Columna: Washington quiere ser socio de la IA

El gobierno de Trump negocia quedarse con acciones de OpenAI. Bernie Sanders pide más. Y por una vez, izquierda y derecha coinciden en algo incómodo.

El 5 de junio Donald Trump confirmó, arriba del Air Force One, que su administración está hablando con empresas de inteligencia artificial para que el Estado norteamericano se quede con una parte de ellas. La palabra que usó fue «socio»: que el público americano «esencialmente se vuelva socio» de las compañías. Lo raro no es que lo diga un republicano. Lo raro es quién está de acuerdo.

Porque desde la otra punta del arco político, Bernie Sanders pide lo mismo pero más fuerte. El 1 de junio publicó un artículo en el New York Times proponiendo un impuesto único del 50% sobre el capital de OpenAI, Anthropic y xAI, con acciones con derecho a voto y representación de Washington en los directorios. Trump quedó, por una vez, en el lugar moderado: entre el dejar hacer y la nacionalización parcial que propone Sanders. Pero la dirección es la misma. Las dos puntas del espectro coinciden en que las ganancias de la IA son demasiado grandes para quedar enteramente en manos privadas.

Cuando eso pasa —cuando el sector que más detesta la intervención estatal y el que más la reclama terminan empujando para el mismo lado— conviene prestar atención. No es ideología. Es otra cosa.

Qué se está negociando, exactamente

Conviene separar el ruido del dato. Lo que reportó NOTUS primero, y CNBC confirmó después, es que el gobierno y OpenAI llevan más de un año conversando un esquema donde la empresa le cedería acciones al Estado. No es una expropiación: es voluntario. Y la idea no nació en la Casa Blanca, nació en OpenAI. Sam Altman se la propuso a Trump a principios de 2025 y la viene revisando con funcionarios desde entonces.

El destino de esas acciones sería un «Public Wealth Fund» —un fondo soberano que la propia OpenAI delineó en un documento de política industrial publicado en abril. La lógica que vende la empresa: que cada ciudadano tenga una participación en el crecimiento económico que genera la IA, y que los retornos del fondo se distribuyan directamente, sin importar el patrimonio de arranque de cada uno. Acciones donadas hoy, dividendos para el público mañana.

El momento no es casual. OpenAI está valuada por inversores privados en más de 850.000 millones de dólares y se prepara para salir a la bolsa, posiblemente en septiembre. Un Estado que entra al capital antes de esa salida no es un detalle contable: es un entrelazamiento sin precedentes entre las finanzas federales y una sola compañía tecnológica. Y encaja con un patrón que Trump ya venía marcando: el año pasado el gobierno se quedó con el 10% de Intel, el fabricante de chips en problemas.

El que dijo que no

Hay una ausencia que dice tanto como las presencias. Anthropic —la empresa que se presenta como la responsable del rubro, también camino a su propia IPO— confirmó que no está en estas conversaciones. No por casualidad.

En febrero de 2026, Trump ordenó que las agencias federales dejaran de usar la tecnología de Anthropic, después de que la compañía se negara a dejar que el Pentágono usara sus sistemas sin ciertas barreras de seguridad. El que no se sienta a la mesa paga un costo. Y eso revela la letra chica de todo este arreglo «voluntario»: se puede decir que no, pero la fricción tiene precio. La línea entre una sociedad negociada y una oferta que no se puede rechazar es más fina de lo que el lenguaje de «socios» deja ver.

Argentina, mirando de afuera

Y acá la película se vuelve casi un espejo invertido. Mientras el Estado norteamericano —el supuesto templo del libre mercado— evalúa entrar al capital de sus campeones tecnológicos para capturar parte de la renta de la IA, Argentina recorre el camino exactamente opuesto: desregulación, salida del Estado, apuesta a que el sector privado y el capital extranjero hagan el trabajo.

No es un juicio sobre cuál modelo es mejor. Es una observación sobre asimetría. Estados Unidos puede darse el lujo de discutir cómo reparte la renta de empresas que valen más que el PBI de muchos países, porque esas empresas son suyas. Argentina no tiene en esa mesa ninguna OpenAI, ningún Anthropic, ninguna acción para donar ni para gravar. La discusión sobre cómo el público participa de la «ventaja» de la IA presupone, primero, tener algo de IA propia de la cual participar.

Lo interesante del debate norteamericano es que ya pasó la etapa de preguntarse si la IA va a generar riqueza concentrada. Esa pregunta la dan por respondida. Ahora discuten cómo distribuirla. En Argentina seguimos un par de casilleros atrás: discutiendo si conviene construir la infraestructura y los modelos que algún día generen una renta para repartir.

La pregunta, entonces, no es si Argentina debería copiar el fondo soberano de OpenAI o el impuesto de Sanders. Es más básica. ¿Qué se reparte cuando no hay nada propio sobre la mesa?

Columna de IA por Esteban Terranova