Alphabet cerró el segundo trimestre con ingresos por 119.800 millones de dólares, un 24% más que un año atrás, y un flujo de caja libre de menos 5.900 millones. Es la primera vez que le pasa. Meta creció 28% en ingresos y terminó con 784 millones de caja libre, contra 8.550 millones el año anterior: una caída del 91%. Amazon también entró en terreno negativo. Las tres venden más que nunca; lo que dejó de sobrar es la plata. Y la pregunta argentina que nadie está haciendo es por qué ese agujero contable en California ya se pagó en el mostrador de cualquier casa de computación de acá.
La respuesta corta: porque la plata que falta en esos balances no desapareció. Se convirtió en memoria. Alphabet gastó 44.900 millones en capex en un solo trimestre, el doble que el año anterior, contra 39.100 millones de caja operativa. Meta invirtió 31.080 millones, el 97,5% de todo lo que generó operando. No es que el negocio ande mal: es que cada dólar que entra sale antes de tocar el balance, y buena parte termina comprando los mismos chips que faltan en el mercado de consumo.
La semana del susto
La reacción de Wall Street fue en dos tiempos, y conviene distinguirlos porque explican el resto. Cuando Alphabet informó sus números el 22 de julio, la acción cayó 7% al día siguiente y arrastró a Amazon, Meta y Microsoft. Meta perdió cerca de 10% en operaciones posteriores al cierre. Nadie discutía los ingresos: discutían la caja.
El jueves 30 se dio vuelta. Microsoft sumó casi 450.000 millones de dólares de valor de mercado en una sola jornada —la mayor ganancia diaria registrada para una empresa, por encima de los 441.000 millones de Nvidia en abril de 2025— y cerró con un alza superior al 15%, llevando su capitalización a 3,35 billones. El Nasdaq subió 2,8% ese día y cortó una racha de seis jornadas en baja. El detalle es qué compró el mercado: Microsoft confirmó que mantiene sus planes de inversión y proyectó 175.000 millones de capex para el año calendario 2026. Le aplaudieron gastar, siempre que muestre de dónde va a salir el retorno.
Ganancias de papel
Hay un dato que casi no se comentó. De los 112.100 millones de ingreso neto que declaró Alphabet, unos 99.000 millones vinieron de ganancias no realizadas por sus participaciones en Anthropic y SpaceX; el resultado operativo real fue de 40.800 millones. En Amazon pasó algo parecido: de los 62.600 millones de ganancia, 53.400 millones eran ganancias antes de impuestos, principalmente por su inversión en Anthropic.
O sea: dos de las empresas más rentables de la historia informaron récords revaluando acciones de compañías de IA que no cotizan en ningún mercado, mientras quemaban caja real construyendo galpones. La ganancia es contable. El gasto es hormigón, cobre y silicio.
El precio de la memoria
Ese silicio tiene un precio, y no lo fija la demanda de consumo. AgendAR ya lo documentó en mayo: Gartner proyecta que los ingresos por memoria se tripliquen en 2026, con alzas de 125% en DRAM y 234% en NAND flash, porque los fabricantes reasignaron capacidad hacia chips de alta gama para centros de datos. El fenómeno tiene nombre propio: RAMageddon. Y ya cambió la estructura de costos de cualquier equipo: según HP, la memoria pasó de representar cerca del 15% del costo de construir una computadora a más de un tercio en pocos meses.
Los fabricantes ya dejaron de absorberlo. Tim Cook lo describió en el Wall Street Journal en junio como «una inundación de las que ocurren una vez cada cien años», y dijo que no vio nada igual en más de 40 años en la industria. Elon Musk coincidió: para él es «el mayor salto de precios» que vio en cualquier cosa. El 25 de junio Apple subió los Mac entre 15% y 20% y los iPad entre 15% y 25%. Microsoft aumentó las Xbox entre 100 y 150 dólares desde el 1° de agosto.
Y ahí es donde la conversación se vuelve concreta para Argentina. En enero, el Gobierno redujo aranceles a la importación de electrónica esperando que bajaran los precios. No bajaron. La escasez global de memoria neutralizó el efecto casi por completo: el arancel bajó, el insumo subió más. En el mercado local, memorias y SSDs habían subido más de 200% durante 2025, y en América Latina el hardware carga entre 20% y 40% adicional sobre el precio estadounidense por aranceles y costos logísticos. La política arancelaria argentina se diseñó contra una variable que dejó de ser la relevante.
Lo que se viene
No hay alivio a la vista. Jefferies proyecta aumentos de 40% a 50% en el tercer trimestre y de 30% a 40% en el cuarto, y el director financiero de Samsung anticipó que la escasez se agravará en 2027 y seguirá firme hasta 2028. Construir una planta de memoria lleva entre tres y cinco años. Los precios altos no son un pico: son el piso nuevo.
Mientras tanto, Argentina discute el otro extremo de la misma cadena. El país tiene hoy 13 centros de datos que suman unos 32 megavatios, y el proyecto Stargate en la Patagonia plantea 500 bajo un régimen de incentivos a treinta años. Las dos conversaciones —el precio de una notebook y el marco regulatorio de un hiperescalador— son la misma conversación mirada desde puntas distintas.
Lo que muestra este trimestre es que la construcción de infraestructura de IA dejó de financiarse con ganancias y pasó a financiarse con deuda y revaluaciones. Los cuatro grandes proveedores de nube proyectan gastar entre 720.000 y 745.000 millones de dólares en capital durante 2026. Ese gasto tiene dos salidas: encarece los insumos de todo el mundo y concentra el cómputo en quien pueda sostener el ritmo. Argentina participa de la primera consecuencia sin haber decidido nada, y está negociando la segunda con instrumentos que asumen que el precio de la infraestructura lo fija el mercado local.
Argentina bajó aranceles esperando precios más bajos y recibió lo contrario. ¿Cuántas decisiones de política más se van a tomar sin mirar el mercado de memoria?
Columna de IA por Esteban Terranova


