Un equipo de Penn State publicó en Nature Biomedical Engineering un recubrimiento de hidrogel de 20 micrómetros que imita la cáscara del óvulo humano y oculta islotes pancreáticos trasplantados del sistema inmune. En ratones diabéticos normalizó la glucemia en una semana y la sostuvo más de 100 días sin drogas inmunosupresoras. En la Argentina, donde el 12,7% de los adultos tiene diabetes o glucemia elevada, el Hospital Italiano hizo el primer trasplante de islotes de América Latina en 1995 y desde entonces concretó apenas 18: la inmunosupresión es una de las razones.—
El trabajo se publicó este viernes 14 de agosto en Nature Biomedical Engineering y describe una capa de hidrogel de 20 micrómetros de espesor —menos de un tercio del diámetro de un pelo humano— que envuelve grupos de células vivas y las vuelve indetectables para el sistema inmune del receptor. Los autores la llamaron BZP, por biomimetic zona pellucida: es una copia sintética de la membrana que recubre el óvulo humano.
En ratones diabéticos, los islotes pancreáticos recubiertos con BZP normalizaron la glucemia en menos de una semana. La mayoría de los animales se mantuvo libre de diabetes durante más de 100 días sin recibir inmunosupresores. Los islotes sin recubrir, en el mismo modelo y sin inmunosupresión sistémica, dejan de funcionar en una semana o menos.
El cuello de botella
La terapia celular para diabetes es joven. La FDA aprobó el primer tratamiento de este tipo para diabetes tipo 1 recién en 2023. El principio es conocido desde hace décadas: los islotes de Langerhans de un donante, infundidos en el receptor, vuelven a producir insulina y liberan al paciente de la inyección diaria.
El problema nunca fue biológico sino inmunológico. «Estos islotes donados son atacados por el sistema inmune del paciente», explicó Yong Wang, profesor de ingeniería biomédica en Penn State y autor correspondiente del trabajo. Para frenar esa respuesta, el paciente debe tomar inmunosupresores de por vida, con el costo conocido: infecciones, falla renal y mayor riesgo oncológico. En la práctica, eso restringe el procedimiento a los casos más severos, y muchas veces solo cuando el paciente ya está inmunosuprimido por otro trasplante.
La cáscara del óvulo
La estrategia de encapsular células en hidrogel se estudia hace años. Lo que no se había logrado, según Kyungsene Lee —primera autora, doctorada en Penn State y hoy posdoctoranda en Harvard Medical School—, es reproducir la estructura ultradelgada de la zona pelúcida y su proceso de endurecimiento.
La clave es que la capa es permeable en un solo sentido funcional: bloquea el reconocimiento inmunológico pero deja salir la insulina. Al equipo le llevó ocho años conseguir una película lo bastante fina como para adherirse al borde curvo de un cúmulo de células vivas sin afectar su funcionamiento.
Capacidad local
La Argentina no es espectadora en este terreno. El Hospital Italiano de Buenos Aires realizó en 1995 el primer trasplante de islotes pancreáticos de América Latina, combinado con trasplante renal. Tres décadas después, el número acumulado es de 18 trasplantes de riñón con islotes, contra más de 170 renopancreáticos. La diferencia de escala no es casual: el trasplante de islotes aislado nunca superó su dependencia de la inmunosupresión.
En paralelo, el país desarrolló tecnología propia por el otro camino. El algoritmo ARG —Automatic Regulation of Glucose—, diseñado por investigadores del CONICET con lugar de trabajo en el ITBA, la UNLP y la UNQ, comanda una bomba de infusión de insulina desde un smartphone. En 2017 se probó en cinco pacientes internados 36 horas en el Hospital Italiano y mantuvo la glucemia en rango el 86% del tiempo sin intervención del paciente. Fue el primer ensayo clínico de páncreas artificial en América Latina con algoritmo regional.
Son dos apuestas distintas al mismo problema: reemplazar la función perdida por control automático, o restituirla con células. La segunda es la que este paper acerca un paso.
El dato pendiente
El trabajo es preclínico. Los propios autores señalan que falta determinar cuánto dura efectivamente la protección de cada implante antes de pensar en ensayos clínicos. Wang proyecta aplicaciones más amplias —inmunoterapia, medicina regenerativa— pero esa es una promesa a diez años, no a dos.
Hay un detalle que conviene leer al final de la gacetilla de Penn State. La universidad cierra el comunicado advirtiendo que los recortes federales recientes al financiamiento de la investigación amenazan este tipo de trabajo, y remite a una campaña institucional llamada Research or Regress. El paper que acaba de salir en Nature fue financiado por cuatro institutos de los NIH y un programa de becas doctorales. Ocho años de desarrollo, sostenidos por fondos públicos, para llegar a una película de veinte micrones.
Es la misma discusión que atraviesa hoy al sistema científico argentino, con la diferencia de escala y de plazos. Un país sin financiamiento sostenido para investigación básica no participa de estos desarrollos: los compra terminados, en dólares y con patente ajena. El Hospital Italiano y el CONICET demostraron que la Argentina tiene los equipos clínicos y la ingeniería para estar del lado de los que producen. Lo que se decide con el presupuesto es de qué lado del mostrador va a estar.
Redacción de AgendAR


