Pasaron dos semanas desde que la pelota dejó de rodar en Estados Unidos, pero el Mundial no nos abandona. Las tarjetas rojas vuelan por doquier y las expulsiones o, al menos, el intento de ellas, se multiplican, como el propio presidente de la FIFA, Gianni Infantino, experimenta por estas horas.
El negocio millonario que intentó cerrar con capitales privados -entre ellos el aportado por el hermano de un yerno de Donald Trump- para las próximas Copas del Mundo chocó contra la barrera europea y lo dejó al borde de quedarse afuera de la máxima entidad del fútbol mundial. Si hasta el nuevo primer ministro británico, Andy Brunham, pidió su salida, un deseo que podría ver cumplido cuando el mes que viene el italiano ponga a votación de las asociaciones su continuidad en el cargo.


