Esos números no los publicó un sindicato ni un centro de estudios opositor. Los publicó Techint, el 15 de agosto, en un informe de Bernardo Kosacoff y Diego Coatz que describe a la industria en «extrema fragilidad».
El mismo informe propone una salida. Y ahí es donde la cosa se pone interesante para cualquiera que venga siguiendo el tema de la inteligencia artificial en el aparato productivo.
La apuesta: usar la energía para pagar la tecnología
La tesis es simple de enunciar. Hacia 2035, Argentina podría tener exportaciones netas de energía por US$44.000 millones y un aporte minero de US$31.000 millones. Setenta y cinco mil millones de dólares anuales. El informe propone que esa renta no se consuma en el flujo de caja del sector que la genera, sino que financie capacidades tecnológicas: digitalización industrial con IA, sensores, gestión energética, semiconductores, centros de datos, robótica.
El número que Techint pone sobre la mesa para justificarlo es 1,2 puntos porcentuales anuales de productividad laboral adicional. Y estima que el 38% de las tareas del entramado productivo es transformable por automatización.
Hasta acá, la hoja de ruta cierra en el papel.
Lo que el informe no puede resolver
El salto de «hay renta energética» a «hay capacidades tecnológicas instaladas» no es automático. Nunca lo fue. Y el propio documento aporta los datos que muestran por qué.
Argentina invierte 0,5% del PBI en I+D. El 70% de eso es sector público. Es decir: el privado pone alrededor del 0,15% del producto. Con esa base, una de cada tres empresas argentinas invierte hoy en inteligencia artificial. El resto, no.
Y después está el costo de la electricidad industrial: US$107 el MWh contra US$52 en Estados Unidos. El doble. En un país sentado arriba de Vaca Muerta. Ese dato solo alcanza para entender por qué la promesa de «centros de datos para IA» que aparece en el listado de capacidades a desarrollar todavía no se convirtió en inversión. Nadie instala cómputo intensivo donde la energía cuesta el doble, por más shale que haya debajo.
El RIGI muestra la misma tensión desde otro ángulo. Hasta junio de 2026 había 26 proyectos aprobados por US$29.892 millones y otros 25 en evaluación por US$111.037 millones. Con exigencia de participación local mínima del 20% en bienes y obras. Ese 20% es, en los hechos, la única política industrial vigente. Es un piso, no una estrategia.
Mientras tanto, la IA ya está trabajando. En un solo lado
Acá conviene bajar del informe a la operación.
YPF tiene funcionando sus Real Time Intelligence Centers desde diciembre de 2024. Salas de control que supervisan a distancia la perforación y la fractura en Vaca Muerta. La de Luján de Cuyo monitorea más de 12.000 variables operativas. Hay cinco agentes de IA desplegados que responden consultas técnicas y optimizan procesos, funcionando como un manual técnico que contesta. En Plaza Huincul, la compañía proyectó más de US$4 millones de mejora en el margen integrado en el primer año de la sala.
Eso ya pasó. No es una hoja de ruta, es un balance.
El punto es que pasó exactamente donde el informe dice que está el «núcleo exportador moderno»: la primera de las tres Argentinas que describe Techint, la que opera cerca de estándares internacionales. La segunda —el entramado mediano, orientado al mercado interno, con rezago tecnológico— es la que emplea a la mayoría y la que perdió los 89.667 puestos. La tercera, la informal, no entra en ninguna conversación sobre adopción de nada.
La IA no está llegando a la industria argentina. Está llegando a la parte de la industria argentina que ya tenía plata, datos ordenados y una casa matriz mirando.
El 38% mirado desde el otro lado
Vuelvo al número más fuerte del informe: 38% de tareas transformables por automatización.
Leído desde una gerencia, ese número es una oportunidad de productividad. Leído desde un país con 41,9% de informalidad industrial y años de destrucción neta de empleo formal en el sector, es otra cosa. Y el informe no la desarrolla.
Porque automatizar el 38% de las tareas en una industria que crece es absorber gente en funciones nuevas. Automatizar el 38% de las tareas en una industria que se achica es otra ecuación. Techint pide, con razón, que no se destruya «el privilegio de contar con una estructura industrial diversificada». Pero la diversificación de la estructura y la adopción acelerada de automatización no son la misma agenda, y el documento las presenta como si lo fueran.
Lo que queda
El informe es lo mejor que se publicó este año sobre el tema. Tiene el diagnóstico bien hecho, los números en la mano y la honestidad de mostrar los datos que incomodan a su propio sector.
Pero identifica un destino y un origen, y deja el camino del medio sin dibujar. Cómo se transfiere renta de un sector concentrado, exportador y de capital intensivo a un entramado de pymes metalúrgicas y textiles que hoy están cerrando, eso no está en el documento. Ninguna experiencia internacional muestra que ocurra por gravedad.
Argentina ya sabe lo que pasa cuando aparece una renta extraordinaria y no hay un mecanismo para convertirla en capacidad instalada: la renta se va, la capacidad no queda y quince años después alguien escribe un informe sobre la fragilidad extrema del sector.
La diferencia es que esta vez el informe se escribió antes.
Columna de IA por Esteban Terranova


