Aviso al agro argentino: el corazón cerealero de los EEUU, inundado

Las inundaciones en las cuencas del Missouri-Arkansas-Mississippi de 2019 son peores que las de 2003… y es mucho decir. Es una cuenca hídrica que drena el 40% del territorio continental de los EE.UU.

A nuestros «chacrers» esto les importa, porque predice cosechas desastrosas en el mayor sistema agroecológico de llanuras del mundo, uno que cruza los Estados Unidos desde las Dakotas Norte y Sur hasta el Golfo de México. Esa cuenca hídrica constituyó, desde la posguerra y el Plan Marshall, la peor competencia que debió enfrentar nuestra llanura chacopampeana argentina en producción de semillas finas, gruesas, harinas, aceites, carnes y derivados.

Hasta que no bajen las aguas no habrá modo de medir los daños directos para la infraestructura de terraplenes, diques, represas, puertos, caminos, ferrovías y tejido urbano de la que viene siendo la peor inundacion de llanuras no sólo del siglo XXI, sino de toda la historia de los EE.UU. desde que se llevan estadísticas climáticas. Se prevé que para recuperarse de un desastre así hacen falta de 10 a 25 años… a condición de que no vuelva a suceder a igual escala. Las estadísticas dibujan una rampa que no permite hacerse muchas ilusiones.

De la inundación de 2019 son previsibles daños hasta en las pesquerías del Golfo de México: los nitratos y fosfatos empleados en las granjas situadas incluso tan al Noroeste como las Dakotas hoy escurren hacia esa mar caribeño. Allí ya estaba la mayor «área marina muerta» del mundo: el exceso de fertilizantes crea «booms» de algas, que al pudrirse generan rampas de población bacteriana que a su vez consumen todo el oxígeno del agua, y matan la vida acuática. La zona de desastre pesquero en el Golfo este año tendrá aproximadamente el tamaño del estado de New Hampshire.

A los «chacrers» argentos, como suele llamarlos Héctor Huergo, esto les importa doblemente, porque las campanas no suenen únicamente por los farmers estadounidenses: son más bien planetarias. Eso nos lo recuerda bien la megainundación del alto, medio y bajo Paraná en 1998, coletazo final de un año de ciclo «Niño» particularmente fuerte. Los mapas de esa cuenca que aquel año nos mostró la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) se parecían mucho a los que hoy exhibe la NOAA (National Oceanic and Athmospheric Administration). Y el factor común es el asentamiento intenso de urbanización y de cultivos industriales en los llamados «valles de inundación», los bajíos ribereños normalmente secos en tanto no sucedan avenidas extraordinarias.

Lo extraordinario se va volviendo ordinario en todo el planeta. Esto de los EE.UU. no es el resultado de una temporada de huracanes particularmente intensa. Abarca tierras muy norteñas y occidentales del «Middlewest» donde los huracanes no pisan. En la mayor cuenca fluvial norteamericana, esto sucedió simplemente porque como consecuencia de las nuevas temperaturas medias y mínimas más altas en el Medio Oeste y el Sur, la atmósfera tiene más vapor. Sea como lluvia o nieve, en algún lado precipita. Es una nueva realidad mundial, y la batuta la tiene el termómetro.

Y esto sucede mientras las ciudades y la agricultura de la Costa Oeste, particularmente las de California, fuente del 50% de la comida consumida por el mercado interno estadounidense, están con racionamiento de agua, al punto de que los municipios están invirtiendo en plantas de desalinización de agua de mar, también por causa del termómetro. Simultáneamente, el «sprawl» suburbano de clase alta característico de las colinas boscosas de las ciudades californianas quedó sujeto al peor verano de incendios de la historia, con ya un centenar largo de muertos.

Daniel E. Arias

(Corresponde señalar que, hasta ahora, el cambio climático ha sido relativamente benévolo con la producción argentina. El efecto principal -como saben en el oeste de la provincia de Buenos Aires y en el este de La Pampa es que los cultivos de la Pampa Húmeda ganaron más de 300.000 km2 sobre tierras que antes figuraban en el mapa pluvial como Pampa Seca. Pero… Mendoza y las provincias andinas con oasis de regadío en general sufren por la disminución de las nieves, fuente de agua de cultivos y ciudades al pie de la cordillera, porque desde ahí hacia el Este reina la llamada «sombra hídrica de los Andes»: no llueve. La alternancia de ciclos «Niño-Niña» se aceleró, y el fenómeno se ha potenciado. 5 provincias de nuestra parte del Gran Chaco Sudamericano (Salta, Santiago, Córdoba, Chaco, Santa Fe y Corrientes) en enero de 2019 estuvieron inundadas, y en ellas las temperaturas mínimas y medias están subiendo desde fines de los ’70, y las máximas se vuelven cada vez más agobiantes. Aquel enero de 2019, tras recorrer en helicóptero las zonas de desastre, el presidente Macri recomendó acostumbrarse a las inundaciones. Ese autosincericidio dista de un plan de mitigación coherente ante las crisis. Pero dista muchísimo más de un plan integral de usos del suelo, un consenso nacional agropecuario que incluya el cese del desmonte, la elección de los cultivos y tecnologías de manejo adecuados, así como una reforestación agresiva para proteger el suelo y almacenar bajo tierra los excesos hídricos, cuando los hay, para luego encarar la seca con mejores perspectivas, cuando sobrevenga. No elegimos el clima. A lo sumo, lo soportamos, pero sí elegimos las políticas relacionadas con el clima, hasta hoy por «défault». Y es que por ahora se resumen en dejar que los chacareros chicos o de escala familiar de la llanura chaqueña, con 900.000 km2 el mayor ecosistema agropecuario del país, se fundan ayudados por la seca o por la inundación repetidas y emigren a los anillos de pobreza de nuestras megalópolis. Un gobierno serio tendrá que encarar los problemas agronómicos, pecuarios, económicos y hasta demográficos que están a la vista -y cada vez más- desde la década del ’40).