(La 1ª parte de este artículo está aquí)
La ANMAT nos nació esclava
Tener una ANMAT esclava de los EEUU cuesta vidas. No hace falta que la salud pública de EEUU la dirija un loco.
Para muestra, un botón. Entre 2019 y 2023, el gobierno de Alberto Fernández le negó a la Universidad Nacional de San Martín el derecho a hacer estudios de fase de su vacuna contra el Covid.
En AgendAR la llamamos “La Cecilia”. Se llamó “ARVAC Cecilia Grierson” por voto de sus diseñadores, encabezados por la jovencísima vacunóloga, la Dra. Juliana Cassataro.
“La Cecilia” recuerda a la Dra. Grierson, la primera mujer argentina en recibir el título de médica. También la primera en tener la autoridad de determinar políticas sanitarias de estado. Sus barbudos y bigotudos colegas la incordiaban por mujer y por capaz. No por nada la hemos olvidado.
Si tu vacuna pasa los tres y sucesivos estudios de fase, el ANMAT no va a tener más remedio que autorizártela, sin que importen las órdenes que bajen del Ministerio de Salud. A Juliana Cassattaro le ocurrió. ¿Qué mejor chicana para dejarte fuera de carrera, entonces, que pisarte la autorización para iniciarlos?
La UNSAM fue autorizada a empezar y terminar sus estudios de fase a fines de 2023, cuando ya la pandemia había pasado. En 2021 todavía se morían 700 compatriotas por día. Gracias a nuestro entonces presidente y su entorno, cuando por fin se le permitió a “La Cecilia” iniciar fases, ya se habían muerto unos 130.000 argentinos.
Elegí los tuyos, Fernández, y no te asustes si son más que los que nos consiguió el general Jorge Rafael Videla.
Mientras se nos iban muriendo criollos, el estado argentino importó vacunas a carretadas. Obviamente dejó colgado del pincel al laboratorio nacional Pablo Cassará, que había invertido U$ 11 millones para transformar su planta en una fábrica de dobles dosis masivas “La Cecilia”.
Si el MinSal les hubiera dado bola en su momento, Cassará se habría sumado a Sputnikl V y Sinopharm, las disruptivas marcas rusa y china que a partir de 2021 empezaron a aplastar la rampa de contagios y las de muertes. Las compradas a Pfizar y Moderna, ambas yanquis, no llegaban más.
2021 era el año de salvar vidas de argentinos, e imponer la marca de la UNSAM en la región. La Cecilia habría campeado como el Cid en el mercado sudaca, Chile y Uruguay estuvieron esperando casi un año te entrega de sus vacunas Pfizer como los fieles al mesías. Con ello, los hizo firmar precios de robo y condicionamientos diplomáticos humillantes.

Cassará es una farmacológica nacional chica pero con décadas en la batalla. Es considerada de las buenas por calidad, no así por escala. Tiene pergaminos viejos de bancar investigación y desarrollos nacionales en biotecnologías varias, desde la medicinal a la vegetal.
Y mientras Cassará no podía producir vacunas porque el Ministerio de Salud no daba la luz verde a los estudios de fase de la UNSAM, el MinSal, dejó la Sputnik V y la Sinopharm y «no tuvo más remedio» (haceme reír) que importar vacunas de Pfizer y Moderna de los USA, y en camión. En ello se patinó U$ 930.000 millones. ¡Alegría, argentinos, nueva deuda!
Machaco y machaco con ello, se murieron 130.000 argentinos. Al pedo, porque pudimos tener una vacuna nacional razonablemente testeada antes de 2022, justo cuando la rusa y la china le habían pegado el primer frenazo a la loca tasa de contagios.
La Cecilia era muy joya, chiche bombón. Me precio de haber sido voluntario en la fase 2/3, estudio de doble ciego sobre más de 2000 voluntarios, doble pinchazo en el hombro en el CEMIC de Villa Pueyrredón, allá por 2023.
El estudio determino una eficacia mayor del 90%. No hubo efectos adversos estadísticamente notables. Yo tampoco los tuve, aunque pude diferenciar por la somnoliencia post-pinchazo la vacuna en serio (que vino primero), del placebo, (que me ligué meses después).
Como dosis de refuerzo de vacunas anteriores, La Cecilia reactivaba un 3000% la respuesta de anticuerpos lograda antes. En 2023 no hubo más remedio que licenciarla.
Y mientras en 2022 miles de argentos se morían de asfixia en centenares de terapias intensivas, el Jefe de Gabinete, Juan Manzur, doctor y exgoberna de Tucumán, destrabó el ingreso de la Pfizer pero a La Cecilia y a la UNSAM no les atendía el teléfono.
Tampoco lo había hecho su predecesor, Ginés González García, sanitarista summa cum laude, Dios lo tenga en su gloria.
Se ve que la Pfizer aquí tiene más groupies en el MinSal que Los Redonditos de Ricota en La Plata.
Cassará me dijo que habría podido poner la vacuna en los hospitales, vacunatorios, escuelas y farmacias a entre la mitad y un tercio de lo que fajaban las multinacionales. Y eso como dosis de refuerzo en una Argentina ya bastante vacunada por Sputnik y Sinopharm. Y se habría conseguido un 3000% más respuesta de anticuerpos, y con una vacuna de logística fácil: no hacía falta distribuirla a 24 grados bajo cero. Con los 4 de una caja de telgopor con hielo seco bastaba.
¿Qué es más correcto? ¿Suicidarse o meter a algunos quías y señoras en chirona y perder la llave?
Vuelvo al comienzo de este artículo: cuando el estado federal estadounidense habla de algo ligado a la salud o a la alimentación, sea vacunas, antibióticos o dietas, el resto del mundo para la oreja.
Y no por amor sino por espanto
Desde fines de la década pasada, la aplastante autoridad científica de la FDA logra cosas para la farmacología yanqui por terror, y cada vez menos por prestigio.
Primero, por la novedad de que cuando se primera presidencia, el POTUS, President of the United States, Donald Trump, inmobiliario, showman y algo proclive al abuso de niñas, se peleó públicamente con el Dr. Steve Fauci, director del National Institute of Allergy and Infectious Diseases (NIAID), una de las 27 agencias científcas que Kenndyu cerró al toque de asumir.
Infectólogo, inmunólogo y con un notable par, a Fauci le tocó dirigir el combate contra el SIDA desde 1984, y lo hizo muy bien. Cuando juró Trump, trató de convencer a los estados republicanos de vacunarse. El POTUS, en cambio, salía en la televisión sin vacunar y predicando a favor de tomar lavandina. Infalible contra el SARS Covid 2, se sabe.
El POTUS debe haber tomado bastante lavandina, porque se agarró un Covid padre y madre de tanto andar franeleando a sus fans sin barbijo y en eventos multitudinarios de copartidarios que consideraban un orgullo patriótico no haberse vacunado. Trump jamás interrumpió sus reuniones, estuvo desde el vamos contra toda cuarentena y barbijo. ¿Justicia poética? No, no se murió.
Trump, el tiempo en su cargo y la fatiga de lidiar con imbéciles se encargaron de que en su segunda presidencia el Dr. Fauci no volviera a incordiarlo. El Peluca Naranja Kodak propuso como Secretario de Salud a Robert Kennedy (Jr), un incendiario antivacunas con tanta medicina en el mate como cordura en la de Javier Milei.
Kennedy Junior, apoyado por Marco Rubio cortó relaciones con la OMS, la Organización Mundial de la Salud de las Naciones Unidas. Ojo, es la misma organización que, a fuerza de vacunas (¡!) en 1977 terminó con la viruela en todo el mundo. Otros tiempos.
La viruela es una infecciosa de unos 80.000 años de antigüedad biológica. Probablemente no fue muy feroz cuando éramos cazadores recolectores dispersos por África, Asia y Europa.
Pero desde que los humanos empezamos a ser gregarios y aldeanos o citadinos, la viruela se volvió un incendio. El indestructible faraón Ramsés II parece haber muerto de viruela hace 4000 años, confiesan sus huesos.
No creo en la belleza de ninguna muerte humana, incluso la más heroica, pero la que te concede la viruela es indescriptiblemente penosa.
Sólo en el siglo XX, la viruela mató a 500 millones de personas. Ojo, lector, la Primera y la Segunda Guerras Mundiales apenas mataron a unos 107 millones, sumadas.
Como millones de pibes argentinos, yo recibí la antivariólica en la escuela primaria, pagada por el MinSal y distribuida masivamente en las escuelas por el Ministerio de Educación. Si no te la dabas y no tenías el certificado de vacunado, no entrabas a la escuela. No había padres antivacunas, un problema con el que no hacía falta lidiar.
Argentina era el país más escolarizado de las Américas, después de Canadá, y todo argentino con un hijo lo quería en la escuela y con el pinchazo. ¿Pero a qué chico le gustan los pinchazos? ¿Y qué madre se banca que su chico haga un sarampión bravo y se muera, o se quede ciego, o con daños neurológicos motrices e intelectuales permanentes?
En ’50 y ’60 el despliegue obligatorio y masivo de la antisarampionosa logró «inmunidad de manada». El más contagioso de los virus empezó a no poder circular por la población y contagiarse. Hoy los argentinos nacidos después de 1980 no tiene recuerdos de esta enfermedad. No se le murió ningún padre, ninguna abuela, ningún hermanito menor, no se le murió nadie de sarampión. En 1960, en la Argentina murió el virus. En 1977 se registró el último caso en Somalía. La OMS ganó por paliza.
500 millones de muertos entre 1900 y 1980, y entre los jóvenes, ni recuerdos de la viruela. De las dos guerras mundiales, en parte gracias a las historietas y el cine, en Argentina se acuerda casi todo el mundo. Salvo, obviamente, cierto mileísmo y los participantes de Gran Hermano, que no se enteran de nada.
Fue una de las pocas cosas que la OMS hizo bien, y en el caso de la antivariólica, MUY bien. Bob Kennedy Junior y Marco Rubio no habrían podido venderle a la OMS el evangelio de que las vacunas contra el Covid eran innecesarias, malas y malvadas. Por eso al toque de asumir, volvieron a dejar la oMS con un segundo portazo. El primero lo había pegado Trump, en su primera presidencia, no sólo por antivacunas sino porque la OMS autorizó la Sinovac y la Sinopharm, dos chinas.
La maldad de las vacunas (todas ellas) es un artículo de fe entre los republicanos de derecha de los EEUU. Y así les va. Hasta 1981, cuando EEUU sencillamante no tenía vacuna alguna contra el Covid, había paridad de muertes por esa enfermedad entre republicanos y demócratas. La muerte iguala a príncipes y mendigos, bla, bla, bla.
A partir de 1981, gracias al licenciamiento de las primeras vacunas anticovid nacionales, hubo un desacople brutal entre ambas poblaciones. La tasa de muerte de los republicanos (mayormente no vacunados) se volvió un 43% superior a la de los demócratas, como demostró un estudio epdemiológico de JAMA, el Journal of the American Medical Association. Esa es la segunda revista más prestigiosa del mundo en medicina clínica.
Hoy, con un flamígero antivacunas, Bob Kennedy Jr., como nuevo líder del U.S. Department of Health and Human Services (HHS), mi propósito es que la nueva dieta ideal que propone este señor, dieta que vuela a contramano de toda la biblioteca y la práctica epidemiológica desde los años ’50 hasta la fecha, sea al menos puesta en duda por nuestras volátiles y cholulas clases dirigentes.
La aceptaciónn de la dieta Kennedy, hiperproteica e hipergrasosa, puede funcionar muy bien entre luchadores de sumo y gente que carga bolsas de cemento, o pianos. Los peones de huerta y los dedicados a forestación rural la necesitan, pero son gente que quema entre 3000 y 4000 kilocalorías/día. Puede dañar bastante a esa recua de patovicas tilingos de mi gimnasio, que se fajan testoesterona para inflarse los músculos pero queman mucho menos, y para quienes el ombligo científico, intelectual, moral y culinario del universo son los EEUU, y específicamente su sancta sanctorum, Miami.
Y ahora vamos a los bifes. Literalmente.
La vida, la muerte y la comida según Bob Kennedy Junior.
El secretario propone estos cambios en la pirámide alimenticia
- Prioridad proteica: Se recomienda aumentar las proteínas a entre 1,2 y 1,6 gramos diarios por cada kilo de peso.
Un patovica de 90 kilos debería comer entre 96 y 128 gramos/día de proteína para seguir sano. Son dos bifes y medio de chorizo de los grandotes, de 250 gramos cada uno. Bife en el desayuno, y de noche, medio bife de postre tras cenar… bueno, un bife. Hamburguesas grasosas, si se es de los USA.
Me encanta la racionalidad y practicidad de esta dieta. Ojo vacas del mundo, las estamos mirando.
- Revalorización de grasas: Se terminó por fin la santa cruzada de cardiólogos, neurólogos, endocrinólogos, gastroenterólogos y oncólogos contra las grasas saturadas. Estaban todos equivocados, y a sueldo de la “Big Pharma”.
Te remito a la dieta anterior, de bife con bife más medio bife con el cafecito y el cognac, pero agregale quesos duros, manteca suficiente como para hacer patinar un tanque Abrams, sebo de vaca o grasa de chancho como bajativo, medio bife con el cafecito y el cognac. Y por supuesto, no le recortes el perímetro de grasa blanca a cada bife.
Nuevamente, hamburguesas chorreantes para los nacidos en la tierra de los libres y hogar de los valientes.
Tu cardiólogo, agradecido. Tiene un cepillo de cerdas de bronce y una valija de stents para destaparte las coronarias.
Ah, detalle, Kennedy dice que hay que mantenerse dentro del límite calórico individual. Como eso depende un poco del gasto de energía, para quemar toda esa grasa recomiendo vivir en a la base antártica Marambio, y correr en bolas alrededor de las construcciones día y noche. Si hay borrasca, mejor.
- Reducción de carbohidratos: Los granos integrales han pasado a ocupar una porción casi nimia en la base de la nueva pirámide alimenticia de Bob Kennedy Jr., concretamente el vértice inferior.
En revancha, los carbohidratos refinados y ultraprocesados deben evitarse sí o sí. Eso último me gusta, lo de suprimir granos integrales, ni ahí, Bobby.
Estás en contra de la fibra, OK. Hay que explicarte despacito que es básicamente celulosa, y que ésta no significa ningún aporte de energía al organismo humano.
Es que no somos rumiantes ni tenemos el equipo enzimático necesario para quemar celulosa. Aunque comamos muchas vacas, no somos vacas. Y nadie engorda o se tapona las coronarias a fuerza de ensalada. No es tan mala, man. No la ningunees.
A fuerza de inquemable, la celulosa entra por una cavidad y sale por otra. Pero cuando hace un stop por peaje en el estómago, absorbe agua, se expande volumétricamente, te llena la zapán durante horas, poe ende te saca el hambre y evita que, entre el primer tiempo y el segundo de un partido te estaciones frente a la heladera abierta, con el dulce de leche en mano y la cuchara en la otra.
Más abajo del estómago, cuando la fibra atraviesa los intestinos grueso y delgado, les da una cepillada padre y madre. Malo para los pólipos.
El tránsito intestinal rápido es el mejor preventivo del cáncer colorrectal mirá bo’. Y ése cáncer, después del de pulmón, es la segunda causa de muerte por tumores sólidos de la Argentina. Y despacha al otro mundo sus 22 compatriotas por día, y su incidencia está en ascenso, al parecer por exceso de grasas y proteínas y falta de fibra, y tránsito intestinal lento.
Entiendo que Donald Trump almuerce y cene en algún Mc Donald’s elegido al azar, rodeado de sus mamuts del Secret Service. Ese deambular aleatorio del Donald por el extenso mundo del Ronald Mc Donald le evitan que las hamburguesas se las termine sazonando con novichok algún agente del Guojia Anquan Bu. La flota de mamuts con anteojos negros se encarga de que las papas fritas vengan libres de vidrio molido.
Suerte para el POTUS que Kennedy, fuera del novichok y el vidrio, le recomiende la dieta de su patrón a todos los EEUU. Bueno, salvo el balde de Coca Cola, al que el POTUS suele hacerle honores.
Pero nadie va a McDonald’s por las ensaladas, y Trump tampoco. Y como decía mi abuela, cuando yo le hurtaba bifes, “Si comés tus verduras, nene, nunca se te va a trancar el tujes”.
My sweet Lord
Mi único acuerdo con Kennedy hasta ahora es que los azúcares refinados son una lacra. El azúcar refinado fue inconseguible por escaso hasta el Renacimiento europeo, pero desde el siglo XVI se abarató a plomo por el trabajo de los esclavos africanos en las plantaciones americanas.
Y si los negros se morían rápido de desgaste físico y flacura en el Caribe, del otro lado del Atlántico se disparó la mayor y peor epidemia del la historia humana. No fue la viruela, fueron el azúcar blanco y la obesidad.
Los europeos clasemedieros iniciaron la moda de volverse redonditos (pero no de ricota), y la tendencia volvió de rebote a las Américas como un boomerang epidemiológico. En los EEUU el 74% de los adultos y el 20& de los pibes tiene sobrepeso u obesidad.
El azúcar barato y el jarabe de maíz de alta fructosa la permiten al yanqui medio tomar Coca Cola en bidón, ser prediabético desde la adultez temprana y en el caso de los hombres, pesar un promedio de 93,2 kg. y tener una cintura de 1,02 metros. Si Kennedy me está leyendo, que traduzca todo a medidas imperiales.
Más de 10 gramos de azúcar blanca por comida es una tragedia médica, dice Kennedy. Me da cierta vergüenza estar de acuerdo con él. En algo.
Bobby, familia es rara en un país raro. Tu abuelo, tras una próspera carrera de gangster en Nueva York, fue ascendido a embajador de los EEUU en Bran Bretaña durante la 2da Guerra Mundial, y era medio nazi en pleno bombardeo de Londres. Tu tío John inició y fogoneó la guerra de Vietnam. Lo cohetearon porque le salió mal la invasión de Cuba, y no quiso repetirla, para despecho de la CIA y el Pentágono. Tu propio padre, Bob. fue su fiscal de estado, estuvo por ganar la presidencial de 1968 con la consigna de irse de Vietnam, y lo cohetearon.
Has tenido una vida difícil lo entiendo. Tu viejo fue un abogado y político muy capaz, pero el complejo militar industrial estaba ganando mucha guita con Vietnam, y no tenía ganas de terminar aquella guerra tan redituable, aunque la venían perdiendo mal.
Pero no me imagino a tu papá como redactor de guías alimentarias pelotudas. Le habría dado vergüenza el hablar pavadas en un cargo para el que vos ni intentás parecer capacitado. Pero el laburo viene con una caja de U$ 48.700 millones/año, siendo vos un eximio nabo en asuntos médicos y de salud pública.
A tu viejo no lo imagino exponiéndose al odio colectivo de la comunidad médica. O bancándose un jefe como tu POTUS. Ni por esa guita. ¿De qué te sirve? Venis de una familia de aristócratas.
Gracias por tu programa alimentario, Robert, my friend. Sabemos que sólo te guían la honestidad intelectual y el amor por la ciencia.
Y decile al patrón que a falta de lavandina siempre puede tomar aguarrás. Y que en AgendAR no comemos vidrio.
Daniel E. Arias


