INVAP vuelve a fabricar satélites geoestacionarios asociada a TAI (Turkish Aerospace Industries)

El Satélite de Alto Rendimiento visto “desde arriba”. El tamaño de las placas fotovoltaicas permite una gran potencia eléctrica en las 4 antenas. La Tierra se ve muy chica porque está a 35.786 km. de distancia

Ayer, 6 de mayo, la empresa rionegrina INVAP se asoció con Turkish Aerospace Industries (TAI). Ambas firmas crearon GSATCOM, una nueva empresa para el diseño y fabricación de satélites de telecomunicaciones geoestacionarios de nueva generación. El escueto comunicado de la firma nuclear y aeroespacial barilochense no da detalles, pero sí lo hace la elocuente página web de la empresa turca, que con una facturación de U$ 1.430 millones en 2017, ranquea como una de las “top 100” de la industria aeronáutica.

Lo que sabemos es que este satélite será relativamente liviano (alrededor de 2 toneladas, frente a otros que pesan más de 6), pero con la potencia eléctrica y el ancho de banda de un satélite mucho mayor, e “iluminación multispot”, que permite recibir señal de alta calidad en casi cualquier lugar del mundo salvo los polos.

Quienes conocen la historia de INVAP entienden su parquedad: a partir de 2006 codiseñó y fabricó los ARSAT-1 y 2. Estos aparatos de 3 toneladas, con antenas y propulsión convencionales, fueron los únicos GEOs hechos en el hemisferio sur y transformaron brevemente a la Argentina en el 2do. país americano capaz de hacer satélites GEO. El otro era, obviamente, EE.UU.

Puestos en órbita en 2014 y 2015 respectivamente, los ARSAT-1 y 2 funcionan perfectamente y de acuerdo a la ley 27.208/15 debían hacerse 6 satélites más y de complejidad creciente, uno cada 2 años. Vendiendo ancho de banda, cada uno de la serie iría financiando los costos de fabricación del siguiente, y además garantizaría la potenciación creciente de la línea ARSAT hasta llegar a un modelo sumamente avanzado, con carga útil HTS (High Throughput) multispot, y propulsión totalmente eléctrica.

Vista “desde abajo” del Satélite de Alto Rendimiento, producto de INVAP y Turkish Aerospace. La Tierra, a 35.586 km de distancia, aparece reflejada en las enormes placas fotovoltaicas

Esa ley satelital de 2015 cerraba en los números, pero no resistió los cambios políticos. En 2016 una de las primeras medidas del entonces nuevo Ministro de Telecomunicaciones, Oscar Aguad, fue terminar el contrato entre ARSAT e INVAP y aplicar una política unilateral de “cielos abiertos» (Open Skies): licenció 18 satélites estadounidenses y europeos para dar servicio sobre Argentina sin la contraprestación habitual en la industria.

Esto dejó a la Argentina con sus cielos cerrados para sus propios satélites, y a la empresa rionegrina con una inversión descomunal en salas limpias y equipos de fabricación y testeo de satélites al parecer imposible de recuperar.

Entre 2017 y 2018 pareció de nuevo que, como en 1991 y 1999, que a fuerza de contratos suspendidos con el estado nacional y facturas impagas del mismo, INVAP cerraba. Pero a principios de 2018 logró ganar (también por segunda vez, la historia está aquí) la licitación para reemplazar el reactor nuclear Pallas, en la provincia de Petten, Holanda, un precontrato de al menos U$ 600 millones.

La vida en INVAP confirma los preconceptos del actual gobierno sobre esta empresa: siempre que está a punto de desaparecer, la salva el estado. En este caso, el holandés. Antes, fue el australiano, y antes el egipcio, y antes el argelino, y antes el peruano. Hoy es el mejor exportador de reactores multipropósito del mercado mundial, punto.

La historia permite entender mejor las imágenes: lo que vemos es algo parecido al ARSAT-7 u 8, si se los hubiera dejado existir. En lugar de subir a su altísima órbita con cohetes de propelentes químicos, este Satélite de Alto Rendimiento usa propulsión eléctrica, motores que expelen a altísima velocidad un sutil vaho de iones de xenón, kriptón o argón. Tienen un empuje muy bajo pero pueden sostenerlo muchísimo tiempo (se dice que son de alto “empuje específico”). Eso, en un ambiente libre de fricción, da para velocidades altas y travesías largas.

Antenas “multispot”: crean círculos de iluminación con microondas de diversa intensidad de acuerdo a la demanda de consumo de señal de cada región. Esto logra repartir geográficamente muy bien la potencia de las antenas.

Estos motores, mayormente llamados “de efecto Hall”, no son tan de ciencia ficción: en los satélites de órbitas muy altas de la URSS, se usaron bastante a partir de los ’70. En Occidente, a partir de 2013, los grandes fabricantes de naves geoestacionarias fueron reemplazando los pequeños cohetes químicos de “stationkeeping” (mantenimiento de altura, posición y actitud) por pequeñas unidades Hall.

La “démise” total de los cohetes químicos fue el reemplazo del gran motor de ascenso a órbita geoestacionaria. No debe ni puede confundirse con una órbita baja, de 400 o 600 km. Una órbita GEO está a 35.786 km. de altura sobre un punto fijo y predeterminado del ecuador terrestre, y hace que el satélite gire sincrónicamente nuestro planeta, de modo de quedar ubicado siempre sobre la vertical de un mismo punto. Esto lo vuelve fácilmente ubicable en el cielo para las muchas antenas fijas de los usuarios: si se piensa en empresas de TV satelital, pueden ser millones.

Allí el satélite debe quedarse absolutamente quieto durante 15 años, usando sus motorcitos de “stationkeeping” para mantener su posición, como se espera de una antena repetidora en una ruta. Un GEO viene a ser eso, una repetidora con una electrónica mucho más refinada, potente y libre de mantenimiento, subida no a una torre metálica sino a las fuerzas gravitatorias newtonianas y mucho más alto. Hay más de 450 GEOs en servicio activo a fecha de hoy, pero pese a su tamaño considerable, Ud. jamás los verá, salvo que se dote de un telescopio astronómico profesional.

Cada GEO tiene un sitio y opera en una frecuencia previamente consensuada con la International Telecomunnications Union, agencia hoy perteneciente a las Naciones Unidas. Los satélites deben guardar entre sí distancias recíprocas de centenares de kilómetros, para no interferirse radioeléctricamente, o peor aún, embestirse. Los “sitios” del cinturón geoestacionario que dan servicio a países muy habitados son objeto de feroces disputas diplomáticas. Es raro pensar que un lugar tan lejano de nuestro espacio orbital pueda estar tan sobrepoblado de artefactos tecnológicos.

Prueba de un motor “de efecto Hall” de 6 kv. en instalaciones de la NASA, foto de Wikipedia

La larga maniobra de llegada al sitio orbital es llamada LEOP, y hace de los satélites GEO algo más parecido a una espacionave que a un equipo de comunicaciones. Por ello, de las 3 toneladas de los ARSAT-1 y 2, los propelentes de los motores químicos insumían prácticamente 1,7 toneladas. Aproximadamente entre el 70 y 80% de los propelentes químicos se gastaban en trayectorias orbitales que sumaban hasta 400.000 km. insumidos en transformar órbitas inicialmente muy elípticas en otras sucesivamente más altas y circulares, hasta “estacionar” en el sitio prefijado. Con el combustible restante, hay que mantener el satélite 15 años en su «caja de control», de entre medio y un grado de arco.

La idea de la “joint venture” de TAI y ARSAT es llegar a una plataforma de servicios única de bajo peso, alta potencia eléctrica y alto ancho de banda, que se pueda construir masivamente, pero que además sea capaz de alojar «cargas útiles» muy distintas, hechas a medida de las necesidades comunicacionales de cada cliente. Lo bueno de tener un socio económicamente muy fuerte, como la empresa aeroespacial turca, es que INVAP puede tomar riesgos de ingeniería como ser placas fotovoltaicas enormes, motorización eléctrica y antenas multispot. Estas cosas, como fabricante novel, INVAP se las tuvo que auto-prohibir con los ARSAT porque lo que se buscaba era un satélite absolutamente irrompible, cosa que logró ampliamente. Y eso hasta es medible en costos de aseguramiento: los de los ARSAT son de los más bajos del mundo, por lo convencional y resistente de la ingeniería. Y esa fortaleza técnica nos transformó –al parecer de modo irreversible- en el 8° país del mundo con ingeniería geoestacionaria.

De la resiliencia de la empresa barilochense para soportar tiempos hostiles en su propia casa, la historia sigue dando pruebas. Y eso también cuenta como antecedente. Los turcos no se buscaron cualquier socio.

Daniel E. Arias

En AgendAR queremos recordar en este momento al Embajador Adolfo Saracho, fundador y primer titular de la Dirección General de Asuntos Nucleares y Desarme de la Cancillería, DIGAN. Fue embajador de la Argentina en Turquía, país que en 1988 estaba decidido a construir el reactor CAREM con INVAP. Creemos que algo de esta nueva asociación con ese país se la debemos. Era de los servidores públicos que sirven.