Atucha II tuvo un desperfecto y tardará unos meses en volver al ruedo

¡A no colgarse mucho del aire acondicionado, oh porteños! La central nuclear Atucha II continuará fuera de servicio hasta que se defina cómo sigue su reparación. Una de las alternativas sería que la central quede fuera de línea hasta 2024. Tanto por el lucro perdido como que ello implicaría destapar el recipiente de presión, este enfoque en Nucleoeléctrica Argentina SA (NA-SA) goza de una popularidad medible en números negativos. Por suerte, hay opciones más sensatas. Pero la que decide no es NA-SA sino la Autoridad Regulatoria Nuclear (ARN).

La pieza que se rompió es una de cuatro, ubicadas en el fondo plano del recipiente de presión. Son separadores: en caso de derrumbarse el tanque del moderador, evitarían que éste quede apoyado en el fondo del recipiente. Esa caída cerraría la luz que separa ambas superficies e interrumpiría la circulación ascendente del agua pesada, cuya función en este caso es refrigerar los combustibles.

Pero además de ser cuatro, estos separadores no soportan carga en condiciones normales. Son bastante innecesarios, esas redundancias de redundancias en la que abunda la ingeniería nuclear, y máxime si es alemana, y más aún en máquinas que por cada una un prototipo único en el mundo (caso de ambas Atuchas), no han tenido una serie de antecesoras que mostraran sus fortalezas y debildades. La fabricación en serie sirve no sólo para bajar costos por escala, sino para podar y simplificar la ingeniería.

Y es que para caerse dentro del recipiente de presión, el tanque del moderador debería soltarse de las enormes estructuras superiores que lo mantienen levantado. Están a la altura de los caños que conectan el recipiente con los generadores de vapor.

Estos anclajes son el verdadero soporte que garantiza espacio de circulación de agua bajo la base. «No hay terremoto que pueda romper esa sujeción -dice el Dr. Jorge Sidelnik, de NA-SA. «Un misilazo, tal vez, pero muy veloz y con mucha carga explosiva. La suficiente para romper el edificio de contención, que es una fortaleza de hormigón ultradenso, y su «liner» de acero, y abrirse paso y pegar además en el sitio justo». No hay otros escenarios en que uno se pueda imaginar que los separadores terminen soportando la carga del tanque. Fuera de ése, la circulación en el fondo del recipiente está garantizada por diseño.

Las intervenciones «endoluminales», para operar internos de reactor a través de algún tubo de circulación propio del diseño de la central, son un invento argentino. En este caso, el tubo es muy angosto (9 cm.) y hay que cortar en tres pedazos el separador roto, y deben poder salir por ese caño. Y ésa es la parte más fácil.

La difícil será añadirle cuatro puntos de sutura a los tres separadores que siguen intactos, para evitar que vibren y se rompan. Lo cual podría no suceder nunca, pero si ocurre, habría que quitarlos, y eso obligaría a parar nuevamente la central mientras se los remueve. Y salir de operaciones vale un Perú. De modo que mejor prevenir.

Todo esto lo tiene que autorizar la ARN, la Agencia Regulatoria Nuclear, que por depender del Poder Ejecutivo Nacional tiene preeminencia sobre NA-SA en el tótem del estado argentino. Es una suegra, pero externa y con mucho más mando. La ARN bien podría decidir que hay que hacer cirugía brava y destapar el recipiente, y en ese caso la reparación va a ser larga. Lo dicho, ARN hoy es el tribunal de alzada en seguridad.

A recordar, en 1988 la otra y primera Atucha, la I, tuvo una ruptura considerablemente más importante. Afectó estructuras internas dentro de su propio recipiente de presión: una lanza con un sensor en la punta se puso a vibrar, por la tremenda corriente circulante por los internos. Vibró más de la cuenta, porque rompió las paredes de aleación de incolloy del canal refrigerante que lo contenía. Eso desgarró y liberó pedazos de chapa, y además degolló un elemento combustible. Con ello, quedaron regadas centenares de pastillas de cerámica de dióxido de uranio (muy duras), sueltas en el brutal torrente de circulación de agua pesada.

Pero al romperse el aislamiento físico entre el agua pesada usada como refrigerante y la usada como moderador, se mezclaron ambos torrentes. Y como el refrigerante llega 296 grados Celsius, elevó la temperatura de trabajo del agua moderador por encima de su punto óptimo (está en 140 grados Celsius). Y entonces la máquina fue quedándose sin neutrones disponibles para fisión, por ende sin potencia, y se detuvo sola.

No hubo afectación de seguridad, pero sí de disponibilidad, y grave: o se reparaba la central o nos olvidábamos de que usarla hasta mandarla a decomisión. El CALIN (Comité de Licenciamiento) y la Gerencia de Seguridad Radiológica de la CNEA no autorizarían jamás la operación de Atucha I en condiciones que no fueran de limpieza extrema e integridad física total del circuito primario, especialmente para proteger sus bombas de circulación: las pastillas de uranio son más duras que los álabes de acero. Trabajar con dos entes de contralor internos a la CNEA era, cuentan los antiguos, el equivalente de tener dos suegras y ambas en casa: críticas no faltaban. Pero las cosas andaban joya.

Siguieron meses de discusiones interminables, en que no anduvieron joya. La proveedora alemana SIEMENS propuso un enfoque de U$ 200 millones (hoy sería el doble) por destapar el recipiente de presión, y tomarse dos años para cortar, remover, limpiar, sustituir y volver la planta a funciones. En realidad, la corporación, en un ataque de ecologismo germánico, estaba por pirarse de un hasta entonces próspero negocio nuclear, y aunque la CNEA era un socio valioso, pensaban dejarla en la estacada. Y además, querían irse con guita. Esto sólo se supo años más tarde.

A los alemanes no los podíamos correr con las garantías: ese desperfecto múltiple sucedió cuando la centralita ya tenía 14 años en línea. Y como los nibelungos eran copropietarios de la CNEA en la empresa de diseño y construcción de centrales ENACE, los podíamos apretar un poco (creíamos) justamente por socios. Pero nos apretaron ellos a nosotros.

Los expertos nucleares argentinos no comían vidrio. Los Dres. Jorge Sidelnik, Juan Carlos Almagro y Roberto Perazzo, de la CNEA se opusieron al programa alemán: el país estaba sumido en apagones y Atucha 1 era entonces la mayor unidad de potencia individual del Sistema Interconectado Nacional. La reparación tenía que ser rápida, no de dos años.

Además, trabajar a recipiente de presión abierto debía hacerse con rotaciones rápidas y constantes de personal para disminuir las dosis individuales de radiación absorbida por la gente. Por último, lo que pedía SIEMENS era más o menos el doble de lo que había costado inicialmente la central NUEVA, a dólar no actualizado.

Y con el Programa Nuclear en la fase post-malvinera radical de su período de pobreza extrema, hubo que inventar algo que terminó siendo bastante revolucionario.

Sidelnik, Almagro y Perazzo prefirieron trabajar a recipiente cerrado, operando con herramientas a telecomando que diseñaron INVAP y TECHINT para la ocasión. Estos fierros, dotados de cámaras de TV y luces resistentes a la radiación, debían bajar por un canal refrigerante de apenas 12 cm. de diámetro y trabajar a 12 metros de profundidad en un medio muy radioactivo.

La presidenta de la CNEA, Dra. Emma Pérez Ferreira, consideró los pros y las contras, les dio razón a los tres expertos, y le propuso ese abordaje al presidente de la Nación, Raúl Alfonsín. Éste le dio una luz verde más bien trémula, y sólo porque le tenía fe a Emma, abnegada militante radical de toda la vida, además de física nuclear y reactorista, y persona de una honestidad vidriosa. Para ubicarse: la catástrofe de Chernobyl había sucedido sólo dos años antes.

Esa reparación fue llamada «imposible» por los alemanes y -vaya a saber por qué- por casi todos los grandes medios argentinos, cuya opinión es, se sabe, insorbornable. Pero se hizo en 10 meses, no en dos años, y costó U$ 17 millones, no U$ 200. Es decir, ahorró U$ 283 millones. Al país le valió una felicitación por los expertos en seguridad radiológica del Organismo Internacional de Energía Atómica, OIEA, por la creatividad y la eficacia. La central fue recibiendo tantas mejoras y optimizaciones criollas, desde entonces, que anda MEJOR: cuando nueva, tenía hasta 20 salidas de servicio por año.

Hoy esa primera Atucha funciona a potencia nominal (es decir, la máxima) unos 319 días/año, y las paradas son las planificadas para servicio. No obstante, en 1990, cuando se la puso de nuevo en línea, el diario que a la sazón dirigía otro insobornable, Jorge Lanata, sacó en tapa la foto de Atucha 1 con un título en letras de cuerpo enorme: «La arreglamos con un alambre».

Hubo quienes le creyeron: cuando la centralita bonaerense volvió al ruedo, la histeria rentada de los medios argentinos era tan alta que el gabinete uruguayo discretamente se reunió durante un tiempo en Tacuarembó, una capital departamental a suficiente distancia geográfica de Lima, provincia de Buenos Aires, el predio de Atucha 1. Lo increíble es que después la CNEA no vendiera esa nueva capacidad adquirida a los programas nucleares de otros países: unos genios inventando, pero en materia comercial…

En suma, que NA-SA, que heredó las centrales nucleares de CNEA, todavía tiene gente de aquellos tiempos. Y la dirección actual de la firma considera que le firma debe ser no sólo una operadora, sino una diseñadora y constructora de centrales. Entre otras ventajas, eso genera recursos humanos y técnicos para gestionar extensiones de vida. Y cuando se presentan, resolver problemas que no pintan en el manual. El fabricante, gente, es el que escribe el manual.

Ese tipo de conducción, en el mejor de los casos, alguna vez nos dejará construir centrales nucleares 100% argentinas y con componentes nacionales, el sueño industrial de Jorge Sabato. El Dr. José Luis Antúnez, el hombre que hizo la tarea (también llamada imposible) de terminar Atucha II, a esa por ahora hipotética CANDÚ argenta la llama «Proyecto Nacional». Y si pinta plata, dejará de ser hipotética: los componentes están en diseño. Finalmente, la capacidad de diseñar, testear y hacer es lo que diferencia a un fabricante de autos de un chofer. Los choferes no escriben el manual.

Atucha II había dejado de operar en Octubre debido a un problema detectado enteramente distinto, porque se habían detectado vibraciones anómalas en la turbina de la central, que es de SIEMENS. Como siempre que se detiene por otras causas una máquina que le factura a CAMMESA alrededor de U$ 787.000 diarios de electricidad, se aprovecha para revisarla de cabo a rabo con todo tipo de medios técnicos.

Y ahí apareció este separador de 130 x 90 mm y unos 20 kg. de peso, arrancado de su inserción original y movido por el torrente de refrigerante a medio metro de su ubicación de diseño. Fue una sorpresa. No había dado ningún síntoma previo de haberse desprendido y no es una amenaza de seguridad. Pero, dicho de nuevo, no se admiten piezas sueltas en los internos de una central nuclear. Hay que extirparlo y reforzar los otros tres.

Cómo se hará esto, si a recipiente destapado o por herramientas telecomandadas, esta vez es decisión de la Autoridad Regulatoria Nuclear, organismo con alzada sobre NA-SA porque depende directamente del Poder Ejecutivo Nacional. Por otra parte, las reparaciones «endoluminales» de centrales nucleares, en las que la CNEA se vio obligada a primerear al resto del mundo, hoy son cosa habitual en el mentado resto del mundo.

Aún así, las cosas se están poniendo complicadas. NA-SA tiene en sus planes el proyecto de extensión de vida de la central Atucha I que le daría 20 años más de operaciones, y ha tenido extensiones de vida previas. Las obras sí o sí deberían tener fecha de inicio en 2024, porque alrededor de Septiembre de ese año termina la licencia operativa actual otorgada por la ARN.

Estas movidas hay que armarlas con mucha antelación. El Poder Ejecutivo Nacional debería haber dado hace ya dos años una autorización para armar un fideicomiso a financiar por el Fondo de Garantías de Sustentabilidad (FGS, plata del ANSES, es decir de los jubilados) y eventualmente de la Corporación Andina de Fomento (CAF) por U$ 450 millones. Con un crédito de ambas entidades, en 2014 se paró la central cordobesa de Embalse para una extensión de vida de 30 años, tarea que concluyó con éxito en 2018.

Pero aquel fideicomiso se armó en 2009, y los contratos por los componentes más caros y con grandes tiempos de espera de fabricación se fueron firmando a partir de 2010. Cuando se paró Embalse para su extensión de vida, estaba todo comprado o en fabricación, y más de 100 empresas tenían sus contratos respectivos, o de obra. Quien quisiera detener el proceso y sacar a Embalse del ruedo –la única medida antinuclear que el gobierno de Mauricio Macri no se atrevió a tomar– se habría ligado unos cuantos juicios, y algunos de firmas poderosas como Pecom o IMPSA.

Todo esto indicaría que la extensión de vida de Atucha I no está garantizada, si no hay contratos de provisión y obra firmados antes de las elecciones presidenciales. Eso, por un lado. Y es serio.

Por otro, si la salida de servicio de Atucha II se prolongara hasta Septiembre 2024, NA-SA tendría grandes lucros cesantes. Eso quizás la obligaría a archivar el proyecto más estratégico de su dirección actual: usar de una vez por todas la licencia comprada a la Atomic Energy Commission of Canada, Ltd. en 1974 para generar «clones» potenciados y mejorados de la mejor central nuclear del país, que es Embalse, una CANDU-6.

Lo único que prohibe la licencia comprada a Canadá es que exportar esa máquina. Pero ponerle una, dos, tres y todas las CANDU que pida el país, es legal. Son máquinas medianas, de 700 MWe por pieza. A fecha de hoy, las 49 CANDU legales en 7 países y sus 19 imitaciones no autorizadas en la India están por seguridad y disponibilidad entre las mejores plantas nucleoeléctricas del mundo. Debido a su relativa sencillez, el precio por megavatio instalado es un 50% más bajo que el de las plantas equivalentes de uranio enriquecido. Y en nuestro caso, el combustible es 100% nacional.

En suma, mal momento este de Atucha II para romperse, por una vez que NA-SA volvió a tener una dirección industrialista y con picazón de independencia tecnológica. Sobre la turbina, veremos qué dicen los alemanes. Esa central, en línea desde 2015, en realidad debió terminarse en 1987. De modo que aunque la turbina está prácticamente nueva, a los nibelungos será difícil correrlos con garantías.

Daniel E. Arias

 

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