El CEO de Aluar y FATE dice: «Sin la intervención del Estado, no hay salida de la crisis económica»

Está al frente de dos empresas icónicas como son Aluar (que fabrica aluminio) y Fate (hace neumáticos). Además, tiene en su historial otras como la Hidroeléctrica Futaleufú, Transpa (transportadora de energía eléctrica) e incluso INFA, firma de ingeniería, y montajes industriales. Quien habla es Javier Santiago Madanes Quintanilla, un ingeniero de 66 años egresado de la Universidad Católica. Se lo consulta sobre todo: pandemia, crisis, deuda y acuerdo social. También, sobre la moratoria que impulsa el Gobierno, Vicentin, y fórmula público-privada en la economía.

Periodista: La Argentina atraviesa la peor de las crisis que hayamos tenido memoria. ¿Qué análisis hace?

Javier Madanes Quintanilla: En materia de pandemia y producción, los números son muy claros, pero hay realidades sectoriales que merecen una diferenciación. En nuestro caso, la actividad se mantiene en porcentajes que imponen los propios protocolos. Por ejemplo, una empresa alimenticia trabaja hoy al 75% u 80% en función de las restricciones que tiene que aplicar para poder funcionar. A partir de ahí vienen las quitas más grandes; en el caso nuestro, en Aluar, las restricciones por grupos que operan, aquellos especialmente exceptuados por edad o situaciones sanitarias determinadas. Si le sumamos los protocolos que aplicamos, algunos de ellos incluso imponen cierta rotación del personal, yo diría que estamos operando al 50% o 55% de nuestra capacidad. Nos va costar mucho levantar los niveles de actividad, mientras el episodio de la pandemia y la cuarentena continúe, para ser más claro.

P.:¿Cómo impactan en términos productivos los necesarios protocolos sanitarios?

J.M.Q.: Por ejemplo, en Fate, está el distanciamiento obligatorio entre nuestra gente, el piso de la fábrica puede contener un máximo de personas. Hay una estructura de servicios, hasta el vestuario, para todo existe una cantidad determinada de personas; el transporte privado también nos fue complejo de instrumentar; en rigor, tuvimos que duplicar la cantidad de transporte que teníamos antes, y así y todo hay limitaciones, la gente tiene puntos de encuentro, pero incluso aquellos que tienen autorización para trabajar no pueden utilizar el transporte público. La industria en la zona del AMBA trabaja al 60%. Pero en el interior, estos porcentajes pueden aumentar un poco o bastante. Incluso allí alguien puede llegar a su lugar de trabajo en bicicleta o moto.

P.: Hablemos de la deuda. ¿Piensa que se llega a un acuerdo pronto?

J.M.Q.: Hay que prestarle atención a la curva de aceptación. Tratar de determinar qué es sustentable para la Argentina. Vamos a tener una decisión pronto. Y el Gobierno deberá decidir en qué punto de la curva de aceptación se está conforme. Veo difícil que se logren mayorías totales en el caso de la deuda. Pero a partir de un escenario determinado, se puede ir a una aceptación parcial del 60% sin lograr el arrastre o se puede rechazar la oferta. Ya ahí entra un terreno de decisiones políticas. Si fuera parcial el acuerdo, es un problema. Si se queda un monto muy importante, entonces no queda despejado del todo el futuro.

P.: ¿Ayuda la moratoria impositiva que impulsa el Gobierno?

J.M.Q.: Hay que ver cada caso en particular. Es difícil hacer una evaluación por sector. Un pequeño comerciante no representa el mismo caso que alguien que se encuentra operando al 50% o alguien que trabaja en el sector agroexportador. No creo que pueda darse una sola respuesta. Yo creo que la moratoria se da prácticamente de hecho. Eso es porque está teniendo una ruptura de la cadena de pagos. Y ahí es cuando se empiezan a agotar las posibilidades financieras. Pretender que la parte impositiva no tiene repercusión es una ilusión. Vemos que cae la recaudación de una forma importante. Por eso yo pienso que la moratoria quizás funciona más para el sector pyme, y un poco menos para el sector de las grandes compañías. Ahí juegan otras cosas. A las grandes empresas no les cambia la ecuación la moratoria. Las grandes empresas también tienen problemas serios, pero son de otra naturaleza. Una moratoria seria útil, pero hay que pensarla en esos términos.

P.: Pero entonces, ¿qué necesitan las grandes empresas?

J.M.Q.: Yo creo incluso que en este momento, para las grandes empresas argentinas, lo más importante es discutir la viabilidad y sustentabilidad de cada sector. ¿Es posible que sigan produciendo? ¿Cuáles son las condiciones e incentivos que necesitan? ¿Cuál es el estado de situación que tienen hoy? No son muchos los sectores que pueden hablar de sustentabilidad de la ecuación económica, no es por el Gobierno, sino por el momento histórico, la pandemia; si queremos mantener actividad privada que no se destruya, vamos a tener que ser imaginativos. Lo que quiero decir es que con las herramientas que hoy disponemos el nivel de destrucción de la actividad privada va a ser muy fuerte.

P.: ¿Es salud versus economía?

J.M.Q.: El Gobierno eligió un camino para enfrentar la pandemia y es el que tenemos que seguir. No podemos compararnos con otros países para ver cuánto cayó la economía en cada uno de ellos. Pero lo que debe quedar claro es que lo primero que debería lograrse tras la crisis es una recuperación del capital de riesgo. Hay que aceptar los distintos escenarios en función de los tiempos de evolución de la pandemia. El deterioro que se ha generado es muy grande.

P.: Distintas asociaciones empresariales reclaman políticas de desarrollo…

J.M.Q.: Argentina no es un país muy generoso en términos de promoción de inversiones. Y no lo es desde hace muchas décadas. Siendo aún joven tengo recuerdos de la política de Frondizi respecto de inversiones. O tomar el ejemplo de Brasil, que tiene una modalidad de promoción de inversiones mucho más definida. Habría que buscar políticas parecidas. Vamos a tener que hacerlo en un marco de situación fiscal muy comprometido. No creo que la salida sea mediante al aumento de la presión fiscal a empresas. Lo veo muy complicado. Si usted necesita alimentarse, es preferible mantener la vaca viva y tomar la leche. Ahora se plantea ese dilema. Cuando uno busca resolver los problemas vía un impuesto al stock de riqueza no está pensando bien cómo ir al fondo de la cuestión. Esto no surgió con la pandemia, sino que es un tema global. Yo creo que la clave es encararlo por el lado de la readecuación de la redistribución en la creación de la riqueza y no tanto del capital existente.

P.: Pero en muchos lugares del mundo se plantea la posibilidad de subir los impuestos a los sectores de mayores ingresos para financiar los efectos de la crisis…

J.M.Q.: En este momento no es oportuno el impuesto a la riqueza. Hay que fomentar la inversión. Orientar los capitales hacia una actividad generadora de valor. Si el impuesto se aplica contra la especulación financiera, no tengo argumentos. Pero no es oportuno un impuesto a la creación de valor. Va a ser muy difícil tener un ciclo inversor que permita generar el valor que requiere la creación de riqueza y la posterior distribución. Si hay algo que vamos a estar necesitando, es recomponer los activos productivos. La caída de inversión en Argentina no sólo viene dada por la pandemia. Hace muchos años el país tiene niveles de inversión muy bajos. No podemos establecer barreras de capital con tanta facilidad. Sería bueno ver cómo otros países encaran este tema y a partir de ahí tomar las decisiones más inteligentes. Si uno se equivoca con la forma de implementar la redistribución de la riqueza, puede generar mucho más daño que el bien que se supone que hace. Cuando usted termina gravando las actividades de crecimiento, nos hacemos trampa. Lo único que genera es salida de capitales argentinos hacia países donde se les da tratamiento diferente.

P.: ¿Lo entusiasma la idea de un acuerdo económico y social?

J.M.Q.: Lo veo bien. Hablamos de un debate inevitable que aún no se ha dado. Son muchos los actores que van a intervenir en ese debate. Pero no estoy seguro de si de la pandemia se sale con los ánimos necesarios para darlo. De ahí pueden surgir algunas instancias que quizás no sean indicadas para este momento; la reforma laboral, por ejemplo. Yo no creo en las reformas laborales por decreto; las modificaciones deben darse de otra manera, a través de los convenios porque cada actividad tiene sus características particulares.

P.: ¿El Gobierno se sobregiró en materia de emisión monetaria?

J.M.Q.: Me parece que no podemos cerrar los ojos y pensar que todo eso no va a tener efecto. Hay que comprender que el Gobierno está tratando, de la manera que puede, de acompañar con emisión, cubrir agujeros, tanto en el sector público como privado. No creo que pueda hacerse otra cosa por ahora.

P.: ¿Qué piensa de la gestión del presidente Alberto Fernández?

J.M.Q.: Le tocó arrancar una gestión y de inmediato cambió todo. Creo que peor momento no podría haber elegido para ser presidente. Claro que él no eligió todo esto. Es muy difícil gestionar en estas condiciones. Es muy árido porque la propia dinámica que tiene la situación sanitaria lo lleva a deterioro en el tiempo por mejores intenciones que tenga. No lo envidio. Se enfrenta a un deterioro del capital político, de su imagen. La administración y gestión de la pandemia y la cuarentena se paga con capital político.

P.: ¿Cómo evalúa la predisposición del Gobierno a intervenir en el salvataje de Vicentin?

J.M.Q.: No me preocupa que el Estado intervenga en el juego económico. Yo creo que se puede tener bajo la forma de una actividad público-privada una ecuación razonable. Veo muy a la defensiva a mucha gente. Se entiende que hay algunos antecedentes que no ayudan, pero en este momento hay una ecuación de subsistencia en la fórmula público-privada que tiene mucho más valor que antes. Sin la participación del Estado, no es posible concebir una salida, tanto en términos sanitarios como también económicos. Y ojo que no soy estatista.