Ormuz se abre y se cierra, y mueve el precio del petróleo. Vaca Muerta, atenta

El crudo dejó de moverse por oferta y demanda: hoy oscila entre US$ 70 y US$ 90 porque Teherán y Washington lo usan como instrumento de negociación. La Argentina exporta unos 400.000 barriles diarios y gana con el precio alto. La pregunta es qué se hace con esa renta.

El barril de Brent cerró esta semana en torno a US$ 87. Es un valor lejano al pico de US$ 120 que alcanzó en marzo, cuando el estallido del conflicto entre Estados Unidos e Irán activó las alarmas por una recesión global. Pero el dato relevante no es el número: es que el precio dejó de responder únicamente a la oferta y la demanda para convertirse en una herramienta de presión económica. 

Desde el «Memorándum de Entendimiento» que firmaron las partes, el crudo se mueve —salvo excepciones— entre un piso de US$ 70 y un techo de US$ 90, cuando a comienzos del conflicto el rango iba de US$ 90 a US$ 120. Los analistas le pusieron nombre: un «equilibrio cinético». La mecánica es transparente y por eso funciona. Irán abre o cierra el estrecho de Ormuz en función del precio que quiere conseguir; cuando el Brent se acerca a US$ 90, Trump ordena detener los bombardeos y se sienta a negociar. Esta semana ocurrió exactamente eso. 

Vale detenerse en la naturaleza de la respuesta iraní, porque ahí está la novedad estratégica. Según Nicolás Gadano, economista jefe de Empiria, la réplica a los ataques norteamericanos fue menos convencional en términos militares y más orientada a estrangular la oferta de crudo y sus derivados, aprovechando que la producción y sobre todo la logística de la región están extremadamente concentradas. El shock económico resultó más dañino que lo que Teherán podía infligir por vía bélica. Es guerra por otros medios, con un cuello de botella geográfico como arma principal. 

Del otro lado, el costo también es político. Los surtidores norteamericanos subieron en plena carrera electoral, y aunque Estados Unidos aumentó su producción, desde 2020 consumió la mitad de la reserva estratégica creada en los años ochenta. Esa reserva era el amortiguador que permitía ignorar a Ormuz. Ya no está entero. 

Lo que gana la Argentina

El país entró en esta configuración del lado favorable. Como exportador neto de crudo —una condición que se profundiza mes a mes—, un precio internacional más alto es lo que la economía llama una mejora en los términos de intercambio: con el mismo volumen exportado se puede importar más. La magnitud no es marginal: en el último trimestre las exportaciones de crudo rondaron los 400.000 barriles diarios, cuatro veces lo que el país vendía en 2022, y con el Brent en el rango actual el sector hidrocarburífero acumula alrededor de US$ 5.500 millones adicionales de free cash flow respecto de lo proyectado con un barril de US$ 60. 

La infraestructura llega justo a tiempo. El VMOS, los casi 600 kilómetros de oleoducto entre Neuquén y la terminal de Río Negro, habilitará exportar hasta 550.000 barriles diarios con margen para 700.000, y la profundidad del agua permite cargar buques VLCC, lo que abarata el flete entre US$ 2 y US$ 3 por barril. Ese ducto lo construyen Techint y Sacde, las estaciones de bombeo AESA y la neuquina OPS. Es decir: parte de la renta se está convirtiendo en obra hecha con proveedores locales. Parte.

El precio hacia adentro

Un precio internacional alto es una buena noticia para la balanza comercial y una mala para el surtidor. La respuesta oficial fue mixta: el Estado puso impuestos y YPF aplicó un esquema de buffer, y funcionó para sacarle volatilidad al precio al público. Gadano advierte que si el conflicto se reactiva y los valores se sostienen arriba, el buffer tendrá que dejar pasar el aumento. Traducido: el amortiguador es fiscal y financiero, no infinito. Alguien lo está pagando. 

Lo que no resuelve el barril caro

Conviene no confundir viento de cola con capacidad. La Argentina no incide en este juego: es tomadora de un precio que fijan un estrecho de agua y dos calendarios electorales ajenos. Además, el Medanito es un crudo liviano de contenido medio de azufre, muy distinto del Merey venezolano, y su destino principal es la costa oeste norteamericana: el país cobra el precio global pero no mueve el tablero. 

Y está la advertencia de fondo, que no es nueva en estas páginas. Desde Fundar sostienen que «la Argentina extractiva» puede mejorar las exportaciones y el PBI, pero sin política productiva arrastra pocos proveedores locales, poco empleo formal y poco desarrollo científico-tecnológico. El riesgo, alertan, es «un territorio más rico mientras dure el boom, con una economía dual y una sociedad más conflictiva». 

La ventana probablemente se mantenga abierta al menos hasta las elecciones norteamericanas. Después, Ormuz se normaliza o se rompe, y en cualquiera de los dos casos el precio deja de estar donde está. La pregunta no es cuántos dólares entran este año. Es cuántas fábricas, ingenieros y proveedores argentinos quedan cuando el barril vuelva a US$ 60.

Redacción de AgendAR