La Argentina nuclear perdió la brújula

Leí varias veces el reportaje que la agencia TSS de la Universidad de San Martín le hizo al presidente de la CNEA, el Lic. Osvaldo Calzetta Larrieu. Quería saber qué razones decidieron que la casa abandonara de golpe, en mayo de 2018, su decisión histórica de 1967 en favor de las centrales nucleares de uranio natural, y sacrificara medio siglo de esfuerzo colectivo posterior. Pero quería escuchar razones no de boca de un cacique petrolero o un cuatro de copas que se entera de las consignas por los diarios. Quería respuestas de alguien “de la casa” y con trayectoria.

No encontré ninguna.

Por consiguiente, aventuro mis respuestas: en 2016 la Argentina perdió el rumbo nuclear que iba recobrando trabajosamente desde 2006, bajo la autoridad creciente de una CNEA en reconstrucción. Hoy en cambio la CNEA está pintada en la pared, y la política nuclear criolla la dirime una compleja cinchada entre los EEUU, China, el FMI y el mundillo petrolero. Son cuatro bandos, pero operan como dos: China contra el resto. El papel de nuestro país en la cinchada es importantísimo: hace de soga.

EEUU milita abiertamente por la desnuclearización total de la Argentina desde 1974, pero con más crudeza que nunca desde 1983, cuando se enteró –tras la guerra de Malvinas, para peor- de que sabemos enriquecer uranio. China, en cambio, prefiere que sigamos nucleares aunque bobos, para vendernos de todo en materia de tecnología y combustibles, y fundamentalmente para usarnos de trampolín en la conquista tecnológica de Sudamérica, región que en materia de electricidad atómica vive en estado casi virginal.

El gobierno está dividido por la cinchada. Transparentemente, el Canciller Jorge Faurie, el Ministro de Hacienda Nicolás Dujovne y el FMI –integrado oficialmente al gobierno con oficina propia en el Banco Central- cinchan a favor de los EEUU casi por genética. Los acompaña el mundo petrolero con intereses propios: después de todo, 1000 megavatios nucleares instalados evitan la combustión de 1600 millones de metros cúbicos de gas/año, y la China National Nuclear Corporation (CNNC) nos estaba ofreciendo 1880 MW nuevos, y de yapa con una financiación regalada: se pagaban solos.

Los chinos, que al menos nos compran soja y carne, nos reparan algunos ferrocarriles, nos construyen represas en Santa Cruz y nos hacen “swap” de deuda, quieren que a cambio les compremos sus centrales nucleares. Pero obviamente, no de uranio natural, porque de esas entendemos tanto como ellos y podemos fabricar el 100% de los componentes. Si nos quedáramos en nuestro mundito CANDU, que no necesita de enriquecimiento pero sí de agua pesada, los chinos se perderían la posibilidad de vendernos las piezas originales y 60 años de repuestos y combustibles. Es mucha plata. Una planta nucleoeléctrica moderna dura 6 décadas.

Lo que quieren los chinos sí o sí es vendernos su máquina Hwalong-1, de uranio enriquecido. Hwalong se traduce como “Dragón Chino”, y su función excede la producción de electricidad. Más bien es una bandera.

Sucede que mientras la Hwalong no esté probada al menos en China, el resto del planeta la va a mirar de reojo. La primera entrará en operaciones este año en Fujiang, y dentro de 2 o 3 años probablemente se pueda saber si salió pato o gallareta. Por estirpe, como descendiente de la Framatome de 900 MW y tres circuitos de refrigeración, debería ser buena. Después de todo, esa central francesa tiene 34 unidades idénticas en Francia y han funcionado “joya” desde los ’70. Pero la Hwalong tiene más potencia, muchas novedades chinas y en el ámbito nuclear lo que vale no es la prosapia sino la seguridad y la disponibilidad. Y en la cancha se ven los pingos.

De las centrales CANDU, en cambio, nadie tiene dudas: hay 49 en 7 países del mundo, 22 copias no autorizadas en la India, y se vienen 12 más. La CANDU, aunque representa apenas el 11% del parque nucleoeléctrico mundial, es la ingeniería más probada del mundo y la de mejores números históricos en disponibilidad y seguridad.

Y por eso, a condición de que compráramos su Hwalong de 1140 MW, la China National Nuclear Corporation (CNNC) nos regalaba (en un mismo e inmejorable paquete financiero) una CANDU de 740 MW y uranio natural. Esa 2da central es lo que hasta 2015 querían la CNEA, casi todo el personal de Nucleoeléctrica Argentina (NA-SA) y las alrededor de 130 empresas privadas medianas y grandes que adquirieron “calificación nuclear” en la terminación de Atucha II (2014) y el “retubado” de Embalse (2015-2018). Si la Hwalong era el precio para adquirir otra CANDÚ, todo bien, podía ser un aprendizaje interesante.

¿Por qué aquí gusta tanto la CANDU? Porque la entendemos y la podemos reproducir a ojos cerrados. Esta línea de uranio natural, a diferencia de las Atuchas I y II (dos prototipos únicos en el mundo) no requiere de piezas colosales de forja como el recipiente de presión. Es toda caños de aleaciones raras, y gracias al extinto Jorge Sábato, somos Gardel en ciencia de materiales.

Desde 2016 el mejor ministro de energía de la Shell, el ing. Juan José Aranguren se sumó decisivamente a la cinchada y atrasó con los argumentos más creativos el arranque de obra de la CANDU, hasta que en 2018, cuando ya se le venía el patadón que lo depuso, se jugó a cancelarla “para no endeudar al país”. Es cierto que resulta una razón extraña en boca del mandón más paradigmático de un gobierno que practica el endeudamiento externo con entusiasmo de inventor.

Pero no se puede ofender gratuitamente al mejor cliente de comercio exterior del campo argentino y el segundo garante de deuda, y señoras y señores, no hablamos de los EEUU. Aranguren, antes de irse, dejó en pie el negocio de la Hwalong-1. Los chinos, obviamente, no protestaron: seguían –y siguen- en su papel de pescador, pero ahora se evitaban el costo de la carnada.

Luego, entre las vaharadas de humo del G-20 a fines del mismo 2018, el canciller Faurie fue un paso más lejos que Aranguren y suspendió hasta 2022 las negociaciones por la Hwalong. En el ámbito nuclear reinó brevemente el terror, pero Xi-Jinping se fue de la Argentina sin decir “esta boca es mía” y las conversaciones con la CNNC prosiguieron durante el verano como si nada, Faurie o no Faurie.

Es evidente que el tío Xi tiene agarrado a nuestro gobierno por abajo del cinturón (estamos tratando de ser finos aunque no nos sale bien). No le deja complacer debidamente a los EEUU. Que después de todo, bien mirado, es más bien un país competidor agropecuario, con el cual hay poco intercambio comercial, y que desde 1981 no tiene una oferta viable salvo la central AP-1000 de Westinghouse, máquina que tras muchas vueltas terminó comprando y construyendo China con los nombres “chinificados” de CAP 1000 y CAP 1400: era demasiado cara para las “utilities” estadounidenses, que recién ahora se le animan.

Pero China no quiere exportar plantas demasiado estadounidenses o canadienses. Se juega por la Hwalong, a la que de francesa sólo le quedan los tres loops de refrigeracion.

El resultado es que el presidente de la CNEA no tiene respuestas de por qué se dejó la línea de uranio natural, porque las hay pero no son confesables. Cuando se relee varias veces el reportaje, resulta que una CANDU no le parece en absoluto inferior a la de uranio enriquecido. Albricias, es verdad. Haberlo dicho a tiempo, en mayo del año pasado…

Abandonar de golpe una línea tecnológica defendida durante medio siglo es como frenar en seco un tren: se rompen cosas. Por eso el Lic. Calzetta Larrieu tampoco tiene respuestas para justificar los 250 telegramas de despido que luego de la cancelación de la CANDU en Lima recibió la Unidad de Gestión de NA-SA, el grupo que iba ejecutar esa obra. Añade que la CANDU no tenía novedades tecnológicas pero que sí podía haber generado mucha actividad en las empresas argentinas. Coincidimos: algo así como 7000 puestos directos según nuestro cálculo. Es cierto que tanto trabajo real habría molestado a quienes nos prefieren timberos, en recesión y al borde del défault financiero.

Tampoco Calzetta Larrieu tiene una respuesta clara para la decisión de Aranguren de quitarle a NA-SA la dirección de obra del reactor compacto CAREM y dársela a Techint, que al toque de aceptar el cargo paró las tareas y exigió más plata. Un mal pensado podría creer que el plan es vaciar de sus funciones y habilidades de arquitecta nuclear a NA-SA y reducirla a una dócil compradora a cargo de poner firmas, cavar pozos y hormigonar. Y quizás dejarle la exportación del CAREM en su modelo comercial a Techint, multinacional con sedes legales en Luxemburgo y las Antillas Holandesas.

Calzetta Larrieu tampoco parece muy seguro de estar haciendo lo debido al dejar naufragar la Planta Industrial de Agua Pesada (PIAP) de Arroyito, Neuquén, la mayor del mundo a fecha de hoy. Fue (es) la víctima principal de este cambio de rumbo. Dice que ya hay suficiente stock de agua pesada fabricada para nuestro parque de 3 centrales de uranio natural. Es falso: Embalse requerirá reposiciones anuales de este líquido extremadamente caro hasta 2048, y Atucha II, hasta 2045, amén de la que requiera INVAP cada vez que venda un reactor nuclear en el exterior.

Lo cierto es que la PIAP costó bastante más de U$ 1000 millones, y al ser la mayor unidad del mundo en su tipo logra, por escala, el precio de agua pesada más bajo: alrededor de U$ 700.000 la tonelada. Una vez cerrada la PIAP, la Argentina jamás conseguirá agua pesada a ese valor. Máxime ahora que la India está construyendo 12 nuevas “CANDU-like” de 740 MW, lo que empujará una demanda de agua pesada que ese país asiático no puede satisfacer con sus propias fábricas.

Lo dicho: una cosa es escuchar el verso de los caciques petroleros de la Secretaría de Energía cuando hablan del átomo, como si entendieran con qué se come, o ver cada zigzag de opinión de la Subsecretaría de Energía Nuclear cuando se entera -por los diarios- de que la CANDU china no va más, y después que la Hwalong tampoco, y después que la Hwalong sí va y sale con fritas, pero “con un 60% de mano de obra china”, como detalla la habitualmente informada Natasha Niebieskikwiat, en Clarín.

¿La periodista se está refiriendo a un 60% de personal o a un 60% de componentes? ¿Se vienen 4200 chinos, o alguien que habitualmente escribe claro metió la pata? En NA-SA y en la Agencia Reguladora Nuclear (ARN) dan dos respuestas distintas, aunque ambas rematadas por una resignación común: “La verdad, no tenemos idea, Arias. Eso lo está cocinando el embajador Diego Guelar en China. Nosotros también nos enteramos por los diarios”.

Las respuestas de Calzetta no parecen mejores ni aclaran nada, pero desdichadamente no son “radio pasillo”, sino declaraciones oficiales de una institución que supo tener una enorme autoridad en lo suyo, y hoy mira pasar la pelota. Tanta autoridad que uno de los presidentes históricos de la CNEA, el contralmirante Oscar Quihillalt, contempló el desfile de 8 sucesivos presidentes de la Nación por la Casa Rosada, y todos ellos, lejos de deponerlo y nombrar a un “pichi” manejable, le preguntaban qué hacer.

Quihillalt, impertérrito, contestaba cuatro cosas: que dejaran trabajar en paz a la CNEA sin persecuciones políticas, que la casa se abstendría siempre de diseñar la bomba atómica, que la Argentina debía evitar la firma de tratados tóxicos para la soberanía como el de No Proliferación, y que se debía mantener a todo trance la línea centrales de uranio natural, para que los EEUU, proveedor de enriquecido, no nos pudiera amenazar diplomáticamente con un apagón masivo por desabastecimiento.

Tanta autoridad tenía la CNEA que en 1955 Quihillalt, gorila de densa pelambre, tomó el mando de manos del contralmirante Pedro Iraolagoytía, peronista visceral, y en 1973 se lo devolvió sin que hubiera discrepancia alguna entre ambos sobre estos cuatro asuntos. En realidad se apreciaban: eran argentinos y nucleares.

Es terrible ver a la plana mayor nuclear, la que se nutrió en aquella CNEA histórica y soberana, “tirando letra” como hacen los actores forzados a un mal libreto, escrito en este caso no por un autor sino por una riña de autores que gritan en distintos idiomas. Y ninguno es castellano.

Daniel E. Arias