Para el Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia, elegimos una historia

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«A los 25, la historia de Sofía Morena Del Pozo podría ser la de muchas otras jóvenes. Está en pareja y piensa tener hijos, pero más adelante. Hasta aquí, lo habitual. Salvo por un detalle: ya había conseguido un empleo muy bien pago en un banco, cuando decidió abandonar todo para abrazar su pasión: la ciencia.

«Estaba cerca de recibirme de licenciada en Física, me quedaba un último final -cuenta-. Daba clases particulares para mantenerme y mis viejos me ofrecían la posibilidad de vivir en el departamento en el que atendía mi mamá, que es psicopedagoga. Pero las clases particulares no eran suficientes para tener autonomía y yo quería independizarme. Así que armé dos CV, uno para la industria y otro académico, para tratar de obtener una beca de doctorado».

La respuesta del Conicet le llegaría varios meses más tarde. Mientras terminaba la licenciatura, envió su CV y pasó por innumerables entrevistas de trabajo. En la segunda mitad de 2018, la contrataron en un banco internacional justo una semana después de dar su último final.

«Fue tremendo -recuerda-. Nos contaron que se habían inscripto 4000 personas. En el área de «análisis de datos», terminamos ingresando seis: una matemática, un ingeniero industrial y otro de sistemas, y tres físicos que habíamos sido compañeros de carrera, uno de mi camada y otro del año anterior».

A fin de año le llegó la mala noticia de que en el Conicet le habían rechazado el pedido de beca. No se fijó en los puntajes ni solicitó revisión de su caso, pero a pesar que estaba muy encaminada y el mundo de la actividad privada le daba estabilidad económica, posibilidad de viajar y crecer, algo no la dejaba dormir tranquila. Quería investigar, pero eso implicaba renunciar a todos esos beneficios y padecer los sinsabores de la crisis presupuestaria.

Después de pensarlo mucho, decidió arriesgarse y llamó a Enzo Tagliazucchi, director del Laboratorio de Neurociencia Cognitiva y Computacional, para plantearle que quería trabajar con él.

«Entonces, pasó algo muy ‘loco’ -explica-. Nos íbamos a juntar en Córdoba y Alem, y ese mismo día a la mañana me llega un mail del Conicet notificándome que me habían asignado la beca doctoral y tenía que presentarme de inmediato».

Así, diez meses y medio después de empezar a trabajar en un banco, en agosto de 2019, presentó la renuncia y se sumó al laboratorio de Tagliazucchi en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA bajo la diección de Pablo Balenzuela. Hoy, Del Pozo investiga en redes complejas, un tema que tiene aplicaciones en las neurociencias y las redes sociales.

«Las redes se pueden representar a partir de nodos y enlaces; con un diagrama de puntos y líneas –detalla–. Esto, por ejemplo, permite visualizar la actividad del cerebro o las comunicaciones telefónicas y analizarlas con la teoría de redes complejas. Se pueden estudiar dinámicas de formación de opinión, análisis de flujo de información en los diarios o identificación de grupos de amigos en el tiempo… Yo estoy desarrollando un algoritmo de detección de comunidades».

La joven física creció en el partido de Hurlingham, ubicado al Oeste del Gran Buenos Aires, un municipio pequeño, pero populoso, conocido por sus arboledas y sus casonas de estilo inglés. Su primer contacto con la matemática lo tuvo con su abuelo, carnicero, que la desafiaba a hacer cuentas mentales jugando a sumar monedas de cinco, diez y 25 centavos.

Tercera de cuatro hermanos, cuando llegó a sexto grado, sus padres le propusieron que hiciera el curso de ingreso a la escuela universitaria «Carlos Pellegrini» como una forma de ampliar sus horizontes.

«Entré sin ir a una academia de apoyo gracias a la matemática, porque en historia y geografía era horrible», bromea. Le tocó el turno noche y muchas veces tuvo que quedarse en la casa de familiares porque era muy chica para volver hasta Hurlingham.

Cuando llegó el momento de optar por una carrera universitaria, dudó entre física y filosofía. Hizo los dos ingresos, pero ganó su amor por la primera, que le resultaba más desafiante. Aunque reconoce que el doctorado es duro y a pesar de haber resignado tres cuartos de su sueldo, asegura que siente «una dicha infinita».

«Estoy contenta por haber tenido la experiencia de trabajar en el mundo privado; me hizo valorar todavía más la investigación».

Junto con su pareja, también físico, comparten las tareas hogareñas y, por ahora, se considera afortunada porque no sintió en carne propia las barreras de género que sufrieron otras generaciones.»