La saga de la Argentina nuclear – XIX

El presidente Arturo Illía, y en el mismo auto, a derecha, el fúnebre y futuro dictador Juan Carlos Onganía, tal vez ya barruntando como bajar del auto a don Arturo.

Los anteriores capitulos de la saga estan aqui

Esta historia -vamos por el capítulo 19- se inició en el marco de un esfuerzo un poco quijotesco: que un argentino tuviera la Dirección General del OIEA, Organismo Internacional de Energía Atómica.  Fue quijotesco porque Rafael Grossi ya había perdido una posibilidad en la votación anterior: Mauricio Macri y su canciller Susana Malcorra retiraron su nominación. Pero Rafael es persistente.

Compruebo que la saga tiene un público minoritario pero fiel: suma a los interesados en temas científicos, a los que descubren con algún asombro las cosas que logró el Estado argentino en otros tiempos, y a quienes como Daniel Arias, y yo pensamos que la industria nuclear no es un mero enchufe eléctrico, sino una fuente de investigación propia, desarrollo original, industria de punta, empleo calificado y exportaciones de tecnología estratégica.

A. B. F.

El átomo en tiempo de Illia… y de Onganía

Aquel año 1965, en estas pampas entonces trigueras y vacunas, el PBI crecía bonitamente y en consecuencia el presidente radical Arturo Illia había decidido que se erigiera una planta nuclear de alrededor de 550 MW. Para no despilfarrar dinero y potencia en largas líneas de alta tensión, la planta estaría en el centro mismo del área de mayor aumento de consumo proyectado. Eso daba Lima “o por ahí”, a 160 km. de Buenos Aires sobre la ruta 9 a Rosario. Se compraron campos de los Atucha linderos con la barranca del Paraná de las Palmas. Y el nombre de esa familia de grandes propietarios rurales terminó definiendo el de dos centrales atómicas, y tal vez de alguna más, en el futuro.

Aquella potencia eléctrica, 550 MW, entonces daba para cubrir completamente la demanda de la Capital Federal, el área del Litoral hasta Rosario y buena parte del conurbano norte porteño. Ante la inminente compra, los bandos de Jorge Sábato, con sus 12 apóstoles, y los seguidores de Jorge Cosentino ya se habían escindido y rompían lanzas.

Era una agarrada de «combustibleros» versus reactoristas, un duelo por dirigir el Programa Nuclear más enconado que el de Capuletos y Montescos por ser amos de Verona.

El grito de guerra de los combustibleros Sabatianos era: “¡La central la hacemos nosotros!”, y el de los segundos: “¡Transferencia de tecnología!”. Sobre esto, más información en siguientes capítulos.

No pretendo siquiera tratar de ser objetivo, lector. Soy sabatiano. Lo cierto es que, divididos los ángeles en el cielo nuclear, peleaban como demonios por decidir de qué modo se construiría esa central. Pero primero tuvieron que cerrar filas espalda contra espalda, porque tenían enemigos locales.

La batalla empezó por una victoria pírrica de la Secretaría de Energía (y en buena medida también la plana mayor de la empresa eléctrica metropolitana SEGBA). Hablo de gente de pensamiento petrolero: querían centrales térmicas que pudieran entender y manejar, no nucleares fuera de su dominio intelectual y administrativo.

El bando térmico-petrolero tenía manija, y logró bajar en casi 200 megavatios el “share” de potencia instalada destinado a la comparativamente pequeña CNEA. Pero ésta dio más lucha de pasillos de la esperable, y el club del fuel-oil salió ganando por puntos y se fue gruñendo con un ojo a la funerala. No se lo esperaban.

Zanjada la discusión con los Oil & Gas boy por Illia, a la muchachada atómica le quedaban 350 MW. Hoy parece poco, pero en 1965 era mucho, si pensamos en el contexto de una red eléctrica nacional de apenas 4000 MW como la de aquel entonces (hoy, en 2023, es casi 10 veces mayor). Atucha I sería durante décadas la máquina puntual más potente de todo aquel sistema.

Illia, y como él todos los partidos, cenáculos, corporaciones y concentraciones de poder civil y militar en la Argentina, habían defendido el derecho de la CNEA a dar electricidad. Entendían casi como artículo de fe que tener megavatios nucleares iba a darle a la Argentina progreso tecnológico y prestigio regional. En la región, la movida argentina aceleró la toma de decisiones en Brasil y México, donde había una base de recursos humanos e industriales comparable. Pero como se verá después, cada país siguió opciones diferentes, en contextos políticos muy distintos y a veces con resultados muy extraños.

Respecto de la entrada de los nucleares argentinos al campo eléctrico, las venganzas posteriores de la Secretaría de Energía serían taimadas y casi letales, pero ésa es otra historia. Significativamente, los intentos más serios para detener el Programa Nuclear empezaron en 1983, y 11 años después, en 1994, lograron derribar a la CNEA de su dependencia directa del Poder Ejecutivo Nacional y subsumirla en secretarías o niveles aún inferiores de diversos ministerios, entre ellos Educación, el difunto ministerio de Planeamiento. Durante el gobierno macrista, rodó aún más abajo y fue una subsecretaría del nuevo Ministerio de Energía, dirigido por el ing. Juan C. Aranguren. En suma, que a la CNEA la dirigió la Shell.

Mirando pa’ atrás, uno ve que tipos tan distintos como Perón, Illia, Lanusse, el innombrable Videla e incluso Alfonsín, en un punto, consideraron el átomo como lo que es: un asunto estratégico, y mal que bien, todos usaron esa palanca diplomática que daba. Pero desde Menem en más la dirigencia subsiguiente lo vio como una pesada herencia, un cinturón de castidad que impide las relaciones carnales plenas con los EEUU.

Los menos idiotas a veces lo redescubren como un generador portátil para paliar apagones, como cuando Menem te desinfla el gigantesco yacimiento de Loma de la Lata con 60 años de gas, sólo que malvendiéndolo y exportándolo a precio vil. O cuando, como acaba de suceder, tres años sucesivos de sequías dejan caminables los fondos del Paraná y del Uruguay, y sin agua las turbinas hidroeléctricas de Yacyretá y de Salto Grande.

Pero nadie se enamora de su generador portátil. En estos mares de Dios la clase política sigue creyendo que la nave es el gas natural, y el átomo a lo sumo un salvavidas. Es al revés, pero no entiende de climatología, como casi tampoco ninguna otra ciencia dura.

Nadie cree que el negocio nuclear exceda el de electricidad barata (U$ 48 el megavatio hora) y disponible 24×7. Raras veces se entiende que el «core business» del átomo para la Argentina es la tecnología, que por ser tan dual, es estratégica siempre.

Obviamente, desde tan abajo del tótem federal como una Secretaría, es imposible cambiar el destino productivo de este país. Y es que la tecnología nuclear está llena de ramificaciones y opciones “perplejas”, habría dicho quizás Borges, y no tienen respuesta sin un considerable poder político. ¿Se hace tal o cual central? ¿De qué módulo? ¿En qué provincia? ¿Con qué combustible? ¿Se exporta ésta u otra planta a tal o cual país? ¿Se manda a pasear a quienes objetan esa exportación?

Son todos asuntos de estado o entre estados-nación, no de compañías y de CEOs. Con su caída en el tótem estatal a un rango de autoridad inferior al de un municipio y manijeado, de yapa, por lacayos de una petrolera multinacional, el viejo “Planeta CNEA” pasó de ser Júpiter a volverse un asteroide invisible e inviable.

En un mundo muy distinto, el 25 de junio de 1966, después de que el general Juan Carlos Onganía derribara al presidente Illia, aclaró en los meses sucesivos, mediante sus broncos carraspeos de prensa, que pensaba quedarse indefinidamente de primer mandatario. Un poco como su modelo, el Caudillo de España por voluntad de Dios, generalísimo Francisco Franco.

Las presidencias de Sudamérica se habían ido llenando de cuarteleros bigotudos de similar calaña, fogoneados por el miedo del Departamento de Estado de que los sudacas nos hiciéramos todos comunistas y ateos. Y barbudos. Y cubanos.

El onganiato recibió ofertas en carretilla para la central de Lima, pese a que la alarmada CNEA, dispuesta a no perder el control de su área, había perpetrado un pliego de licitación draconiano.

Nada de financiación del Banco Mundial, del FMI ni de niño muerto: el que ofertara, tenía que poner su propia tarasca “upfront” y, construida la planta, ir cobrando a un interés bastante bajo el dinero que saldría de la venta de electricidad. Puesto que una central nuclear tiene una inversión inicial enorme, y luego costos operativos relativamente bajos de combustible y mantenimiento, los repagos serían firmes pero lentos: la propuesta de la CNEA estaba casi dibujada para espantar oferentes. No se espantaron.

Otra cosa interesante de los pliegos: debía haber una intensa participación de la industria argentina, para lo cual el SATI, Servicio de Asistencia Técnica a la Industria de la CNEA (una idea de Jorge Sabato), haría un relevamiento de quién calificaba, quién no, y con qué componente se anotaba cada quisque. Si alguien imponía compra llave en mano, esta cláusula le saboteaba (o quizás le sabateaba) el juego.

Para sorpresa general, aún con tan tóxica fumigación de restricciones, dentro del área económica que los EEUU llamaban «el mundo libre» no se bajó casi nadie. Hubo 17 oferentes, a cuál más ansioso. Y por buenas razones: teníamos el desarrollo nuclear independiente más poderoso del mundo, detrás del de la India.

¿Quién se perdería la posibilidad de subirse a semejante tren… aunque más no fuera para abrirse paso hasta la locomotora e imponer sus propios maquinistas?

Primero fue el descarte de opciones tecnológicas de las centrales inglesas y francesas de aquel entonces, de uranio natural moderado con grafito y refrigeradas a helio, como la escocesa de Calder Hall, o la francesa Chinon III. En ello hubo consideraciones técnicas y políticas.

Las técnicas son simples: el grafito le baja la velocidad a los neutrones, lo que paradójicamente los vuelve más capaces de lograr fisiones de uranio 235. En ese uso antiintuitivo del lenguaje común que es propio de los físicos nucleares, ese proceso que aumenta la paupérrima reactividad del uranio natural se llama «moderación». El grafito es un moderador excelente, pero a temperatura de reactor, si llega a ponerse en contacto con oxígeno, arde. Y no quieras ver cómo.

El primer accidente nuclear serio de la historia europea fue el de Windscale, sobre la costa escocesa, en 1957, sin víctimas. Cuando el Dr. Carlos Aráoz le preguntó a uno de los jefes de planta cómo se extingue un incendio de grafito, la respuesta fue: «No se apaga. Arde hasta que se consume todo el grafito». De modo que como moderador aquí en Argentina se optó por agua liviana o por agua pesada, barata una, muy cara la otra, pero ambas resueltamente incombustibles.

Las consideraciones políticas son más serias: las máquinas de tipo Calder Hall o Chinon son un híbrido: fabricaban electricidad para la red, pero también plutonio para programas de bombas implosivas de plutonio, con el que el Reino Unido y Francia querían ponerse rápidamente a la altura de los EEUU y de la URSS en capacidades bélicas.

El plutonio «grado militar» es su isótopo 239, pero los demás isótopos más pesados (240, 241, 242, etc) son desastrosos para fabricar armas. O emiten radiación gamma que vuelve al material casi imposible de manejar en términos metalúrgicos, o son tan hiper-reactivos que dispersan prematuramente en forma de nube de plasma la masa sólida y supercrítica destinada a explotar.

Lo que logran estas mezclas isotópicas de plutonio no es un «bang» sino un «fizzle», un reacción de pésimo rendimiento termomecánico. El óxido de plutonio 239 casi puro en 1965 todavía se podía conseguir por licitación pública internacional desde EEUU, Francia e Inglaterra e incluso la URSS, aunque en cantidades subcríticas (un kg. con toda la furia), bajo vigilancia tipo «dos de oros» del OIEA y a un precio de U$ 10 el gramo. En 2022, eso equivaldría a U$ 95,37. Y no se lo vendés a nadie, ni de a gramos, está recontra prohibido.

Con criterios de hoy un reactor plutonígeno de la industria militar debe evitar la formación de isótopos hiper-pesados. Eso cuesta retirar el combustible del reactor en forma prematura, es decir sacrificar meses o años de quemado. Es el modo de lograr el máximo posible de isótopo 239. Pero además, luego hay que depurarlo todo lo que se pueda de la contaminación con isótopos 240 y más pesados. Es complicado. Y carísimo.

Calder Hall y Chinon fueron un punto de divorcio tecnológico: separaron a las centrales de potencia, que producen electricidad para la red, de las «production facilities», es decir de los reactores plutonígenos militares. En su ansia de juntar la Biblia con el calefón, estas primitivas plantas inglesas y francesas mixtas eran malas para una y otra cosa.

Una verdadera central de potencia manda el quemado: se trata de sacar todo el rendimiento eléctrico posible de la fisión del uranio. Además, tiene más del 50% de su costo invertido en seguridad operativa, y está controlada por civiles. En una «production facility», como me dijo en 1986 el ing. Abel González, reactorista argentino y hoy la mayor referencia mundial en radioprotección, mandan gorras sobre pergaminos, la seguridad es «no preguntes» y (sic) «el personal se irradia hasta las pelotas».

Descartar la confusa tecnología de Calder Hall o de Chinon fue un modo de decirle a la región que la Argentina no iba a por armas nucleares. Brasil y Chile, encantados.

El asunto después fue elegir qué tipo de combustible, y por ende qué tipo de moderador. Con la nuclearización de la electricidad rampante en EEUU, Europa y la URSS, las cosas aquí en Argentina no salieron exactamente como Washington tenía “in mente”, y justamente por cuestiones de combustible.

A diferencia de México y Brasil, aquí elegimos el uranio natural en buena medida para desmalezar el terreno de propuestas yanquis, todas a enriquecido. Y abjuramos de las compras “llave en mano” para apropiarnos –hasta donde pudimos, y pudimos bastante- de la tecnología alemana y canadiense. Esos tenían fierros «pinturita», y las ofertas más generosas en transferencia de tecnología.

En el mundo de los ’60 los países nucleares occidentales no estaban ni remotamente tan disciplinados a la política del State Department como los de hoy. Y en ese mundo multipolar, la Argentina tenía un perfil nuclear muy autónomo. No pretendíamos ser heráldicos y rugientes leones, tigres, pumas, jaguares o águilas, pero tampoco burros de la noria de nadie. Más bien, éramos como las cebras: si las dejás en paz, hacen la suya. Pero si te gustan tus dientes no trates de domarlas.

En términos de combustibles, nuestra «cebritud» o «cebridad» significó uranio natural, con esa escasa proporción de 0,71% de isótopo 235 con que sale de la mina. Aún purificado a estado de óxido, sin residuos geológicos, y luego cocinado bajo presión para transformarse en las pastillitas negras de cerámica que rellenan los manojos combustibles, su tenor de 235 no varía desde la geología hasta la central.

Mas he aquí que el uranio natural es un combustible flojo en neutrones libres, no hay modo de iniciar con él una reacción en cadena si no lo moderás para que te sobren neutrones «termalizados», de baja energía. Y para ello se necesita grafito (material que aquí no tenía fanáticos) o agua pesada. Ésta es cara y era importada, pero podés aprender a fabricarla por un lento y engorroso enriquecimiento del agua natural, y se hizo.

¿Por qué el uranio enriquecido aquí no tenía «groupies»? Porque no teníamos la tecnología de fabricación, y es aún más peliaguda que la del agua pesada. Pocos oferentes internacionales de uranio enriquecido «grado central» (alrededor del 3% en aquel entonces), y eran EEUU, la UE y la URSS. Con que como país tomaras alguna decisión de política externa que no le gustara a ese trío, como ser competir comercialmente con ellos, te cortaban el abastecimiento. Y entonces la Reina del Plata se quedaba en apagón eléctrico. No son teorías, como se verá.

El uranio natural como opción nucleoeléctrica estuvo bien. Cuando la CNEA tuvo el atrevimiento de venderle dos reactores de investigación a falta de uno al IPEN, Instituto Peruano de Energía Nuclear, en 1981 EEUU le inició un boicot de uranio enriquecido al 90%. Para ello rompió contratos celebrados en los ’50, prácticamente a perpetuidad. Eso puso en apagón todos los reactores de investigación y de fabricación de radioisótopos médicos de la región, incluidos nuestro RA-3 de Ezeiza y el RP-10 de Perú. Estaban diseñados para funcionar con uranio al 90%. Ups.

Afortunadamente, en 1981 la URSS necesitaba de trigo argentino casi con desesperación, nosotros podíamos rediseñar esas plantas para funcionar con enriquecido al 19,7%, el llamado HALEU (High Assay Low Enrichment Uranium), y los soviéticos podían suministrarlo bajo salvaguardias según las leyes internacionales. Mientras duró ese mal trago, más de un enfermo cardíaco u oncológico estuvo en trance de quedarse sin los diagnósticos y tratamientos más avanzados del momento. Pero todo ese tiempo Atucha I funcionó aceptablemente, como venía haciéndolo desde 1974. Con uranio natural argentino, por si no se entendió. 

Hicimos macanas pero también tomamos algunas buenas decisiones. Y nos fue como nos fue: bastante peor de lo que esperábamos en los muy optimistas años ’60, pero no tan mal.

Medio siglo más tarde tenemos muy poca electricidad nuclear, aunque es la más barata y confiable del Sistema Argentino de Interconexión, una cantidad desmedida de recursos humanos en relación a la potencia nucleoeléctrica instalada, el mayor desarrollo de medicina nuclear de las Américas, con 14 centros activos en 13 provincias, y desde 2000 y por ahora, dominamos el mercado mundial de pequeños reactores. No estamos bien, pero ¿mal? Nada mal, habida cuenta de tanto cipayo y/o zapallo, de tanto endeudador serial y de tanto «pasaron cosas».

En el mundo nuclear, hemos pasado de bicho raro a rarísimo, con un cerebro muy capaz pero poca musculatura. Anomalía para cuya remediación esa nube tóxica de economistas al uso que se prostituye en los medios recomienda no la gimnasia, sino la lobotomía. Lo dicho, es una posición vulnerable: mucho prestigio pero poco poder económico y político.

En materia de uranio enriquecido, estamos construyendo la planta piloto del CAREM, nuestra primera central de potencia “Nac & Pop”, con 32 MW instalados, en el predio de las Atuchas I y II. Si el CAREM sale bueno, acaso en un modelo industrial más potente, alguna vez lo exportaremos. Quizás fabricado en serie y por decenas, quién te dice.

Y tal vez eso cambie de un modo interesante todo el futuro industrial argentino, vuelva «de mayor densidad nacional» nuestro perfil exportador, como decía el economista Aldo Ferrer, uno de los pocos de su profesión que siempre recordamos con cariño. Y entonces las asociaciones de la industria las dirijan empresas de tecnología, en lugar de fabricantes de galletitas. Ponele.

País con un destino nuclear rebelde y rigoreado, el nuestro, pero si comparamos con la región, menos dependiente, más interesante y con un futuro enigmático y más promesas.

Lo dicho: el negocio nuclear es vender tecnología, no megavatios hora.

Dicho eso, qué bien que le vendría a la Argentina ese 17% de electricidad nuclear que llegó a tener cuando se puso crítica Atucha I, en lugar del 5 o 6% actual. Eso, mientras rezamos que no aflojen las incipientes lluvias en el Alto Paraná, el Uruguay y el Limay.

Y que no nos maten los emires con el precio del gas licuado importado.

Lindo país supimos hacer, sujeto al clima y a lejanos reyes.

Daniel E. Arias