Según S&P Global Energy, Estados Unidos incorporará en 2026 unos 45 gigavatios de capacidad limpia, un 25 por ciento por encima del récord anterior. La suma equivale a la demanda eléctrica promedio de Turquía. Ocurre pese al recorte de créditos fiscales, a la interferencia en más de 150 permisos eólicos y al desguace del que iba a ser el mayor proyecto solar del país. El dato dice menos sobre Trump que sobre cómo se toman las decisiones de inversión en generación.
Donald Trump está presidiendo un auge de energía limpia que no buscó y que intentó evitar. La demanda eléctrica en aumento está empujando inversión en capacidad nueva a un ritmo que ninguna administración anterior había visto, y la mayor parte de esa capacidad es solar y eólica.
Los números son de S&P Global Energy y los publicó el Financial Times el 19 de agosto. Estados Unidos va a incorporar este año alrededor de 45 gigavatios de generación limpia, aproximadamente un 25 por ciento por encima del récord previo, que databa de 2024. Es, como referencia, el equivalente a la demanda eléctrica promedio de todo Turquía.
Dentro de ese total, la capacidad solar nueva crece cerca de un tercio respecto del año pasado y la eólica casi un 50 por ciento. La consultora proyecta que la solar volverá a marcar récord en 2027, mientras que la eólica retrocederá antes de recuperarse.
Por qué crece
Hay tres motores, y ninguno de ellos es la política climática.
El primero es la demanda. Los centros de datos de inteligencia artificial están consumiendo electricidad a una velocidad que el sistema no había previsto, y esa demanda no admite espera. Izzet Bensusan, director ejecutivo de Captona, un grupo de inversión en infraestructura energética, lo resumió sin vueltas: hubo una promesa de campaña contra las renovables, pero al mismo tiempo se están dando cuenta de que no pueden prescindir de ellas. No ve un escenario, agregó, en el que la demanda de energía se aplane.
El segundo es el precio. La guerra que Estados Unidos libró en Irán empujó al alza los precios globales de la energía, según consignan el Financial Times y los analistas consultados. Cuando el combustible fósil se encarece, el cálculo de un desarrollador cambia solo.
El tercero es, paradójicamente, la propia hostilidad regulatoria. La ley conocida como One Big Beautiful Bill Act recortó los créditos fiscales para solar y eólica, pero dejó una ventana: los proyectos que empezaran obra antes del 4 de julio conservaban el beneficio, con plazo hasta 2030 para terminarlos. John Murray, analista de renovables de S&P Global, señaló que ese vencimiento produjo una estampida de inicios de construcción. El gobierno quiso cerrar la canilla y lo que consiguió fue abrirla de golpe antes de cerrarla.
Lo que sí frenó
Nada de esto significa que la política no haya tenido efecto. La administración desarmó el proyecto Esmeralda 7, en Nevada, que iba a ser el emprendimiento solar individual más grande de Estados Unidos. Interfirió en aprobaciones de rutina de más de 150 proyectos eólicos terrestres. Y la Agencia Internacional de Energía recortó de manera severa sus proyecciones de crecimiento eólico y solar estadounidense para el período que va hasta 2030.
Es decir: el boom de 2026 es en buena medida el remate de una cartera de proyectos que ya estaba en marcha, apurada por un vencimiento. Lo que viene después es la incógnita.
Mientras tanto, los datos de generación cuentan la misma historia desde otro ángulo. En el primer semestre de 2026, la eólica y la solar produjeron cerca de 420 teravatios hora en Estados Unidos, contra 382 en el mismo período de 2025, según cifras preliminares de la agencia estadística de energía. El carbón cayó 10 por ciento interanual hasta 323. La nuclear subió 2 por ciento hasta 390. El gas natural, que sigue siendo la principal fuente del país, quedó prácticamente sin cambios en 767. Es la primera vez que eólica y solar juntas superan a la nuclear en un primer semestre.
El caso argentino
Acá conviene resistir la tentación de la analogía fácil.
Es cierto que el gobierno argentino comparte con el estadounidense el escepticismo declarado sobre la agenda climática. Pero el freno de las renovables en Argentina no es ideológico. Es físico, y está bastante bien documentado.
En 2025 las fuentes renovables, sin contar las grandes hidroeléctricas, cubrieron el 18,9 por ciento de la matriz eléctrica nacional, contra 16,3 por ciento en 2024. Fue el salto más importante desde la sanción de la Ley 27.191, que había fijado una meta del 20 por ciento para 2025 y quedó a poco más de un punto de cumplirse. Se sumaron 1.010 megavatios de potencia nueva. En octubre, en un momento puntual de mucho viento y sol y poca demanda, las renovables llegaron a abastecer el 44,3 por ciento del sistema interconectado.
El propio informe anual de CAMMESA señala cuál es el cuello de botella: la infraestructura de transporte en alta tensión. No hay líneas suficientes para sacar la energía de donde se produce, la Patagonia con viento y el noroeste con la mejor radiación del mundo, y llevarla a donde se consume. Los parques se pueden construir en dos años. Una línea de extra alta tensión no.
Y acá aparece la conexión con la discusión que el Senado tiene sobre la mesa esta semana. El Súper RIGI promete atraer mega centros de datos de inteligencia artificial, exactamente el tipo de consumo que en Estados Unidos está traccionando la inversión en generación limpia. La pregunta que la discusión local todavía no está haciendo es de dónde va a salir esa electricidad y por qué línea va a viajar.
Lo que muestra el caso estadounidense es que cuando aparece demanda firme, grande y con plazos apurados, la generación se construye sola, incluso con un gobierno en contra. Lo que muestra el caso argentino es que la generación no alcanza si no hay red. Estados Unidos tiene el problema de que su política pelea contra su mercado. Argentina tiene el problema de que su mercado pelea contra su red, y la red no se resuelve con incentivos fiscales a treinta años: se resuelve con obra pública de transmisión, decidida y financiada por alguien. Si el país va a comprometer agua, energía y territorio por tres décadas para alojar el cómputo de otros, el mínimo razonable es que las líneas que se construyan queden del lado de acá.
Redacción de AgendAR


