IA: el riesgo no es Terminator, es la comodidad

El debate sobre la inteligencia artificial sigue atrapado entre el entusiasmo y el apocalipsis. Mientras tanto, unas pocas empresas concentran la herramienta con la que millones de personas trabajan y piensan. Argentina tiene con qué no quedar solamente del lado de los usuarios.

Cada tanto vuelve a circular algún porcentaje que mide la probabilidad de que la inteligencia artificial termine con la humanidad. Funciona en los titulares, en los paneles y en las redes. Pero intenta calcular algo que nunca pasó, y por eso no tiene ningún antecedente contra el cual medirse. Mientras discutimos si las máquinas se van a rebelar, avanza otra discusión mucho menos de película. Es la pregunta argentina que nadie está haciendo: ¿de quién va a ser la herramienta con la que vamos a trabajar, escribir y decidir?

La respuesta corta: por ahora, de dos o tres empresas, y ninguna es de acá.

La especie humana vivió cientos de miles de años sin inteligencia artificial. La inteligencia artificial, en cambio, no dura una tarde sin nosotros: necesita electricidad, servidores, refrigeración, gente que mantenga los equipos y alguien que pague la factura. Esa dependencia corre en un solo sentido. La humanidad ya mostró, con la energía nuclear, que puede poner límites a una tecnología cuando la percibe como una amenaza para su supervivencia. El escenario de ciencia ficción vende, pero corre la atención de lo que ya está pasando, que es bastante más prosaico y bastante más difícil de desenchufar.

La trampa

Lo que está pasando es esto. Herramientas con una capacidad enorme se ofrecen por unos 20 dólares por mes. Un informe que antes llevaba una semana se resuelve en una tarde, una presentación en una hora, un análisis de datos en minutos. La ganancia de productividad es real, y negarla no tiene sentido. El problema aparece después, cuando delegar deja de ser una decisión y se vuelve un hábito. El que deja de redactar, de calcular o de ordenar un problema por su cuenta no pierde solamente tiempo de práctica. Pierde el saber hacer, ese conocimiento que no está en ningún manual y que se construye haciendo. Y lo pierde sin darse cuenta, porque mientras la herramienta funcione nadie lo nota.

Esa comodidad tiene un modelo económico detrás, y en Argentina lo conocemos bien. Primero aparece un producto muy útil a un precio que no refleja su costo real, sostenido por inversores que apuestan a quedarse con el mercado. Después llega la dependencia: el servicio se vuelve parte de la rutina de personas y empresas. Las alternativas locales, que no tienen la misma espalda, se van quedando sin clientes. Y cuando queda un solo jugador, o dos, las tarifas y las condiciones las pone el que quedó. Lo vimos con las aplicaciones de transporte y su pelea con el taxi regulado en la Ciudad de Buenos Aires y en varias provincias. Lo vimos con las librerías de barrio y los comercios de cercanía frente a las grandes plataformas de venta online. Lo vemos todos los meses en el resumen de la tarjeta, con servicios digitales que se pagan en dólares a empresas que facturan desde otro país.

La diferencia es que esta vez no hablamos de remeras, muebles ni viajes en auto. Hablamos de la herramienta con la que se procesa información y arma un razonamiento. La globalización de los bienes cambió lo que consumimos. La de la inteligencia artificial puede cambiar cómo pensamos. Si dos o tres empresas concentran el flujo de trabajo intelectual de miles de millones de personas, un ajuste mínimo en cómo responde un modelo se replica en todos lados al mismo tiempo, sin filtro y sin alternativa local. No hace falta imaginar una conspiración para ver el riesgo. Alcanza con mirar cuánto poder queda en tan pocas manos.

Y ahí es donde la conversación se vuelve concreta para Argentina. El país no está en cero. Según el Ministerio de Economía, con datos del INDEC, las exportaciones de servicios de la economía del conocimiento llegaron a 9.600 millones de dólares en 2025, y el sector superó los 285.000 empleos formales. Argencon, la cámara que agrupa a las principales empresas del rubro, da números más altos: más de 10.000 millones exportados y más de 348.000 puestos. Se mida como se mida, es el tercer complejo exportador del país, detrás del agro y la energía. Hay programadores, ingenieros, biotecnólogos y productoras audiovisuales que le venden al mundo valor agregado, no materia prima.

Ese talento convive con una traba vieja. El sistema financiero argentino presta contra lo que se puede tocar: un campo, un galpón, una máquina. Un desarrollo de software, un modelo entrenado o una base de datos bien construida valen mucho, pero no sirven como garantía en un banco. Así, la pyme tecnológica que quiere crecer compite contra empresas con presupuestos de cientos de miles de millones de dólares, y lo hace con lo que pueda financiar de su propio bolsillo.

Por eso la oportunidad no pasa por fabricar un modelo argentino para competir de igual a igual con los gigantes. Ese partido no se juega en esa cancha. Pasa por aplicar la inteligencia artificial sobre la matriz productiva que ya existe: el agro, la metalmecánica, la energía, la minería. Son sectores donde el conocimiento local pesa y donde los datos propios no están disponibles para nadie más. Ahí la economía del conocimiento deja de ser un sector aparte y se vuelve una capa que atraviesa todo lo demás.

Lo que se viene

La historia de la tecnología tiene una ventaja: rota. Netscape dominó la navegación hasta que dejó de hacerlo. Nokia y BlackBerry parecían eternos hasta que llegó otra cosa. Los monopolios tecnológicos son fuertes, pero no son definitivos. El problema es que esa rotación casi nunca la aprovecha el que se quedó mirando. La aprovecha el que tenía capacidades propias cuando se abrió la ventana.

La discusión que tendría que estar dando la política, acá y en el resto del mundo, no es cómo evitar que una máquina nos extermine. Es cómo regular la concentración, proteger los datos, cobrarles impuestos a quienes facturan desde afuera lo que se consume adentro, y financiar el desarrollo propio. Argentina tiene el talento y tiene la matriz productiva donde aplicarlo. Lo que falta saber es si alguien va a ordenar esas piezas antes de que la comodidad haga el trabajo por nosotros.

Columna de IA por Esteban Terranova

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