La era del descontento

Reflexiones preocupadas desde Washington:

(Esta semana el editor prefiere librarlos de sus habituales reflexiones. Me parece mejor acercarles éstas, desde el Hemisferio Norte. Un diagnóstico no muy distinto del que podemos hacer desde el Sur).

La semana pasada Gran Bretaña nombró a su séptimo primer ministro en apenas una década. Francia ha tenido casi la misma cantidad en solo unos pocos años. Su próxima presidenta bien podría ser Marine Le Pen, alguna vez marginada del sistema político. En Alemania, la ultraderechista AfD, que hace apenas unos años era una fuerza minoritaria, encabeza ahora las encuestas. Incluso las democracias de Asia oriental —consideradas a menudo estables, cautelosas y hasta aburridas— han visto cómo los gobiernos de Japón, Corea del Sur y Taiwán enfrentaban crecientes dificultades en medio del malestar social. Y allí donde gobiernan los populistas, la situación no parece muy diferente. Donald Trump ronda actualmente uno de los índices de aprobación más bajos de cualquier presidente estadounidense moderno a esta altura de su mandato.

¿Pueden funcionar las democracias actuales?

En todo el mundo democrático, muchos países recaudan, se endeudan y gastan cantidades exorbitantes. El gasto público representa ahora, en promedio, más del 40% del producto bruto interno en los países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, mientras que la relación entre la deuda del gobierno central y el PBI en esas naciones se ha más que duplicado en los últimos 30 años. Sin embargo, la población no parece sentir que se haya beneficiado.

Un cliente compra alimentos en un supermercado de TokioYUICHI YAMAZAKI – AFP

¿Por qué ocurrió esto? Parte de la explicación es económica. La vivienda cara, los ingresos estancados y la creciente desigualdad alimentaron la indignación social. Pero la economía es solo una parte de la historia. Estados Unidos ha registrado un crecimiento más sólido que la mayoría de las demás economías avanzadas. Francia, bajo la presidencia de Emmanuel Macron, redujo el desempleo y atrajo más proyectos de inversión extranjera que cualquier otro país europeo durante siete años consecutivos, según un análisis de Ernst & Young. Corea del Sur es una historia de éxito económico. Japón estaba atravesando una recuperación. Y, sin embargo, los gobiernos democráticos son impopulares prácticamente en todas partes.

La explicación más amplia es que estamos viviendo una de las grandes revoluciones tecnológicas de la historia. Y estas transformaciones siempre generan una profunda ansiedad y temor.

La última transformación tecnológica de esta magnitud ocurrió aproximadamente entre 1880 y 1920. La electricidad, el teléfono, los ferrocarriles, el automóvil y el cine alteraron industrias enteras y formas de vida. Millones de personas abandonaron el campo para mudarse a las ciudades. El comercio mundial trastornó las economías locales. Nuevas fortunas aparecieron de la noche a la mañana, mientras desaparecían antiguos oficios. En medio de esa agitación, la frustración y la ira encontraron cauces políticos. La izquierda se volcó al comunismo; la derecha, al fascismo. Lo que siguió fueron nuevos movimientos de masas, convulsiones culturales y una guerra mundial.

Una protesta de la coalición “No al G7”, integrada por más de 60 asociaciones, en GinebraFABRICE COFFRINI – AFP

Nuestra propia revolución es digital, no eléctrica. Comenzó con las computadoras, siguió con Internet, los teléfonos inteligentes y las redes sociales, y ahora llega a la inteligencia artificial. Esta última podría resultar la más transformadora de todas. Como afirmó la semana pasada Demis Hassabis, de DeepMind: “En esencia, hemos encontrado una manera de hacer que la arena piense”. Los chips de silicio están hechos de arena. La capacidad de producir inteligencia en masa —una inteligencia que se vuelve más poderosa cada mes— es seguramente el mayor triunfo tecnológico de la historia. Pero eso también significa que podría ser el más disruptivo.

El gran politólogo Samuel Huntington observó que “el principal problema de la política es el retraso en el desarrollo de las instituciones políticas respecto de los cambios sociales y económicos”. Las transformaciones a gran escala generan ansiedad. Y las sociedades ansiosas les exigen más a la política. Los ciudadanos quieren que sus líderes restablezcan el orden, brinden seguridad y los ayuden a recuperar una sensación de control sobre fuerzas que parecen estar cada vez más fuera del alcance de todos.

Pero, mientras la tecnología actual eleva drásticamente las expectativas, también hace que los gobiernos democráticos parezcan menos capaces en comparación.

Robots humanoides de Unitree Robotics bailan durante la jornada inaugural de la primera tienda de experiencias de inteligencia incorporada de Asia, en ShangháiJADE GAO – AFP

Pedimos un auto y llega en tres minutos. Un paquete se entrega el mismo día. La inteligencia artificial responde preguntas complejas en segundos y realiza en pocos minutos trabajos que antes llevaban meses. Naturalmente, los ciudadanos comienzan a esperar una eficiencia similar por parte del Estado. Pero la democracia no está diseñada para actuar con rapidez. Está diseñada para garantizar legitimidad. Negocia, alcanza acuerdos, consulta a los tribunales, protege a los grupos vulnerables y equilibra intereses contrapuestos. Esas salvaguardas son precisamente lo que distingue a la democracia del autoritarismo. Sin embargo, en una época moldeada por la velocidad vertiginosa de la tecnología, cada vez se parecen más a una parálisis.

Las redes sociales amplían esa brecha. Cada error gubernamental se vuelve visible de inmediato. Cada decepción se convierte en una polémica viral. Cualquier ciudadano frustrado puede movilizar a miles de personas antes de que los gobiernos siquiera hayan comenzado a responder.

Esto ayuda a explicar la extraña trayectoria del populismo moderno. Políticos como Trump, Jair Bolsonaro en Brasil, Javier Milei en la Argentina y otros llegaron al poder prometiendo derribar los bloqueos institucionales. Sin embargo, una vez en el gobierno, la mayoría se encontró con la misma realidad que enfrentaban sus predecesores. Los insurgentes de hoy se convierten rápidamente en los gobernantes decepcionantes de mañana.

Bolsonaro y Milei durante la conferencia CPAC Brasil, en Camboriú, estado de Santa CatarinaEVARISTO SA – AFP

La población no parece haber perdido por completo la confianza en la democracia. No les ha dado la espalda a las elecciones, las constituciones ni los tribunales independientes. Pero está profundamente insatisfecha con el funcionamiento de los sistemas democráticos. Las democracias deben volver a demostrar que pueden construir viviendas e infraestructura, modernizar los servicios públicos, gestionar el cambio tecnológico, reducir la desigualdad y hacerlo con urgencia y eficacia.

La historia ofrece algunos motivos para el optimismo. Las sociedades libres suelen parecer más débiles en medio de las grandes convulsiones tecnológicas porque avanzan lentamente y discuten de manera constante. Sin embargo, con el tiempo, por lo general se han adaptado mejor que las autocracias, precisamente porque pueden aprender, corregir errores y cambiar de rumbo sin violencia ni represión.

Los líderes democráticos no deberían intentar correr más rápido que la tecnología; no pueden hacerlo. Pero sí deberían demostrar, mediante una atención constante y una gestión competente, que las democracias son capaces de ofrecer resultados. Entonces la gente comprenderá que la fricción de la rendición de cuentas y el peso de la legitimidad no son fallas del sistema. Son las características que nos mantienen libres.

The Washington Post

VIALa Nación