El proyecto no busca en las playas actuales. Busca en las que existieron hace entre 8.000 y 100.000 años y quedaron enterradas.
Las tierras raras —o elementos de tierras raras, ETR— son un conjunto de la tabla periódica conocido como lantánidos. Entran en la categoría de minerales críticos junto al níquel, el cobre, el litio y el cobalto: los materiales que van a sostener la transición energética de las próximas tres o cuatro décadas, porque sin ellos no hay aerogeneradores ni motores de vehículos eléctricos. Se estima que la demanda va a duplicarse en los próximos veinte años.
«Uno de los más abundantes es el neodimio, que habitualmente se usa para el desarrollo de motores eléctricos, específicamente para producir unos imanes de alto rendimiento que se denominan superpoderosos, que son muy potentes y no necesitan electricidad, entonces permiten ahorrar mucha energía, y hacen que el motor sea más eficiente y tenga mayor potencia», explica Ernesto Schwarz, investigador del CONICET y director del CIG.
Por qué «crítico» no quiere decir escaso
La palabra crítico induce a error. Las tierras raras no son geológicamente raras: están distribuidas por todo el planeta. Lo escaso es otra cosa —encontrarlas en concentraciones que hagan rentable sacarlas, y sobre todo tener dónde procesarlas.
Ahí está el nudo. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, China concentra entre el 60% y el 70% de la producción mundial y más del 85% de la capacidad global de refinación. El mineral puede salir de Australia, de Brasil o de Estados Unidos, pero el paso que lo convierte en óxidos y metales utilizables sigue ocurriendo, en su enorme mayoría, en territorio chino. Esa dependencia dejó de ser un dato de mercado en abril de 2025, cuando Beijing impuso licencias de exportación obligatorias sobre siete tierras raras y sus productos derivados.
«Por eso, todo el mundo busca saber dónde se encuentran esas tierras raras. El desafío consiste en hallarlas en concentraciones suficientemente altas que permitan una extracción económica y, a la vez, redituable», dice Schwarz. «Entonces, ahí entra la geología para entender dónde están y, eventualmente, cómo poder explotarlas de manera sostenible y con el menor impacto ambiental posible».
Una asimetría argentina
El punto que Schwarz marca con más énfasis no es técnico sino de información disponible. «Nuestro país es un actor principal en lo que refiere a la producción de litio. Sin embargo, cuenta con muy escasa información sobre la presencia de minerales portadores de tierras raras en su territorio», señala. Y agrega la razón por la que eso importa: «Argentina tiene la necesidad de pensar en otras fuentes potenciales de energía y asegurarse su producción, porque es una manera de defender la soberanía, pero adicionalmente se deben establecer límites claros para que esa producción genere riqueza, pero con el menor impacto ambiental posible».
La iniciativa que encabeza junto al grupo de Sedimentología para Exploración y Desarrollo del CIG se financia con el Fondo de Innovación Tecnológica de Buenos Aires (FITBA) y tiene dos productos concretos: mapas interactivos que sirvan de insumo a futuros proyectos de prospección, y herramientas para que las autoridades de control puedan fijar de antemano las condiciones de una eventual explotación.
Pesados, oscuros y acumulados
La geología del asunto es más simple de lo que suena. Los minerales que transportan tierras raras son mucho más pesados que los comunes, como el cuarzo. Cuando una corriente los arrastra, terminan quedándose donde la energía del agua ya no alcanza para moverlos. Se acumulan y se concentran en determinados ambientes sedimentarios. Como además son oscuros, esa acumulación se ve: forma playas de arenas negras.
Ese es el primer indicador a simple vista, y existe en la costa argentina. «Hay registros de playas de arenas negras en la costa de Carmen de Patagones, al sur de la provincia de Buenos Aires», describe el investigador.
Pero ahí aparece el límite que el propio proyecto se puso. Las costas actuales son reservas potenciales importantes y también un ambiente que no conviene tocar: «Cualquier actividad de extracción traería aparejados problemas ambientales muy graves, porque se verían afectadas las dinámicas costeras y cuestiones de la vida humana». De modo que el trabajo se corrió a las paleocostas: los ambientes asociados a playas que existieron en el pasado geológico y hoy están enterrados. «Nuestro objetivo es tener el menor impacto ambiental posible y preservar las playas y dunas actuales, por eso el foco del proyecto está puesto sobre las paleocostas asociadas», explica Schwarz.
Entender cómo funcionaban esos sistemas antiguos permite además interpretar cómo se distribuyeron los minerales pesados dentro de ellos. Es decir: además de datos de un lugar, el proyecto genera un criterio para buscar en otros.
Del campo al mapa, y del mapa a la norma
Buena parte de las paleocostas apuntadas está enterrada en lotes privados dedicados a la ganadería. La municipalidad de Patagones acompañó el proyecto y generó el vínculo con las comunidades locales para destrabar las primeras excavaciones. Las muestras de las extracciones iniciales se están analizando en el CIG y en otros centros del CONICET de la región que tienen instrumental especializado. Son estudios químicos, geoquímicos y mineralógicos: se trata de establecer la composición y cuantificar cuántos minerales pesados hay.
Recién con eso se pueden armar los mapas. «Con la información que obtengamos, la idea es elaborar mapas interactivos, con el detalle de la concentración en cada paleocosta o edad geológica, que sirvan de insumo al municipio o la provincia para comenzar a generar políticas públicas, normativas o manuales de buenas prácticas en potenciales prospecciones o actividades de explotación para cuando, eventualmente, una empresa privada tenga interés en buscar este tipo de elementos en la región», detalla.
El orden de esa frase no es casual y conviene subrayarlo: primero el dato público, después la norma, y recién entonces el interés privado. Es exactamente al revés de como suele ocurrir en la minería argentina.
Schwarz cierra con la escala pendiente. Lo hecho hasta ahora es una puesta a punto de la metodología, pensada para poder replicarse. «Comenzamos por nuestra provincia, porque se dispone de este financiamiento que ofrece el Estado bonaerense. Las costas y paleocostas de Buenos Aires se extienden a lo largo de 800 kilómetros, desde San Clemente del Tuyú hasta la desembocadura del Río Negro, así que tenemos todavía una gran extensión para explorar esta posibilidad a nivel provincial».
Redacción de AgendAR


