Viajan a Miami 6,5 toneladas de agua pesada, remanente de la estatal PIAP

En 2025, la cúpula nuclear mileísta y la provincia de Neuquén, a través de su empresa mixta ENSI, decidieron poner en venta un stock de 6,2 toneladas de agua pesada. Se acaba de hacer el envío, una decisión que en este portal causa una reacción confusa: no sabemos si es más apátrica que anencefálica, o lo contrario.

Ese insumo esencial para la Argentina, hoy importado desde la India, lo fabricaba históricamente la Planta Industrial de Agua Pesada – PIAP, propiedad conjunta de ENSI, que tiene un 51% de acciones de la CNEA y un 59% del gobierno neuquino.

Macri desactivó la PIAP en 2017 y ahora la Secretaría de Asuntos Nucleares creada por Milei y el gobernador Rolo Figueroa la están terminando de desguazar en RRHH, eliminando a su personal técnico, con jubilaciones anticipadas o la opción de trabajar en servicios petroleros, la actividad principal de ENSI.

Ambas administraciones prefieren que esta planta, única en su tipo y hoy la mayor del mundo, termine abandonada e irreparable. Los motivos son un poco distintos: el gobierno de Javier Milei, como antes el de Mauricio Macri, obedecen en forma lineal a instrucciones de los EEUU que no han cambiado desde 1967: Argentina no debe fabricar ni tener agua pesada.

Lo de Figueroa es más sencillo: Neuquén es el peor socio posible en la PIAP. Es un próspero emirato petrogasífero con elecciones. La energía nuclear le resbala y la PIAP consume demasiado gas, que Neuquén preferiría vender sin valor agregado alguno, estilo Vaca Muerta, o como amoníaco, insumo precursor de los fertililanzantes nitrogenados, como la urea perlada. A precios actuales, la tonelada de agua pesada vale unas 750 veces más que la urea, pero el cliente principal de agua pesada del país, el programa nuclear argentino, está hecho bosta por el gobierno.

No obstante, sin agua pesada dejarían de funcionar nuestras tres centrales nucleares, con la pérdida de casi 1700 megavatios eléctricos en la zona más poblada del país. Los apagones son muy piantavotos.

Aún pagando ese precio, hoy apareció un enorme mercado internacional alternativo para el agua pesada en la industria farmacológica, y se puede ganar harta plata con él. De hecho, la partida que se acaba de enviar tiene ese destino. Pero órdenes del State Department se obececen, punto.

Desierta del escaso personal remanente desde 2017, de la destrucción de esa formidable instalación química se encargan el tiempo, el clima brutal de la estepa neuquina, y próximamente el saqueo: la PIAP es una ferretería industrial gigante, llena de motores y bombas eléctricos, y cables con buen cobre. Pase y sírvase.

A fecha de inauguración, debido a los múltiples atrasos de obra impuestos por Alfonsín y Menem, la PIAP había salido U$ 1000 millones. A dólares actualizados, serían U$ 3850 millones. Pero el que la quiera comprar pagaría más, porque la oferta mundial de agua pesada es tan exigua e inelástica que en 2017, cuando Macri cerró la PIAP, el precio internacional saltó bruscamente de U$ 350.000 a U$ 1 millón la tonelada.

¿Por qué la oferta de agua pesada es tan miserable, aunque la demanda se ha vuelto rampante? Canadá, dueño hoy de 18 centrales nucleares de uranio natural y agua pesada, dinamitó sus dos plantas en el complejo nuclear de Bruce, Ontario, que fabricaban 1600 toneladas anuales, mientras que la PIAP tiene (tenía) un tope teórico de 200 toneladas anuales.

La explicación es que los EEUU habían persuadido (es un decir) a Canadá de abandonar todo su programa nuclear, incluido el cierre paulatino de todas sus centrales de potencia tipo CANDU, y en los ’90, Ottawa todavía obedecía. En 2022 los canadienses de Atkins Realis tocaron la puerta de la CNEA, buscando que les vendiéramos agua pesada, o mejor aún, que les vendiéramos la PIAP, y si no había más remedio, asociarse con la Argentina para mantener en servicio sus CANDU e incluso hacer otras nuevas, y es más, exportarlas.

En sus buenos tiempos, Canadá vendió sus CANDU a 7 países, incluido el nuestro. La mejor central nucleoeléctrica de Argentina es Embalse, en Córdoba, una CANDU de los años ’70. Y por disponibilidad, seguridad, precio y duración operativa, es también una de las mejores del mundo. Por eso como vendedor, fue el rival invencible de Westinghouse, General Electric y Babcock & Wilcox, los 3 grandes proveedores nucleoeléctricos de los EEUU. Si algo le faltaba a Washington para destruir al ras TODA la oferta mundial de agua pesada, paranoia armamentista aparte, la formidable popularidad en los países de mediano desarrollo de las plantas CANDU fue la segunda causa.

La información sobre el envío de esas 6,5 toneladas de agua pesada de la PIAP a Miami la dieron dos periodistas que respetamos: Alejandro Bercovich y Nora Bär. Ex autoridades de la PIAP afirmaron que el envío de agua pesada a EE.UU. se realiza en cumplimiento de un convenio anterior a esta gestión, pero no dieron detalles ni nombres.

Existen cruces políticos y gremiales respecto al mantenimiento, el destino de los remanentes de la planta y la necesidad de importaciones para el sector, combinados con anuncios y proyectos recientes de reactivación o inversión privada en el complejo. Ahora que todas las centrales nucleares salen a privatización a precio dolosamente reventado bajo la batura de Diego Chaher, titular de la Agencia de Transformación de Empresas Públicas, las posibilidades de que la PIAP se repare y siga funcionando empiezan a pintar.

Pero eso sí, la propiedad tiene que dejar de ser del estado nacional argentino. La opción es cerrarla, fin del problema diplomático.

Comentario de AgendAR:

El agua pesada (D2O) que estamos regalándole a los EEUU, nuestros beneficiados favoritos, ellos la pueden usar en cualquier «production facility», reactores militares de cocinar plutonio 239 a partir de uranio natural.

Es paradójico, pero el primer fabricante de armas nucleares del planeta, EEUU, vive alarmado de que nuestro país los imite.

Con los RRHH que todavía tiene la CNEA, no lo hacemos porque no queremos, no porque no podamos. Eso les resulta intolerable.

Por ese motivo, nuestro indómito armamentismo nuclear potencial, los gobiernos de Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando de la Rúa, Eduardo Duhalde, Mauricio Macri y Javier Milei hicieron y hacen lo posible para que la planta desaparezca sola del mapa de amenazas de la paranoia militar estadounidense. Desde Macri en más, ya no les importa pagar el precio político interno.

¿Qué es lo que sucede con una masa de uranio natural inmersa en agua pesada? Reacciona en cadena. El isótopo 235, muy poco abundante (es el 0,71%), empieza a hacer fisión y libera neutrones, que a su vez impactan en otros átomos contiguos de uranio 235. El isótopo 238, que forma el 99,069% del uranio natural, no es físil pero es fértil: atrapa un neutrón, y tras una compleja serie de transformaciones se vuelve plutonio 239, muy reactivo y fisionable.

Eso se logra con un quemado cortísimo, 100 veces inferior al de nuestras tres centrales nucleoeléctricas. El Organismo Internacional de Energía Atómica, perro guardián de la paz nuclear según la entienden los EEUU, controlan que nosotros quememos el uranio natural de un modo exhaustivo.

En cambio, el de las «production facilities» es un proceso deliberadamente ineficiente, creado para no generar plutonios 240, 241 y 242; sobre todo los isótopos de número par, que estropean cualquier buena bomba por sobrerreactivos.

La sobrerreacción sucede cuando la masa de plutonio entra en fisión en forma prematura y a distancia.

En lugar de estallar con gran fuerza termomecánica y emisión de ondas electromagnéticas ionizantes, el «pit» de la bomba se evapora y disipa, en una explosión fallida llamada «fizzle».

Pero Milei apunta a otro objetivo con esta chupada de medias de exportar los stocks remanentes de agua pesada argentina: dejar sin insumos la exportación de los pequeños reactores nucleares de INVAP, empresa de la CNEA y Río Negro, que desde el año 2000 vienen barriendo el piso con las ofertas yanquis, coreanas y japonesas en todas las licitaciones internacionales.

El D2O se usa para «polentear» el núcleo de los reactores de investigación, como los que hemos vendido a Perú, Argelia, Egipto, Australia, Holanda y Arabia Saudita. Y los que todavía vamos a vender, aunque a los dueños de la pelota no les guste.

Milei no es idiota, al menos cuando no está brotado. Los ejes de su plan de eliminación de la tecnología nuclear argentina apuntan a sus tres pilares: los recursos humanos y los dos materiales: el uranio y al agua pesada.

La carga de agua pesada de las dos Atuchas y Embalse suma 1700 toneladas, de las cuales 17 se pierden cada año por tensión superficial: quedan adheridas a los elementos combustibles gastados y se diluyen en el agua común de las piletas de enfriamiento.

Nuestras centrales nucleoeléctricas de uranio natural son técnicamente superiores a las de uranio enriquecido y agua natural de los EEUU, Japón y Corea. Y eso por disponibilidad, seguridad y precio: se construyen de forma modular, son resultan menos complejas y cuestan por un 50% menos.

Si a los EEUU les fríe los hipocondrios que exportemos pequeños reactores multipropósito, más los revienta la posibilidad de que construyamos nuestras propias centrales, como hacen históricamente la India y Canadá.

Y lo que los pone definitivamente de la nuca es el peligro de que las exportemos. Después de todo, en los reactores, que producen radioisótopos y decenas de servicios de irradiación de materiales y de educación de expertos, somos el número uno mundial.

¿Por qué no podríamos serlo en centrales? Conceptualmente, las centrales son menos complicadas: son calentadores de agua que sólo producen electricidad. Pero constituyen incomparablemente mayor que el de los reactores. Una central nuclear entre mediana y grande hoy se vende por no menos de U$ 6000 millones, y más frecuentemente, U$ 12.000 millones. Un reactor multipropósito, como el que INVAP está terminando en Holanda, está entre U$ 400 y U$ 600 millones, según la cantidad de chiches anexos.

El mercado anual total de centrales vale entre U$ 35.000 millones y U$ 43.000 millones. El de reactores, dominado por Argentina a través de INVAP, entre U$ 300 y U$ 500 millones. Somos primeros en ese nicho, pero tenemos ventas por prestigio: buena tecnología, y entrega en tiempo y forma. El problema para EEUU es que salgamos del nicho.

Ellos, los autodenominados americanos, están más en la tumba que un un nicho. No venden nada, ni reactores ni centrales, ni siquiera a sí mismos, desde fines de los ’70. Y eso porque su tecnología, comparada con la nuestra, es demasiado vieja, o demasiado nueva y sin probar, o demasiado complicada, e indefectiblemente demasiado cara.

Hace poco terminaron de construir dos centrales AP-1000 en Georgia. Son excelentes en el papel, pero terminaron en el doble del plazo y en el triple del costo pautados, lo que hizo quebrar nada menos que a la Westinghouse y a Hitachi, y arrastró a la bancarrota a decenas de proveedores estadounidenses y japoneses. Los juicios de los perjudicados todavía siguen.

Los EEUU son un zombi nuclear. Se cayeron del mundo, pero creen que siguen vivos. China la compró a Westinghouse la tecnología AP-1000 en 2007, construyó 4 centrales de ese tipo, están en línea desde 2018, y hoy suma 12 unidades con precios y tiempos de construcción cada vez menores.

Luego, para sacarse de encima los royalties y también para ganar prestigio mundial, hicieron dos versiones mejoradas del AP-1000, los CAP-1000, de los cuales construyeron una docena, y los CAP-1400, con dos ya terminados y en línea.

Desde fines del Proceso, demasiados gobiernos argentinos al hilo decidieron obedecer al mayor perdedor mundial de la tecnología nucleoeléctrica, los EEUU, a los que ya no tememos en materia de reactores.

Pero en lugar de seguirles pasando el trapo y aumentar la apuesta, ahora les regalamos los cerebros, el uranio y el agua pesada.

Preferiría regalarles al presidente Javier Milei y a la actual cúpula nuclear argentina… pero ya la tienen.

Y baratita.

Daniel E. Arias

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