Se acabó lo que se vendía. Incluso se acabó lo que se pirateaba. Me refiero al «know how» nuclear argentino, conocimiento finito, minucioso y detallista de decenas de tecnologías distintas que confluyen en nuestro «savoir faire» atómico. Ese diferencial argento de saber hacer, y cómo hacerlo y por qué. Éso que nos permitió volvernos un exportador nuclear mundial. Eso que nos permitió sacar del ring a los EEUU.
A añadir, Canadá, la UE, Corea, China, Japón e incluso Rusia. Repetidas veces. Le hemos ganado licitaciones por reactores nucleares a todos ellos. A pura prepotencia tecnológica, diría Roberto Arlt.
Si Ud. es argento y no lo sabía, mala suya. Despiértese de una puta vez, compatriota, porque una pequeña y maloliente cáfila de turros acaba de hacer legal el desvalijarnos. Afanarnos en forma consentida conocimiento vendible. Y exclusivo.
Y caro. Carísimo.
Desde el 4 de Mayo de este año, es pase y sírvase. Los particulares tienen libre acceso de particulares a los activos y archivos de desarrollos tecnológicos de la Comisión Nacional de Energía Atómica. Así lo dispone el procedimiento administrativo interno (documento normativo PN-PR-GACOYA-002) aprobado el 4 de mayo de 2026.
Básicamente, y sobre todo, estamos hablando de tecnología de materiales especiales: extrusión, maquinado y soldadura en superaleaciones muy intratables, con base de circonio o de níquel de centrales y reactores. También de las planillas de cálculo de la termohidráulica de esas plantas. Las del diseño de componentes electromecánicos en zonas de alta intensidad de radiaciones. Las de la metalurgia del uranio disuelto en aluminio, y también los cálculos de resistencia térmica y mecánica de las cerámicas de uranio. Todo lo que nos hace Gardel en materia de combustibles nucleares.
Hablo también del hardware y del software de los sistemas de control de plantas nucleares, desde los reactores producción que fabrican radioisótopos, a los de investigación, que fabrican ingenieros, físicos y químicos nucleares. Y a los multipropósito, como el gigantesco PALLAS que vendió INVAP en Holanda (los yanquis ni se presentaron).
Hablo de los sensores de esas plantas, y de la electrónica e informática correspondientes, cosas que se desarrollan aquí.
Hablo de las tecnologías de fabricación de agua pesada, la del sulfuro de hidrógeno y la del amoníaco. Son estratégicas. Todavía es imposible de comprar justamente porque es estratégica. Hablo también del despliegue a escala de esa tecnología, del diseño, fabricación de componentes y montaje de sus respectivas plantas industriales.
No sé si sabe, pero tenemos la mayor planta de agua pesada del mundo, cada tonelada de ese líquido se vende a U$ 680.000 dólares. Construirla fue un via crucis. Está en Arroyito, Neuquén, a orillas del embalse. Y está al cuete desde 2017, cuando Macri la cerró.
Le hablo de la metalurgia de aleaciones bastante insólitas de acero, de titanio, de zircalloy, de base de circonio, y de incolloy, con base de níquel. La de las propiedades industriales que se generan cuando se bombardea con iones pesados una superficie, de estos metales y de otros. La de los metales con memoria. Las de aleaciones en condiciones físicas extremas de radiación, de temperatura, de carga, de presión, de conducción eléctrica, de conducción térmica.
Hablo del diseño de plantas de radioquímica donde se extraen radioisótopos artificiales para la medicina y la industria. Esos radioisótopos cerrarán ventas de entre U$ 7600 y U$ 8200 a fin de 2026. Hablo de la química para unirlos como radiomarcadores a moléculas bioactivas, como los anticuerpos monoclonales, que en los últimos 40 años dieron vuelta el panorama mundial -y las perspectivas del paciente- en diagnóstico y tratamiento oncológico, cardiovascular, neurológico, y siguen las especialidades.
Hablo de las mútiples tecnologías de sistemas de radioprotección, los físicos y los químicos. Somos autoridad mundial en eso.
Lo nuclear en la Argentina es un mundo, una biblioteca de Babel como la que imaginó Borges, con un catálogo infinito, e infinitos catálogos de los catálogos. Pero la nuestra, aunque inmaterial, es real. Y es vendible.
Son las cosas que hacen que la industria nuclear sea la más industrializante de todas las industrias. Son miles y miles de detalles que diferencian al comprador forzado o al usuario bobo de tecnología nuclear, del diseñador, constructor, fabricante y exportador.
Son los miles de secretos de cocina tecnológicos que nos permitieron ganar plata y prestigio. La investigación pura se publica en revistas y se vuelve conocimiento público. La tecnología no, y menos que menos la que es estratégica. Se vende. Y cara. Y no siempre.
Dice el Poder Ejecutivo que entregar secretos industriales gratis es (textual) «reducir el financiamiento estatal directo en áreas científicas y fomentar modelos de negocios transversales gestionados por el sector privado».
El negocio nuclear no es la venta de fierros sofisticados. El negocio nuclear es la venta de tecnología.
¿Y cómo vamos a hacer para que nos paguen la tecnología que regalamos?
No me alarma la imbecilidad de esa idea. No me sorprende lo vendepatria que hay que ser para haber imaginado, escrito y firmado ese procedimiento administrativo.
Lo que me espanta es que esto no se sepa.
Me espanta que a los que sí saben les resulte soportable.
Daniel E. Arias


