Columna: 44% de los trabajadores jóvenes admiten boicotear la IA en su empresa

Los datos vienen de EE.UU., Reino Unido y Europa central. Pero el fenómeno describe una tensión que no tiene fronteras — y que en Argentina tiene sus propias particularidades.

Una encuesta reciente de la empresa Writer y la consultora Workplace Intelligence relevó a 2.400 trabajadores de conocimiento en Estados Unidos, Reino Unido, Irlanda, Bélgica, Países Bajos, Francia y Alemania. El resultado más comentado: el 29% de los empleados admitió haber saboteado activamente las iniciativas de inteligencia artificial de su empresa. Entre los trabajadores de la Generación Z — los nacidos entre 1997 y 2012, que hoy tienen entre 14 y 29 años — ese número sube al 44%.

Las formas de sabotaje relevadas son variadas: ingresar información confidencial de la empresa en chatbots públicos, usar herramientas de IA no aprobadas por la organización, o entregar deliberadamente outputs de baja calidad generados por IA sin corregirlos. No es un fenómeno marginal. Es una respuesta activa y bastante extendida.

Por qué lo hacen

El estudio preguntó también por las motivaciones. El 30% de quienes sabotearon citó el miedo a la automatización como razón principal. El 28% señaló problemas de seguridad con las herramientas internas. Y un 20% dijo que la IA, lejos de aliviar su carga de trabajo, la aumentó.

El contexto importa para entender estos números. Los CEOs de las principales empresas del mundo llevan meses declarando abiertamente que la IA va a reducir sus plantillas. No como proyección lejana: como política activa. Meta comunicó internamente que estaba automatizando roles de gestión de riesgos. El CEO de una empresa de IA llegó a declarar públicamente que la Generación Z debería prepararse para un desempleo del 30%. En ese clima, la resistencia no es irracional. Es una respuesta a señales muy concretas que vienen de arriba.

La misma encuesta muestra la otra cara: el 60% de las empresas relevadas planea despedir a los empleados que no adopten IA. Y los trabajadores que más la usan tienen tres veces más probabilidades de haber recibido un aumento o un ascenso en el último año. La tensión está servida: los que resisten tienen razones para resistir, y al mismo tiempo las consecuencias de resistir son cada vez más costosas.

La brecha entre empleados y ejecutivos

Hay otro dato que no circuló tanto pero que dice mucho sobre la dinámica interna de estas organizaciones. Solo el 28% de los empleados relevados usa IA más de dos horas por día. Entre los ejecutivos, ese número es del 64%. Casi uno de cada cinco directivos admitió usar herramientas de IA entre cuatro y cinco horas diarias.

No es solo una diferencia de adopción. Es una diferencia de mundo. Los que toman las decisiones sobre qué herramientas implementar y cómo viven adentro de esas herramientas casi todo el día. Los que tienen que ejecutar esas decisiones las usan poco, a veces por elección y a veces porque nadie los integró de verdad al proceso.

El reporte de Writer lo dice de manera bastante directa: tres cuartos de los ejecutivos admiten que la estrategia de IA de su empresa «es más para aparentar que para guiar internamente». El 48% la califica como «una decepción enorme». No es solo resistencia desde abajo. También hay un problema serio de implementación desde arriba.

El escenario en Argentina

Los datos del estudio no incluyen a ningún país de América Latina. Son mercados laborales con regulaciones, culturas sindicales y contextos económicos muy distintos al nuestro. Eso no significa que el fenómeno no exista acá — significa que no tenemos números propios todavía.

Lo que sí podemos hacer es pensar qué condiciones locales podrían amplificar o moderar esa resistencia.

Argentina tiene un mercado laboral con alta informalidad y una historia larga de incertidumbre económica. El miedo a perder el empleo no es nuevo ni necesita que un CEO lo declare en una conferencia para estar presente. En ese sentido, la resistencia a herramientas que podrían reemplazar tareas — o justificar recortes — tiene terreno fértil.

Al mismo tiempo, la adopción de IA en empresas medianas y grandes argentinas todavía es despareja. Muchas organizaciones están en una etapa donde la conversación sobre IA es más aspiracional que operativa. En ese contexto, el sabotaje activo del tipo que describe el estudio — entregar outputs de mala calidad a propósito, usar herramientas no autorizadas — requiere primero que haya herramientas instaladas y una estrategia que sabotear. En buena parte del tejido empresarial local, ese punto aún no se alcanzó.

Donde sí puede estar pasando, aunque sin ese nombre, es en la resistencia pasiva: el empleado que «prueba» la herramienta una vez y no vuelve a usarla, el equipo que sigue haciendo las cosas como siempre porque nadie explicó para qué sirve el cambio ni qué pasa con su rol si funciona. Eso no aparece en ninguna encuesta como sabotaje, pero produce el mismo resultado.

Lo que viene

El estudio muestra una fractura que probablemente se profundice. La IA avanza a un ritmo que las organizaciones no están procesando bien, ni desde arriba ni desde abajo. Los ejecutivos diseñan estrategias que no bajan. Los empleados resisten herramientas que no entienden o que perciben como una amenaza directa a su estabilidad. Y en el medio, los procesos siguen sin cambiar de verdad.

En Argentina ese escenario va a llegar — o en algunos sectores ya está llegando. La pregunta no es si va a haber resistencia. La pregunta es si las organizaciones van a hacer algo útil con esa señal antes de que el costo de ignorarla sea demasiado alto.

El 44% no es un número que indica que los trabajadores jóvenes no entienden el futuro. Indica que lo entienden bastante bien — y que no les gusta lo que ven.

Columna de IA por Esteban Terranova