El nuevo almacenamiento en seco de los elementos combustibles gastados de Atucha I estará listo en julio

 

Observaciones de AgendAR:

En 1974, cuando entró en línea Atucha I, su vida útil planificada era de 30 años, como la de todas las centrales presurizadas de 2da generación: Por lo tanto se suponía su salida definitiva de servicio alrededor de 2004. Pero ya desde los ’90 era claro que el estado técnico de la central era estupendo, y que valía la pena hacerle una recorrida completa de sistemas para llevarla a «cero kilómetro» y dejarla 20 años más en servicio.

Aunque el gobierno de Néstor Kirchner todavía no entendía mucho de energía nuclear (eso empezó en 2006), la propuesta de la nueva operadora de la máquina, NA-SA, coincidía con las estimaciones técnicas de la dueña original (la CNEA, Comisión Nacional de Energía Atómica). Lo importante es que la parte potencialmente objetora, la ARN (Autoridad Regulatoria Nuclear), hizo la lista de reparaciones, modernizaciones y reemplazos necesaria y estuvo de acuerdo, cautelosamente, en dar 10 años «y volver a ver».

En el mundo se vivía el llamado «renacimiento nuclear». Los países asiáticos industriales, con China y la India a la cabeza, construían centrales nuevas de tercera generación, con estimaciones de vida iniciales de 40 años o más. Mucho más timorato, el país con el mayor parque nuclear del mundo, EEUU, empezaba a dar extensiones de vida útil a algunas centrales atómicas activas desde los ’60, cuando el estado técnico y las cuentas lo permitían.

Aquí no sólo lo permitían sino que lo exigían. La economía argentina, aunque endeudada irremediablemente, se recuperaba una década de estanflación feroz, había vuelto a crecer desde 2002 y la industria empezaba a pedir electricidad a gritos. Sin embargo, con la formación Loma de la Lata ya casi totalmente despresurizada, no era claro de adónde saldría el gas para evitar los apagones programados.

Ahora bien, si es para fabricar electricidad, 1000 MW nucleares instalados tienen disponibilidad 24×7 al menos 320 días por año, suponiendo paradas planificadas largas, y sustituyen 1.600 millones de m3 cúbicos de gas por año. De modo que los 350 MWe de Atucha I repotenciada y disponible por dos décadas más evitaría importar 560 millones de m3 cúbicos anuales de gas boliviano, o su equivalente en GNL asiático. Los combustibles de todo tipo, fogoneados por la demanda china, habían iniciado su rampa mundial de precios. Era negocio.

Pero además, como NA-SA tenía -por primera vez desde su creación por Menem- una conducción «pro-industria nacional», la idea era que la fabricación de componentes quedara básicamente en el país. A esa altura de la vida era bastante inevitable ignorar al proveedor de la central, KWU, división nuclear de la SIEMENS, porque ya no existía, había sido vendida por los alemanes a la francesa AREVA.

Por lo demás, los alemanes ya no merecían confianza: en 1988 Atucha I, que es un prototipo único en el mundo, había sufrido la rotura de internos que la dejaron fuera de servicio. KWU ofreció repararla por U$ 200 millones, algo así como el doble del precio original de la central nueva, y tomándose 2 años para ello. Tras cierta lucha interna, la CNEA le propuso al gobierno que fuera reparada por una UTE de INVAP y Techint, que hizo el trabajo por U$ 17 millones y la puso en línea como nueva y bajo aprobación de los expertos en radioprotección del Organismo Internacional de Energía Atómica.

Era un «first timer» mundial, porque la intervención fue -en términos médicos- laparoscópica. La central se arregló con herramientas telecomandadas diseñadas «ad hoc» capaces de caber en sus canales de refrigeración, de 12 cm. de diámetro, sin destapar el recipiente de presión.

En la Argentina pre-menemista, habría pasado por hazaña, pero no fue el caso. Jorge Lanata, seguramente más motivado por su indómito ingenio que por el despecho alemán, aprovechó para poner en tapa de su diario -Página12- la foto de la instalación con el titular: «La arreglamos con un alambre».

Greenpeace, tampoco motivada por el despecho alemán, prometió un Chernobyl bonaerense. El gabinete uruguayo, por si las moscas, estuvo sesionando secretamente en Paysandú durante la primera semana de la puesta en marcha de Atucha I. Pero la central anda joya desde entonces: no se puede contentar a todo el mundo.

Esa reparación convenció a la CNEA de que en materia de centrales de uranio natural refrigeradas y moderadas con agua pesada empezaba a entender más que Alemania. Y no por nada: en planos, Atucha 1 tendría 250 MWe, pero antes y a lo largo de la construcción, empezada en 1968, la CNEA le impuso optimizaciones que le permitieron inaugurar con 320 MWe. Luego de la reconstrucción de los internos de reactor averiados en 1988, a la central se le hicieron mejoras adicionales en intercambiadores de calor que llevaron su potencia eléctrica a 350 MW, 100 más que en el diseño original.

Pero además, dado que el país ya tenía oficialmente la capacidad de enriquecimiento, se estudió una mejora ligerísima del uranio natural: del 0,73% de ley de isótopo 235 se modelizó y luego ensayó con mucha cautela el funcionamiento de la máquina con un 0,9%. Y lo que sucedió fue que prácticamente se duplicó «el quemado»: sin incrementos de potencia térmica, los nuevos elementos combustibles argentinos duraban casi el doble hasta gastarse.  A esa altura de las cosas, la Argentina era el país que más entendía de Atuchas, es decir de centrales de uranio natural, agua pesada y con recipiente de presión. Mucho más que los alemanes, por cierto.

Fue un espaldarazo bastante útil cuando en 2006 se decidió retomar la construcción de Atucha II bajo dirección de NA-SA, obra que había estado 27 años detenida. Volvió a ser otro espaldarazo cuando en 2011 se empezó a planificar la extensión de vida de una central aún mejor por disponibilidad: Embalse, de Córdoba. Una dirección nuclear menos asertiva le habría dado el trabajo al diseñador original, la AECL canadiense… pero ya no existía, y además NA-SA en aquel momento tenía por dirección lo mejor de la vieja jefatura de la CNEA de Jorge Sabato. La tarea se hizo con un 97% de participación de la industria nuclear argentina. Embalse empezó su segundo ciclo de vida en 2018, y anda joya.

De modo que estamos llegando al momento en que hay que estudiar si Atucha 1 merece seguir en servicio 20 años más. Por ahora, todo indica que sí. La central es -hay que sacarse el sombrero ante los alemanes por ello- de una robustez fenomenal. Pero además, en EEUU ya se planifican extensiones de vida de 80 e incluso 100 años. Las autoridades regulatorias del mundo empiezan a entender que algunos de estos aparatos -no todos- pueden tener expectativas de servicio equivalentes a las de las obras hidroeléctricas.

De modo que la puesta en servicio de un repositorio temporario de enfriamiento ya sin agua, únicamente por circulación convectiva de aire, de los combustibles gastados de Atucha 1 era una obra urgente. Pero esta obra ancilar y nada espectacular se hace porque antes sucedieron cosas bastante interesantes y casi heroicas, y contra distintos opositores nacionales e internacionales: reparar la central sin KWU, darle más potencia, mejorarle el quemado, extender su vida útil. Todos esos fueron triunfos de la tecnología y de los recursos humanos nucleares argentinos. Y salieron bien.

Conviene recordarlo.

Daniel E. Arias