La ingeniera nuclear Julieta Romero expuso el 19 de agosto de 2026 ante la Comisión de Economía de la Cámara de Diputados de la Nación Argentina. La reunión informativa, titulada «Situación del sector nuclear: implicancias económicas», fue convocada para debatir el desfinanciamiento y la parálisis de proyectos estratégicos en el área.
Comentario de AgendAR:
La ingeniera nuclear Julieta Romero no es una cara muy pública del programa nuclear argentino.
Pero lo va a ser, porque es impecable.
¿Se le puede poner números en U$ a lo que significó, como ahorro de importaciones y de tiempos fuera del ring, el rehacer los internos de Atucha 2? Sí. Los hemos publicado en AgendAR.
A entre U$ 800.000 y 1 millón por día y durante cuatro años, descontando 25 días anuales de paradas programadas por inspecciones y mantenimientos, ¿había que perder U$ 272 millones si nuestro país aceptaba que esta central la reparara su proveedor, Siemens?
Y es que no lo iba a hacer. No podía. Incluso hoy, no puede. No veo que está pasilleando para levantar el destartalado parque nucleoeléctrico que tiene en casa, y hecho de su propia mano. Acepto -es duro de creer- que Siemens, a 34 años del cierre de KWU, su empresa de ingeniería atómica, sabe bastante menos de temas nucleoeléctricos que NA-SA. Los especialistas alemanes se jubilaron y/o murieron. La cadena industrial de provisión, lo mismo.
Si algo sobra en la Argentina todavía es talento nuclear. Lamentable, pero viene acompañado de esperpentos, tilingos, brutos y más raramente, algún que otro vendepatria con pergaminos (inventados e incluso reales). Es la gavilla que en 2022 estuvo en contra de que NA-SA reparara su central alemana.
Siempre las hubo y hay, pero hoy son peores. Es una gavilla que hereda a camándulas previas, hoy canosas o dedicadas a mirar las margaritas del lado equivocado.
Con Atucha 1, increíblemente, fue la misma historia. En 1988 se rompió, por error de diseño de Siemens. ¿Pedirles garantías? Olvídate, cariño. Es más, la empresa alemana pidió U$ 200 millones a la CNEA por repararla, y un tiempo de 4 años.
Cuando la CNEA se pudrió de los intentos de estafa y extorsiones de los nibelungos cundían los apagones en el país. Pero hablamos de apagones sin aviso que duraban el día entero en toda la región central.
Tragando saliva, la Dra. Emma Pérez Ferreira juntó a su directorio, mandó educadamente al carajo a Siemens y arregló la planta en 10 meses y por U$ 17 millones. Fueron U$ 223 millones ahorrados, que a fecha de hoy serían U$ 570.
No descuento el costo en pérdidas por salida de servicio porque la electricidad se pagaba en australes, moneda extinta, y mediaron varias hiperinflaciones que multiplicaron prodigiosamente los ceros, hubo un cambio de moneda, y esta a su vez perdió valor a lo perro.
Lo que hizo Emma fue devolverle la esperanza a todo el sistema científico y tecnológico del país. Impidió centenares de renuncias, al menos durante algunos años. Pero incluso en los pasillos nucleares hubo opositores al «riesgo nuclear». Y los tuvo que asumir Emma. Así la llamaban a la Dra. Pérez Ferreira desde los porteros de la CNEA hasta el presidente Raúl Alfonsín. Y esos tipos estaban furiosos y salían de noche de sus agujeros a sembrar carne podrida en los medios. Y no, no eran todos empleados de Siemens ni estaban todos con Greenpeace.
Cuando termine su extensión de vida, nuestra Atucha 1 va a ser mucho más argentina que alemana, y eso por tanta mano que le metimos y habremos metido aquí. Ya lo hicimos con Atucha 1: más vieja se vuelve, más argentina, y más joven. Es el modo de mejorar los fierros, pero sobre todo, de criar recursos humanos potentes.
Medida su juventud por potencia (de 320 MWe la pasamos a 362MWe), a Atucha la compramos prototipo, y la dejamos hecha una leona. Medida por su quemado, duplicó: de 6 MW diarios por kg. de uranio pasó a 11,5.
Medida por consumo de uranio, por ende, bajó a la mitad. Medida por disponibilidad, la compramos con un 81% anual, y en 2024, cuando la apagamos para darle otra extensión de vida de 20 años, hasta 2024 estaba 10 puntos arriba. Medida por seguridad, ahora tiene más y mejores defensas escalonadas contra la fundición de núcleo, el peor evento posible en una central de potencia. ¿Seguirá activa en 2074? ¿Cumplirá 100 años en la brecha?
Accidentes, cero. Ningún incidente de nota.
Esto mismo lo hicimos con todas las plantas de nuestro minúsculo parque nucleoeléctrico. Mejoramos varias veces los números fundamentales de nuestras tres centrales sin ayuda externa, mientras a nuestros dos proveedores originales, lobotomizados del furor antinuclear que cayó sobre Occidente, se les pudrían las máquinas y las empresas, y los recursos humanos jóvenes se les piantaban a otras industrias u otros países.
La joven ingeniera nuclear Julieta Moreno tiene de qué sentirse orgullosa. Ha debido trabajar en el mejor lugar, pero en el peor momento. No es que no tenga opciones. En esta década, faltarán 140.000 ingenieros nucleares en todo el mundo. En Occidente, no hay. Y es que los imbéciles prosperaron como nunca.
En el complicado trío que forman la CNEA, la NA-SA e INVAP, eslabones de una cadena de conocimiento que empieza científica, sigue tecnológica, pasa a ingenieril y termina industrial y exportadora, los mamertos y sotretas prosperan. Sobreviven mejor a las catástrofes por síndrome de Estocolmo, aprendiendo a pensar como el enemigo.
Aunque sepan bien las ecuaciones y los fierros, no logran dejar de ser un melancólico cardumen de colonizados mentales, y el hambre los vuelve pirañas. Transformarse en un idiota de esa recua de «nopodemos» es, finalmente, una elección política. Y si viene de fábrica, no lo reparan 3 o 4 años en el Balseiro.
Antes no era así.
Hoy un nabo militante sin quilates científicos ni ganas de aprender, ése está casi condenado a ser vendepatrias, y casi excusado de serlo, por bruto.
¿Pero un egresado del Balseiro, como algunos popes de la plana mayor de Milei, dedicados a reventar proyectos argentinos y recursos humanos carísimos? Es como que el hijo de uno cace una piqueta y entre a demoler la casa paterna, que cada vez vale más, para vender el terreno a la espera de que le paguen poca plata y dos perreras en un edificio en pozo, si éste se construye.
La diferencia entre un bruto y un traidor a su propio país, en estos tiempos tan traidores y brutos, se ha vuelto muy borrosa.
Señoras y señores, entre 2015 sumaron fuerzas los brutos y los traidores y dejaron de lado Atucha 3 CANDU y la central Hualong 1. Y la pérdida es mucho mayor que la suma de los 700 MW de Atucha 3 y los 1820 MW de esa central china. Se mide más bien 800 ingenieros comunes que habrían podido calificar como nucleares mediante «on the job training», en 500 ingenieros nucleares argentinos y plenamente recibidos hoy sin misión, y en alrededor de 140 empresas nacionales que formaban parte de la cadena de provisión de ambas máquinas. Algunas cerraron, otras vegetan. No hablo necesariamente de PyMES: Pescarmona cerró y la tiene una firma yanqui.
Atucha 3 y la Hualong deberían estar en línea las dos, desde 2023 y 2024 respectivamente, con financiación china asegurada.
Otra centralita más debería haberse terminado en 2020. Sería más de un 90% nacional, compacta y modular, puntuada por la International Energy Agency como la próxima en inaugurarse en su tipo en todo el mundo. Pum, cancelada. ¡Y no cancelada por un tarado, sino por un físico egresado del Balseiro en 1994!
Cuando le pones la lupa a ese sudoroso ñato, estamos hablando de uno que recibió la mejor formación en matemáticas que puede dar la Argentina. Pasó de Exactas de la UBA al Balseiro, y todo sin pagar un mango, porque es el sistema público, y luego sin grandes tapujos saltó a otro barco sin dar las gracias, y anduvo demasiado tiempo trabajando en contra de su propia patria en las bicicletas financieras de dos grandes acreedores (y fogoneadores) de la deuda externa argentina, JP Morgan y Goldman Sachs.
No es tanto una deriva repugnante. Más bien es un camino elegido. Pienso en el año en que el tipo se graduó. En 1994 otro excelso lameupites del imperio, Carlos Menem, estaba cerrando para siempre (creía él) el programa nuclear argentino. Era imposible ganar un mango, o descontar los días hasta quedarse en la calle. Era difícil creer que se podía no vender la camiseta. Pero hubo gente a la que le resultó facilísimo.
Y veo a la actual burocracia (no es un dedazo) puesta a dedo por la pitonisa Karina Milei, ex médium de animales muertos, gente que sabe. No cualquiera le mete el perro.
Su jauría atómica la encabeza un picapleitos que no distingue una tuerca de un tornillo, pero desde que dejó de redactar chivos para aquella Jefa de Gabinete y entró en plan gauleiter al programa nuclear criollo, hay 90 expertos menos en Dioxitek, empresa de la CNEA dedicada a la cadena química del combustible nuclear, y alrededor de 340 renuncias de funcionarios con grados de técnico, con maestrías, doctorados y posdoctorados.
Veo también a un ingeniero nuclear sin historia, que acaba de pasar a la historia (la de la infamia) por hacer moler a palos a sus colegas por la Gendarmería en los pasillos de la Sede Central, cuando la gente le pidió explicaciones por otra nueva tanda de cesantías.
Estos dos miserables ya pusieron al 92% de sus colegas bajo la línea de pobreza, y al que no se va lo echan, y al se queda le pudren la vida, y al que pide razones le dan bastonazos, lista negra y telegrama. Estos nuevos esperpentos son a los buenos recursos humanos lo que el cianuro a las personas.
Y el Balseiro, bueno, ya no es lo que era. Y ojo, era mucho.
Hasta el más descerebrado liberal salía de allí reformateado para construir conocimientos, fierros y país. De tanto ver desde primera línea, o incluso desde el laboratorio o taller, cómo se reemplazan importaciones arcanas y caras con desarrollos locales, ante sus ojos, y usando sus propias manos, les cambiaba la cabeza, aunque fuera sólo en parte. Los pibes salían de ese instituto universitario comiéndose el mundo y con la bandera tatuada en la frente.
Aunque no se dieran cuenta. Aunque después votaran a sus peores enemigos. Incluso así les era imposible hacer más mal que bien. Una maravilla. Frágil, eso sí.
Ignoro cómo insuflarle a algunos profes, estudiantes y graduados de hoy un cacho de amor por este rincón del planeta, un poco de orgullo del mismo, la idea de cuánta plata y cuántas generaciones costó construir lo construido durante 72 años en el área nuclear. ¿Cuánto se hizo? Somos uno de los los 15 países exportadores de fierros nucleares en el mundo, y uno de los 7 capaces de vender reactores nucleares enteros, y el único que vapuleó y vapulea, y varias veces y en licitación honrada, a Francia, Canadá, Corea, Rusia y China.
No incluyo a los EEUU, porque a esos los corrés con la vaina. Ya llevan desde los ’70 vendiendo -seamos justos, tratando de vender- tecnología vieja y cara. No hay cómo.
Como norma, nuestros nucleares sub 40 son unos cracks. Pero, formación académica aparte, les faltan toneladas de argentinidad. Ya tampoco son lo que eran para el país.
Veo a la joven ingeniera nuclear Julieta Romero y reconozco esa estirpe atómica fundacional y valerosa, la de Jorge Sabato, la que me representa como ciudadano, la que me da orgullo de nuestra educación pública, la que me genera ese cachito de optimismo remanente sin el cual ni se vive ni se dura, la que me hace pensar que no laburé 4 décadas al cuete, la que me da esperanza de que volvamos a la trinchera con más sabiduría pero más garra, la que da sentido a mi trabajo.
Trabajo de hormiga, pero al fin y al cabo, de defender a la gente que nos defiende, la brava gente atómica argentina, a capa y espada, incluso en estos días negros.
Es que… ¿Saben, compatriotas? Vale la pena. Todavía.
Daniel E. Arias


