Reflexiones del editor::
Como de costumbre, empiezo aclarando los tantos. El fútbol es esfuerzo y es arte, pero no es, no puede ser, lo que pedía el filósofo que buscaba un equivalente moral de la guerra. No obliga al esfuerzo organizado de toda una sociedad, de una nación. No exige a todos ese esfuerzo.
Los que ponen el cuerpo y el alma son los jugadores, el DT, el cuerpo técnico. Los demás, alentamos, a lo mejor mantenemos algunas cábalas.
Pero el fútbol, bah, los Mundiales, cada cuatro años, pueden conseguir una emoción colectiva, un entusiasmo generoso, porque no tiene ni pide ninguna recompensa más allá de esa emoción. En un país amargamente dividido como el nuestro -y como bastantes otros- esos muchachos corriendo detrás de una pelota, nos unen a (casi) todos por encima de cualquier grieta. Y, si son hábiles, geniales en algunos momentos, como lo son los nuestros, y los dioses del fútbol nos sonríen, nos dan la alegría del triunfo. Sin muertes, sin destrucción, a lo sumo alguna patada.
Sí, en eso es el equivalente moral de la guerra.
No crean, no me creo, que esa emoción colectiva que vemos en las calles «supera las divisiones». No. Un montón de nosotros se aferra a sus odios digitales (lo pongo así porque se nota sobre todo en las redes). Y se seguirán aferrando, porque forma parte de su identidad. Son unos porque no son como los Otros.
Pero esa emoción que sentimos nos recuerda que es posible tener un amor en común. Y el amor no siempre es más fuerte que el odio -bah, la mayoría de las veces no lo es- pero nos hace sentir mejores. Hasta nos ayuda a serlo.
Y, como me comentaba quien aportó el dibujo en esta versión: «La imagen trata de capturar esa idea de John Dewey del «equivalente moral de la guerra»: toda la pasión, el esfuerzo físico, la rivalidad y el heroísmo de los troyanos y aqueos, canalizados en un juego en vez de en una batalla sangrienta. En lugar de lanzas y espadas, una pelota; en lugar de muerte, sudor y competencia honorable frente a las mismas murallas que antes presenciaron la guerra.
Abel B. Fernández


