Argentina desarrolla la primera plataforma regional de monitoreo de «basura espacial»

En algún momento de los últimos años, alguien caminando por un campo en Santa Fe, Chaco o Río Negro se encontró con algo que no debía estar ahí: un resto metálico, retorcido y chamuscado, que no encajaba con ninguna maquinaria agrícola ni accidente conocido. Cuando los investigadores analizaron esos hallazgos, observaron que eran fragmentos de tecnología espacial. Restos de objetos que habían estado orbitando la Tierra y que, en algún punto de su descenso, sobrevivieron el paso por la atmósfera y terminaron en territorio argentino. Esos casos, despertaron una pregunta que hasta entonces nadie en la región estaba intentando responder de manera sistemática: cuánto material espacial está volviendo a la Tierra y dónde está cayendo.

La búsqueda terminó dando origen a MIRA, sigla de Monitoreo de Impactos y Reingresos Atmosféricos, la primera plataforma latinoamericana dedicada a detectar, rastrear y analizar basura espacial. El proyecto fue desarrollado por el Centro Interdisciplinario de Estudios Espaciales (CIEE), que tiene doble dependencia entre la Universidad Nacional de La Plata y la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), que reúne a ingenieros aeroespaciales, especialistas en materiales, científicos de datos, abogados y expertos en relaciones internacionales. Bajo la dirección de Juan Cruz González Allonca, abogado especializado en derecho espacial, y de Rubén Pesoa, también participan Ana Laura Cozzarin en investigación y Franco Agatiello, Jeremías Tapia Troncoso y Emanuel Acosta en desarrollo: «MIRA surge a partir de modelar datos de Estados Unidos y Europa, e identificar numerosos reingresos sobre nuestro país y América Latina. Eso fue el puntapié para planificar algo más grande», explica González Allonca.

La paradoja que encontró el equipo es que, aunque América Latina recibe reingresos con creciente frecuencia, no cuenta con instrumentos propios para monitorear lo que ocurre en órbita. Los sistemas capaces de hacer ese seguimiento son extremadamente costosos y hoy están concentrados principalmente en Estados Unidos y Europa: «La región no tiene instrumentos para saber la cantidad de objetos que hay en órbita y la posibilidad de reingresos. Casi todo el mundo se guía por las mismas fuentes de datos», señala González Allonca.

Por eso, MIRA no busca reemplazar esos sistemas sino procesar la información disponible desde una perspectiva regional. La plataforma integra datos de Space-Track, administrada por el gobierno estadounidense, y de DISCOS (Database and Information System Characterising Objects in Space), de la Agencia Espacial Europea, para reconstruir trayectorias, identificar objetos y generar alertas sobre posibles reingresos sobre América Latina. El objetivo es producir evidencia que permita diseñar políticas públicas y mejorar la capacidad de respuesta frente a estos eventos.

Restos de basura espacial hallados en Armstrong, Santa Fe (2025). Crédito: R. Lianza.

Una órbita cada vez más congestionada

La necesidad de contar con herramientas de monitoreo aparece en un contexto de crecimiento acelerado de la actividad en el espacio. Desde el inicio de la era espacial, hace más de sesenta años, la humanidad envió miles de satélites, etapas de cohetes y otros artefactos al espacio. La mayor parte se encuentran en la órbita baja terrestre, una región ubicada entre los 200 y los 1.200 kilómetros de altura donde operan satélites de observación, telecomunicaciones y navegación, además de plataformas como la Estación Espacial Internacional. Es también la zona más congestionada del espacio cercano a la Tierra.

Según datos de la Agencia Espacial Europea, actualmente existen más de un millón de fragmentos de entre uno y diez centímetros orbitando el planeta, con una masa total superior a las 16.000 toneladas, y solo una pequeña fracción puede ser monitoreada desde la Tierra. En los últimos años, la situación se complejizó con la llegada de las megaconstelaciones: Starlink concentra actualmente más de la mitad de los satélites activos de toda la humanidad, y a ella se suman proyectos como Project Kuiper, de Amazon, y distintas iniciativas chinas que proyectan desplegar miles de nuevos satélites durante la próxima década: «La órbita baja es un recurso natural, agotable, finito. No hay lugar para todos», advierte González Allonca.

A medida que aumenta la cantidad de objetos en circulación, también crece el riesgo de colisiones. Dado que estos artefactos se desplazan a velocidades cercanas a los 27.000 kilómetros por hora, incluso un fragmento pequeño puede destruir un satélite operativo. Cada choque genera nuevos fragmentos que pueden provocar nuevas colisiones, alimentando una reacción en cadena conocida como Síndrome de Kessler: «Todo el mundo, la industria, las agencias espaciales y las fuerzas armadas, coinciden en que la basura es el principal problema que tiene hoy la actividad espacial», señala González Allonca.

Sin embargo, el problema no se limita a lo que ocurre en órbita. Tarde o temprano, todo objeto espacial reingresa a la atmósfera. En muchos casos, el proceso es controlado y los restos caen en zonas despobladas como el Punto Nemo, una región del Pacífico Sur ubicada a más de 3000 kilómetros de cualquier territorio habitado. Pero cuando un objeto pierde capacidad de maniobra, el reingreso se vuelve impredecible y algunos fragmentos pueden alcanzar la superficie terrestre.

Equipo de trabajo del Proyecto MIRA.

Qué pasa cuando algo cae

A pesar de que la basura espacial es reconocida como el principal desafío del sector, las herramientas regulatorias siguen siendo insuficientes. Los tratados internacionales que gobiernan las actividades espaciales fueron redactados durante las décadas de 1960 y 1970, cuando el acceso al espacio estaba restringido a un pequeño grupo de países. No hubo un tratado espacial nuevo desde 1979: «Es difícil ponerse de acuerdo entre más de cien países. Y son temas sensibles porque esto afecta a las empresas, las limita, las obliga a modificar su forma de operar y los materiales que usan», explica González Allonca.

Desde entonces, surgieron recomendaciones técnicas y buenas prácticas orientadas a reducir la generación de basura espacial, pero en la mayoría de los casos su cumplimiento sigue siendo voluntario. Las limitaciones del sistema se vuelven especialmente visibles cuando un objeto espacial cae en territorio argentino: si las autoridades logran identificar su origen, deben notificar al Estado responsable, pero no existen sanciones automáticas ni mecanismos de compensación: «Si identificamos que cayó un tanque de combustible de un cohete chino, se avisa a la Agencia Espacial China si lo quiere retirar. Y si no lo quiere retirar, se queda acá», ejemplifica el investigador.

Para el equipo del CIEE, MIRA busca construir una mirada regional propia sobre un problema cuya información estratégica sigue concentrada en unos pocos países. La plataforma reconstruye la historia completa de cada evento: quién lanzó el objeto, dónde estaba en órbita, cuándo reingresó, de qué materiales estaba hecho y por qué algunos fragmentos sobreviven el descenso mientras otros no. Esa reconstrucción permite identificar patrones de reingreso y generar información útil para futuras estrategias de mitigación.

Restos de basura espacial hallados en Entre Rios (1991). Crédito: R. Lianza.

Una mirada regional para un problema global

El equipo trabaja junto al Centro de Identificación Aeroespacial de la Fuerza Aérea Argentina, responsable de intervenir cuando se reporta la caída de un objeto espacial en territorio nacional. El proyecto también integra desde 2023 la Zero Debris Charter (Carta Cero Residuos) impulsada por la Agencia Espacial Europea, orientada a reducir la generación de basura espacial hacia 2030, y es uno de los pocos organismos latinoamericanos que forma parte de ese espacio.

Para González Allonca, el objetivo de fondo es ambicioso: que América Latina pueda producir conocimiento propio sobre un problema que hasta ahora observaba principalmente a través de información generada en otras regiones: «La Argentina no tiene la responsabilidad histórica de la contaminación espacial que existe hoy, pero sí tiene que prepararse para estos escenarios. Nuestra agencia espacial y nuestras empresas van a tener que operar en un contexto cada vez más congestionado, con más maniobras de anticolisión y más objetos reingresando a la atmósfera», sostiene.

MIRA también apunta a convertirse en una herramienta de consulta rápida para medios e instituciones públicas frente a reportes de fenómenos en el cielo que suelen tener explicaciones más mundanas, desde drones hasta reingresos atmosféricos. El equipo apuesta a que la región deje de ser únicamente receptora de información producida en otros países y avance en mecanismos de cooperación para alertas tempranas y mejora de los protocolos de recuperación de objetos: «La problemática es global, entonces la solución debería ser global. Pero lo que sí puede ser regional es la capacidad de intercambiar información y prepararse para estos eventos», concluye González Allonca.

Matías Ortale

VIATSS UNSAM - Matías Ortale