Debate tenso en Europa: ¿hay riesgo reeal de ataques híbridos rusos a su infraestructura energética?

Un ataque reciente de Ucrania daño la refinería de Kapotnya, en el extremo sureste de Moscú

Europa atraviesa una nueva escalada de tensión con Rusia. Ataques cada vez más próximos a las fronteras de la OTAN e incursiones de drones llevaron a varios países europeos a reforzar sus sistemas de defensa y revisar sus protocolos ante una eventual extensión del conflicto más allá de Ucrania. La infraestructura energética figura entre los principales objetivos militares, lo que le suma presión a los precios. El propio Donald Trump aseguró que el aumento del diésel no tiene relación con la guerra contra Irán sino con el conflicto europeo.

La posibilidad de una guerra abierta entre Rusia y la OTAN no aparece hoy como el escenario más probable entre las fuentes consultadas. El riesgo inmediato se encuentra en una zona más difícil de delimitar: operaciones híbridas, violaciones del espacio aéreo, ciberataques, sabotajes y posibles incidentes capaces de desencadenar una escalada no intencionada. Esta zona gris dificultaría la respuesta de la OTAN ante un posible ataque. Péter Tálas, investigador del Instituto John Lukács de Hungría y experto en política de seguridad de Europa Central, explica la situación a partir de la convergencia de cuatro procesos.

El primero es la intensificación de la campaña aérea de Rusia contra Ucrania, con oleadas cada vez mayores de drones y misiles dirigidos contra infraestructura energética, de transporte y otras instalaciones civiles. A esto se suman los ataques contra objetivos en el oeste ucraniano y próximos a la frontera polaca, que aumentan “el riesgo de que drones o misiles penetren en el espacio aéreo de la OTAN”.

El tercer elemento es tecnológico. “Están apareciendo sistemas más económicos que pueden utilizarse en mayor número y que, en algunos casos, resultan más difíciles de detectar”, explicó Tálas. Pero es el cuarto factor el que considera políticamente más importante: la actividad híbrida rusa fuera de Ucrania se volvió más visible y audaz.

«El aumento del precio mundial del diésel se debe principalmente a la guerra entre Rusia y Ucrania, no a Irán», aseguró Donald Trump el 14 de septiembre.

¿Qué está sucediendo en Europa?

Uno de los episodios recientes más significativos ocurrió el 4 de agosto en el aeropuerto de Leipzig/Halle, Alemania, donde fueron encontrados drones cargados con explosivos. El 1° de septiembre, el gobierno alemán atribuyó oficialmente el intento de ataque a Rusia. Posteriormente, la Unión Europea señaló que el objetivo eran aviones de carga vinculados con el suministro a Ucrania y que el material utilizado era de grado militar.

La tensión también comenzó a sentirse sobre la frontera oriental de la OTAN. El 13 de septiembre, un dron ruso alcanzó un tren en territorio ucraniano, cerca de Yahodyn y de la frontera con Polonia. Otro ataque impactó en las proximidades de una estación de servicio, a unos dos kilómetros del territorio polaco.

Donald Tusk, primer ministro polaco, reforzó entonces la protección de los pasos fronterizos y, ante posteriores oleadas de ataques rusos contra Ucrania, Varsovia activó operaciones de aviación militar y puso en máxima disponibilidad sus sistemas terrestres de defensa aérea y radar.

El 16 de septiembre, la Unión Europea llevó esa preocupación al Foro de Cooperación en materia de Seguridad de la OSCE. Allí sostuvo que desde 2022 observa campañas híbridas rusas “persistentes, coordinadas y prolongadas” y advirtió que los actos de sabotaje, las disrupciones de infraestructura crítica y las operaciones de manipulación e injerencia se volvieron “cada vez más frecuentes y audaces”.

Moscú rechaza estas acusaciones. El presidente ruso, Vladimir Putin, negó reiteradamente durante septiembre que Rusia tenga planes de atacar a Europa y acusó a los gobiernos europeos de utilizar esa amenaza para justificar el rearme del continente.

Vale la pena recordar que el 20 de septiembre, Ucrania lanzó el mayor ataque con drones reportado hasta ahora contra la región de Moscú. Parte de los drones alcanzaron la principal refinería de la capital rusa, paralizado una parte importante de la capacidad de refinación de petróleo del país, según Reuters. Analistas creen que Rusia podría ordenar ataques híbridos como un mensaje disuasorio a Europa, teniendo en cuenta que una acción ucraniana a tal escala sólo es posible gracias al apoyo económico y militar europeo.

Ataques híbridos: la nueva amenaza

¿Cuán factible es entonces un ataque ruso directo contra un país de la OTAN? Tálas considera improbable, en las condiciones actuales, un ataque deliberado y a gran escala contra territorio de la Alianza. “El entorno de seguridad se ha deteriorado, pero un deterioro de la seguridad no equivale a una guerra inminente”, explicó.

Para el especialista, es necesario diferenciar entre la propagación accidental de la guerra, las amenazas híbridas y un ataque militar directo. Los riesgos asociados a los dos primeros escenarios aumentaron, mientras que la probabilidad del tercero continúa siendo considerablemente menor.

Incluso una eventual incursión de un dron o misil ruso en territorio de un país miembro no implicaría automáticamente la activación del Artículo 5 de la OTAN, que obliga a la defensa mutua de los países miembros. Según explicó Tálas, primero debería determinarse si se trató de un accidente, un fallo técnico, una provocación o un ataque deliberado. Ante un incidente grave, el país afectado podría solicitar consultas bajo el Artículo 4, mientras que el Artículo 5 cobraría relevancia si los aliados determinaran que se trató de un ataque armado.

“El peligro más probable hoy en día no es una invasión rusa de Hungría, sino las operaciones híbridas, las violaciones del espacio aéreo y una escalada no intencionada”, afirmó. Refinerías, complejos petroquímicos y plantas nucleares aparecen entre los principales objetivos.

El Parlamento Europeo incluye dentro de estas amenazas desde incursiones de drones y violaciones del espacio aéreo hasta sabotajes contra infraestructura crítica y cables submarinos, ciberataques, incendios provocados, operaciones de desinformación e instrumentalización de flujos migratorios.

Para Hungría, país que comparte unos 137 kilómetros de frontera con Ucrania, uno de los puntos particularmente sensibles es la infraestructura energética.

El país continúa dependiendo en gran medida del oleoducto Druzhba para abastecerse de petróleo ruso. En gas, tras el fin del tránsito ruso a través de Ucrania en 2025, TurkStream se convirtió en la principal ruta de llegada del gas ruso por gasoducto.

Por eso, una interrupción prolongada de estas infraestructuras podría tener consecuencias directas. “Una interrupción de unos pocos días o semanas sería manejable; sin embargo, una interrupción que se prolongara durante varios meses y afectara simultáneamente a diversas rutas de suministro tendría graves consecuencias económicas y repercusiones en los precios”, explicó Tálas.

“No sentimos que vivamos en época de guerra”

Mientras los gobiernos europeos refuerzan sus defensas y los especialistas advierten sobre un deterioro del escenario de seguridad, en las calles de Budapest la guerra todavía parece lejana.

“Nada cambia, pero psicológicamente nos afecta. No sentimos que vivamos en época de guerra, aunque sí sabemos lo que está sucediendo”, cuenta Eva, una profesora de inglés jubilada de 72 años que vive en la capital húngara.

La guerra está presente en su relato, aunque no necesariamente en su vida cotidiana. Al comienzo de la invasión, recuerda, la preocupación se concentraba especialmente en la minoría húngara que vive del otro lado de la frontera. En las estaciones de tren, vecinos reunían alimentos, mantas y ropa para las familias que llegaban desde Ucrania. “Al principio nos preocupábamos por los húngaros de allí”, recuerda.

Pero cuatro años después, la percepción parece diferente. Ni Eva ni otros jóvenes consultados por EconoJournal creen que un ataque ruso contra Hungría sea inminente. “Al principio seguía las noticias, pero ahora ya no”, comenta un joven estudiante de periodismo deportivo, quien además afirma que su vida no ha cambiado drásticamente por culpa de la guerra, más allá de la grandes olas migratorias de rusos y ucranianos que llegaron al país.

Respecto del sentimiento popular, Tálas advierte que no existen encuestas recientes que permitan medir cómo los acontecimientos de las últimas semanas modificaron la preocupación de la población. Los estudios anteriores sí muestran un fuerte rechazo a una extensión del conflicto, aunque eso no equivale necesariamente a creer que Rusia vaya a atacar Hungría.

Esa distancia entre prepararse para un riesgo y creer que ese riesgo vaya a materializarse atraviesa hoy buena parte del debate europeo. Mientras los gobiernos refuerzan radares, fronteras, infraestructura crítica y sistemas de defensa, en Budapest la guerra continúa desarrollándose lo suficientemente cerca como para preocupar, pero todavía lo suficientemente lejos como para no alterar la vida cotidiana.

Carla Mastroianni

VIAEconojournal