Bill Gates y el gobierno de EE.UU. financian una central nuclear de nueva tecnología. Nosotros, todo lo contrario

El proyecto Natrium (nombre latino del sodio, un metaloide liviano), viene impulsado por Bill Gates. Reemplazará una central eléctrica de carbón, y tiene la ayuda de una financiación del gobierno estadounidense de 1.900 millones de dólares.

TerraPower, una empresa de energía nuclear avanzada fundada por el multimillonario estadounidense Bill Gates, anunció el martes que construirá en el estado de Wyoming una planta de demostración que costará unos 4.000 millones de dólares y obtendrá la mitad de su financiación del Gobierno del país norteamericano. Las instalaciones se ubicarán en la remota localidad de Kemmerer, donde la central termoeléctrica a carbón de Naughton deberá cerrar en el 2025.

Gates apuesta a cuádruplemente seguro: la masa de dinero invertida por EEUU en carbón, todavía inmensa hace 10 años, hoy es considerada «a stranded investment«, inversión náufraga en la parla financiera: los fondos de pensión evitan la mala imagen de este combustible, el más contaminante y menos eficiente de la lista de los fósiles. Ese capital busca radicarse en tecnología energética nueva, libre de emisiones de carbono, con la que pueda «primerear» para después vendérsela al planeta entero.

En ese sentido el proyecto Natrium es una garantía: la central es técnicamente muy disruptiva respecto de las nucleoeléctricas PWR y BWR hoy dominantes, las de uranio enriquecido, moderadas y refrigeradas a agua.

Pero además, por diseño, el Natrium es «proliferation resistant«. Las centrales convencionales son económica y políticamente ruinosas para «cocinar» plutonio militar grado bomba, asunto que los militares de los países con armas nucleares hacen en sus propios y primitivos reactorcitos llamados «production facilities», en la parla diplomática. Con un reactor de sales de sodio, recuperar plutonio 239 se vuelve no sólo incoveniente sino además físicamente imposible. Esto probablemente facilitará la exportación de la tecnología a países no necesariamente alineados con EEUU. Y todo ello vuelve al Natrium doblemente seguro como inversión.

Lo que lo hace triplemente seguro al Natrium es que Gates eligió poner el prototipo en el estado de Wyoming, origen del 40% del carbón usado aún en los EEUU, y donde la estampida de desinversión está dejando un tendal de desocupados en las minas y en las termoeléctricas. El cercano pueblo de Kemmerer (2000 habitantes) apenas 210 km. al Norte de las áridas salinas de Salt Lake City, queda literalmente en medio de la nada, vive enteramente de una triste y vetusta central a carbón, y cierra sí o sí en 2025.

Sin el proyecto de Gates, Kemmerer se vuelve un pueblo fantasma. Wyoming hace una década que está en ese camino, pero a escala estatal, y debido al abandono masivo del carbón por Wall Street, que ni siquiera Donald Trump logró detener. Árido, mediterráneo, frío, seco y sin industrias, vive del turismo en el Parque Nacional Yellowstone y logra mantener apenas 576.000 habitantes.

Por ello, no parece que vaya a haber manifestaciones de Greenpeace contra Gates en esta polvorienta aldea, ni en el resto de Wyoming. Porque el prototipo del Natrium promete, vaya coincidencia, 2000 empleos durante la construcción de la central Natrium, y 250 puestos fijos y más calificados durante su vida operativa. Que no es imposible que exceda los 80 años o el siglo.

Hoy las centrales nucleares se construyen y licencian como las represas hidroeléctricas: para durar generaciones. Y dan electricidad de base, que es el requisito para instalar industrias electrointensivas como acero, vidrio, cemento, química, e incluso algo tan indispensable, en la fría aridez de las «badlands» del Noroeste yanqui, como la desalinización de agua subterránea.

Lo que apalanca de modo cuádruple el Natrium es la física: el sodio, un metaloide liviano, sustituye al agua como refrigerante con una ventaja enorme en conductividad térmica, y eso en reactores de tipo bastante diverso. Esto le permite al Natrium funcionar a temperaturas el doble de altas que una PWR, lo que se refleja en mucho vapor y muy caliente en las turbinas del grupo generador, lo que equivale a más electricidad con menos combustible. Pero además, el sodio garantiza que el reactor se enfríe pasivamente por circulación de aire en «parada caliente», pero también en caso de accidente.

Para perfeccionar el combo, el largo circuito de circulación de sodio del Natrium incluye un remanso: un enorme tanque térmicamente bien aislado donde este metal líquido se estoquea como reserva de calor. Si la red eléctrica pide energía de respaldo con urgencia, porque el viento se planchó en los parques eólicos de la región, se pone a circular esta reserva y la potencia nominal de la central sube de 345 MW eléctricos a 500 MW, cifra que puede sostener durante 5 horas y media diarias.

Esta flexibilidad es ajena a los PWR y BWR, diseñados para funcionar 24×7 al 100% de su potencia nominal. ¿Qué ventaja comercial le daría esto al Natrium? «Seguimiento de carga», como dicen los ingenieros eléctricos. En castellano, eso es funcionar de modo flexible en una red eléctrica muy dominada por fuentes renovables intermitentes e incluso impredecibles en el corto plazo, como la fotovoltaica y la eólica. Y de aquí a 20 años, fogoneada su transformación de térmica a renovable por las consecuencias espantosas del cambio climático, todas las grandes redes eléctricas del mundo serán así: cada vez más libres de carbono fósil.

Pero sin energía nuclear flexible capaz de garantizar un suministro de base 24×7, la penetración de intermitentes está limitada a un 20%. Una red eléctrica que no esté fondeada en producción «de base», como sólo la dan los combustibles fósiles, las centrales hidroeléctricas y las nucleares, es inestable e incontrolable, un verdadero barrilete sin cola. Los alemanes hicieron el experimento de cerrar sus centrales nucleares e intentar mover sus ciudades e industria a eólica y solar… y como resultado tuvieron que reabrir sus minas de carbón, importar electricidad de Europa Oriental (salida del carbón) y se han vuelto el peor contaminante por cabeza de habitante de la UE.

Si algo disuade a la industria de instalarse, si algo molesta a los usuarios son las fluctuaciones de potencia que queman motores eléctricos y heladeras. Y ni te cuento de los apagones a repetición. El Natrium está pensado para el ecosistema eléctrico del futuro, descarbonizado y con grandes factores de penetración de intermitentes.

Lo que le pone demasiada adrenalina, sin embargo, a la apuesta de Gates es no la física sino la química: el sodio es infernalmente corrosivo y literalmente disuelve los aceros de cañerías. Peor aún, se incendia y explota al contacto con el agua o con la humedad atmosférica. Para dominar bien la refrigeración con sodio se requirió de décadas de desarrollo en ciencia de materiales por parte del estado soviético, cuando éste existía.

Como Gates no pudo reclutar a la URSS por motivos cronológicos y ontológicos, y como su gobierno no lo deja hacer emprendimientos nucleares con la Rusia de Vladimir Putin por motivos políticos, el multimillonario echó mano de socios más cercanos. La ciencia pura y aplicada la proveen los 5 grandes National Laboratories: el de Los Álamos, Oak Ridge. Argonne, Idaho y Pacific Northwest. Contribuyen también las universidades estatales de Oregon, Wisconsin y North Carolina. El conocimiento tecnológico y parte de la plata la ponen firmas nucleares enormes como Bechtel, GE-Hitachi, Global Nuclear Fuels, American Centrifuge y Orano, y la experticia en mercados eléctricos Pacificorp, Energy Northwest, Duke Energy y otras «utilities».

La ventaja de apellidarse Gates y haber fundado Microsoft es que uno pega el chiflido y los muchachos vienen. Pero vienen sobre todo porque detrás de Gates, y con mayor billetera y mayor expectativa de vida, está el Department of Energy, el famoso DOE. El DOE está indignado porque hace 40 años que no logra que se venda una central PWR estadounidense ni siquiera en territorio propio. Y es que bajo su administración, ya en los ’80 se habían vuelto demasiado complejas, caras, difíciles de licenciar y -seamos francos- atrasadas.

En suma, que el gobierno federal se ha convertido de nuevo a átomos, y pone prácticamente el 50% de la inversión. Y tiene otras apuestas nucleares parecidas, toda una canasta de ellas, como la central NuScale a construirse en Idaho, una copia amplificada y bastante tuneada de nuestra centralita CAREM.

Para los que se impresionan fácilmente con tanto nombre y tanta chequera, EEUU simplemente se defiende. Trata de que China, que se propone construir 150 centrales atómicas nuevas, no le pase por encima como una topadora. Rusia, un estado mucho más pobre, vive pasándole por encima hace 20 años: hoy es el mayor exportador de centrales PWR del mundo.

Y sucede que además de prestigio tecnológico, hay mucha plata en el futuro mercado nuclear como para que los EEUU se lo regalen a China y a Rusia. Según pintan los vientos que volvieron a soplar en el COP 26 de Glasgow, donde el átomo fue recibido de regreso como una especie de hijo pródigo inevitable ante la catástrofe climática, ese mercado volverá a ser nuevamente enorme. Y no reducido a 30 países. Será planetario.

Lo que falta saber es si con tanta chequera y nombre se le puede poner coto a la tremenda reactividad química del sodio como refrigerante. La vieja URSS al parecer lo logró no mucho antes de desaparecer como estado, con el reactor reproductor a neutrones rápidos BN-600 en Bieloyarsk, Zarechny, provincia de Sverdlovsk. El BN-600 no sólo fue un éxito técnico sino comercial, algo inesperado en una unidad de demostración.

Machacando sobre caliente y en el mismo enclave geográfico, el estado ruso hizo un 2do reactor enfriando a sodio líquido aunque de base técnica distinta, el BN-800, y por ahora al parecer anda joya.

Tampoco es de extrañar. Si uno escarba en la historia estadouidense reciente, resulta que los planes de Gates y asociados no son tan disruptivos: el Oak Ridge National Lab tenía bastante dominada la tecnología de reactores a sal fundida, al menos a escala de prototipos. Podría haber avanzado a escala comercial. Pero Richard Nixon, presidente más astuto que inteligente, le cortó los fondos. Esto que hoy intenta lograr Gates lo podrían haber hecho tranquilamente la Westinghouse, la General Electric o Bechtel hace décadas, y con tecnología del gobierno.

«Nuestra innovadora tecnología ayudará a garantizar la producción continua de electricidad fiable, a la vez que se realiza la transición de nuestro sistema energético y se crean nuevos puestos de trabajo bien remunerados en Wyoming», declaró Chris Levesque, presidente y director ejecutivo de TerraPower, con su relamido lenguaje corporativo. Lo raro es que parece estar diciendo la verdad.

«Una subvención gubernamental muy importante»

El proyecto recibirá unos 1.900 millones de dólares del Gobierno federal, de los cuales 1.500 millones corresponden a la Ley de Infraestructuras que Joe Biden firmó esta semana y que incluye 2.500 millones de dólares para reactores nucleares avanzados.

«Es una subvención gubernamental muy seria», señaló Levesque. «Esto era necesario porque el Gobierno y la industria nuclear de Estados Unidos se estaban quedando atrás», agregó. También es muy poca plata, medida por el costo del megavatio instalado. Demasiado poca.

Por su parte, la secretaria de Energía, Jennifer Granholm, apuntó que la nueva instalación daría esperanza a una ciudad donde se cerrará una planta de carbón. «Las comunidades energéticas que nos han abastecido durante generaciones tienen oportunidades reales de impulsar nuestro futuro de energía limpia a través de proyectos como este».

La empresa canadiense apoyada por Bill Gates planea instalar plantas que pueden capturar un millón de toneladas de dióxido de carbono al año.

Está previsto que la planta Natrium se inaugure en el año 2028, dentro del plazo establecido por el Congreso estadounidense. Tratándose de un prototipo, es un cálculo optimista, y ni hablar del costo final de U$ 4000 millones. Y francamente, no importa, porque los costos en vidas y plata del descalabro climático son inmediblemente mayores y hay que cambiar la matriz energética mundial. Como dicen los náufragos, al menos los que sobreviven: no hay salvavidas caros.

Inicialmente, Gates planeaba construir una planta nuclear experimental cerca de Beijing, con la empresa estatal China National Nuclear Corp, la misma CNNC que hoy le vende a la Argentina una central Hualong-1 de 1080 MWe. Por ello, TerraPower se vio obligada a buscar nuevos socios después de que la Administración del entonces mandatario Donald Trump restringiera los acuerdos.

Y por casa, ¿cómo andamos?

AgendAR arrima una reflexión: la Secretaría de Energía de la Argentina acaba de salir con un plan a una década que atrasa algo más de una década. Se apoya en completar obras hidroeléctricas atrasadas por el macrismo (las centrales sobre el río Santa Cruz y Chihuidos) y en instalar todos los parques eólicos y solares que quedaron sin hacerse en el gobierno anterior por el derrumbe cambiario. La Secretaría dice claramente que de aquí a 2030 la única obra nuclear que entrará en línea es el CAREM, un prototipo de 32 MW eléctricos de potencia.

En suma, y para sorpresa de casi nadie, una repartición federal dominada por el pensamiento petrolero presenta el mismo plan energético que el macrismo. Con agravantes: no parece siquiera preocupada por acelerar la entrada en línea de la central Hualong-1, comprada a China llave en mano, aunque es fama que el fabricante (CNNC) termina sus obras en 6 años justos contra-reloj, y de yapa en este caso pone el 75% de la financiación.

Esta timidez ante el uranio, inherente a la Secretaría, puede explicarse como pura conveniencia petrolera: 1000 MW eléctricos nuevos serían 1600 millones de m3 anuales de gas que no haría falta sacar por  «fracking», con los costos ambientales consiguientes. ¿Alguien podría darle una noticia tan mala a la Shell, que hasta 2019 dirigía la Secretaría, y ahora se asoció a YPF en lo mejorcito de Vaca Muerta?

Pero la falta de compromiso de la Secretaría de Energía con el desarrollo tecnológico e industrial del país es imposible de medir, porque ese compromiso no existió jamás, razón por la cual el Programa Nuclear Argentino debe volver a su lugar de origen en el tótem del estado, o desaparecer: depender directamente del Poder Ejecutivo. Sin garantías de que éste entienda con qué se come el átomo. Pero esto deberá suceder y es cuestión de tiempo.

Hasta 2015, la Argentina iba a construir TRES centrales nucleares: primero una CANDÚ de 700 MW parecida a Embalse, pero con mucho rediseño propio, un 80% de componentes nacionales, que debió empezarse en 2016 (estaríamos inaugurándola el año que viene).

Llamada «Proyecto Nacional», esta máquina tenía financiación china. Dos años más tarde, en 2018, debía entrar en obra la Hualong-1, dentro del mismo paquete financiero, y con un grado de participación comprensiblemente menor de la industria argentina. Era aceptable hasta cierto punto, porque la CNNC prácticamente nos estaba regalando la «Proyecto Nacional» y dejándonos total libertad tecnológica e industrial en su construcción. Esa largueza da una medida de la urgencia propagandística de China en venderle una de sus centrales a la Argentina, único país nuclear exitoso, autónomo y exportador de su tecnología al Sur del Río Grande.

Las cosas sucedieron muy de otro modo. El ingeniero Juan Carlos Aranguren, el Ministro de Energía de la Shell, paró todo «para reexaminarlo». Todo incluía las dos represas sobre el río Santa Cruz, hasta que los chinos -a cargo de la obra- le recordaron al presidente Macri que por cláusulas de inversión cruzadas y ya firmadas, si no se hacían esos diques China no ponía un mango más en el Belgrano Cargas, el ramal ferroviario que le permite a la soja salir de lo profundo de la llanura chaqueña occidental y llegar al Paraná. En 2018, y dado que la «Macrinomics» había provocado simultáneamente una recesión por tarifazos y despidos mientras fundía al país por fuga y endeudamiento, Aranguren «no tuvo más remedio» que matar el Proyecto Nacional, y dejar sin empezar la Hualong-1.

La tercera central a inaugurar era el prototipo del CAREM, que también se paró. No por merecer examen por parte de Aranguren (32 MW eléctricos no asustan a un petrolero), sino porque los fondos para la CNEA en dólares bajaron en un 52%. El cacique de la Shell además apartó a la Gerencia CAREM de la obra civil y se la entregó a Techint, que procedió a pararla y a despedir obreros toda vez que la CNEA se quedaba sin plata. Algo inevitable y repetitivo, dado el recorte de fondos.

Lo interesante del plan energético actual es que copia al de Macri, pero lo supera. La central Proyecto Nacional no resucitó, aunque se obstina en permanecer como prioridad en el programa de la novísima dirección de Nucleoeléctrica Argentina SA (NA-SA). La Secretaría de Energía sencillamente no habla del tema. Aunque un CANDÚ argento representa al menos 5000 empleos directos durante la construcción, y la participación de entre 80 y 130 proveedores nacionales de fierros e ingenierías, que van desde empresas gigantes como IMPSA y CONUAR, del grupo Pérez Companc, a medianas como Termipol o Cruma.

En esa cadena de proveedores hay muchos miles más de puestos de trabajo calificados. Sólo con terminar Atucha II, entre 2006 y 2016, NA-SA logró que 400 ingenieros en esas empresas pudieran añadir a sus títulos el adjetivo «nucleares». Significativamente, terminar Atucha II costó unos U$ 3200 millones, PERO SE PAGARON EN PESOS, PORQUE EL 95% DE LOS CONTRATOS SE HIZO CON PROVEEDORES NACIONALES. Lo mismo podría suceder con la CANDÚ Proyecto Nacional, pero andá a explicarle a la Secretaría de Energía que la industria nuclear es industrializante, como decía Jorge Sabato.

Pero lo más revelador son los planes para el CAREM, una PWR rediseñada y compactada con una sencillez conceptual admirable en 1984. Dada la pertinaz negativa de los decisores argentinos a construirlo este reactor, fue copiado e imitado por Corea y EEUU. Lo que dice la Secretaría de Energía en sus planes a futuro sin futuro es que va a dejar que el CAREM se inaugure… pero es un prototipo, con un único módulo de 32 MW. El reactor comercial subsiguiente, pensado para ser exportado al menos a 30 países, consta de 4 módulos de 125 MW cada uno.

De cómo pasar del prototipo inaugurado al CAREM comercial, la Secretaría de Energía no dice una palabra, porque no tiene maldita la intención de que suceda.

Lectores, el CAREM es, a su modo, el equivalente del reactor que ahora se propone construir Bill Gates en Idaho: una tentativa de rescatar la industria nuclear de su país del completo desastre, y una idea que en realidad ya había sido bastante desarrollada en los ’60 y ’70 hasta que la mató en el huevo don Richard Milhous Nixon. Que era, como se dijo, más astuto que inteligente.

Y tiene muchos imitadores locales.

Daniel E. Arias