La economía y la sociedad, después de la pandemia

Hay dos formas de encarar lo que está pasando en el mundo que en AgendAR descartamos como ingenuas. Una, es creer que el coronavirus va a cambiar, mágicamente, las realidades del poder, económico o político, en el mundo. Dos ejemplos de lo que decimos: aunque casi todas las economías nacionales sufren una brutal recesión, no hay, hasta ahora, una «ola de defaults». Las deudas se renegocian, más o menos como antes de la pandemia. Nuestro ministro de economía se está enfrentando a ese dato.

Otro: Bolsonaro, por todo el desastroso manejo que ha hecho de la situación sanitaria en Brasil, y el rechazo que despierta en importantes sectores en su país y en el mundo, no ha sufrido una caída completa en su popularidad. Todavía tiene un porcentaje de apoyo -¿30%?- que evita el juicio político al que algunos les gustaría someterlo.

Por otro lado, también es irreal pensar que esta pandemia, cuyo antecedente más cercano es de 100 años atrás, en un mundo que no tenía la red de comunicación instantánea y estrecha que nos envuelve, pasará sin consecuencias, y volveremos a la «normalidad de antes».

Hasta ahí, lo que nos animamos a decir. El resto, está abierto al debate.

Hoy acercamos este reciente reportaje de María Laura Avignolo a Sami Naïr, académico y escritor franco argelino, especialista en el análisis de la globalización y sus contradicciones, los flujos migratorios, Europa y sus mestizos, con libros traducidos a seis idiomas. Se puede estar de acuerdo o no con sus pronósticos, pero no son triviales.

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«¿El mundo pos coronavirus va a tener la humanidad solidaria que se imaginaron al comienzo de la pandemia?

La pandemia, todavía en curso en África y América latina, ha provocado un trauma en todo el mundo. Es la primera vez que se experimenta algo parecido, no tanto por el numero de muertos sino por la difusión mediática mundial de la información sobre la enfermedad y las medidas necesarias para enfrentarla. Desde este punto de vista, es un acontecimiento realmente antropológico que tendrá consecuencias subjetivas. La solidaridad, de momento, me parece más de condición (nos protegemos mutuamente para evitar la enfermedad) que de proyecto común (no lo hemos decidido libremente). Es una solidaridad obligada ahora, pero nada ni nadie puede afirmar que persistirá en el futuro. Porque, bien lo sabemos, la solidaridad como vínculo social depende de muchos otros factores, no solo del peligro de la pandemia. Basta con ver la cacofonía de las estrategias de los Estados que han sido, de hecho, mucho más insolidarios que solidarios unos con otros.

¿No existe el riesgo de que todo vuelva a ser como antes o dependerá de la velocidad de la recuperación de la economía?

Seguro que todo dependerá de la situación económica. No creo en una recuperación rápida de la economía, porque, entre otras cosas, la crisis existía antes de la pandemia, porque no se solucionaron los problemas planteados por la crisis de 2008 y por la guerra comercial entre China y EE.UU. Volver al pasado es otra cosa. El trauma es profundo, las reacciones de la sociedad serán imprevisibles. Pero está claro que no habrá tabla rasa. Veo mas una superación conflictiva.

¿El mundo que viene será sanitario o la fuerza de la globalización lo va a impedir?

Pienso que se ha tomado consciencia de la letalidad mundial de las pandemias en la globalización, del peligro de las transmisiones de la enfermedad en un mundo abierto a la circulación de mercancías y seres humanos. Ahora, es demasiado pronto saber en qué dirección una política mundial de sanidad, y particularmente la basada en el rescate de la sanidad pública, se puede elaborar. Observo, de momento, una batalla despiadada, por ejemplo, para el control de la OMS, batalla decisiva porque dirigir esta organización es también influir sobre la metodología y el contenido de sus decisiones. China quiere tomar la presidencia, lo que dice mucho sobre las apuestas en juego.

¿Qué rol social y económico va a tener la relocalización de empresas estratégicas que la pandemia va a forzar a regresar a sus países de origen, si quieren autonomía sanitaria?

Un rol eminentemente positivo, no solo por asegurar la autonomía en la producción de medicamentos y herramientas de “soberanía”, sino también para favorecer el empleo nacional. Pero, francamente, no creo que muchas empresas vayan a volver. Por una razón obvia: sus producciones son ya mundializadas, les importa poco el estrecho mercado nacional de sus países respectivos. Venden en el mercado mundial. Asistiremos más a creaciones de empresas beneficiando de ayudas estatales para rearmar los Estados en materia de salud. Las que están fuera buscaran más una relocalización de sus identidades jurídicas para escapar al país de origen.

¿A su criterio, cuáles serán las consecuencias sociales, políticas y económicas pos pandemia?

El trastorno en la estructura y el reparto del empleo tendrá inevitablemente consecuencias enormes. Socialmente, el paro de la actividad en sectores de amplio empleo (restauración, turismo, construcción, infraestructuras, astilleros, empresas industriales, producción de automóviles, ) sufrirá más que en los sectores del servicio terciario (bancos, administraciones, ), que han limitado los daños merced al teletrabajo. Políticamente, todos los gobiernos pueden padecer una grave inestabilidad por su actuación, muy criticada hoy por la opinión pública frente a la gestión coronavírica y mañana frente a la crisis política. ¡No me gustaría estar en el sitio de los dirigentes en caso de elecciones en los meses próximos! Económicamente, tal y como ocurre con cada crisis, habrá una reorganización y readaptación de las economías a las nuevas reglas de competencia y de fuerzas. Situación que generará nuevos conflictos.

Medio mundo sigue confinado. ¿Qué impacto va a tener el desconfinamiento en las sociedades y en la convivencia? ¿Cómo serán las relaciones sociales tras este aislamiento y distanciamiento social? 

Quizás la palabra, la más difícil de contestar en su pregunta es la del “distanciamiento social”. Desde la filosofía, la socialización es el aprendizaje de la confianza con el otro. Ahora bien, el desconfinamiento es el aprendizaje de la desconfianza frente al otro. Pero no puede durar mucho tiempo la actitud de retirada hacia el otro, pues se volvería insoportable la vida. La normalidad se restablecerá mecánicamente. De todas las maneras, ya vivimos en la “sociedad del riesgo»: riesgo económico, de seguridad social y diario, en un mundo cada vez más precario, violento, de pobreza, de incertidumbre constante. Es el precio de la globalización, que ha fragmentado todas las sociedades, porque no no busca la prosperidad del ser humano sino solo la del beneficio. Nuestra humanidad, desgraciadamente, la de la mayoría de la gente, se encuentra ya terriblemente dañada. No solo por la economía sino también por los desastres medioambientales que genera la brutal competencia en los mercados globalizados.

¿La pandemia va a acentuar las diferencias sociales y educativas? ¿Gente de clase media que hace “teletrabajo” y obreros y sus hijos que vuelven a los trabajos y a sus colegios cuando el virus aún circula?

El proceso ya puesto en marcha estos diez últimos años, por lo menos en Europa, de descalificación de las capas medias bajas y medias, se va a acentuar inevitablemente. También el paro va a incrementar porque la pandemia generará unas mutaciones tecnológicas importantes. El teletrabajo, la figura del trabajador “virtual”, se extenderá porque es funcional al sistema. Es decir, se adapta como un guante a los intereses de las empresas, que ahorran una parte significativa de sus inversiones haciendo trabajar la gente en su casa, lo que es un retorno, en términos de mercado social de trabajo, al capitalismo del siglo XIX. Es una manera de transferir los gastos de infraestructura a los trabajadores (de la misma manera que la gestión de otras actividades -en el ámbito bancario, en el sector de los servicios, etc.- se ha transferido al ciudadano por el medio on-line). El problema es que aumenta la tensión ya existente en las condiciones, en general intensas, de gestión de las relaciones de trabajo. Puede ser, al fin y al cabo, el anuncio de una nueva época de luchas sociales duras. Veremos.

Las instituciones tradicionales europeas y los parlamentos han estado casi mudos en medio del coronavirus. ¿En la pos pandemia, qué rol van a tener cuando han sido mudos, sin la menor “accountability” frente a la sociedad al igual que la Unión Europea?

La crisis de Europa no es un asunto nuevo generado con la pandemia. Data, sobre todo, desde la crisis financiera mundial de 2008 y la política de austeridad impuesta por Alemania para salvar el euro. Es decir, el marco alemán disfrazado en euro. Ha generado una contundente oposición entre países del norte (Alemania, Holanda, Dinamarca, Austria) y los del sur de Europa. Creo que esta difícilmente superable a medio y largo plazo. Una nueva crisis de la deuda es inevitable; el dinero puesto en la mesa por la UE no va a bastar. La crisis de Europa es estructural, porque tiene que ver con la misma concepción del euro, que es una moneda única que embarca países cuyo desarrollo económico es fuertemente desigual y diferente. Estoy convencido que los países del norte no aceptarán, al fin y al cabo, coexistir en una misma zona monetaria tan exigente como la del euro, pagando las deudas de los países del sur. Salvo si se pone en marcha a la vez un aumento significativo del presupuesto europeo (que ahora no representa más del 1,4 % del PIB de la toda la UE) y una mutualizacion de las deudas comunitarias.

La emisión monetaria de los estados asusta a muchos economistas. ¿Cuál es la escala real, según su visión?.¿Qué impacto va a tener en la vida de la gente, en la inflación?

De momento, en Europa, la inflación no es el principal peligro, pues Alemania no la quiere y el Banco Central la controla bastante bien, con tipos de interés bajos o negativos. Me parece incluso que un poco más de inflación con el aumento de los sueldos y más empleos no sería mala decisión. En América latina es otra cosa: la inflación es terrorífica, castiga a los más débiles y pobres, arruina las capas medias. Ahora bien, los guiños de nacionalización de la economía de los que hemos sido testigos no son, a mi juicio, sino un espejismo, porque discurren bajo el lema “socialización de las pérdidas y posterior privatización de las ganancias”. Es decir, no se puede pasar de una economía neoliberal que rige la globalización a una economía de nacionalización generalizada, sin una transformación profunda, política y económica, acompañada de un modelo social solidario. El sistema hoy es eminentemente pragmático. Las políticas nacionales se van adaptar en función, cada una, de su peso y sus posibilidades. Pero lo que sí es seguro, es que la globalización atraviesa una crisis que puede ser letal. El proceso de “desmundializacion”, si camina por la vía de una transformación del modelo económico, es una señal sobre la que cabría ahondar, porque creo que será decisivo en las próximas batallas políticas. Se trata de recuperar ciertos sectores económicos para proteger la soberanía de los Estados y el bienestar público de las sociedades. Un llamamiento, en cierto sentido, al rescate de los restos del welfare state.

La Unión Europea estuvo ausente en la crisis.¿ Cómo cree usted que va ayudar en la reconstrucción pos pandemia a España, Francia e Italia especialmente?

Más allá de la financiación para evitar el colapso en los países del sur europeo, la UE tendrá que mantener por mucho tiempo la suspensión que ha decidido, bajo las presiones de Francia, Italia y España, de los criterios de convergencia del pacto de estabilidad (menos de 3% de déficit presupuestario, menos de 62% de deuda pública, 1,3% máximo de inflación). Personalmente, sueño con el olvido del mismo “pacto de estabilidad”. Prefiero un pacto de relanzamiento, basado en la creación de empleos, en una firme política de empleos verdes, y en la introducción, en los estatutos del Banco central, de este objetivo de creación de empleo. Antes de la puesta en marcha del euro entre 1999 y 2002, el crecimiento de la zona era mucho más importante. El pacto de estabilidad ha sofocado el crecimiento de cada nación y favorecido solo la política de exportación comercial europea y mundial de Alemania.

El desempleo, los despidos, la precariedad laboral van a ser la otra consecuencia de la crisis. ¿Cómo evitar ese dolor? ¿Es responsabilidad de los estados impedirlo?.¿Por cuánto tiempo?

Es una situación ya vivida desde la anterior crisis económica, y que reviviremos hoy con mayor intensidad, si cabe. Neutralizar ese dolor social está en manos de la responsabilidad de los gobiernos elegidos por la ciudadanía que confía en ser protegida. Una desasistencia política conllevará una mayor resistencia por parte de las sociedades civiles, porque el trauma ha sido y es grave.

¿Cómo van a utilizar la actual situación, el miedo, la precariedad, los movimientos populistas?

El nuevo fascismo es una realidad en todo el mundo. Hay también, en Europa como en América del norte y del sur, gobiernos proto-fascistas que buscan chivos expiatorios para legitimar y desviar la atención de su impotencia e incompetencia. Los movimientos populistas de extrema derecha en Europa quieren deslegitimar a los Estados democráticos. Lo que pasa ahora evoca peligrosamente los años veinte y treinta del siglo pasado, con el auge del fascismo…

¿La pérdida de liderazgo de Estados Unidos necesariamente va a ser reemplazada por China o no puede, después de su rol en la diseminación del virus y su opacidad?

No creo que, en este sentido, China pueda obtener grandes réditos de la crisis coronavírica, aunque suplantará comercialmente a los Estados Unidos en los próximos años. Pero es un escenario que ya se estaba dibujando antes de la pandemia. El mundo entero desconfía de China por su sistema político autoritario y su papel en el nacimiento del virus … Hay otro elemento que hay que tomar en cuenta: existe una demanda por parte de los países occidentales de liderazgo de los EEUU, no de China. Pero es una demanda frustrada por la política de destrucción del sistema de alianza occidental determinada por la política aberrante e histriónica de Donald Trump. Este terrorífico estado de cosas podría cambiar si este mandatario pierde las elecciones. Aunque, en el fondo, sobre los grandes ejes estratégicos, no haya grandes diferencias entre Republicanos y Demócratas.

Otros de los grandes olvidados y victimas de este virus han sido los inmigrantes. ¿Será una excusa para olvidarse de ellos, negarles la entrada, deportarlos?

Desde el inicio de la pandemia, el actual gobierno de Grecia eliminó el derecho de asilo, lo que nunca se había visto en ninguna parte del mundo desde la Convención de Ginebra de 1953. Otros países han elegido la misma senda. Es decir, nada nuevo en el endurecimiento de las condiciones de los refugiados y de los inmigrantes en el espacio europeo. Los Acuerdos de Schengen, que gestionan la política común europea se encontraban ya paralizados desde la crisis de los refugiados de 2015. Hoy no existe diferencia entre gobiernos flexibles y duros, ¡simplemente prohíben la circulación dentro del mismo espacio europeo a los inmigrantes que han podido entrar! Todos los gobiernos abogan por la vía dura, la UE también. Es la realidad.»