Qué hacemos los argentinos en la Antártida

Carlini, una de las bases argentinas permanentes en la Antártica

Como informó ayer AgendAR, este viernes 22 de febrero se cumplieron 115 años de presencia continua argentina en la Antártida. Ese día de 1904 se estableció la Base Orcadas: la primera base antártica argentina, con la presencia humana ininterrumpida más antigua del continente. Nos parece oportuno compartir con nuestros lectores estos párrafos de una nota de Jazmín Bazán (algunas de las fotos son por Eduardo Ruiz Barlett).

«En la base Orcadas se estudia meteorología de superficie y de altura, geología, glaciología, geofísica, magnetismo, atmósfera y biología. Es una de las seis bases permanentes de Argentina, junto a Carlini, Marambio, Esperanza, Belgrano y San Martín.

La base Carlini es la principal usina científica y de donde salen la mitad de los artículos publicados por argentinos en Antártida. Allí se realiza uno de los trabajos más impresionantes y menos conocidos en el país: la bioprospección o búsqueda de organismos vivos que solo habitan en Antártida: algunos tipos de bacterias, hongos, algas, plantas.

Martha Martorell está cumpliendo su quinta campaña de verano en la base. Junto a sus colegas, se enfoca en compuestos con actividad biológica para la fabricación de antibióticos, antivirales y antitumorales. El equipo posee una colección de más de 300 hongos reservados con este objetivo. «Nuestra meta sería encontrarles una aplicación farmacéutica para el tratamiento de infecciones resistentes a antibióticos de uso común».

A través de biotecnología, también se trabaja en la limpieza de suelos dañados por hidrocarburos. «Llegamos a la conclusión que lo mejor es hacer un proceso de bioestimulación. Esto implica agregarle a la zona contaminada los nutrientes necesarios para que los microorganismos que naturalmente habitan ese suelo puedan degradar el combustible y descontaminar el área», explica Martorell.

La doctora en bioquímica cuenta que otras áreas de investigación de sus compañeros incluyen el monitoreo de aves voladoras (petreles, skúas, cormoranes) y pingüinos (desde los nidos hasta la edad adulta); oceanografía y análisis de fauna itícola (peces); y la observación de plantas vasculares, de macroalgas marinas, plancton y sedimento marino, con énfasis en conocer los efectos del cambio climático.

Dolores Deregibus es especialista en macroalgas antárticas. «Cuando se derriten los glaciares, los sedimentos entran al agua de mar, lo cual genera turbidez e impide que penetre la luz necesaria para los organismos que viven en el fondo del mar. Estudiamos cuál es el efecto de esa disminución de luz sobre su fisiología».

La experta indica que en la base hay una caleta que se encuentra rodeada por un glaciar. «Como el glaciar retrocede, debido a las altas temperaturas, ‘nuevas áreas libres de hielo’, que son colonizadas por organismos que viven en el fondo del mar. En lugares donde antes no había algas, ahora sí las hay. Estos organismos son conocidos como ‘productores primarios’, es decir, los primeros de la cadena alimenticia», agrega. Y concluye: «Se generan cambios en una comunidad específica y estos, a la vez, pueden repercutir en toda la cadena alimenticia».

El glaciólogo Alfredo «Alpio» Costa añade datos alarmantes: la Antártida es la región que más se calentó en todo el mundo en las últimas décadas, después del Ártico. Una de las manifestaciones del fenómeno fue el colapso de las barreras de hielo de Larsen desde los noventa.»El calentamiento de la temperatura anual en esta región casi triplica al de la temperatura global. Cada décima de grado que aumenta la temperatura promedio, global o de una región en particular, puede llegar a ser muy relevante».

El Instituto Antártico Argentino (IAA) es el organismo encargado de definir, desarrollar y difundir la actividad científico-tecnológica. En total, cuenta con casi 50 proyectos de investigación. Muchos de ellos toman lugar en Marambio, la principal puerta de entrada de la logística argentina en la zona. Es además el polo científico donde se despliega el mayor número de campamentos durante la campaña de verano. Además de tareas de estratigrafía, sedimentología, glaciología, entre otras, hay un gran desarrollo de arqueología histórica y paleontología, dada la riqueza de restos fósiles en la isla.

Este año, se recolectaron fósiles de vertebrados -sobre todo, peces-, invertebrados y plantas en sedimentos jurásicos de aproximadamente 150 millones de años.

El capitán Maximiliano Mangiaterra es comandante del Rompehielos ARA Irízar. Y la Antártida es para él un lugar especial: «Viajé por primera en el Irízar, cuando me recibí, en 1994. La Península es tan vírgen, que nos impone preservarla y cuidarla. Está hecha para la naturaleza, para la fauna, para la ciencia. Es un lugar abierto a la exploración, que aún mantiene espacios donde nunca pisó el hombre».

Una investigadora sostuvo que los argentinos ejercen soberanía a través de la ciencia. El microbiólogo Lucas Ruberto estaría de acuerdo. Él se siente heredero de los primeros exploradores que pisaron en el continente a principios del siglo XX: «Para mí, ejercer acá es como jugar en la Selección, un privilegio y una responsabilidad. Pasar navidad y cumpleaños lejos de los hijos y la familia es triste. Solo la pasión te permite sobrellevarlo».

«Vivir en Antártida es como estar en una comunidad. Es vivir y trabajar al mismo tiempo, a veces 16 horas, desde el desayuno hasta la cena. Es algo que nos marca a todos los que estamos ahí y nos une de por vida«, resume Martorell, desde su cuarto en la base».