La «Guerra de Fondos» y nuestras Malvinas – 2ª parte

(La 1ª parte de este artículo está aquí: La «Guerra de Fondos (marinos)» hoy, y una batalla naval de Malvinas en 1914 – 1ª parte )

En los años de entreguerras, el carbón perdió su preeminencia ante los combustibles líquidos en la industria y en la propulsión naval. Los nuevos barcos tenían no sólo una autonomía mucho mayor, sino que podían repostar búnker oil (o fuel oil) de borda a borda en una cita secreta con una nave auxiliar en cualquier lugar apartado de los océanos y mares.

En la 2da Guerra ya no quedaban flotas militares movidas carbón. El Rivadavia y el Moreno, los dos acorazados argentinos comprados a los USA antes de 2014, en 2024 fueron convertidos a combustibles líquidos. Como todas las grandes unidades de combate de aquellos tiempos, a media máquina (15 nudos) hacían unos 30.000 km., 2/3 de la vuelta al mundo por latitud cero, sin repostar. A plena máquina daban 22 nudos, pero con menor alcance.

Los acorazados y cruceros británicos y alemanes de la 2da guerra, como los que se demolieron a cañonazos en el Río de la Plata en 1939, alcanzaban los 30 o 31 nudos, podían escapar o perseguir de flotas adversas, si convenía, y trenzarse en batalla de noche, con lluvia o niebla, y fuera de alcance visual: los realmente modernos estaban radarizados.

Ésa es le historia de hoy. Porque la primera gran batalla naval de la 2da Guerra sucedió aquí nomás, en el Río de la Plata, los cañonazos aturdieron el balneario porteño de Costanera Sur, y nuevamente involucró al apostadero de la Royal Navy en Port Stanley.

Con barcos auxiliares que repusieran combustible, comida, munición, repuestos y munición y una flota de superficie nuevecita, el Gran Almirante de la Kriegsmarine, Erich Raeder, se atrevía, y fue su error, a bloquear (aunque no total ni indefinidamente) la economía de Inglaterra, nomás por devolver favores de la guerra anterior.

De movida lo intentó pero a distancia: a distancia, eso sí, porque no habría podido nunca evitar una salida masiva al mar de la Royal Navy desde Portsmouth o Scapa Flow. Después de todo, la británica era la mayor flota del mundo, aunque no la mejor entrenada ni la más moderna. Sin embargo habría podido barrer con la flota de superficie alemana, aunque a un costo altísimo.

Para Raeder, el modo de bloquear la economía debía hacerse con sus acorazados y cruceros monumentales, símbolos de gran estrépito de la nueva Alemania, en movimiento rápido. Y bien a distancia de las islas británicas metropolitanas, con emboscadas inesperadas que cortaran las líneas de suministro desde las colonias y semicolonias de Su Graciosa Majestad.

Las islas británicas se parecen a las japonesas en tres cosas: están llenas de puertos magníficos, importan casi todo lo que comen y, resueltamente, todo lo que queman, salvo el carbón. Amputadas de sus colonias, enfrentan años de frío, oscuridad y hambre. Detalle que aquí todo debería importar, si alguna vez queremos recuperar el Mar Argentino y sus islas.

Pero bloquear Inglaterra, incluso a distancia, era como ponerle un babero a un tigre. La Royal Navy empezó la 2da Guerra mundial con unos 9000 barcos, 885 de los cuales eran de combate, cruceros comunes, de batalla y acorazados grandes, y de yapa 52 portaaviones.

Su Graciosa también había aprendido un par de lecciones en la guerra anterior. Si te bloquean fuerte y nadie trabaja ni come, y el pobrerío tiene que ser retirado en parihuelas y por pies, finado de congelamiento en sus piezas de inquilinato, o se cae muerto de consunción en las calles, los obreros hacen huelgas generales y los soldados y marineros se amotinan en las ciudades. Y si siguen mal el ejemplo alemán o el ruso, asaltan los arsenales, distribuyen sus armas y cada puerto, cada fábrica y cada cuartel y puerto militar se vuelven un Arbeiter und Soldaten Räte. En criollo, un soviet.

Su Graciosa también había aprendido un par de lecciones en la guerra anterior. Si te bloquean fuerte y en las islas británicas nadie trabaja ni come, cuando los pobres de solemnidad tienen que ser retirados por la municipalidad y por pies de sus piojeras de extramuros, si los laburantes sin laburo se caen muertos de consunción en las calles, los obreros se alzan en huelgas generales y los soldados y marineros se amotinan en el frente, en el mar y las ciudades. Y si siguen mal el ejemplo alemán o el ruso, asaltan los arsenales, distribuyen sus armas y cada puerto, cada fábrica y cada cuartel y puerto militar un Arbeter und Soldatenräte. En criollo, un soviet.

Para que ello esta vez sucediera en Inglaterra, Escocia e Irlanda y no en Alemania, la Kriegsmarine debía emboscar las rutas entre Gran Bretaña y su red de colonias, pero sin emplear grandes flotas. Entre otras cosas porque no las tenía. Se necesitan décadas para armar algo siquiera parecido al despliegue de superficia de la Royal Navy. Y el paso o la sola presencia de cualquier escuadra pesada alemana, o de sus unidades de abastecimiento, habría despertado la curiosidad del MI-6. Después de todo, el mundo de fines de los años ’30 ya estaba intercomunicado por el telégrafo inalámbrico de Marconi, o los cables submarinos de las potencias aliadas occidentales.

Por oposición a las fortalezas flotantes de acero del Gross Admiral Räder, el U-Boote, arma preferida del almirante y submarinista Karl Dönitz, era más bien costera que oceánica: en los ’30 los submarinos tenían poca autonomía en combustible, agua potable y comida. Aún con reabastecimientos en citas secretas de altamar, a la Befehlshaber der U-Boote no le daba el cuero para hacerse retorcer de hambre y frío a los laburantes de la rubia Albión.

Sí que le dio el cuero cuando la Royal Navy hundió por fin al Bismark y nazis capturaron los puertos de Francia y Noruega para construir sus apostaderos de submarinos, protegidos por losas de hormigón armado de 7 metros de espesor.

Pero donde manda Gran Almirante no manda almirantito, a Hitler le apasionaban los cañones y fierros wagnerianos, y las tapas de diario que generaban en todo el planeta. Por ello, la tarea de bloquear siquiera a medias a Gran Bretaña recayó en los pocos acorazados y cruceros pesados que Alemania pudo construir entre 1935 y 1939.

Pero sí que eran inmensos y casi imposibles de hundir, bien al gusto nibelungo. Räder jugaba su mando a rendir por hambre y huelgas a los británicos amputados de sus colonias y semicolonias (entre ellas, nosotros, los Argies). Hitler, que había visto y corrido aquellas conejas de 1917 y 1918, no iba a morir sin vengarse. Y confiaba a 7 acorazados grandes, los 3 llamados «de bolsillo» por la Royal Navy, amén de cruceros pesados, todos cazando mercantes, solitarios o de a pares, y si había que operar en el Canal de la Mancha o el Mar del Norte, muy protegidos por un nubarrón de cruceros rápidos, de destructores y de aviones de caza.

La novedad en esta flota minúscula y formidable eran los acorazados de bolsillo, los Panzerschiffen Deutschland, Admiral Scheer y el Admiral von Spee. Ateniéndose al tratado del armisticio de 1919, declaraban un desplazamiento máximo de 10.000 toneladas, una cifra más falsa que dólar rojo, porque con combustible y munición andaban en las 16.000 toneladas.

Los ganadores de la Primera Guerra se hacían los idiotas, conscientes de que no les daba el cuero, ni en lo industrial ni en lo político para frenar el resurgimiento de equipos militares del Führer. Y esas unidades «de bolsillo» estaban haciendo estragos. Entre ellos y a la cabeza, el Panzerchieff Admiral Graff von Spee, destacado en el Hemisferio Sur en plan dueño de casa, ya que en este barrio de abajo del mundo la inmensa Royal Navy casi no pintaba.

Los Panzerschieffen no eran cruceros pesados. Eran una nueva clase de bestia: castillos flotantes capaces de rendir 30 nudos, inmunes casi a toda artillería naval por su envoltorios de múltiples y espaciadas corazas de acero, operativos hubiera noche, lluvia o brillara el sol, dotados de los primeros radares de mar, y y equipos de telecomunicaciones cuyo encriptado en la maquinita Enigma variaba cada 24 horas. Y por si fallaba el encriptado, llevaban 6 desaforados cañones de 11 pulgadas, es decir 280 mm. de diámetro.

En las cabezas nibelungas de Räder, lo importante eran el terror ajeno y la gloria propia. Si las cosas se le jodían a las escuadrillas que amurallaban los acorazados grandes, cada capitán de un Panzerschiff seguía con su negocio habitual: cada cual por su cuenta y a entregarse a operaciones de corso. Y si las cosas les salían muy mal, correr a refugiarse en los fiordos inviolables de Noruega, que de puro hondos y cerrados resistieron 4 años de ataques aéreos y navales.

Los Panzerschieffen no integraban manadas. Eran cazadores solitarios, guerrileros blindados ocultos en la vastedad de los océanos. La fuerza de las cosas llevó a lo mismo, o al menos a intentar lo mismo, a naves capitales el Prinz Eugen, el Graff von Tirpitz o el Bismarck. La Kriegsmarine tuvo que confiar en que guerreando sin ayuda podrían comerse cruda a cualquier fuerza con que los británicos les salieran al cruce.

Si eras el capitán del von Spee, el Gross Admiral Räder y su patrón, el Führer, te pedía solamente que sembraras el caos en la navegación mercante que hacía funcionar a Gran Bretaña. Y eso hasta que por fin los malditos ingleses aprovecharan que sus comunicaciones por cable eran físicamente casi inviolables, pero las tuyas, transmitidas por aire, no.

Y entonces te engañaban con instrucciones fragmentadas expertamente truchadas. Te mandaban adonde te estaban esperando.

Y si entonces, emboscado, tu única opción era pelear hasta quedarte sin municiones, sin hombre y sin barco, e irte con él al fondo tarareando, wagneriano, la Walkürienritt.

Aquello le había pasado en 1914 al Admiral Graff von Spee, y le volvió a suceder tal cual en 1939 cerca, muy cerca de Buenos Aires, al barco que llevó su nombre.

Las comunicaciones de la Royal Navy eran bastante inviolables en los físico: corrían mayormente por cables de un cuarto de metro de grosor tendidos a entre 4000 y 5000 metros de profundidad por los fondos oceánicos. Pero para dirigir sus escuadrones en alta mar, la Royal Navy debía usar la telegrafía inalámbrica, protegida tan sólo por la encriptación.

A los alemanes los protegía el software, no el hardware. Los ingleses tenían ambas cosas, y eso les permitía, a la hora de las transmisiones por aire, dejarse espiar por los desencriptadores de la Kriegsmarine y meterles el perro. En ambas grandes guerras, los británicos probaron ser virtuosos en el arte del engaño.

Räder no era ningún idiota ni un flojo. Había peleado bravamente en los tres grandes combates navales de la Kayserliche Marine en 1914 y 1918, ganado prestigio y una parva de condecoraciones por su valor, su frialdad en peligro extremo y su vacía como organizador y táctico… y no había aprendido nada.

Dönitz, tipo de mirada mucho más estratégica a fuerza de pobre y de submarinista, se odiaban minuciosamente, casi con amor, y vivían conspirando el uno contra el otro.

El que probó saber cuántos pares son tres alpargatas fue Dönitz, pero recién en 1943 pudo demostrarlo.

Los historiadores caen fácil en la idiotez de creer que los alemanes cojean siempre del lado del gigantismo. No es así. En general, cuando les da por ese lado es porque no tienen más remedio. Pero cuando no tienen más remedio, agarrate Catalina. Räder tampoco era un tipo vacío de estrategia. Su idea de grandes barcos terribles, pero pocos, sueltos por los mares era perfecta para obligar a la Royal Navy a dispersar por el planeta sus 9000 activos navales.

Eso hasta podría haberles dado buenos frutos. Tampoco es cierto que, al igual que los británicos, estadounidenses, franceses y belgas, los alemanes carecieran de cables suboceánicos. Y muy buenos, como casi todo lo que fabrica Siemens. Pero en la última milla, allí donde desembarcaban en alguna playa barrosa… en fin, tendían a romperse. Vaya a saber por qué. Verdammte Unterseekabel!

La guerra de fondos, esa que los historiadores británicos están adiestrados para ignorar con fruición, aunque haya pasado tanto tiempo, seguía existiendo y en Europa, salvo por España e Italia, Alemania tenía pocos amigos. De yapa, los nibelungos se habían quedado sin colonias y puertos coloniales propios en toda África y Asia. Sus pocos y potentes salteadores del mar dependían nuevamente del tausendfach verdammter verschlüsselter Telegraph. Y la pérfida Albión estaba parando la oreja.

En realidad, odiaban el telégrafo inalámbrico, y por buenas razones.

La ut supra mentada pérfida Albión había mudado sus analistas de «signals», códigos navales de guerra desde la habitación 40 de la Admiralty House en Whitehall, a una mansión rural más bien fea de Bletchley Park, a unos 82 km. de distancia. Los crackeadores eran una pequeña multitud, sobre todo de mujeres de clase media adictas a los crucigramas, y se agolpaban en las llamadas «huts» (es decir chozas) 8 y 4 de la finca. A ojos del espía alemán bisoño, esto podía ser prueba de que la inteligencia de la Royal Navy estaba para atrás.

Pues no. Como suele suceder con todo lo inglés, las cosas eran más complejas. La capacidad instalada en cerebros humanos no estaba en chozas, y la capitaneaba el megamatemático Max von Neumann, diseñador de Colossus, la primera computadora programable de la historia humana. La construyó un equipo de investigación del laboratorio del Post Office, como quien dice el Correo Argentino AM (antes de Macri), sus valvulas de vació desprendían tanto calor que el aparato no podía apagarse nunca, porque se hubieran rajado casi todas por la termocontracción.

Producía calor como para calentar varias habitaciones y servía para todo lo que entrara a Hitler por orejas y le salíera por boca, lo que dependió primero del mentado Erich Räder y luego de Karl Dönitz. El encargado de romper los códigos, renovados día a día de la maquinita mecánica de encriptación de un tal Lorenz, compacta y linda como una inocente máquina de escribir.

Esa maquinita hermosa y limpia de todo cableado incómodo sirvió para blindar en cambiantes galimatías llamados código Enigma, hundió centenares de miles de toneladas de mercantes salidos desde las Américas llenos de vituallas, combustibles y armas con destino a Inglaterra. Los mensajes eran instrucciones a los submarinos de la Kriegsmarine para interceptar los convoyes.

Y el que rompía constantemente los códigos eran decenas de adictas a los acertijos y crucigramas, dirigidas por el genial megamatemático (y atleta) Alan Turing. Se dice que su trabajo acortó un año la guerra, pero son bolazos: eso fue una obra colectiva. Un director no hace nada sin una orquesta.

Y AQUÍ TALLAN LAS MALVINAS

Como apostadero remoto, las islas demasiado famosas seguían siendo un buen modo de la estrategia alemana para campear en los océanos del hemisferio sur. Y lo hicieron de un modo pasivo, con muy poco desgaste de hombres y de fierros.

En las islas se ocultaba un buen crucero pesado pero veloz, el HMS Cumberland: cañones de 8 pulgadas (203mm) en torretas. Disparaban proyectiles perforantes de alrededor de 116 kg a 28 km. de distancia. Muy loable, aunque los cañones del Spee eran menos pero mucho mayores, de 283 mm. Sumaban 6, repartidos en dos torretas triples.

El Cumberland estaba al acecho, las calderas tibias y los marineros fumando tranquilos sus pipas en el silencio de Port Stanley. Podía acudir en 48 o 72 horas a cualquier lugar del Atlántico Sur no bien sonara la alarma de la aparición del Spee.   

El 14 de diciembre de 1939, a los 103 años de que perdiéramos (por primera) vez las Malvinas, sitio tan digno de olvido si no tuviéramos tantos argentinos muertos en ellas o por ellas, su indiscutible utilidad geopolítica volvió a corroborarse. Esa fecha volcó contra Alemania la primera batalla naval de la 2da Guerra Mundial. Que no se ganó tanto por cañones como por comunicaciones.

De comunicaciones ya se habló de sobra. Hablemos de caños y de personas. Concretamente de una, y muy admirable, Hans Langsdorf. Un escuadrón de sólo tres cruceros, uno pesado y dos livianos (los HMS Exeter, HMS Ajax y NZD Achilles) emboscó finalmente al Panzerschieff Graf von Spee. Su Graciosa Majestad, con oídos en todo el planeta, había reunido de apuro a esa pequeña jauría naval para darle mastuerzo al bloody Hun.

Los cañones que se usaron aquel día no eran moco de pavo, pero los del bloody Hun eran prodigiosos. Mi viejo, a la sazón un atlético pelirrojo de 28 años, salió temprano de su laburo en el microcentro, junto con miles de otros porteños en mangas de camisa por el calo. Se quedaron horas junto a la estatua de las Nereidas escuchando los cóncavos retumbos que llegaban desde río adentro, provenientes de más de 300 kilómetros de distancia. Los vendedores de helados, de cerveza Quilmes Cristal y de naranja Bilz del balneario de Costanera Sur vendían sus existencias en minutos y repostaban sin preguntar el precio en la cervecería Munich, mientras dos naciones se mataban en el estuario.

El bloody Hun aquel día fue un jabalí atacado por un mastín y dos boxers. En una hora y media, el Exeter quedó hecho un pontón, arrasado hasta la línea de cubierta, privado de puente, de castillo, de torretas, de radar, de telemetría de apuntamiento visual y de comunicaciones, aunque a flote de algún modo. Vapuleados, vengadores y valientes, el Ajax y el Achilles persiguieron al Spee, que se desangraba a espuertas de búnker oil en las aguas marrones del estuario, pero guardando distancia.

El cuero ya no le pedía biaba a casi nadie. Los anglos cerraban el día con 72 muertos y 47 heridos, la mayoría en el Exeter.

El casi milagroso acorazado alemán ya no tenía castillo de proa, ostentaba 24 impactos dicen unos, casi 70 dicen otros, cargaba con 36 muertos y 60 heridos y claramente no le daría aguante para intentar un regreso a través del borrascoso Atlántico invernal hasta Alemania. Eso, sumado a la Royal Navy. Entre los heridos figuraba el capitán, Hans Langsdorff, con dos astillazo de metal.

El Spee tenía las torretas con sus 6 cañones intactas de 280 mm. intactos: todavía estaba para dar pelea, aunque al cuete. Langsdorff pidió al gobierno uruguayo las 48 horas de cuartel obligatorio por ley internacional en el apostadero nava de Montevideo, donde lo esperaban decenas de ambulancias uruguayas de la asistencia pública, miles de asombrados mirones, y diplomáticos y espías de su propia embajada. Langsdorff se bajó del Mercedes negro vendado y rengueando para dar su informe y pedir instrucciones.

Entre tanto, el HMS Cumberland llegó jadeante desde Malvinas para cerrar, junto a los descalabrados Ajax y Achilles, todas las posibles rutas de escape del escape hacia el Atlántico del Spee. Era un corralito precario, habida cuenta de la potencia de fuego intacta del acorazado alemán. Cada obús del Spee llegaba a 36,5 km. y pesaba 300 kg.

Si el Spee lograba cruzante por frente como el palito de la T, y te disparaba en simultáneo con las dos torretas de 3 cañones cada una, te hacía llover encima 1,8 toneladas de acero y explosivos con cada volea por lateral. Y según pegaba desde 20 km. de distancia, casi fuera de distancia visual, debía tener una telemetría óptica y un radar de los buenos.

Si Langdorff decidía volver a la batalla, aún con el Cumberland ya sumándose al bloqueo, la escuadrilla británica tenía amplias posibilidaes de terminar en el fondo del estuario, aunque el Spee también.

Ahí es donde el attaché naval de la embajada alemana fue perreado por la inteligencia naval inglesa. En Berlín habían recibido un parte inglés fragmentado pero debidamente según la criptografía de aquel día. Londres Informaba al derrengado escuadrón británico que se mantuviera en espera a la salida del estuario, donde el agua no se decide a ser barrosa o azul, y hay casi 15 metros de profundidad. Ya se sabe quién ganó. Lo importante fueron el cómo y el porqué.

EL CÓMO Y EL POR QUÉ

La espera de los resultados fue larga, y los diarios germanófilos de la Argentina daban por sentado el triunfo del Spee. Juan Domingo Perón, aún no era presidente, pero sacaba y ponía presidentes y les daba el libreto. El gobierno argentino se mantenía silencioso pero atento. Córdoba estaba a punto de anotarse dos ciudades «llave en mano», hoy muy cerveceras y turísticas.

Pero estoy adelantándome demasiado.

Pese al lobby desesperado de la embajada alemana sobre el presidente de la república oriental, general Alfredo Baldomir, para ganar tiempo extra y reparar los peores daños del Spee, Baldomir otorgó las 73 horas estrictas de cuartel un cualquier puerto neutral, según convenciones de la Haya. Langsdorff estaba obligado a dejar Montevideo sin tiempo ni materiales para remendar un poco los muchos descosidos del Spee.

Se quedó con algunos oficiales y botes e hizo bajar por planchada a sus 1150 de sus marinos, heridos incluídos, y a los casi 300 tripulantes de los 9 mercantes que había interceptado y hundido en sus 3 meses de campaña. Entre los prisioneros no había heridos. Habían estado presos en el rancho de marineros del Spee, y tratados bien. La comida escaseaba y ocasionalmente Langsdorff, para indignación de sus propios oficiales, dejaba subir a los asombrados oficiales presos al puente de mando, «pa´ver».

El capitán del Spee mostró más inteligencia y humanidad que su antecesor y enemigo, el contraalmirante Sir Christopher Craddock, 25 años antes, frente a la isla chilena de Coronel. Ateniéndose a órdenes absurdas, la salió al cruce Craddock, les recuerdo, con una escuadrilla de miserias y risa, eligió salirle al cruce a la potente flota de mar del Pacífico a la Kriegsmarine, decidido a luchar «for King and Country» hasta la muerte.

Y lo logró plenamente.

No sobrevivió ninguno de sus barcos de batalla, ni ninguno de sus tripulantes. 1660 ñatos, todos al fondo, pero qué heroísmo, qué huevos, dirán los giles. Del lado germánico de la ecuación. tres heridos. Y todo para nada. Primer derrota naval británica desde que Lord Horace Nelson, un desobediente crónico, usara esa ventaja militar sobre los disciplinados para darle matarile a la flota combinada francoespañola en Gibraltar.

Desobedeciendo a su vez Berlín, Langsdorff se negó a hacer matar a toda su tripulación en una batalla que pensaba suicida. Tales fueron las órdenes rajantes del Fúhrer, y ya ahí ya se supo, al toque de iniciada la guerra, que el Bigotito estaba bastante crazy y que era un líder de mierda.

Bletchley Park le había vendido a Berlín que estuario afuera lo aguardaba al Spee una escuadra avasallante, que incluía al portaaviones HMS Ark Royal y al acorazado HMS Renown. Pescado podrido puro, al menos para aquella fecha.

En aras de salvar a sus hombres de una idiotez grandiosa al estilo Craddock, Langsdorff hizo evacuar su barco, lo sacó de puerto con una tripulación esquelética y lo dinamitó frente a Montevideo. Los esqueléticos se subieron a los botes, chau. Oficiales, suboficiales y marinería en número de 1000 fueron evacuados a Buenos Aires, y de ahí a Córdoba por órdentes de… bueno, Perón himself. El Viejo siempre fue ducho en tolerar a los alemanes, que le caían bien, y bancarse a los ingleses, que le caían atravesados, mientras la Argentina no se jodiera.

Los últimos 67 tripulantes de otras banderas capturados por Langsdorff en sus fulminantes tres meses de campaña, más pasajeros que prisioneros por el trato recibido, fueron puestos en libertad sin ningún requisito.

El Spee, expertamente eventrado y con todas las esclusas abiertas para inundarse parejito, se fue yendo al fondo sin prisas en horizontal, nada de levantar dramáticamente la popa en el aire para la foto. Hasta hoy sigue ahí, asentado a 11 metros de profundidad en el barro, a 27 kilómetros de la rada de Montevideo. El cuidadoso Langsdorff tuvo hasta la delicadeza de no obstruir las vías de navegación.

En 1940, la diplomacia británica coimeó al general Baldomir para unas noches oscuras de salvamento y vista gorda, y los buzos de la Royal Navy se alzaron con lo que pudieron del cadáver subfluvial del Spee.

Durante muchos años, los mástiles sobresalieron apenitas del agua marrón del Plata, a medida que los indiscutibles tornillos de la gravedad fueron ajustando sus 16.000 toneladas reales (10.000 declaradas) en el fláccido sedimento. Deseoso de un «scuttling» irreversible, Langsdorff había rajado su barco al medio como una sandía. Nadie lo reflotaría jamás. No era cosa de que sus sistemas admirables de puntería óptica y de radar, que le costaron 72 muertos y 28 heridos a la escuadrita inglesa, fueran a caer en manos británicas.

Hitler, se dice, se puso violeta de furia al enterarse. Se abstuvo de un buen «Sipperhaft», esa práctica de exterminar las familias de los oficiales muertos que le hubieran desobedecido. En este caso, habría sido un segundo desastre de propaganda.

Luego, en Buenos Aires, como para dejar en claro que lo suyo no era la sumisión ni había sido la cobardía, Langsdorff en su habitación de hotel se vistió de gala, se extendió sobre la bandera de la Keyserliche Marine (nada de cruces svástikas para este caballero) y se pegó un corchazo en el mate.

En Argentina se le dieron funerales de estado (Perón, ¿quién otro?), y no faltó el agregado naval británico para rendirle un callado pero emocionado homenaje.

«La muerte de los valientes/ toda la creación agranda», había escrito mucho antes el poeta gauchesco Hilario Ascasubi pensando en el escocés Francis Drummond. Aquel fue otro capitán de los buenos. Murió en brazos de su suegro, el irlandés William Brown en 1827, tras la derrota de la Confederación de las Provincias Unidas del Río de la Plata ante el Imperio de Brasil. Eso fue frente a las costas de Ensenada, puro pajonal.

Sí que corrió sangre brava por estas aguas marrones.

En sólo 3 meses de campaña, el Spee había hecho estragos en la navegación comercial de los océanos Índico y Atlántico Sur, con 9 cargueros de diversa bandera apresados y hundidos. Es fama que Langsdorff, en lugar de librar a su suerte a aquellas tripulaciones civiles, las había albergado en el rancho de tripulantes y de suboficiales del Spee.

Los trató bien aunque tuvo que bancarse los gruñidos irritados de su propia gente. Le gustaba codearse un poquito con los prisioneros, dejaba a veces que los oficiales capturados subieran al puente, y cuando ya se la acababan la comida y el agua los fue desembarcando en puertos ínfimos y aislados del Índico, donde la inteligencia británica no tuviera agentes, cónsul o telégrafo a mano. El único puerto en el que realmente para recaló terminó siendo el último.

COROLARIO DE ESTA HISTORIA

Durante el resto de la guerra, la población inglesa tuvo un flujo irrestricto de trigos y carnes congeladas desde ambas bandas del Plata. Con su flota mercante a salvo de ataques de submarinos alemanes, la Pampa Húmeda argentina fue la panera y el “freezer” de Gran Bretaña, lo que volvió casi tolerable el durísimo racionamiento alimentario.

Winston Churchill habló pestes de la disimulada germanofilia del gobierno argentino durante la 2da Guerra, pero poco y nada de cómo eso evitó hambrunas en Inglaterra en lo peor de la “Batalla Atlántica”, entre 1941 y 1942. Bueno, era Churchill.

La Kriegsmarine no volvió jamás al Atlántico Sur, salvo con submarinos que enloquecieron a nuestros primos brasucas, incluso antes de que Getulio Vargas, indeciso hasta 1942, terminara por plegarse al bando aliado, en parte harto de que los submarinos nazis le hundieran mercantes. De modo que salvo para los reclutas kelpers que marcharon a la guerra en otros frentes, el archipiélago regresó a su agreste y ventoso aburrimiento.

Hasta 1982. 

Todo este rollo puede parecer innecesario y largo, pero no hay marina de guerra en el mundo en cuyas academias no se enseñe esta historia, con pocas variantes. Las Malvinas, tan bien ubicadas y llenas de puertos profundos y abrigados, con incluso un buen pastizal plano en el medio de la Isla Soledad para una base aérea en Mount Pleasant, ese archipiélago que sólo exporta pescado y licencias de pesca, es un activo estratégico fabuloso.

En manos británicas, es el sitio perfecto para atacar por aire y por mar, y capturar, Tierra del Fuego, Santa Cruz y Chubut. Acordonado tecnológicamente por la Argentina, las cosas se les ponen más difíciles a los johnnies.

Hoy las Malvinas constituyen el único enclave aeronaval indiscutido de la OTAN en el Atlántico Sur para bloquear por mar y aire la navegación china a través del estrechos de Magallanes, o el mucho más ancho y ríspido, el de Drake. Y lo de indiscutido ya lo veremos…

Las Malvinas como dijo Churchill de la isla de Malta, son “un portaaviones de piedra”. Ése sí que nos jodió la vida, pero escribía bonito.

Con el recalentamiento global, ese portaaviones cuida intereses adicionales: el derretimiento de los hielos flotantes y de los glaciares antárticos se está volviendo la pesadilla de casi todas las ciudades costeras del mundo. Pero a las mineras y petroleras les abre el acceso al único continente geológicamente virgen del planeta.

La Antártida está protegida precariamente de estas industrias extractivas (y de los reclamos de soberanía tanto de países vecinos como de potencias distantes) por el Tratado Antártico de 1959. Pero nadie puede dar certeza de que este papelito siga vivo de aquí a 20 o 30 años. Se firmó en un mundo bipolar, donde existía la Unión Soviética, Gran Bretaña todavía retenía pedazos de su imperio, y  China, la India y Brasil no movían el amperímetro.

Hoy sí que lo mueven. Si el tratado es impugnado, y lo será, pintarán reclamos de propiedad, incidentes diplomáticos y militares, y habrá guerra. Según el presidente Trump, un ricachón inmobiliario, nuestro país es un estado más, medio austral pero bien situado, de su propio país. Piensa lo mismo de Canadá, pero al menos allí lo putean y boicotean los productos «made in USA».

Empresas mineras y tecnológicas con más plata y armas que cualquier país sudaca se trenzarán a daga para repartirse los pedazos del Continente Ya No Tan Blanco.

Mi problema -también el suyo, lector- es que esto nos agarra tras perder miserablemente una guerra, derrota que hemos pagado con 43 años de desarme militar y la pérdida suicida de nuestras industrias de defensa.

Nos sacaron tarjeta roja y lo estamos aceptando como idiotas. En penitencia, ya no fabricamos aviones, turbinas, computadoras, equipos electrónicos, barcos civiles o militares, submarinos, tanques y cañones. Ya no fabricamos un carajo. En eso nos parecemos un poco a los EEUU.

Peor aún, siendo casi gratis, no fabricamos drones. Peor aún, nuestros almirantes no tienen puta la idea de que fue la guerra de fondo la que decidió ya las dos batallas navales más épicas del siglo XX, las que decidieron el destino de dos guerras casi de movida.

La imbecilidad no es militar sino social. Los partidos autodenominados «de centro», como el PRO, conspiran exitosamente contra nuestro desarrollo nuclear a través de la privatización de sus empresas, como NA-SA, o el aniquilamiento de otras con buenos quilates en Defensa, drones, sistemas antidrone y radares civiles y militares, terrestres, móviles y espaciales, como INVAP.

La ultraderecha libertaria está matando nuestro desarrollo científico e industrial, ése que decidió la victoria de las armas aliadas contra las del eje en la última guerra mundial. Y nuestro último sistema de comunicaciones militares difícilmente interferibles, la línea de satélites geoestacionarios ARSAT, fue cerrada por Macri y nunca más resucitó.

Cables submarinos propios, no tenemos. Barcos de guerra de fondos que permitan espiar, interferir o arrancar los cables de nuestros adversarios, tampoco.

El despliegue continental de la REFEFO (Red Federal de Fibra Öptica) que hizo de ARSAT la primera compradora mundial de cables ópticos entre 2009 y 2012, murió con Macri. Nadie quiso continuarlo desde entonces en forma submarina, para cablear el millón de kilómetros cuadrados de nuestra plataforma continenta. Ni siquiera para detección y ubicación de navegación pesquera pirata o ilegal. No de navegación hostil, porque según casi todo gobierno subsecuente a la catástrofe de 1982, no tenemos. Haceme reir.

No hay nada que inventar, sólo es copiar la red SOSUS con la que la OTAN estorbó desde los años ’50 el tránsito de submarinos soviéticos a través de sus dos únicas salidas al Atlántico, y hoy lo hace con los rusos. Aquí, eso es construir otra REFEFO ya no en seco sino bajo el agua, y dotarla de hidrófonos y sensores de presión. Una obra bastante barata, que signifique «te estamos mirando, gringo».

Una obra atada a otra obra más móvil: diseñar, fabricar y desplegar drones submarinos furtivos «durmientes» en los fondos de la Plataforma. INVAP y nuestros astilleros -si sobrevivió alguno- podrían dar la talla. Toda nave militar que se meta en nuestras aguas sin pedir permiso, sabrá «te estamos mirando y tal vez incluso apuntando, gringo».

Citando al almirante Hyman Rickover, creador del Nautilus, primer submarino nuclear del mundo, por su capacidad disuasoria es mejor un submarino en el mar que una bomba en el sótano. Sólo que los submarinos carísimos y tripulados son un arma infalible, pero en la guerra naval del siglo XX.

Despiértense, argentos. Estamos en el siglo siguiente, dueños de territorios que no podemos defender, y en pelotas.

Mi pronóstico, por lo que vale: incluso si el achicamiento económico, diplomático y militar de Inglaterra volviera impagable su permanencia en Fortaleza Malvinas, cosa que está ocurriendo desde 2000, Estados Unidos tomaría su lugar rápido, a cara de perro. Y por primera vez, con Argentina y Brasil mostrándole los dientes. Quiero ver ese día, o que lo vean mis hijos. Será el final de nuestro «Siglo de la Humillación».

Sí, claro, por ahora la Argentina no tiene dientes que mostrar.

Pero todavia somos (un poco) hijos de Brown. Si conozco a mi país, ya le volverán a crecer.

DANIEL E. ARIAS