ACA: la mirada de las cooperativas agropecuarias

Con ironía fácil, se ha dicho que los argentinos siempre encontramos un problema para cualquier solución. Y es cierto que resulta extraño que la actividad que es, por lejos, la principal productora de las divisas que el país necesita, pero que necesita el apoyo oficial para solucionar sus serios problemas de logística y las calamidades del clima que siempre ocurren, sea parte de un enfrentamiento enconado entre sectores de la sociedad.

Creemos que hacen falta nuevas miradas. Hace algunos meses publicamos una trilogía de Roy Hora La sociedad argentina y el campo. Ahora reproducimos este reportaje de Federico Zapata a Daniel Bertone, referente si los hay de las cooperativas agropecuarias:

«Daniel Bertone da la sensación de ser algo así como un Konrad Adenauer del sector agropecuario argentino. De perfil bajo y de acción. Hijo de una familia de productores rurales que arrancaron como tamberos y lograron, después de 30 años de trabajo, comprar su propio campo. Primera generación de universitarios. Estudió Ciencias Económicas en la agitada Universidad Nacional del Cordobazo. Ingresó a Asociación de Cooperativas Argentinas (ACA en adelante) en 1973 y le dedicó su vida. Entre 1987 y 2015, formó parte de la Gerencia General de ACA.

En ese período, que caminó junto a otro cordobés Carlos Rosas (fallecido en 2008), lideraron “el gran salto adelante” de ACA, una cooperativa de casi 100 años a la que transformaron en una de las grandes jugadoras del mercado agropecuario argentino: una empresa cooperativa, competitiva, internacionalizada e industrializada.

Hoy es el consultor estratégico de la Asociación. Un poco sobre ACA: una asociación de 147 cooperativas agropecuarias, que agrupan a más de 50.000 productores agropecuarios, presentes en las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Chaco, Entre Ríos, La Pampa, Río Negro, Santa Fe y Santiago del Estero y en más de 600 localidades. 4 puertos propios, 5 plantas industriales, 4 plantas regionales, 2 criaderos de semillas, 1 criadero de cerdos, 46 acopios.

Daniel, hay una discusión con relación a si la categoría de “primaria” para referirse a la agricultura argentina no constituye una nomenclatura obsoleta ¿Qué pensás al respecto?

Para mí es una nomenclatura económica antigua. Antaño, el productor sembraba la semilla del año anterior, la maquinaria eran los caballos, tenía un arado, una sembradora, no había fertilización, no había semillas híbridas, no había tecnología de ningún tipo. Eso era actividad “primaria”. En ese contexto se generó la nomenclatura, y quedó. Creo se la sigue utilizando ahora, erróneamente. Escucho mucha declaración entorno a que “somos un país vendiendo productos primarios, hay que ponerle valor agregado, generar  mano de obra…” pero lo que hace el productor agropecuario en la actualidad, está dentro de una cadena de producción muy sofisticada: la semilla sale de un criadero de semillas intensivo en biotecnología; el fertilizante nitrogenado se produce en el país con gas argentino; la siembra y la cosecha se realizan con agricultura de precisión, articulando software e imágenes satelitales, con maquinaria de altísima complejidad tecnológica desarrollada en Argentina.

¿Cuándo cambió?

En los 90 se produce un salto cualitativo del paquete tecnológico, que, de facto, disolvió las fronteras entre agricultura, ciencia, industria y servicios.

Uno de los componentes de ese salto tecnológico fue la “siembra directa”. Explicanos qué es y porqué es tan importante.

El sistema antiguo de producción consistía en la roturación de la tierra para la posterior siembra. Es decir, se usaba un arado y después se le pasaba una rastra. Ese sistema, implicaba una destrucción de la estructura del suelo y un bajo nivel de conservación del agua. La siembra directa, por el contrario, funciona preservando nutrientes del suelo y evitando evaporación del agua, vía la reutilización de una cobertura vegetal. Es decir, se produce una gran incorporación de materia orgánica proveniente del rastrojo que antes se quemaba. Hoy es un insulto a la tierra quemar un rastrojo. El sistema genera una estabilidad de producción muy grande. Antes era muy factible errar cosechas, ahora es mucho más difícil porque el nivel de conservación de la humedad y de los nutrientes es muy alto. Antes llovía y se evaporaba mucho, se perdía. Hoy se retiene mucho más el agua a pesar de que hubo una agricultura muy agresiva durante muchos años que ha erosionado los suelos y hecho muchos desastres. Mediante este sistema, yo he visto recuperar el suelo de campos destruidos, sujetos a agricultura extensiva de cuarenta años y que hoy son muy fértiles. Lo he visto, no me lo han contado.

¿Sería posible la siembra directa sin la biotecnología?

No. La siembra directa funciona vis a vis con la transgénesis de las semillas. Gracias a esa combinación, es posible el control de malezas. Antes, si aplicabas agroquímicos, matabas a la maleza y al cultivo. Hoy, solo matás la maleza. Te lo pongo en perspectiva. Argentina producía 40 millones de toneladas al año en 1993, hoy estamos en 150 millones y han pasado 27 años. El salto productivo de las últimas décadas en Argentina es fenomenal. Se multiplicó por cuatro la producción.

«TENEMOS QUE DESARROLLAR NUEVOS SECTORES QUE EXPORTEN, Y QUE, ADEMÁS,  TENGAN CONTENIDO DE MANO DE OBRA ARGENTINA. PORQUE SI NO, VAMOS A SOLUCIONAR EL PROBLEMA DE LOS DÓLARES, PERO NO VAMOS A SOLUCIONAR EL PROBLEMA DEL TRABAJO DE LA GENTE.»

Conversemos del paradigma de la producción orgánica. ¿Hay un mercado? ¿Se pierde en productividad? ¿Son paradigmas antagónicos? ¿De dónde viene la discusión?

Hay algún mercado orgánico. Son nichos. La producción te cae al 50 %. El problema es que es muy difícil que el mercado te pague ese diferencial de costos que tenés. Salvo pequeñísimas cantidades. Bienvenido el desarrollo de esos nichos. En relación con la crítica sobre la producción de modificados genéticamente, hasta ahora, no existe ningún análisis técnico concreto que demuestre que son perjudiciales para la salud. Yo considero que lo que hay ahí es un problema geopolítico. El inventor del transgénico es Estados Unidos y Europa se quedó afuera de esa carrera. Esto va a cambiar ahora que Bayer compró a Monsanto. Los europeos eran los enemigos de la “biotecnología”, y ahora empiezan a hablar de la “bioeconomía”. Esa discusión la impulsan los alemanes, que son los dueños de Bayer. Por eso es importante tener en cuenta nuestro perfil productivo y las ventajas que hemos desarrollado. Porque es una cuestión geopolítica. No defender nuestro perfil productivo, es como no defender a las Malvinas.

Además, está el problema de la alimentación a escala planetaria

Exacto. ¿Vos sabés lo que sería irse a una economía orgánica? ¿Cómo alimentás al mundo? Yo creo que es prioritario enfocarse en otras cosas que nos están haciendo mucho daño como el tema de los gases de efecto invernadero. Ese sí es un problema demostrado. Lo que pasa es que hay intereses enormes: Estados Unidos nunca se quiso sentar de buena fe en la mesa a discutirlo. Pero claramente el tema de los combustibles fósiles es un problema, real, demostrado.

Se ha generado un incipiente debate en torno a si se podría utilizar parte de la producción granaria argentina para producir carne envasada de exportación. Digamos: promover la transformación, vía incentivo fiscal, de proteína vegetal en proteína animal. ¿Cómo crees que esa discusión debe darse desde el punto de vista de las exportaciones de la Argentina?

Mientras no implique perder mercados externos, bienvenida la discusión. Argentina tiene que transformarse en un país más exportador. Tenemos un problema económico crítico: nuestras exportaciones no crecen. Si vos tomás una serie histórica, ha crecido en el período 2005- 2006 por efecto precio, pero no por efecto cantidad. El único sector competitivo es el agro. Y ese hecho es un problema. Tenemos que desarrollar nuevos sectores que exporten, y que, además,  tengan contenido de mano de obra argentina. Porque si no, vamos a solucionar el problema de los dólares, pero no vamos a solucionar el problema del trabajo de la gente. Ese es el gran desafío, para mí, de los próximos años.

Profundicemos sobre el tema empleo y su relación con la estructura económica, en clave post-pandemia.  

La pandemia ha acelerado mucho la digitalización del trabajo. Home office, robótica, e-commerce, todo avanza. ¿Cuál va a ser la consecuencia de este salto?  Que si no somos capaces de crear empleo vamos a tener un problema más allá de los clásicos de la economía argentina. ¿Y cómo hacemos si está demostrado que la industria ya no es la gran creadora de empleo? Es decir, uno puede decir “voy a transformar proteína vegetal en proteína animal”, comparto. Te va a aportar un mayor nivel de exportaciones, pero no te va a ayudar en la creación de empleo de manera sustancial, debido al avance tecnológico.

¿Cómo es eso? Profundizalo.

Si sólo pensamos la generación de empleo asociada a la industria, vamos a invertir enormes cantidades de capital con una baja incidencia en la creación de empleo. En el mundo actual, el empleo es de los servicios, de la tecnología. La Ley de Economía del Conocimiento apunta a eso. Ahí hay que avanzar: eso es servicio que requiere mano de obra. Argentina, con un tipo de cambio competitivo y una estrategia, puede desarrollar una gran industria de servicios con perfil exportadora: software, biotecnología, salud, educación, servicios de apoyo.Y, por supuesto, eso conlleva un desafío a nivel educativo tremendo. Yo siempre traigo a cuento algo: en la época de Sarmiento el 70 por ciento de la población argentina era analfabeta; no sabía leer ni escribir. Han pasado 150 años, ¿quién es el analfabeto hoy? ¿El que no sabe leer y escribir o el que no sabe programar?

Volviendo al agregado de valor en el agro,  desde ACA desarrollaron un proyecto emblemático en América Latina vinculado a la producción de carne porcina y biogás: “A.C.A. Yanquetruz”. ¿Qué opinión tenés del proyecto que está circulando de inversiones chinas para instalar granjas dedicadas a la cría de cerdos en Argentina?

En principio, me parece bueno porque en vez de vender maíz, vendés carne de cerdo. Como decía antes, si logramos algún grado de elaboración, le agregamos valor. Más allá de ese marco general, considero que el país debería plantear algunos parámetros a los inversores. Primero, me parece que habría que pedirles instalarse en el país en sociedad con una empresa argentina. Segundo, tener un protocolo muy estricto respecto del tratamiento de efluentes porque la producción de cerdos genera importantes volúmenes, fundamentalmente en el sistema de granjas modernas, de alta tecnología. Nosotros elegimos los biodigestores: generás energía eléctrica y en paralelo fertilizante biológico que vuelve al campo, por lo tanto, hay un equilibrio importante. En tercer lugar, hay que resolver un tema clave: los términos del Convenio Comercial donde se establece el precio y el tipo de cambio para la exportación de esa producción. Son cuestiones para contemplar en un acuerdo comercial mutuamente beneficioso.

«SI SÓLO PENSAMOS LA GENERACIÓN DE EMPLEO ASOCIADA A LA INDUSTRIA, VAMOS A INVERTIR ENORMES CANTIDADES DE CAPITAL CON UNA BAJA INCIDENCIA EN LA CREACIÓN DE EMPLEO. EN EL MUNDO ACTUAL, EL EMPLEO ES DE LOS SERVICIOS, DE LA TECNOLOGÍA. LA LEY DE ECONOMÍA DEL CONOCIMIENTO APUNTA A ESO»

¿Qué salida le ves a Vicentin? 

Yo no creo que la empresa pueda seguir como está. Se puede hacer un régimen de fideicomiso de acciones para tratar de arreglar el problema de los acreedores con la propiedad de la empresa, dejando a la familia Vicentin con un determinado porcentaje. Otro esquema podría ser el desguace de la firma. Vicentin tiene una serie de empresas: tiene crushing de soja al cien por cien y en sociedad, tiene plantas de biodiesel, de etanol y de hilado. Por lo tanto, y en esta segunda alternativa, se deberían buscar grupos de interés, que se hagan cargo de distintas unidades productivas. Pueden ser acreedores o no. El que no es acreedor tendrá que poner plata.

¿Cuáles creés que son las obras de infraestructura clave que le permitirían al agro argentino dar un salto cualitativo en los próximos años?

Sí o sí, el ferrocarril. A nivel portuario los privados han hecho mucho. Ahí considero que Argentina está bien. Donde estamos muy mal es en la logística. Nosotros tenemos que lograr mayor competitividad de nuestros productos. Con la foto de hoy, los que somos competitivos en la producción, después lo perdemos en el transporte. No podemos tener producciones a 500, 700, 1000 km de los puertos y traerlas en camión. Eso es impracticable porque el costo es muy alto. Desde el punto de vista de la eficiencia, lo mejor es el barco, después le sigue la barcaza, el ferrocarril y el camión que es muy eficiente en el tramo corto: 100-150 kilómetros. De 300 kilómetros para arriba, el sistema tiene que ser ferroviario por razones ambientales más allá de lo económico. El nivel de contaminación del tren respecto al de un camión es mínimo. En un operativo ferroviario vamos con 1500 toneladas, lo que significa prácticamente el equivalente a 50 camiones.? El gran desafío es la infraestructura ferroviaria.

¿Bajo qué modelo de articulación público-privada debería funcionar un sistema ferroviario sostenible y pensado para el siglo XXI? 

El sistema que mejor ha funcionado es el del Estado en la infraestructura de vías y los privados compitiendo por el uso. Lo explico. Para el privado es muy difícil poder desarrollar el sistema de vías y realizar el mantenimiento, porque son inversiones muy grandes, de recuperación a muy largo plazo. Es un bien social prácticamente. Entonces ahí tendría que ser el Estado el que haga la infraestructura férrea y cobre un peaje por su uso. Los privados realizan la inversión del material ferroviario (máquinas y vagones) y compiten por el uso. Es decir, sin exclusividad, un sistema “open access”, bajo determinadas condiciones de seguridad.

Esto me lleva a preguntarte por la famosa hidrovía del Río Paraná, concesión que está por vencerse. Se está analizando que el Estado se haga cargo de la tarea. ¿Cuál es tu posición?  

Soy crítico. La hidrovía hasta ahora ha funcionado relativamente bien. Antes de la hidrovía no podíamos pasar un barco de más de 26 pies. Hoy ya tiene 34 pies. Y se paga un canon, hay una empresa que licitó y ganó. Se vence la concesión ahora. Hagamos una nueva licitación. Llamen a empresas internacionales que presten el servicio de calado. Necesitamos ahí a la mejor empresa del mundo. La idea de que el Estado Argentino se quede con esa tarea va a costarnos carísimo, en términos de dinero y de eficiencia. ¿El Estado argentino va a hacer una empresa? ¿va a contratar o a comprar las dragas? ¿En qué termina eso? En que el costo del peaje de los barcos, que hoy es de alrededor a los 3 dólares, va a subir a 5 dólares y no vamos a crecer en la profundidad del río.

«DONDE ESTAMOS MUY MAL ES EN LA LOGÍSTICA. NOSOTROS TENEMOS QUE LOGRAR MAYOR COMPETITIVIDAD DE NUESTROS PRODUCTOS. CON LA FOTO DE HOY, LOS QUE SOMOS COMPETITIVOS EN LA PRODUCCIÓN, DESPUÉS LO PERDEMOS EN EL TRANSPORTE.»

Cuando se constituyó la Unión Europea, los alemanes se quedaron con las finanzas y los franceses se quedaron con la política agrícola común. Los franceses han sido “el” lobby que ha dificultado el ingreso de la producción de origen agropecuario de Argentina al mercado europeo ¿En qué situación está el campo argentino desde el punto de vista productivo-tecnológico en relación con el campo europeo? 

Somos muchísimo más eficientes. Te cuento una anécdota: hace 6 años atrás, estábamos evaluando en ACA hacer una maltería. Contactamos a una empresa europea de origen cooperativo (que si no es la primera es la segunda maltera del mundo). Cuando fuimos a visitarlos nos llevaron a conocer sus plantas y después nos llevaron al campo para mostrarnos los adelantos tecnológicos que estaban implementando. Nos mostraron con orgullo que estaban empezando a hacer siembra directa. ¡Nosotros hace 25 años que la hacemos! O sea, allí la agricultura se ha mantenido en base a subsidios. Que tendrá sus razones desde el punto de vista político, geopolítico, poblacional (de contención de las migraciones internas), de preservación de la belleza de la campiña como activo turístico – cultural, pero desde el punto de vista tecnológico y de la producción, Argentina es mucho más eficiente.

¿Estás de acuerdo en que Argentina es una potencia agropecuaria, que paradójicamente, carece de una política de Estado para el sector? 

Exacto. Yo creo en la política del Estado, pero en una política que sea consistente, coherente e inteligente. Y nosotros no la tenemos. Te doy un ejemplo concreto: Francia se hizo famosa por muchas cosas, entre ellas por la denominación de origen y diferenciación de sus productos de origen agropecuario como el champagne. Italia por su prosciutto de Parma. Nosotros tenemos la carne pastoril y la hemos dejado ir. O sea, mezclamos todo, sin pautas, sin plan, nos da lo mismo un pastoril que hacer una crianza feed lot, no seleccionamos, no incentivamos, no premiamos. Lo mismo pasa con el trigo. Canadá hace toda una segregación de trigo en distintas calidades. Nosotros mezclamos todo.

Hablemos de la sustentabilidad de los suelos en Argentina. ¿Cómo se podría incentivar la rotación de cultivos?

Para mí son claves los incentivos. Si vos tenés un diferencial de retenciones a favor del maíz, del trigo, de la cebada y en contra de la soja, eso te va a alentar la rotación, porque el productor toma decisiones por rentabilidad. Si la retención es uniforme, como el costo de producción de la soja es más bajo que la del resto de los cultivos, estás incentivando la no rotación de los suelos.

¿Creés que una ley de fertilizantes podría tener utilidad para el cuidado de la tierra?

Sin ninguna duda. Hay una ley que fue aprobada por unanimidad en la Cámara de Diputados y después nunca la trató Senadores. Entiendo que el área de Economía de la anterior gestión se opuso, porque la Ley (denominada Ley de Suelo) implicaba un costo fiscal para promocionar el uso de fertilizantes, y no quería sufrir una merma en la recaudación. La verdad es que, haciendo bien el número, creo que no tiene perjuicio fiscal. El autor de la Ley fue el actual Ministro, Basterra. Ya perdió estado parlamentario.

«TENGO CIERTO OPTIMISMO CON RESPECTO A LOS PRECIOS A FUTURO. EL MUNDO SE HA INUNDADO DE DINERO. Y VAMOS A TENER TASAS DE INTERÉS INTERNACIONALES EN LOS PAÍSES DESARROLLADOS (ESTADOS UNIDOS O EUROPA) PRÁCTICAMENTE EN CERO Y NO POR CORTO PLAZO. ME PARECE QUE VAMOS A EMPEZAR A VISLUMBRAR UNA DEVALUACIÓN DEL DÓLAR Y POR LO TANTO ES ESPERABLE QUE LOS PRECIOS DE LAS COMMODITIES AGRÍCOLAS QUE EXPORTAMOS HACIA ÁREAS NO DÓLAR VAYAN A MEJORAR»

¿Qué opinión tenés del diferencial arancelario entre la exportación de productos en bruto y los transformados?

Para mí tiene que haber un diferencial arancelario, como funciona en la actualidad. Un tres, tres y medio por ciento. Hoy exportás soja y tenés que pagar 35 por ciento de derecho de exportación. Y exportás aceite y harina y pagás 32 por ciento. Es una protección a la industria local. Es decir, funciona como un espejo el revés con respecto a quien importa. Te voy a poner el caso de China: el poroto entra pagando un arancel del 3 por ciento, pero el aceite entra pagando el 9 por ciento. China protegen a su industria. Precisamente, este diferencial trata de neutralizar, en espejo, el arancel chino.

¿Cuál es la crítica al sistema de arancel diferencial? 

Se dice que es un subsidio del sector agrícola hacia el sector industrial. Pero hay dos puntos que esa crítica no pondera: (1) nosotros estamos entre los tres grandes productores de soja del mundo junto a Brasil y Estados Unidos. El único de los tres países que exporta el 90 % de la producción es Argentina. Los otros tienen un consumo interno mucho más fuerte; (2) Argentina tiene la peor calidad de soja entre los tres países y, por la distancia a los centros de consumo, el mayor flete. En este marco, Argentina exporta el 20 % de la producción como poroto, el 70 % como aceite y harina, y el 10 % se consume internamente. Si nosotros queremos exportar porotos en la época que lo está haciendo Brasil y luego Estados Unidos, vamos a tener un cuello de botella. A nosotros, en esa época, nos conviene tener una industria, lo que nos permite tener precio todo el año y competitivo. Porque no hay industria más competitiva que la argentina en molienda de soja. Tenemos las mejores plantas del mundo.

¿Cómo te imaginás, desde el punto de vista del comercio exterior, el mundo post-pandemia para Argentina? 

En el caso de ACA, hay que repensar el tema de la internacionalización, porque salvo el caso de la posición que tenemos en Hong Kong, no tenemos estructura externa. Mientras que otras multinacionales están en 40 países. Por lo tanto, los viajes para nosotros son un tema central. Creo que la tecnología de las comunicaciones puede ayudarnos a neutralizar esta desventaja. Al respecto, Argentina tendría que pensar muy seriamente en dotarse de una infraestructura de las comunicaciones muy potente porque estamos lejos del mundo desde el punto de vista logístico. Volviendo a la comercialización de la producción agropecuaria, tengo cierto optimismo con respecto a los precios a futuro. El mundo se ha inundado de dinero. Y vamos a tener tasas de interés internacionales en los países desarrollados (Estados Unidos o Europa) prácticamente en cero y no por corto plazo. Me parece que vamos a empezar a vislumbrar una devaluación del dólar y por lo tanto es esperable que los precios de las commodities agrícolas que exportamos hacia áreas no dólar vayan a mejorar. Por ejemplo, China en el 2021 va a crecer el 8 por ciento. Eso nos abre una gran oportunidad. Ojalá que tengamos buenas producciones y que el clima acompañe.»

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