Un biosensor desarrollado en Argentina para monitorear el agua de la cuenca Matanza-Riachuelo

El proyecto, liderado por científicos del Instituto Leloir y el CONICET, apunta a facilitar la detección de arsénico, nitrato, plomo y otros elementos perjudiciales 

Un equipo de científicos está avanzando en la adaptación y validación de un biosensor fácil de usar, portátil y accesible que determine la calidad del agua que consumen los habitantes de la Cuenca Matanza-Riachuelo y contribuya a garantizar su seguridad hídrica.

Es uno de los 147 proyectos seleccionados para financiación en la convocatoria “Ciencia y Tecnología contra el Hambre”, del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Nación, en el marco del Plan Nacional de Argentina contra el Hambre.

Daiana Capdevila (centro), jefa del Laboratorio Fisicoquímica de Enfermedades Infecciosas en el Instituto Leloir e investigadora del CONICET, y dos integrantes de su grupo, Sofía Liuboschitz y Matías Villarruel.

“La falta de acceso al agua potable es un problema global y como también afecta a un porcentaje de la población de nuestro país, decidimos enfocarnos en el desarrollo de una tecnología que monitoree la calidad de un recurso clave para la vida humana y validarla en la Cuenca Matanza-Riachuelo de manera coordinada con organismos que trabajan en ese territorio”, explicó Daiana Capdevila, líder del proyecto y jefa del Laboratorio Fisicoquímica de Enfermedades Infecciosas en la
Fundación Instituto Leloir (FIL).

El proyecto se desarrolla en cooperación con la Autoridad de la Cuenca Matanza Riachuelo (ACUMAR), una entidad estatal que hace más de diez años se dedica a monitorear las fuentes de agua en la Cuenca Matanza-Riachuelo, en particular las áreas que no están vinculadas al agua de red.

Durante su una estadía postdoctoral en la Universidad de Indiana, en Estados Unidos, Capdevila y colegas de la Universidad Northwestern desarrollaron un biosensor de un dólar bautizado ROSALIND  que detecta 15 contaminantes en agua, incluyendo metales como cobre, plomo, zinc y cadmio; varios tipos de antibióticos; y hasta elementos presentes en maquillaje.

Ahora, Capdevila y su equipo trabajan para extender el uso de ROSALIND con el fin de detectar diferentes contaminantes perjudiciales para la salud como arsénico, nitrato y plomo y determinar si la muestra de agua analizada resulta apta para consumo humano.

ROSALIND imita un sistema de proteínas que tienen las bacterias para detectar y defenderse de metales. Ante la presencia de un contaminante, fabrica exclusivamente unas moléculas que dan un color verde observable a simple vista y que funciona como “alerta”.

“El objetivo es tener los sensores en el campo de acá a un año. La validación vamos a arrancarla junto con ACUMAR que aporta un invaluable conocimiento del territorio y está en contacto con distintos organismos que pueden colaborar con ese objetivo porque la Cuenca Matanza-Riachuelo se está muestreando constantemente”, indicó  Capdevila, también investigadora del CONICET.

“Desde el principio me vengo enamorando de este proyecto que para mí es una evidencia muy fuerte de que hacer ciencia básica en Argentina puede ayudar a resolver problemas de las argentinas y los argentinos”, agregó.

Por el diseño de este proyecto, Capdevila ganó el Premio Nacional L’Oréal UNESCO “Por las Mujeres en la Ciencia” 2020 en la categoría Beca. La investigadora también realiza ciencia básica para aportar al desarrollo futuro de terapias eficaces contra las bacterias multirresistentes a antibióticos que figuran en la lista de prioridad de la Organización Mundial de la Salud: Enterococcus faecalis, Acinetobacter baumanii y Streptococcus pneumoniae.

Del proyecto también participan Sofía Liuboschitz, tesinista de licenciatura, y Matías Villarruel, becario del CONICET, ambos integrantes del grupo de Capdevila.