La corrupción en la política argentina: algunos comentarios

Reflexiones del editor:

(Estos comentarios los subí a mi blog personal el 25 de junio pasado, cuando los nombres de Adorni e Insarralde aparecieron todos los días en los medios y en las redes. Creo que pueden conservar alguna validez).

Desde hace unos tres meses, los gastos que no puede explicar el todavía jefe de gabinete, Adorni, dan material a los medios y a las redes. El monto de esos gastos lleva a clasificarlo como «ladrón de gallinas», comparado con casos recientes y también con históricos.

Pienso que el tema permanece en el interés del público porque el tipo es soberbio y se hace el canchero. Pero también porque es continuidad de otros escándalos de este gobierno: «$-Libra», coimas en la ANDIS…

Los dueños de usinas mediáticas encontrarían que este es el flanco para golpear a un gobierno cuyas políticas en general les gustan mucho, pero desconfían de sus delirios y tendencia a la acumulación de poder.

Por supuesto, desde otras usinas, o las mismas, se consideró que era necesario equilibrar el asunto con escándalos atribuibles a la oposición. Se los proporciona en estos días Insaurralde, un ex intendente de Lomas de Zamora con debilidad por las vedettes, que sirve para ese propósito.

En este caso el origen de su fortuna aparece más claro: el circuito del juego clandestino. Una tradición bonaerense al menos desde la década del ’30, con Ruggierito y don  Alberto Barceló.

Pero no es mi intención competir con los filosos Carlos Pagni, o el menos conocido Luciano Román que hoy salen de punta en La Nación. Mi idea es enfocar la corrupción como un problema de la política argentina. Que lo es, y grave. 

No es exclusivo de nuestro país, por Dios!, pero es el que enfrentamos nosotros.

Voy a enfocar aquí a la corrupción en la política desde una sociología muy elemental (a los que se interesen en serio en el enfoque les sugiero leer a Max Weber): es un mecanismo por el cual algunos personajes que vienen de Abajo y otros del Medio, alcanzan los niveles de ingresos y de consumo suntuario de los de Arriba. Sin cambiar los mecanismos principales de acumulación.

(Por supuesto, en esa franja que llamo «Arriba» hay niveles muy distintos: desde la simple ostentación, hasta la construcción de verdadero poder económico, donde son muy pocos los que lo consiguen en la primera generación. Chupete, te saludo).

En mi opinión,  el mal de la corrupción se agrava en Argentina -seguramente en otros países «emergentes» también- porque el principal mecanismo de acumulación consiste en obtener privilegios a través del Estado.

Aún los más grandes grupos empresarios -Techint, Aluar, las petroleras locales e internacionales- necesitan que el Estado argentino favorezca sus intereses en algunos aspectos claves. Hasta, más modestamente, para eludir impuestos -los casos de Tabacalera Sarandí, los bingos, las «saladitas»- es necesario que los mecanismos del Estado, incluido el poder judicial, se corrompan.

¿Es de extrañar entonces que aún quienes están en niveles altos de poder político o institucional se tienten? Los primeros tienen una excusa a mano: la política moderna, la contratación de agencias de publicidad, consultoras, encuestas, son gastos muy grandes…

Un fenómeno anexo a observar: la indignación y la denuncia públicas han funcionado como mecanismos para que aparentes «outsiders» cuestionen a los oficialismos de turno: Lilita Carrió en los 2000, Milei 20 años después…

Lo irónico en este último caso, y que sirve como advertencia sobre las respuestas simples, es que con una ideología «libertaria», esas corrupciones se manifiestan en forma más burda e irritante. Coimas en la compra de medicamentos para discapacitados, promoción de estafas con criptomonedas….

No creo que este problema tenga soluciones fáciles. Conviene no asumir que la política es una actividad reservada a los ángeles. Es y va a ser llevada adelante por hombres y mujeres comunes, que si triunfan tendrán grandes responsabilidades. Y, como decía alguien con experiencia en el  tema, «Los hombres son buenos, pero si se los vigila, son mejores».

De cualquier forma, la única herramienta poderosa contra la corrupción es que una mayoría se preocupe de ella, no solamente para atribuirsela a los de enfrente. Porque la corrupción es más peligrosa para un sector cuando son sus miembros los que caen en ella.

Abel B. Fernández