La Planta Industrial de Agua Pesada – PIAP, que desactivó Macri en 2017 y ahora están terminando de desguazar. Activamente, a su personal técnico, con jubilaciones anticipadas. De la destrucción de las maqinarias se encarga el tiempo, por falta de actividad y mantenimiento. Mientras, importamos agua pesada de la India para nuestros reactores.
La información sobre el envío de 4 toneladas de agua pesada de la PIAP a Miami surge de los periodistas Alejandro Bercovich y Nora Bär. Ex autoridades de la PIAP afirmaron que el envío de agua pesada a EE.UU. se realiza en cumplimiento de un convenio anterior a este gestión, pero no dieron detalles ni nombres.
Esto se da en el marco de las críticas al estado de la Planta Industrial de Agua Pesada en Neuquén y la situación de la industria nuclear. Existen cruces políticos y gremiales respecto al mantenimiento, el destino de los remanentes de la planta y la necesidad de importaciones para el sector, combinados con anuncios y proyectos recientes de reactivación o inversión privada en el complejo.
Contexto:
La Planta Industrial de Agua Pesada (PIAP), ubicada en Neuquén, está paralizada desde el año 2017. Las centrales nucleares argentinas (Atucha I, Atucha II y Embalse) utilizan agua pesada como moderador para su funcionamiento.
Comentario de AgendAR:
El agua pesada (D2O) que estamos regalándole a los EEUU nuestros beneficiados la pueden usar en cualquier «production facility», reactores militares de cocinar plutonio 239 a partir de uranio natural.
El isótopo 238 atrapa un neutrón, y tras una compleja serie de transformaciones se vuelve plutonio 239.
Eso se logra con un quemado cortísimo, 100 veces inferior al de nuestras tres centrales nucleoeléctricas. Es un proceso deliberadamente ineficiente, creado para no generar plutonios 240, 241 y 242; sobre todo los isótopos de número par, que estropean cualquier buena bomba por sobrerreactivos.
La sobrerreacción sucede cuando la masa de plutonio entra en fisión en forma prematura y a distancia.
En lugar de estallar con gran fuerza termomecánica y emisión de ondas electromagnéticas ionizantes, el «pit» de la bomba se evapora y disipa, en una explosión fallida llamada «fizzle».
Pero Milei apunta a otro objetivo con esta chupada de medias: dejar sin insumos la exportación de los pequeños reactores nucleares de INVAP, que desde el año 2000 vienen barriendo el piso con las ofertas yanquis, coreanas y japonesas en todas las licitaciones internacionales.
El D2O se usa para «polentear» el núcleo de los reactores de investigación, como los que hemos vendido a Perú, Argelia, Egipto, Australia, Holanda y Arabia Saudita. Y los que todavía vamos a vender, aunque no les guste.
Milei no es idiota. Los ejes de su plan de eliminación de la tecnología nuclear argentina apuntan a los recursos humanos, al uranio y al agua pesada.
No por nada el expresidente Mauricio Macri hizo cerrar la planta industrial de agua pesada (PIAP) de Arroyito, Neuquén, a la sazón la mayor del mundo.
La carga de agua pesada de las dos Atuchas y Embalse suma 1700 toneladas, de las cuales 17 se pierden cada año por tensión superficial: quedan adheridas a los elementos combustibles gastados y se diluyen en el agua común de las piletas de enfriamiento.
Nuestras centrales nucleoeléctricas de uranio natural son superiores a las de uranio enriquecido y agua natural de los EEUU, Japón y Corea. Y eso por disponibilidad, seguridad y precio: se construyen de forma modular, son resultan menos complejas y cuestan por un 50% menos.
Si a los EEUU les fríe los hipocondrios que exportemos pequeños reactores multipropósito, más los revienta que construyamos nuestras propias centrales, como hacen históricamente la India y Canadá.
Y lo que los pone definitivamente de la nuca es el peligro de que las exportemos. Después de todo, en los reactores, que producen radioisótopos y decenas de servicios de irradiación de materiales y de educación de expertos, somos el número uno mundial. ¿Por qué no podríamos serlo en centrales, que sólo producen electricidad, pero son un mercado centenares de veces mayor?
Ellos, los autodenominados americanos, no venden nada, ni de reactores ni de centrales, ni siquiera a sí mismos, desde fines de los ’70. Y eso porque su tecnología, comparada con la nuestra, es demasiado vieja, o demasiado nueva y sin probar, o demasiado complicada, e indefectiblemente demasiado cara.
Hace poco terminaron de construir dos centrales AP-1000 en Georgia. Se terminaron en el doble del plazo y en el triple del costo pautados, lo que hizo quebrar nada menos que a la Westinghouse y a Hitachi, y arrastró a la bancarrota a decenas de proveedores estadounidenses y japoneses. Los juicios de los perjudicados todavía siguen.
En lugar de seguirles pasando el trapo a los EEUU y aumentar la apuesta, ahora les regalamos los cerebros, el uranio y el agua pesada.
Preferiría regalarles al presidente Javier Milei y a la actual cúpula nuclear argentina… pero ya la tienen.
Y baratita.
Daniel E. Arias


