El domingo, Anthropic anunció que va a destinar una parte de su capital a un fondo pensado, entre otras cosas, para amortiguar el impacto de la inteligencia artificial sobre el empleo. Ese mismo día, Elon Musk le respondió en X que lo mejor era darle las acciones directamente a la gente, y este lunes fue más allá: el año que viene, dijo, cada chico de Estados Unidos va a recibir una de sus acciones de SpaceX. Dos de los nombres que más empujan la ola de automatización están discutiendo en público cómo repartir lo que esa ola genera. Y eso deja planteada la pregunta argentina que nadie está haciendo: si los que fabrican la disrupción ya ponen plata para la transición, ¿quién la está pensando acá?
La respuesta corta: casi nadie. En la mayoría de las empresas argentinas la conversación sobre inteligencia artificial sigue girando alrededor de qué herramienta conviene contratar y cuántas horas se ahorran. Lo que pasa con las personas cuyas tareas cambian queda para después, como si fuera un tema de recursos humanos que se va a resolver solo. Las noticias de esta semana muestran que, en el lugar donde se fabrica esta tecnología, ya nadie piensa que se resuelva solo.
Dos formas de repartir
El esquema de Anthropic tiene más ingeniería de lo que sugiere el titular. La empresa compromete hoy el 5% de sus acciones, sujeto a la aprobación de sus accionistas, y el directorio puede sumar un 2% adicional por cada 50% que crezca la valuación de la compañía por encima de una base fijada. El vehículo no es una fundación tradicional sino una sociedad propia, armada así para poder elegir entre distintas formas de dar: donaciones grandes a organizaciones sin fines de lucro o distribuciones directas a poblaciones específicas. La empresa aclaró que ese capital no se va a usar para lobby ni para aportes políticos, y puso como ejemplo de uso el impacto de la IA en el mercado laboral, un frente al que ya había comprometido 200 millones de dólares. Sumado a lo que sus fundadores y empleados venían comprometiendo, cerca del 20% de Anthropic quedaría dedicado a fines de beneficio público. Para dimensionarlo: con la valuación de mayo, de 965.000 millones de dólares, ese primer 5% rondaría los 48.000 millones.
La propuesta de Musk es más simple y más visible. En Estados Unidos hay unos 73 millones de menores de edad. Al precio de cierre del viernes, una acción de SpaceX vale 146 dólares, así que el gesto completo representa unos 10.500 millones. Musk tiene alrededor de 4.800 millones de acciones de la empresa, con lo cual estaría cediendo cerca del 1,5% de su participación. No explicó cómo se va a hacer la entrega ni quiénes van a calificar, aunque hay un antecedente: en julio, Gwynne Shotwell, presidenta de SpaceX, se comprometió a regalar una acción a cada una de más de dos millones de cuentas de inversión para chicos, dentro del programa que impulsa la Casa Blanca.
Se puede discutir largo cuál de los dos modelos es mejor. Uno apuesta a la gobernanza y al largo plazo, el otro al impacto inmediato y a la foto. Pero lo interesante es lo que admiten los dos sin decirlo de forma explícita: que el valor que genera la IA se está concentrando muy rápido y que esa concentración va a tener costos para mucha gente. Nadie destina decenas de miles de millones de dólares a amortiguar un problema que considera menor.
La transición tiene dueño
Y ahí es donde la conversación se vuelve concreta para Argentina. Ningún fondo de Anthropic ni ninguna acción de SpaceX va a llegar a una pyme de Rosario, de Córdoba o de Bahía Blanca. Acá la transición la va a gestionar cada empresa que incorpore inteligencia artificial, lo planifique o no. Y si no lo planifica, igual la gestiona, solo que por omisión.
Pensemos en un caso común. Una empresa de veinte personas automatiza la carga de facturas, las respuestas de primer contacto con clientes y la preparación de presupuestos. Las horas liberadas son reales y se notan rápido. Lo que no aparece en ninguna demo es la otra mitad del trabajo: qué va a hacer la persona que cargaba facturas, quién va a supervisar lo que el sistema produce, cuánto tiempo lleva aprender a hacerlo bien y quién paga ese tiempo. Si nadie toma esas decisiones, la empresa termina con una herramienta subutilizada, un equipo que la mira con desconfianza y una ganancia de productividad que se diluye en fricciones internas.
El problema no es si la IA va a reemplazar puestos. Es si alguien en la empresa decidió qué hacer con las horas que libera. En las grandes tecnológicas esa pregunta ya tiene presupuesto, aunque sea con fines de reputación. En la pyme argentina todavía no tiene ni responsable.
Lo que se viene
Anthropic anticipó que en los próximos meses va a detallar la estructura y la gobernanza del fondo, incluidos los hitos de valuación que pueden ampliarlo, y que va a publicar un informe sobre el cumplimiento de su misión. Musk, por su parte, dijo que esta entrega va a ser la primera de muchas. Es esperable que otras empresas del sector se sientan obligadas a mostrar algo parecido, porque la discusión sobre IA y empleo dejó de ser un tema de académicos y sindicatos para pasar a la agenda de los propios fabricantes.
Las dos noticias de esta semana dicen lo mismo desde lugares opuestos: la tecnología que se está desplegando va a mover el piso del trabajo, y quienes la construyen sienten la necesidad de mostrar que van a devolver una parte de lo que ganan. Musk ya le puso domicilio a su devolución: los chicos estadounidenses. El fondo de Anthropic todavía no definió a quién va a llegar. Para el resto del mundo, mientras tanto, la transición corre por cuenta propia.
La pregunta es si las empresas argentinas van a empezar a planificarla mientras incorporan la tecnología, o si van a esperar a que el problema les toque la puerta.
Columna de IA por Esteban Terranova



