la Esfinge de Gizah. El silencio mediático es tradición fundacional de la familia.

Empresas nucleares como las de Pérez Companc, que jamás echaron gente, ahora lo hacen, y el ex secretario de Energía Alieto Guadagni sale al día siguiente en La Nación para dar por muerta a la energía atómica “por cara”.

Bill Gates, Elon Musk y el Panel Intergubernamental contra el Cambio Climático creen que lo caro en serio es librar la producción de energía al “Business As Usual”, es decir al carbono fósil en todas sus presentaciones, y dejar que la Antártida Occidental se derrita y los mares aneguen centenares de ciudades costeras. O que la cuarta parte de la humanidad en la India, Pakistán y China, que vive y bebe de ríos originados en los glaciares del Himalaya y el Hindu Kush se quede sin agua por la desaparición del hielo. El agravante local es que desde 1948 Pakistán y la India ya estuvieron 4 veces en guerra por el control de esas cimas glaciales de Kashmir, y se están apuntando recíprocamente con respectivamente 150 y 250 armas nucleares montadas en misiles.

A diferencia de lo que sucedió en las dos guerra mundiales del siglo XX, la Argentina no podría beneficiarse desde el margen y vendiéndole commodities alimenticias al posible ganador. La incineración de centenares de grandes ciudades en esa zona de Asia contaminaría de hollines impalpables, de difícil decantación, la estratósfera mundial, y precipitaría un “invierno nuclear” global, Hemisferio Sur incluído: oscuridad, frío, sequías extremas, fracaso de la fotosíntesis, quiebra de la producción agropecuaria e incluso pesquera durante algunos años (los disensos científicos al respecto son sobre cuántos años).

Cuando fue presidente de los EEUU, Barak Obama llamó a la frontera del Kashmir la más peligrosa del mundo, olvídate de Medio Oriente, chico. Y Obama no tenía idea, entonces, de que esos hielos en disputa tienen fecha de expiración. Lo caro es ignorar descripciones creyéndolas pronósticos.

Hay 650 millones de personas en ciudades costeras de 57 países que ya están en problemas porque el nivel marino subió 21 cm. desde 1900: Buenos Aires, que pasó –por recalentamiento del Atlántico- de 2,5 sudestadas anuales a 8, es una más, pero de ningún modo la peor. Hoy, con el Plata subiendo 3,2 cm. por década desde 1990, los diversos sistemas cloacales de la región metropolitana argentina no resistirán: si el río está alto, no puede funcionar contra la pendiente: por el contrario, en los bajos que rodean los arroyos porteños entubados, las cloacas actúan como vía de ingreso del Plata con las sudestadas. De paso: según el Banco Mundial, un inmueble cualquiera que sufre 3 anegamientos pierde el 100% de su valor de mercado. ¿Nordelta? Los nuevos ricos no leen.

Gráfico: promedio del nivel del mar. Proyecciones

El IPCC coincide en que sus predicciones de 2007 eran optimistas: suponían 66 cm. de aumento del nivel marino para 2100. Ahora están calculando entre 1,35 y 2,40 metros, de acuerdo a cómo resista el hielo de la Antártida Occidental: no está resistiendo. El gráfico de abajo es de 2017 y lo produjo el Global Change Research Program, un organismo científico del Congreso de los EEUU, para uso del gobierno federal. Tiempo perdido, Trump tampoco lee.

La ONU tiene una lista de 10 nerviosos países condenados a desaparecer dentro de 2 o 3 décadas por el continuo y creciente aumento del nivel marino: Bangladesh, el archipiélago de las Comores, el de las Tonga, el de las Seychelles, el de Palau, el de Nauru, el de Kiribati, la Federación de Micronesia, el de Tuvalu y el de las Maldivas.

Subrayo Bangladesh porque tiene 174 millones de habitantes (más que toda Rusia) y ya está inundado permanentemente en un 20% por el Océano Índico. En tormentas monzónicas severas, el país ha llegado a quedar bajo agua en un 75%. En “la nueva normalidad”, en un año cualquiera las inundaciones matan 5000 bangladesíes, no tanto ahogados como por deshidratación (nada como una inundación a escala nacional para que los pozos de agua se contaminen de vibrión colérico, o se salinicen).

Ese país musulmán es la mayor fábrica de emigrados climáticos del planeta. Sus escapes obligatorios por tierra son la India bengalí (hinduísta) o la república de Myanmar (budista). En ambos destinos, los refugiados son odiados –y crecientemente, asesinados- por demasiados, por extraños “y por infieles”. Somos animales territoriales, intolerantes con las caras nuevas.

La caravana de migrantes centroamericanos que hoy se agolpa en la frontera entre México y los EEUU, con 15.000 efectivos del Ejército de los Estados Unidos velando armas para que no crucen, viene del llamado “Corredor Seco” que atraviesa El Salvador, Honduras y Guatemala. En la geografía figura como ecosistema forestal monzónico, con temporada seca variable. Cada vez más variable: en 1998 el huracán Mitch causó 11.000 muertes en la zona, y ahora allí hace 5 años que no llueve. Se está muriendo gente por hambre fisiológica.

Para Donald Trump, los “caravaneros” son una conspiración organizada por los demócratas y/o el ISIS, según cómo se levante, y se necesita una muralla de U$ 7000 millones de dólares para atajarlos; para los republicanos más normalitos son narcos y miembros de las temibles Maras, para los demócratas, gente común que huye de las maras, para la profesora María Cristina García, de la Universidad de Cornell (y para no pocos economistas del Banco Mundial), parte inicial de los 143 millones de refugiados climáticos previstos para 2050 en África Subsahariana, el Sudeste Asiático y América Latina.

Según “Agronoticias” de la FAO, (Food and Agriculture Organization), organismo de las Naciones Unidas, en “El Corredor Seco” (término que no existía hace una década) viven 1,9 millones de productores de maíz al borde de la inanición. Vienen emigrando desde hace tiempo, pero antes lo hacían discretamente y pagándole a “coyotes”, traficantes de gente. Twitter desató la ola de “cada cual por la suya y todos juntos” de 2018: los coyotes son caros y a veces simplemente te matan en el camino o venden a tus hijos a redes de trata. Puede ver la página de FAO aquí.

“Hay que acostumbrarse a las inundaciones”, recomendó el presidente Mauricio Macri (un estadista, ahí) tras pasar en helicóptero sobre 4 provincias anegadas por el actual Super-Niño. El año pasado, con Niña dura y pura, había que acostumbrarse a la seca –la peor en 50 años- y el campo argentino perdió arriba de U$ 7000 millones. Lo que están logrando los bandazos climáticos, más frecuentes y agudos desde 1970, es que el interior rural termine, por goteo o aluvión, en los ingobernables anillos de pobreza de nuestras 5 megalópolis.

(Continuará)

Daniel E. Arias