La Armada argentina ha sacado a subasta pública el buque hidrográfico «ARA Comodoro Rivadavia», que se encuentra en la Base Naval Mar del Plata. Esta unidad, fuera de servicio desde 2020, será vendida para su posterior desguace, según informan medios locales.
Los trabajos de desguace deberán realizarse en la propia Base Naval Mar del Plata y siguiendo la normativa de la Prefectura Naval Argentina.
La Armada solicitó una valoración al Tribunal de Tasaciones de la Nación, que fijó un valor de 66 millones de pesos argentinos. Sin embargo, el precio base de la subasta será de 50.000 pesos, según la documentación publicada en el portal de compras del Estado.
El buque hidrográfico «ARA Comodoro Rivadavia» mide 52,2 metros de eslora, 8,8 metros de manga y tiene capacidad para 36 tripulantes. Está equipado con dos motores diésel de 600 HP que le permiten alcanzar una velocidad máxima de 12 nudos.
Esta unidad entró en servicio en 1977 y fue construida por los astilleros Mestrina, en Buenos Aires. Su función principal durante sus años de servicio fue realizar estudios del fondo marino, trabajos de batimetría y apoyo a la seguridad de la navegación.
Comentario de AgendAR:
Esta es otra agachada diplomática del gobierno de Javier Milei, y además innecesaria. En realidad, más bien criminal.
El «Comodoro» es casi nuevo, medido contra el resto de lo que tiene la Armada. En una Argentina que tenía 22 astilleros privados, y además los dos astilleros militares de Sudamérica, lo construyó Mestrina, está bajo bandera desde 1976, y en 2015 fue reparado y repotenciado a nuevo.
Al Servicio de Hidrografía Naval de la Armada y al CONICET no le sobran barcos de investigación: si esta caterva de vendepatrias liquidan el Comodoro, quedan dos: el Puerto Deseado y el Austral.
Mucho mar para tan pocos, y además, en disputa con el Reino Unido.
Los hidrográficos no son buques caros: en diseño y arquitectura general, se parecen bastante a los pesqueros de altura. Pero tienen mayor volumen en obra viva y muerta para bodegas y combustible como para aguantar campañas de meses en mar abierto, laboratorios, alojamiento y equipamiento para científicos.
Este equipamiento suele ser múltiple y muy caro: instrumentos de batimetría y análisis cartográfico y geológico del fondo marino, que pueden trabajar hasta a 6000 metros de profundidad, vehículos submarinos teledirigidos o autónomos para análisis y prospección en la columna de agua, y cantidad de boyas flotantes y conectadas a satélite que miden en forma automática parámetros esenciales como temperatura del agua, su salinidad, su dirección y velocidad, su fotosíntesis, la composición de sus sales y la identificación y cuantificación de contaminantes antrópicos.
El esquelético trío de barcos oceanográficos de la Armada es insuficiente incluso para el control de millón de KM2 de Mar Argentino pero No Tanto que nos fue quedando desde 1982, tras sucesivas, disimuladas y perrunas concesiones de mar por casi todos los gobiernos democráticos (pero no tanto).
La que consiguió nuevos territorios submarinos, casi 1,8 millones, ésa es la parte cara de los oceanográficos. Es la que genera soberanía, si se usan bien los datos. El Almirantazgo saca el «Comodoro» a remate y desguace porque últimamente la soberanía le resbala. Probablemente chatarree en poco tiempo el ARA «Puerto Deseado», que es el más moderno y equipado de esa flota operada por la Marina, pero operada por el CONICET. El pobre -en todo sentido- CONICET.
Los oceanográficos polares ingleses suelen estar en los hoy «de facto» mares de Su Graciosa Majestad, que teóricamente tenemos en disputa con la ut supra mentada Su Graciosa. La Royal Navy está pobre, pero se siguen construyendo y remozando. El «David Attenborough», del BAS (British Antartic Survey), genera cantidad de ciencia marina polar que se publica en papers y revistas, y otra cantidad que no se publica: es información estratégica privada del Reino Unido. Especialmente la pertinente a los de 2,6 millones de km2 de Mar Argentino que deberíamos volver a tener en alguna forma de disputa, no más sea simplemente incordiándolos con visitas constantes de la Armada en las fronteras marinas que ellos se han ido dibujando.
Todos los países con fronteras marinas en disputa viven haciéndose la difícil la vida de este modo, salvo la Argentina. Hasta los noruegos, daneses e ingleses vivían en roce constante con el Reino Unidos por fronteras marinas y recursos pesqueros, aunque para afuera levantaran, unánimes, la bandera de la OTAN. El que no lo hace, pierde territorios. Hasta en 1995 España y Canadá estuvieron a punto de agarrarse a tiros por la eterna costumbre española de pescar recursos migratorios en la milla 201, y vaciar las aguas territoriales.
Cuando en Nueva Scotia y Terranova cerraron cientos de pesqueras familiares y quedaron 40.000 desocupados en la costa, Ottawa no tuvo más remedio que ponerse bravo y le capturó un pesquero a España, se lo trajo a puerto, mandó a juicio al capitán. Madrid amenazó con acciones bélicas, y Ottawa dio orden de despegue a los F-18 de la Royal Canadian Air Force con misiles antibuque bajo las alas. Que hicieron sobrevuelos rasantes rascando las timoneras de la flota gallega, y de los buques militares que la acompañaban, por si las moscas.
Cero moscas. La devastadora flota gallega giró en rendondo y volvió a sus rías.
Pero eso quedará para cuando volvamos a tener una armada, una cancillería, un gobierno argentinos, y sobre todo, pretensiones de volver a ser un país.
Los activos del BAS, esa especie de CONICET británico dedicado a los mares antárticos, suelen tener hangares y plataformas de helicóptero, pero no sólo para facilitar traslado de enfermos para recibir reabastecimientos, sino para sembrar sonoboyas. No hay mejor barco antisubmarino que un rompehielos, o al menos un barco polar: con sus ecosondas y sus cascos especiales puede ir a encontrarlos a lugares donde la flota convencional de superficie no se atreve, para no seguir el destino del Titanic, o para no quedarse atrapado en hielo tras una brutal ventisca polar. El BAS, por supuesto, proclama su carácter de institución civil y científica diferente de la Royal Navy, y aclara que su flota no tiene uso militar alguno.
Bueno, ponele.
El HMS Endurance, antecesor del directo del Attenborough, hacía el mismo trabajo oceanográfico que el Attenborough. Pero en 1982, usó sus dos helicópteros Westland Wasp para destruir al viejo submarino argentino ARA Santa Fe en el puerto de Grytviken, islas Georgias, una destartalada aldea de balleneros noruegos. Ocupó el sitio con los 22 Marines llevados en helicóptero desde el Endurance. Aquel barco, comandado por un tal Barker, sin lucha terrestra previa, tomó prisioneros a los infantes de marina argentinos comandados por el célebre capitán Alfredo «Me Rindo» Astiz.
Luego de lo cual el Endurance, repintado a gris de su brillante color anaranjado de barco polar, estuvo oculto entre los témpanos para evadir los ataques de bombardeo de los Canberra de la Fuerza Aérea Argentina, y fundamentalmente para hacer espionaje de telecomunicaciones inalámbricas de la Armada y de la Fuerza Aérea, por si a los argentinos les pintaba volver. No volvieron.
El 14 de junio la rendición final de nuestro país ante los británicos no fue la de Puerto Argentino, sino que tomó lugar en la sala de mandos del Endurance, redirigido a la sazón a las islas Sandwich del Sur.
Es curiosa la inepcia y la inoperancia de la FloMar, la Flota de Mar de nuestro país, durante todos los días de la guerra. Excepción hecha del submarino ARA San Luis, a partir del 2 de mayo de 1982 nuestros hijos presuntos del Almirante Brown pasaron la guerra en la tranquilidad de Puerto Belgrano. El propio COFS (Comando de la Fuerza de Submarinos), que en 1982 tenía la flota más intimidante y moderna del Atlántico Sur, hoy directamente no tiene unidades.
Muy al revés que nuestra FloMAR, los tres oceanográficos nombrados, propiedad del CONICET, son los que le han ganado más territorios marinos a la Argentina, y no lo hicieron en guerra sino en paz.
Gracias a 20 años de investigación batimétrica se pudieron redactar los nuevos reclamos de soberanía sobre los recursos de los fondos en el talud de la Plataforma Continental, y en la llanura submarina al pie.
Estamos hablando de propiedad del estado federal sobre 1.782.500 km2 de nuevos territorios, un incremento del 35% del mapa argentino sobre sus medidas hasta 2009.
Gracias a sus tres buques hidrográficos, y a un cuarto barco de búsqueda de petróleo que hubo que contratar afuera y de apuro, en 2009 el país llegó a tiempo la presentar sus reclamos con base científicas, técnicas y jurídicas ante la CONVEMAR.
Este organismo pertenece a las Naciones Unidas, y en 2016 y 2017 estuvo fijando nuevos límites de soberanía en fondos abisales, algunos mucho más alejados de la costa continental que las 200 millas habituales sobre la columna de agua.
Fuimos de los más beneficiados del mundo. Le dio razón a nuestros reclamos COPLA, la comisión de CONVEMAR para fijar límites nacionales sobre los recursos de las plataformas, sus barrancas, las lomadas de sedimento al pie de estos taludes, y los fondos abisales subsiguientes.
No son estupideces patrioteras: los yacimientos submarinos de petróleo llamados Presal transformaron a Brasil de importador de hidrocarburos al «top five» mundial de su explotación y producción.
Esto empezó a suceder muy lejos de la costa, frente a Río de Janeiro en 2008, y parece no tener techo. Los taludes y fondos de Brasil están llenos de petróleo ultraprofundo, y además liviano, dulce y de buena calidad. Se exporta caro. La estatal Petrobrás aporta al fisco brasuca unos 50.000 millones/año gracias al Presal.
La geología indica que nuestros fondos abisales son casi idénticos a los de Brasil. O a los de Guyana, que le están dando ganancias desaforadas a este minúsculo país sudaca. Gracias a unidades como el ARA Comodoro Rivadavia sabemos que los fondos ultraprofundos a pie de plataforma son NUESTROS y no patrimonio de toda la humanidad.
De última, tener buques oceanográficos evita caer en provocaciones. Desde 1995, Gran Bretaña y los kelpers viven hablando de extraer 50.000 barriles de crudo de la plataforma de las islas. Rockhopper, la «petrolera» que encabeza el consorcio en realidad es una inmobiliaria de Port Stanley, el petróleo sigue sin aparecer, Harbour Energy (otro firma kelper) se fue golpeando la puerta, y tomó su lugar la israelí Navitas Petroleum. Esperablemente, se piropea lindo en su página, pero admitamos que no es exactamente la Shell.
Desde la formación de esta cambiante «start up», se han fundido algunos inversores que prefirieron clavarse en secreto. Es decir que hubo más portazos, porque todos los días nace un idiota, y a veces es un idiota forrado. El Libro Blanco de la CIA admite que la cantidad de barriles de petróleo exportadas por Stanley a fecha de hoy es cero.
El Dr. Daniel Kokogián, geólogo de prospección célebre en Argentina porque encuentra petróleo nuevo donde todo el mundo dice que no hay, dice que en los mares que rodean las Malvinas no hay. En la preguerra, nuestro compatriota estuvo prospectando esos fondos durante 10 años. Hay miserias de petróleo desconectadas geográficamente entre sí entre sí. Para que valga la pena explotarla en esos mares bestiales por sus vientos y oleajes, el precio interencional del crudo debería estar altísimo.
Y no lo está. Se mantiene fijo pese a que el 20% del abastecimiento mundial quedó embotellado dentro del Estrecho de Hormuz.
Ningún buque de la FLOMAR, la flota militar argentina, le ganó tanto territorio y tan lleno de recursos vírgenes al país.
El Comodoro Rivadavia no es un buque hidrográfico de capacidades enormes. Es medianito, pero «lo que gay». Tiene tres ecosondas para mapear fondos, una de ellas digital, y otra portátil para identificar objetos en zona abisal.
¿Podrían haber descubierto estos instrumentos el naufragio del submarino ARA San Juan en 2017? Sí, claro. Pero con sólo tres barcos, y uno siempre en mantenimiento o carena, y un millón de km2 de Mar Argentino a peinar, no era fácil.
¿Y detectar submarinos británicos en aguas argentinas hoy no disputadas? Muy probablemente: los sonares y ecosondas de hidrografía son equipos de muy alta potencia y buena resolución. Sólo que subidos a naves lentas y sin armamento.
E incluso así, tras barquitos como éste le han hecho más daño jurídico a Su Graciosa Majestad que nuestras viejas fragatas y corbetas. Nada indica que con naves de combate más nuevas el estado de cosas en el Mar Argentino cambiaría. Por algo se mandó a chatarra por U$ 300.000 el portaaviones 25 de Mayo, que los Astilleros Río Santiago, nacionales, se ofrecían a reparar y modernizar por U$ 80 millones. Con reparaciones y actualizaciones, el portaaviones brasileño Sao Paulo, casi idéntico, navegó hasta 2017.
La plácida pachorra del Almirantazgo el gobierno a mandar el Comodoro a desguace por el precio de un monoambiente es explicable.
Es TODA la Argentina la que está en desguace.
Daniel E. Arias


