La «Guerra de Fondos» y nuestras Malvinas – 2ª parte

(La 1ª parte de este artículo está aquí: La «Guerra de Fondos (marinos)» hoy, y una batalla naval de Malvinas en 1914 – 1ª parte )

En los años de entreguerras, el carbón perdió silenciosamente su preeminencia ante los combustibles líquidos tanto en la economía mundial como en la propulsión naval. Los nuevos barcos resultantes tenían no sólo una autonomía enormemente mayor, sino que podían repostar petróleo fácilmente, mediante mangueras y de barco a barco, en cualquier lugar secreto de altamar.

Aquel operativo en tiempos del carbón era tan endiabladamente difícil en lo técnico que ni siquiera se intentó. Ergo, se carboneaba en puertos coloniales propios, o de países neutrales. Y en aquel interín, era inevitable ser detectado por el espionaje del adversario.

En la 2da Guerra algo decisivo había cambiado: ya no quedaban flotas militares a carbón. Los combustibles líquidos reemplazantes eran el búnker oil (el más bituminoso, azufrado y berreta), y también los menos corrosivos para los quemadores de las calderas: el fueloil y el gasoil. Las grandes unidades de combate, los cruceros, cruceros de batalla, acorazados de bolsillo, acorazados y portaaviones, a velocidad intermedia de 15 nudos tenían un alcance de alrededor de 30.000 km. sin repostar. Con turbinas de ciclo Parsons, bien ahorrativas, eso equivale a 2 tercios de la vuelta al mundo en la latitud del ecuador.

Con barcos auxiliares que repusieran combustible, comida, munición y repuestos, una flota de mar podía bloquear la economía de un país indefinidamente. Obviamente, y no sólo por devolver favores de la guerra anterios, es lo que Alemania intentó hacer con Inglaterra. Pero manteniendo las distancias, desconfiando de una salida masiva de la Royal Navy desde Portsmouth o Scapa Flow. Era la mayor flota del mundo, aunque no la mejor entrenada ni la más moderna. Pero podía barrer con la Kriegsmarine, con Hitler y con su bigote.

Así, en la opinión de buena parte de la Kriegsmarine de Hitler, el modo correcto de bloquear la economía debía hacerse en movimiento rápido, a distancia de las islas británicas metropolitanas, y con emboscadas inesperadas que cortaran las líneas de suministro desde las colonias y semicolonias de Su Graciosa Majestad.

Las islas británicas se parecen a las japonesas en que importan casi todo lo que comen y todo lo que queman, salvo el carbón. Sin puertos, oscuridad y hambre. Detalle que todo almirante argentino debería recordar.

Pero bloquear Inglaterra, incluso a distancia, era como ponerle un babero a un tigre. La Royal Navy empezó la 2da Guerra mundial con unos 9000 barcos, 885 de los cuales eran de combate, cruceros comunes, de batalla y acorazados grandes, y de yapa 52 portaaviones. Su Graciosa también había aprendido un par de lecciones en la guerra anterior. Si te bloquean y nadie come, salvo Su Graciosa y su cáfila de inútiles en Rolls Royces, los obreros y soldados se amotinan en la metrópolis, distribuyen sus armas y cada puerto, cada fábrica y cada cuartel se vuelve un soviet.

Para que ello esta vez sucediera en Inglaterra, Escocia e Irlanda y no en Alemania, la Kriegsmarine debía patrullar los mares del mundo. Pero sin emplear para ello grandes flotas. Son caras y su presencia y su paso habría llamado la atención. Dado que los submarinos tenían muy poca autonomía en combustible, agua potable y comida, el trabajo real de cagar de hambre y frío a la rubia Albión habría que hacerlo con unos pocos acorazados solitarios, escoltados a lo sumo por un crucero pesado, muy malevo de cañones.

Debían ser como castillos flotantes, capas múltiples y espaciadas de acero, debían tener unos radares y equipos de telecomunicaciones de la recontra ostia, y llevar cañones desaforados, de entre 10 y 15 pulgadas, y si las cosas se emputecían, cada capitán por su cuenta.

El plan era como volver, sólo que con fierros asombrosos, a los tiempos felices de la guerra de corso argentina, guerrilla naval tal como la practicaron contra los imperios español y brasileño «nuestros» William Brown, Francis Drummond, Hyppolite Bouchard, y William Jewett. Fueron respectivamente un irlandés anglófobo, un escocés también bastante anglófobo, un francés anglófobo en grado terminal, y de yapa un yanqui aventurero y buscavidas que se cagaba en todo mientras le pagaran.

Sí, es un garrón recordarle a nuestro Armada (más probritánica no las hacen) que sus mejores hombres no fueron gente decente sino guerrilleros del mar, que se pasaban a Su Graciosa por el arco del triunfo, y que ninguno de los cuatro había nacido aquí.

Sueltos por los mares las grandes unidades de la Kriegsmarine, algunos pocos acorazados grandes y de bolsillo, amén de varios cruceros, obligarían a la Royal Navy a dispersar y extenuar sus inmensas fuerzas por todo el planeta sólo para seguirles el rastro. Y en caso de cacería o emboscada, barcos veloces y armados para apuntar por radar, fuera del rango visual por ser de noche o haber tormenta. Naves como Admiral Graff von Spee, el Prinz Eugen, el Graff von Tirpitz o el Bismarck puestos a guerrear sin ayuda podrían comerse cruda a cualquier fuerza con que los británicos les salieran al cruce.

Los historiadores caen fácil en la idiotez de creer que los alemanes cojean siempre del lado del gigantismo. No es así. En general, cuando les da por ese lado es porque no tienen más remedio. Pero cuando no tienen más remedio, agarrate Catalina.

Eso hasta podría haberles dado buenos frutos, pero los grandes cables submarinos de telegrafía seguían siendo los británicos, estadounidenses, franceses y belgas. No es que no los hubiera alemanes, y de marca Siemens y todo, pero… tendían a romperse, vaya a saber por qué.

La guerra de fondos seguía existiendo y Alemania tenía pocos amigos. De yapa, los nibelungos se habían quedado sin puertos coloniales propios en todo el Pacífico, el Índico y el Atlántico. Por ello sus nuevos y potentes pero dispersos salteadores del mar dependían nuevamente del tausendfach verdammter verschlüsselter Telegraph.

En realidad, odiaban el telégrafo inalámbrico, y por buenas razones.

Por su parte, la pérfida Albión había mudado sus analistas de «signals», códigos navales de guerra, a la mansión rural de Bletchley Park. De la gran habítación 40 del primer piso del Almirantazgo, los expertos habían pasado a las chozas 8 y 4 de una finca de bacanes. A ojos del espía alemán inexperto y nabo, esto podía ser prueba de que la inteligencia de la Royal Navy estaba para atrás: ahora se alojaba no en palacio junto al Lord of the Seas, sino junto al mayordomo, el «chauffeur» del Rolls, el gil que planchaba el Times para que His Lordship leyera opiniones sin arrugas, y de yapa las cocineras y las mucamas. Todos servidumbre, y todos fuera de una casa principal menos prepotente que Downton Abbey, back in the good old times.

Pero como suele suceder con lo inglés, las cosas eran más complejas. La capacidad instalada en cerebros humanos en las dos chozas de Bletchley era sombrosa, estaba capitaneada por el megamatemático Alan Turing, y contaba con la ayuda de Colossus, la primera computadora programable de la historia humana, invento de Turing imaginado y armado ad hoc: leer todo lo que entraba a Hitler por orejas y le salía por boca.

Como apostadero remoto, las islas demasiado famosas que aquí insistimos en llamar Malvinas seguirían siendo un buen modo de complicar esta estrategia alemana para el hemisferio sur de un modo pasivo, con muy poco desgaste de hombres y de fierros. Un buen crucero pesado pero veloz y con armas potentes.

Nada para ello como el HMS Cumberland: cañones de 8 pulgadas (203mm) en torretas, Disparaban proyectiles perforantes de alrededor de 116 kg a 28 km. de distancia. Los cañones del Spee eran mayores que los del Cumberland, de 283 mm., pero sólo sumaban 6 en total, repartidos en dos torretas triples.

Había que quedarse al acecho, con las calderas tibias y los marineros fumando tranquilos sus pipas en el silencio de Port Stanley. Ante zafarrancho de desbole, el Cumberland podía resolver cualquier emergencia y acudir en 48 o 72 horas a cualquier lugar del Atlántico Sur, incluidas la costa Oeste africana y la Este sudamericana, allá donde sonara la alarma.   

El 14 de diciembre de 1939, la idea funcionó y volcó contra Alemania la primera e indecisa batalla naval de la 2da Guerra Mundial.

Tener telecomunicaciones transoceánicas dificilísimas de interferir, como las británicas dependientes de cable, tiene ventajas.

Lo que sucedió ese día no fue guerra de cañones sino de telecomunicaciones. Fue la primera batalla naval de la 2da Guerra, entre el acorazado de bolsillo alemán, el Panzerschieff Graf von Spee y un escuadrón de tres cruceros, uno pesado y dos livianos (HMS Exeter, HMS Ajax y NZD Achilles). Su Graciosa Majestad los había reunido de apuro para darle mastuerzo al bloody Hun.

El bloody Hun era como un jabalí atacado por un pastor belga y dos pichichos. En una hora y media, el Exeter quedó arrasado casi hasta la línea de cubierta, privado de armas, radar, apuntamiento visual y comunicaciones, aunque a flote de algún modo. Valientes y vapuleados, el Ajax y el Achilles persiguieron al Spee, que había quedado averiado en sus líneas de combustible y perdiéndolo a espuertas en el mar. Ka nave se asiló en el puerto neutral uruguayo de Montevideo. Hasta ahí, empate.

Entre tanto, desde las Malvinas ek Cumberland llegó jadeante en 36 horas justas para cerrar, junto a los descalabrados Ajax y Achilles, un tapon que cortara las rutas de escape del Spee. Era un corralito bastante precario, habida cuenta de la potencia de fuego intacta del acorazado alemán. Cada obús del Spee llegaba a 36,5 km. y pesaba 300 kg. Si se te cruzaba delante como el palito de la T y disparándote en simultáneo con las dos torretas de 3 cañones cada una, te hacía llover encima 1,8 toneladas de acero y explosivos. Y según pegaba, debia tener una telemetría ópticas y un radar maravillosos.

Digamos que si los Brits trataban de frenar un escapa del Spee sin ese primo mayor recién llegado de Malvinas, el Cumberland, no tenían la más peregrina probabilidad de hacer otra cosa que hundirse. Pero tenían una ventaja sobre el Spee: podían interceptar las urgentes comunicaciones radiales (ergo, abiertas aunque encriptadas) entre el Spee y sus dos corresponsales berlineses, respectivamente la inteligencia naval alemana y el servicio de espionaje Abwehr en Berlín.

Ahí estaba la herida por la cual la Marina Alemana seguía sangrando desde 1914, cuando unos pesqueros indolentes de bandera belga y frente a la costa belga le arrancaron el cableado submarino internacional. Condenada a comunicarse por aire en todo el mundo, el Almirantazgo inglés le podía leer la mente al Káiser Willhelm y luego a Hitler, suponiendo que tuvieran mentes.

En tiempo real con su emisión, los mensajes del Spee pasaban también por Bletchley Park, los crackeaba Colossus y volvían por cable submarino y teléfono común hasta la embajada británica en Montevideo. Allí los muchachos del MI-6 consultaban con Londres por cable submarino hasta Río de Janeiro, y desde a Winston Churchill, que conocía el paño y se ne fregaba en sus almirantes. Todo el circuito estaba blindado, era muy «punto a punto», en la jerga de telecomunicaciones,

El Almirantazgo (bueno, Churchille) decidía entonces qué instrucciones le comunicaban a los capitanes de la flotilla inglesa residual (residual en todo sentido). Forzosamente éstas llegaban los capitanes del Ajax y del Achilles por radiotelegrafía encriptada, es decir abierta, es decir «broadcasting». Era el único eslabón vulnerable de la cadena de información británica. Era como transmitirlas por la BBC (que significa justamente British Broadcasting Corporation).

Ese laborioso laberinto en boomerang se recorría en unas horas, y quizás menos. Obviamente los Brits, dueños de una red de comunicaciones submarina doblemente blindada por el cable y el código, aprovechaban su vulnerabilidad para venderle pescado podrido a Berlín, a Hitler y a la abuelita de Hitler. De este modo, controlaban las decisiones de la Kriegsmarine y en particular las del capitán Hans Langsdorff, al mando del Spee.

Los alemanes sabían que los británicos, según usos y costumbres, podían estar jodiéndoles la cabeza, pero no tenían más remedio que confiar en el único blindaje que tenían sus telecomunicaciones militares de ultramar: el código Enigma.

Aclaración necesaria: este circuito de espiar, desencriptar y mandar fruta todavía figura como información reservada. Los National Archives la ofuscan más de lo que la aclaran. Ignoro cuándo Londres romperá el secreto de los quiénes, los adóndes y los cómos y la hará pública.

Digamos que la batalla del Río de la Plata fue una guerra entre cañones y blindajes, por una parte, y por la otra cables y submarinos y una computadora de crackeo creada «ad hoc» por un matemático genial.

Los cañones no eran moco de pavo, especialmente los del barco alemán. Mi viejo, a la sazón un atlético péndex de 28 años, salió temprano de su laburo en el microcentro, y junto con miles de porteños en mangas de camisa por el calor, se quedó junto a la estatua de las Nereidas escuchando los cóncavos retumbos que llegaban desde río adentro. Los vendedores de helados, de cerveza Quilmes y de naranja Bilz del balneario de Costanera Sur vendían hasta la dentadura postiza, el que tenía una, mientras dos naciones se mataban en el estuario.

Ya se sabe quién ganó. Lo importante fueron el cómo y el porqué.

EL CÓMO Y EL POR QUÉ

La espera de los resultados fue larga, y los diarios germanófilos de la Argentina daban por sentado el triunfo del Spee. Juan Domingo Perón, no presidente pero general que sacaba y ponía presidentes y les daba el libreto, se mantenía silencioso pero atento. Gracias a su movida siguiente, Córdoba se anotó dos ciudades, hoy espectacularmente turísticas.

Pero estoy adelantándome demasiado.

Pese al lobby desesperado de la embajada alemana en Montevideo, Langsdorff estaba obligado por las convenciones de La Haya a dejar puerto de Montevideo el 17 de diciembre, 73 horas estrictas de cuartel en puerto neutral, según el convenio de La Haya, dijo el presidente de la república, general Alfredo Baldomir, más probritánico que la marchita «Rule, Brittannia». Obvio, Langsorff no tuvo tiempo ni de reparar la pintura de su nave. Ésta se había comido entre 65 y 70 impactos de artillería británica.

De los últimos 67 tripulantes capturados a la navegación comercial británica, no había siquiera uno con heridas. Bajaron por la planchada en el apostadero militar de Montevideo.

El capitán del Spee mostró más inteligencia y humanidad que su antecesor y enemigo, el almirante Craddock, 25 años antes, en Coronel. Craddock, les recuerdo, con una escuadrilla de miserias y risa, eligió salirle al cruce a la potente flota de mar del Pacífico a la Kriegsmarine, decidido a luchar por su rey y su país hasta la muerte.

Y lo logró plenamente.

No sobrevivió ninguno de sus barcos de batalla, ni ninguno de sus tripulantes. 1660 ñatos, todos al fondo, pero qué heroísmo, qué huevos, dirán los giles. Del lado germánico de la ecuación. tres heridos. Y todo para nada. Primer derrota naval británica desde que Lord Horace Nelson, un desobediente crónico, usara esa ventaja militar sobre los disciplinados para darle matarile a la flota combinada francoespañola en Gibraltar.

Desobedeciendo a su vez Berlín, Langsdorff se negó a hacer matar a toda su tripulación en una batalla que pensaba suicida. Tales fueron las órdenes rajantes del Fúhrer, y ya ahí ya se supo, al toque de iniciada la guerra, que el Bigotito estaba bastante crazy y que era un líder de mierda.

Bletchley Park le había vendido a Berlín que estuario afuera lo aguardaba al Spee una escuadra avasallante, que incluía al portaaviones HMS Ark Royal y al acorazado HMS Renown. Pescado podrido puro, al menos para aquella fecha.

En aras de salvar a sus hombres de una idiotez grandiosa al estilo Craddock, Langsdorff hizo evacuar su barco, lo sacó de puerto con una tripulación esquelética y lo dinamitó frente a Montevideo. Los esqueléticos se subieron a los botes, chau. Oficiales, suboficiales y marinería en número de 1000 fueron evacuados a Buenos Aires, y de ahí a Córdoba por órdentes de… bueno, Perón himself. El Viejo siempre fue ducho en tolerar a los alemanes, que le caían bien, y bancarse a los ingleses, que le caían atravesados, mientras la Argentina no se jodiera.

Los últimos 67 tripulantes de otras banderas capturados por Langsdorff en sus fulminantes tres meses de campaña, más pasajeros que prisioneros por el trato recibido, fueron puestos en libertad sin ningún requisito.

El Spee, expertamente eventrado y con todas las esclusas abiertas para inundarse parejito, se fue yendo al fondo sin prisas en horizontal, nada de levantar dramáticamente la popa en el aire para la foto. Hasta hoy sigue ahí, asentado a 11 metros de profundidad en el barro, a 27 kilómetros de la rada de Montevideo. El cuidadoso Langsdorff tuvo hasta la delicadeza de no obstruir las vías de navegación.

En 1940, la diplomacia británica coimeó al general Baldomir para unas noches oscuras de salvamento y vista gorda, y los buzos de la Royal Navy se alzaron con lo que pudieron del cadáver subfluvial del Spee.

Durante muchos años, los mástiles sobresalieron apenitas del agua marrón del Plata, a medida que los indiscutibles tornillos de la gravedad fueron ajustando sus 16.000 toneladas reales (10.000 declaradas) en el fláccido sedimento. Deseoso de un «scuttling» irreversible, Langsdorff había rajado su barco al medio como una sandía. Nadie lo reflotaría jamás. No era cosa de que sus sistemas admirables de puntería óptica y de radar, que le costaron 72 muertos y 28 heridos a la escuadrita inglesa, fueran a caer en manos británicas.

Hitler, se dice, se puso violeta de furia al enterarse. Se abstuvo de un buen «Sipperhaft», esa práctica de exterminar las familias de los oficiales muertos que le hubieran desobedecido. En este caso, habría sido un segundo desastre de propaganda.

Luego, en Buenos Aires, como para dejar en claro que lo suyo no era la sumisión ni había sido la cobardía, Langsdorff en su habitación de hotel se vistió de gala, se extendió sobre la bandera de la Keyserliche Marine (nada de cruces svástikas para este caballero) y se pegó un corchazo en el mate.

En Argentina se le dieron funerales de estado (Perón, ¿quién otro?), y no faltó el agregado naval británico para rendirle un callado pero emocionado homenaje.

«La muerte de los valientes/ toda la creación agranda», había escrito mucho antes el poeta gauchesco Hilario Ascasubi pensando en el escocés Francis Drummond. Aquel fue otro capitán de los buenos. Murió en brazos de su suegro, el irlandés William Brown en 1827, tras la derrota de la Confederación de las Provincias Unidas del Río de la Plata ante el Imperio de Brasil. Eso fue frente a las costas de Ensenada, puro pajonal.

Sí que corrió sangre brava por estas aguas marrones.

En sólo 3 meses de campaña, el Spee había hecho estragos en la navegación comercial de los océanos Índico y Atlántico Sur, con 9 cargueros de diversa bandera apresados y hundidos. Es fama que Langsdorff, en lugar de librar a su suerte a aquellas tripulaciones civiles, las había albergado en el rancho de tripulantes y de suboficiales del Spee.

Los trató bien aunque tuvo que bancarse los gruñidos irritados de su propia gente. Le gustaba codearse un poquito con los prisioneros, dejaba a veces que los oficiales capturados subieran al puente, y cuando ya se la acababan la comida y el agua los fue desembarcando en puertos ínfimos y aislados del Índico, donde la inteligencia británica no tuviera agentes, cónsul o telégrafo a mano. El único puerto en el que realmente para recaló terminó siendo el último.

COROLARIO DE ESTA HISTORIA

Durante el resto de la guerra, la población inglesa tuvo un flujo irrestricto de trigos y carnes congeladas desde ambas bandas del Plata. Con su flota mercante a salvo de ataques de submarinos alemanes, la Pampa Húmeda argentina fue la panera y el “freezer” de Gran Bretaña, lo que volvió casi tolerable el durísimo racionamiento alimentario.

Winston Churchill habló pestes de la disimulada germanofilia del gobierno argentino durante la 2da Guerra, pero poco y nada de cómo eso evitó hambrunas en Inglaterra en lo peor de la “Batalla Atlántica”, entre 1941 y 1942. Bueno, era Churchill.

La Kriegsmarine no volvió jamás al Atlántico Sur, salvo con submarinos que enloquecieron a nuestros primos brasucas, incluso antes de que Getulio Vargas, indeciso hasta 1942, terminara por plegarse al bando aliado, en parte harto de que los submarinos nazis le hundieran mercantes. De modo que salvo para los reclutas kelpers que marcharon a la guerra en otros frentes, el archipiélago regresó a su agreste y ventoso aburrimiento.

Hasta 1982. 

Todo este rollo puede parecer innecesario y largo, pero no hay marina de guerra en el mundo en cuyas academias no se enseñe esta historia, con pocas variantes. Las Malvinas, tan bien ubicadas y llenas de puertos profundos y abrigados, con incluso un buen pastizal plano en el medio de la Isla Soledad para una base aérea en Mount Pleasant, ese archipiélago que sólo exporta pescado y licencias de pesca, es un activo estratégico fabuloso.

En manos británicas, es el sitio perfecto para atacar por aire y por mar, y capturar, Tierra del Fuego, Santa Cruz y Chubut. Acordonado tecnológicamente por la Argentina, las cosas se les ponen más difíciles a los johnnies.

Hoy las Malvinas constituyen el único enclave aeronaval indiscutido de la OTAN en el Atlántico Sur para bloquear por mar y aire la navegación china a través del estrechos de Magallanes, o el mucho más ancho y ríspido, el de Drake. Y lo de indiscutido ya lo veremos…

Las Malvinas como dijo Churchill de la isla de Malta, son “un portaaviones de piedra”. Ése sí que nos jodió la vida, pero escribía bonito.

Con el recalentamiento global, ese portaaviones cuida intereses adicionales: el derretimiento de los hielos flotantes y de los glaciares antárticos se está volviendo la pesadilla de casi todas las ciudades costeras del mundo. Pero a las mineras y petroleras les abre el acceso al único continente geológicamente virgen del planeta.

La Antártida está protegida precariamente de estas industrias extractivas (y de los reclamos de soberanía tanto de países vecinos como de potencias distantes) por el Tratado Antártico de 1959. Pero nadie puede dar certeza de que este papelito siga vivo de aquí a 20 o 30 años. Se firmó en un mundo bipolar, donde existía la Unión Soviética, Gran Bretaña todavía retenía pedazos de su imperio, y  China, la India y Brasil no movían el amperímetro.

Hoy sí que lo mueven. Si el tratado es impugnado, y lo será, pintarán reclamos de propiedad, incidentes diplomáticos y militares, y habrá guerra. Según el presidente Trump, un ricachón inmobiliario, nuestro país es un estado más, medio austral pero bien situado, de su propio país. Piensa lo mismo de Canadá, pero al menos allí lo putean y boicotean los productos «made in USA».

Empresas mineras y tecnológicas con más plata y armas que cualquier país sudaca se trenzarán a daga para repartirse los pedazos del Continente Ya No Tan Blanco.

Mi problema -también el suyo, lector- es que esto nos agarra tras perder miserablemente una guerra, derrota que hemos pagado con 43 años de desarme militar y la pérdida suicida de nuestras industrias de defensa.

Nos sacaron tarjeta roja y lo estamos aceptando como idiotas. En penitencia, ya no fabricamos aviones, turbinas, computadoras, equipos electrónicos, barcos civiles o militares, submarinos, tanques y cañones. Ya no fabricamos un carajo. En eso nos parecemos un poco a los EEUU.

Peor aún, siendo casi gratis, no fabricamos drones. Peor aún, nuestros almirantes no tienen puta la idea de que fue la guerra de fondo la que decidió ya las dos batallas navales más épicas del siglo XX, las que decidieron el destino de dos guerras casi de movida.

La imbecilidad no es militar sino social. Los partidos autodenominados «de centro», como el PRO, conspiran exitosamente contra nuestro desarrollo nuclear a través de la privatización de sus empresas, como NA-SA, o el aniquilamiento de otras con buenos quilates en Defensa, drones, sistemas antidrone y radares civiles y militares, terrestres, móviles y espaciales, como INVAP.

La ultraderecha libertaria está matando nuestro desarrollo científico e industrial, ése que decidió la victoria de las armas aliadas contra las del eje en la última guerra mundial. Y nuestro último sistema de comunicaciones militares difícilmente interferibles, la línea de satélites geoestacionarios ARSAT, fue cerrada por Macri y nunca más resucitó.

Cables submarinos propios, no tenemos. Barcos de guerra de fondos que permitan espiar, interferir o arrancar los cables de nuestros adversarios, tampoco.

El despliegue continental de la REFEFO (Red Federal de Fibra Öptica) que hizo de ARSAT la primera compradora mundial de cables ópticos entre 2009 y 2012, murió con Macri. Nadie quiso continuarlo desde entonces en forma submarina, para cablear el millón de kilómetros cuadrados de nuestra plataforma continenta. Ni siquiera para detección y ubicación de navegación pesquera pirata o ilegal. No de navegación hostil, porque según casi todo gobierno subsecuente a la catástrofe de 1982, no tenemos. Haceme reir.

No hay nada que inventar, sólo es copiar la red SOSUS con la que la OTAN estorbó desde los años ’50 el tránsito de submarinos soviéticos a través de sus dos únicas salidas al Atlántico, y hoy lo hace con los rusos. Aquí, eso es construir otra REFEFO ya no en seco sino bajo el agua, y dotarla de hidrófonos y sensores de presión. Una obra bastante barata, que signifique «te estamos mirando, gringo».

Una obra atada a otra obra más móvil: diseñar, fabricar y desplegar drones submarinos furtivos «durmientes» en los fondos de la Plataforma. INVAP y nuestros astilleros -si sobrevivió alguno- podrían dar la talla. Toda nave militar que se meta en nuestras aguas sin pedir permiso, sabrá «te estamos mirando y tal vez incluso apuntando, gringo».

Citando al almirante Hyman Rickover, creador del Nautilus, primer submarino nuclear del mundo, por su capacidad disuasoria es mejor un submarino en el mar que una bomba en el sótano. Sólo que los submarinos carísimos y tripulados son un arma infalible, pero en la guerra naval del siglo XX.

Despiértense, argentos. Estamos en el siglo siguiente, dueños de territorios que no podemos defender, y en pelotas.

Mi pronóstico, por lo que vale: incluso si el achicamiento económico, diplomático y militar de Inglaterra volviera impagable su permanencia en Fortaleza Malvinas, cosa que está ocurriendo desde 2000, Estados Unidos tomaría su lugar rápido, a cara de perro. Y por primera vez, con Argentina y Brasil mostrándole los dientes. Quiero ver ese día, o que lo vean mis hijos. Será el final de nuestro «Siglo de la Humillación».

Sí, claro, por ahora la Argentina no tiene dientes que mostrar.

Pero todavia somos (un poco) hijos de Brown. Si conozco a mi país, ya le volverán a crecer.

DANIEL E. ARIAS