Adriana Serquis, en la CNEA: «El objetivo es que la mayor parte de lo que se pueda hacer acá, se haga acá»

Adriana Serquis

En este extenso reportaje de Nora Bär, la Dra. Adriana Serquis habla de sí misma pero sobre todo de la CNEA y de lo que quiere lograr allí. Lectura imprescindible para toda la comunidad nuclear y los que se interesan en uno de los desarrollos tecnológicos emblemáticos de Argentina. Fue publicado por «El Destape».

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Obligada a dejar transitoriamente Bariloche (su “lugar en el mundo” desde que se trasladó allípara hacer el doctorado en el Instituto Balseiro), Adriana Serquis, flamante presidenta de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), acaba de alquilar un monoambiente a un par de cuadras de la sede central del organismo, en Libertador al 4300.

“Tardo mucho en ir y volver, y ahora ese tiempo es ‘revalioso’, porque estoy llegando a las siete y media de la mañana, y me voy a las nueve de la noche”, cuenta la científica, investigadora del Conicet y el Centro Atómico Bariloche en el área de caracterización de materiales, y que desde que asumió estaba viviendo en el departamento de sus hijos de 22 y 24 años. “Ellos ya tienen su vida organizada –agrega– y no quiero interferir». En broma, comenta al pasar que espera no arrepentirse porque el menor, que estudia ingeniería informática y al que le gusta cocinar, algunas noches incluso la esperaba con la comida lista.

En el Sur quedaron su actual pareja, docente, que la apoyó incondicionalmente en esta nueva tarea, y un puesto que ganó por concurso en febrero como directora del Instituto de Nanociencia y Nanotecnología (INN). Confiesa que era renuente a comprometerse con este cargo, pero hacía tiempo que participaba en el diseño de un proyecto para la institución.

“La designación me tomó por sorpresa –cuenta–. Me enteré un viernes a la noche y estuve todo el fin de semana tratando de decidirme. Pero ya había formado un grupo de gente con ganas de trabajar, de llevar adelante un proyecto y, si bien la CNEA es presidencialista, soy de la idea de promover equipos de trabajo. Queremos ir viendo cómo se revisa la estructura para que sea acorde con el funcionamiento que consideramos deseable”.

Porteña de nacimiento, Serquis solía pasar los veranos en Córdoba, hasta donde rastrea las primeras huellas de su interés por la física experimental. “Mi abuelo no había terminado la primaria, pero era curioso e ingenioso, me daba ‘problemas de encuentros’ [por ejemplo, dos autos se mueven en sentidos contrarios a tales velocidades, ¿después de cuánto tiempo se encuentran si estaban separados tantos metros?] para resolver –recuerda–. A él recurría todo el barrio cuando había inconvenientes con conexiones eléctricas, tenía su radio a galena, su proyector de 16 mm y a mí me fascinaban esas cosas. Mi papá era ingeniero industrial y tenía unos libros llamados Tecnirama donde descubrí las propiedades de la luz. De chiquita siempre me gustaron los experimentos. Cuando llegué a primer año y me enteré de que existía algo que se llamaba ‘física’, me dije: ‘Quiero estudiar eso’”.

Cuando cursaba quinto año, se dio cuenta de que además de su pasión por la ciencia había una inclinación por lo social y decidió estudiar al mismo tiempo el profesorado en enseñanza primaria. Se graduó de licenciada en la Facultad de Exactas de la UBA y al finalizar quiso irse de Buenos Aires y se presentó para hacer el doctorado en el Instituto Balseiro con una beca de la CNEA. Era 1993.

Doctora Serquis, asumió hace muy poco. ¿Cuáles considera que son las áreas prioritarias en las que debe enfocarse?

–Por un lado, hay grandes proyectos que ya vienen con financiamiento desde hace muchos años, y que tienen que terminarse de la mejor manera y lo antes posible. El CAREM [primer reactor de potencia íntegramente diseñado y fabricado en la Argentina, cuyo prototipo se está construyendo en Lima, Provincia de Buenos Aires] y el RA-10 [Reactor Nuclear Argentino Multipropósito, que entre otras cosas asegurará el autoabastecimiento de radioisótopos de uso médico y permitirá exportarlos] son los dos proyectos insignia. Uno de los primeros cambios es que el CAREM tiene nueva gerente, Sol Pedre, una joven que venía desempeñándose en el departamento de robótica y está haciendo un trabajo excelente. Si todo avanza como está previsto, la construcción podría finalizarse hacia 2024 y podría ponerse “a crítico” [iniciar una reacción en cadena autosostenida] en 2025. En este momento estamos revisando estas fechas, que son las que nos parecen viables. Por otro lado, es muy importante activar y llevar a su máximo potencial todo lo que hace a la vinculación tecnológica. Queremos volver a poner en valor a la CNEA como articuladora de grandes instituciones, generar redes. Tuvimos una reunión con Nucleoeléctrica Argentina Sociedad Anónima (NA-SA, la empresa que opera las centrales de Embalse y Atucha I y II) y Dioxitek [que fabrica los elementos combustibles que se utilizan en las mismas], y pensamos que el sector nuclear tiene que empezar a trabajar en conjunto y articular los temas en común.

En 2018 se decidió avanzar con la compra de una cuarta central nuclear a China financiada por ese país. ¿Se mantiene esa idea?

–Por ahora, tengo entendido que sí.

¿Lo mismo para el combustible, que podría desarrollarse en el país?

–En este punto, hay tres contratos posibles. Uno tiene que ver con la central nuclear. Otro, con la garantía de la provisión de combustible para que esa central funcione. Y un tercero de transferencia de tecnología que es responsabilidad nuestra. Eso es lo que tenemos que analizar en conjunto con NA–SA. Entiendo que la compañía tiene que garantizarse que la central funcione. Ahora, también tiene que haber una cláusula que nos permita que en cuanto el desarrollo esté terminado podamos ser nosotros los que proveamos el combustible. Nos llevaría entre cuatro y siete años desarrollarlo. Tenemos que pelear para que la mayor parte de lo que se pueda hacer acá se haga acá, no solo el combustible…

La tecnología de esta central (Hualong) es nueva, no fue muy probada. ¿Qué garantías hay en el mundo?

–Todos los desarrollos de centrales están controlados por la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA, cuyo actual director general es el argentino Rafael Grossi). Hay un mecanismo de contralor muy importante que no depende solamente del propio país. Si se concreta ese acuerdo, que escapa a nuestra órbita, esperamos que haya otras centrales de este tipo funcionando antes de la que se proyecta hacer acá.

¿Van a apoyar la compra?

–Nos hubiera gustado más que fuera una del tipo CANDU (de uranio natural y no de uranio enriquecido) porque es una tecnología en la que tenemos más posibilidades de aportar desarrollo argentino. Pero si hay una decisión de ir por esa, trataremos de acompañar y de lograr la mayor transferencia de tecnología posible. Queremos que de a poco el sector metalmecánico pueda empezar a trabajar de nuevo, acompañarlos en lo que haga falta para lograr mejores normas de calidad, pero también tenemos que ser realistas. Por ejemplo, para el CAREM necesitamos encargar muchos componentes, algunos Clase A (que cumplan las normativas nucleares) y otros, no necesariamente. Si una pyme tiene capacidad para hacer algunos, pero tardará diez años, en este momento no sirve. Es un equilibrio delicado entre ayudar y acompañar el desarrollo de las industrias nacionales, pero sin detenernos.

¿Qué va a pasar con la planta de agua pesada, necesaria para la operación de nuestras centrales nucleares, que fue virtualmente paralizada?

–Hay varias ideas. Si bien la cuarta central será de uranio enriquecido, quizás en el futuro habrá una quinta del tipo CANDU. La matriz argentina necesita de la energía nuclear para cumplir con los acuerdos de París; es limpia desde el punto de vista de las emisiones de dióxido de carbono. Si es necesario seguir apostando por más energía nuclear, vale la pena la reactivación de la planta de agua pesada, porque ya va a haber otra central de uranio natural que lo requiera. Pero también hay otros proyectos, ya que podríamos exportarla. Si se dan los acuerdos con China u otros países, hay una clara decisión de reactivarla.

Países como Francia tienen decenas de reactores que están llegando al fin de su vida útil. ¿Cómo se resuelve la disposición de los desechos?

–Esos son dos problemas. Se están estudiando reentubamientos que permitan la “extensión de vida” de esas centrales por plazos mucho más largos de lo que originalmente se pensó. Hay grupos de trabajo evaluando eso e incluso nosotros podríamos pensar en otro para las Atucha. Hay que analizar el envejecimiento de los materiales… Por suerte hay mucho avance y mucho por hacer.

El tratamiento de los residuos es otra cuestión. Pero pensemos que los de toda la vida de una central nuclear muchas veces entran en este espacio [señala una mesa de un metro por un metro], caben en la caja de una camioneta. Sin embargo, hay que seguir trabajando en el tema para dar las respuestas correctas. Por ley, nos corresponde hacernos cargo y no vamos a dejar de lado el tema. Además, es material hipotéticamente reciclable. Una vez que el uranio se gasta, se puede producir combustible sobre la base de plutonio, pero en ese caso hay que cumplir regulaciones internacionales muy estrictas y complejas.

En la CNEA hay equipos de avanzada en la investigación en nanotecnología. ¿Cuáles son las líneas que aparecen como más importantes?

–Hay muchas y muy diversas. Se estudian temas teóricos y también aplicaciones. Dentro de estas últimas, hay tres que tienen que ver con la salud, la energía y el ambiente. Entre estas últimas, varias se vinculan con el desarrollo de sensores y la generación de nanopartículas (tanto con fines terapéuticos como para plataformas que sean capaces de sensar enfermedades, por ejemplo).

Particularmente en el grupo de trabajo del que yo vengo, hay toda una línea de uso de nanopartículas en ciertos óxidos que permiten generar materiales más eficientes para pilas de combustible. En un momento en el que se está discutiendo tanto la matriz energética nacional y si necesitamos generar hidrógeno verde, quiero destacar que la paleta de colores del hidrógeno es bastante más amplia. Tenemos el “verde” [es decir, que se obtiene descomponiendo agua en oxígeno e hidrógeno a partir de energías alternativas, como la solar o la eólica], aunque todavía las tecnologías para su almacenamiento no están maduras. Pero también podemos aprovechar nuestro potencial como país productor de gas natural y usar hidrógeno “azul” [a partir de hidrocarburos y con captura de un alto porcentaje de las emisiones contaminantes] o “gris” que es más económico [no se realiza captura de emisiones contaminantes ni se usan energías renovables]. Si uno lo genera con una pila de combustible [un dispositivo electroquímico], en general el proceso es mucho más eficiente y la generación de dióxido de carbono es mucho menor que si uno quema directamente el gas natural. También está el hidrógeno “rosa”, que puede producirse a partir de la energía nuclear: con el calor de exceso de las centrales de cuarta generación. Las nanopartículas también pueden hacer más eficientes esos sistemas. Para el CAREM no llegamos, porque cuando les propusimos agregarlo al prototipo ya era un poco tarde, ¿por qué no pensarlo para el futuro y a más largo plazo?

La experiencia indica que en la Argentina hasta los proyectos más prometedores pueden empantanarse durante décadas por falta de fondos. ¿Hay motivos para pensar que esta vez no será así?

–Nos dicen que el dinero va a estar, veremos si es cierto. Venimos con el presupuesto de este año casi ejecutado y con el preliminar del año que viene ya presentado antes de que yo asumiera. Estamos empezando a hacer el análisis fino y viendo cómo cada uno de esos proyectos tiene lo necesario para funcionar en tiempo y forma.»