La nube se rompe en fronteras. Porque la IA tiene 2 dueños

Ginebra intentó gobernar la IA esta semana. El cómputo que la sostiene está en dos países. Y el resto del mundo mira desde afuera.

Ayer 6 de julio se inauguró en Ginebra el primer Diálogo Global sobre Gobernanza de la IA de las Naciones Unidas, con los 193 Estados miembros sentados por primera vez en la misma mesa. Ese mismo día, el panel científico independiente de la ONU puso sobre esa mesa un dato que vuelve casi decorativa a la discusión: Estados Unidos concentra el 75% de la capacidad de cómputo entre las 500 supercomputadoras de IA más grandes del mundo, China el 15%, y al resto del planeta le queda el 10%. Y la pregunta que casi nadie se está haciendo en Argentina es de qué lado de esa división vamos a quedar.

La respuesta corta: eso no lo estamos decidiendo nosotros, lo decide el proveedor. Cuando la capacidad de cómputo se concentra así, la gobernanza global se vuelve una formalidad diplomática. Los 191 países que no son parte del duopolio pueden escribir principios éticos, firmar declaraciones y hasta presidir foros. Lo que no pueden es auditar, evaluar ni entrenar los modelos de frontera, porque no tienen con qué. La mayoría de los que estaban en Ginebra —varias economías avanzadas incluidas— dependen de sistemas que no pueden inspeccionar.

El panel, copresidido por Yoshua Bengio y la periodista Maria Ressa, lo plantea sin vueltas. La discusión sobre reglas globales es teatro mientras la infraestructura real está en manos de dos Estados que van a priorizar su seguridad nacional por encima de cualquier acuerdo multilateral. Ginebra no cambió eso. Lo dejó a la vista.

El botón de apagado

Hay un episodio de hace tres semanas que muestra cómo funciona esto en la práctica.

El 12 de junio, el Departamento de Comercio de Estados Unidos le ordenó a Anthropic —la empresa que desarrolla los modelos Claude— cortar el acceso a dos de sus sistemas de frontera, Fable 5 y Mythos 5, para cualquiera que no fuera ciudadano estadounidense. El detonante fue un informe de Amazon sobre una técnica que sorteaba las barreras de ciberseguridad del modelo. Como Anthropic no tenía forma de verificar la nacionalidad de sus usuarios en tiempo real, hizo lo único que podía: apagó los modelos para todo el mundo.

El apagón duró 19 días. Recién el 30 de junio, después de negociar cara a cara con la Casa Blanca, Comercio dio marcha atrás y restauró el acceso global. Durante esas tres semanas, clientes de finanzas, salud e infraestructura crítica en decenas de países se quedaron sin una herramienta que tenían metida adentro de sus procesos, por una decisión tomada en Washington sobre la que no tuvieron ni voz ni aviso. El presidente francés Emmanuel Macron ya lo había advertido en la cumbre del G7: Europa no puede construir su transformación digital sobre plataformas que pueden quedar fuera de servicio de un día para el otro por una decisión unilateral. La lección no es sobre una empresa. Es sobre la naturaleza del recurso: el software de frontera dejó de ser un bien de mercado libre y pasó a ser un recurso bajo control de seguridad nacional, con un interruptor que no está de este lado del muro.

La puerta que no se puede cerrar

Acá aparece la consecuencia que casi nadie anticipó, y que es el corazón del asunto.

Cada vez que Estados Unidos demuestra que puede revocar el acceso a sus modelos, empuja al resto del mundo hacia la única alternativa que no tiene botón de apagado remoto: los modelos chinos de código abierto. La diferencia es técnica y decisiva. Un modelo estadounidense se usa a través de una API, una conexión remota que Washington puede cortar cuando quiera. Un modelo chino de código abierto se descarga. Una vez que está en tu propia infraestructura, es tuyo, y nadie lo apaga desde afuera.

El propio episodio de Anthropic lo confirmó. El apagón coincidió con el ascenso acelerado de los modelos abiertos chinos, que ya son casi tan capaces como los mejores modelos estadounidenses y bastante más baratos. Durante esas tres semanas, ejecutivos e inversores del sector dijeron en voz alta lo obvio: cada día de restricción le regalaba tiempo a China para cerrar la brecha. El Peterson Institute lo venía marcando desde antes. Ante el miedo a un bloqueo, las economías de tamaño medio prefieren descargar un modelo chino antes que depender de una llamada remota que se puede revocar. La sanción tecnológica de Washington, paradójicamente, es el mejor argumento de venta de Pekín.

Así se rompe la nube. No en un gran cisma anunciado, sino en cada decisión defensiva de un país que no quiere quedarse sin su herramienta. Un bloque cerrado, estadounidense, revocable, para los aliados de confianza. Otro abierto, chino, irreversible, para todos los demás.

Y ahí es donde entra Argentina

Argentina no fabrica modelos de frontera ni los va a fabricar en el corto plazo. Eso no está en discusión. Lo que sí está en discusión —aunque casi nadie lo esté discutiendo— es de qué lado del muro queda el país cuando la nube se termine de partir.

La disyuntiva es incómoda. Una opción es seguir adoptando modelos estadounidenses de primera línea: más potentes, más pulidos, integrados en todo, asumiendo que el acceso depende de una firma en otro país que puede cambiar de un día para el otro. La otra es apoyarse en modelos abiertos —chinos o no— que se descargan y quedan bajo control propio, con la contrapartida de que hay que tener dónde correrlos. Y ahí aparece el límite que ninguna descarga resuelve: un modelo abierto es soberano solo si tenés el cómputo para ejecutarlo. Bajar el archivo es gratis. La infraestructura que lo hace funcionar, no.

Es la misma capa de urgencia que este portal viene marcando desde la discusión sobre la posición argentina en la geografía de los data centers latinoamericanos. Sin cómputo propio, la elección entre un bloque y el otro es una elección que en los hechos toma otro.

Lo que se viene

La nube global se está partiendo en dos jurisdicciones vigiladas, y esa fractura va a definir algo más de fondo que qué modelo usa cada empresa: va a definir qué países procesan y controlan sus propios datos, y cuáles quedan atados a una infraestructura que se enciende y se apaga en otro lado.

Argentina tiene energía y tiene territorio, las dos materias primas de esta pelea. Lo que todavía no tiene es la decisión de convertir eso en capacidad de cómputo antes de que las posiciones queden tomadas. Y esa es la verdadera pregunta que Ginebra dejó sin responder: cuando la nube termine de dividirse en fronteras, ¿vamos a tener siquiera con qué elegir de qué lado quedarnos? ¿O esa elección también la va a tomar alguien más, en otro lugar, mientras seguimos mirando el debate desde afuera?

Columna de IA por Esteban Terranova