La Argentina en el mundo post pandemia

Eugenio Díaz Bonilla es un destacado economista argentino que trabaja en organismos internacionales. Es decir, es parte de la numerosa «diáspora argentina», que ha seguido creciendo en estos años, no por persecuciones políticas sino por las oportunidades que el mundo actual ofrece a nuestros profesionales (salvo pandemia, claro).

Como ya dijimos en otros casos, creemos que esa «provincia 25» puede ofrecernos un aporte valioso, si tenemos claro que desde afuera se pierden de vista realidades que encontramos obvias. Alguien que vive y sobrevive aquí, no puede ignorar (aunque lo disimule en sus escritos) los condicionamientos sociales y políticos de las propuestas económicas. Pero por eso mismo, las ideas que puede plantear alguien como Díaz Bonilla están libres de los prejuicios locales (aunque no de los del Hemisferio Norte; trabajan allí…).

Entonces, estas son ideas informadas para la discusión que los que vivimos aquí nos debemos. Con urgencia.

ooooo

«¿Cómo será el mundo luego de la pandemia y qué puede hacer nuestro país para recuperar el desarrollo económico y social en ese contexto? Esta crisis va a pasar (millones de científicos están trabajando en los tests, tratamientos y vacunas que permitirán funcionar al mundo). Pero el impacto de la pandemia y sus consecuencias seguirán, y deben analizarse en relación con tendencias globales preexistentes.

Voy a mencionar solamente cuatro, con las posibles conclusiones para Argentina (dejo para otro momento el tema crucial de la recuperación social luego de la pandemia).

El primer punto es que la demanda de alimentos venía creciendo a tasas más lentas que en el pasado, con menor énfasis en la cantidad de calorías, y con una mayor orientación a la diversidad, calidad, inocuidad, salud y sostenibilidad ambiental.

En un mundo, en el que, al menos antes de la pandemia el número de obesos superaba al de desnutridos, van a seguir incrementándose las preocupaciones alimentarias ligadas a la salud.

Argentina está concentrando su producción en unos pocos productos primarios, sin mucha diferenciación en términos de calidad e impacto sobre la salud.

Nuestro país tiene una enorme capacidad humana y de recursos naturales para producir esa variedad y calidad, dinamizando no solamente la pampa húmeda, sino también las economías regionales.

Para ello se necesita un marco macro económico con un tipo de cambio ajustado por la inflación que sea competitivo y estable (no sujeto a las tradicionales fijaciones y explosiones del tipo de cambio nominal), con retenciones calibradas para generar diversidad y valor agregado, e inversiones en ciudades intermedias, logística (especialmente trenes), riego, y ciencia y tecnología.

La segunda tendencia es la transición energética, producto de un acelerado cambio tecnológico en fuentes renovables. El avance del gas y petróleo de esquistos cambió la ecuación energética mundial.

Pero en los últimos diez años una revolución tecnológica aún más radical (ligada a las preocupaciones por el cambio climático) está bajando el costo de la energía solar y eólica a rangos competitivos con la energía fósil. Esto, junto con la gran expansión de vehículos eléctricos, ponen claramente un límite al potencial de desarrollo de Vaca Muerta y los biocombustibles tradicionales.

La pandemia (mediante la restricción de movimientos y la mayor digitalización) ha alterado aún más la matriz energética de nuestras sociedades. Deberíamos acelerar la transición hacia fuentes no fósiles (incluyendo solar, eólica, hidráulica y nuclear) para las cuales Argentina tiene altas capacidades humanas y naturales, insertando nuestra industria en las cadenas de producción relacionadas con esa transición energética.

La tercera tendencia es la ya mencionada digitalización global, que estaba avanzando antes de la pandemia y que se aceleró exponencialmente desde la misma.

Nuestro país tiene sistemas anticuados de información y realización de trámites en bancos, administración pública, protección social, sistema impositivo, educación, y salud, que podrían hacerse mucho más baratos y eficientes con la digitalización.

Esto también ayudaría con la formalización de la economía, y la inclusión financiera y social de poblaciones vulnerables. Argentina tiene una alta capacidad técnica en informática y software en general, que debería ser apoyada y reforzada.

Obviamente, se necesitan inversiones en infraestructura de comunicaciones, y mejores instituciones y gobernanza del manejo de datos privados.

La cuarta tendencia es la desglobalización y la fractura de las cadenas productivas internacionales. En las últimas décadas, la incorporación a la economía mundial de países en desarrollo, especialmente asiáticos, y en particular China, significó, de acuerdo al FMI, la cuadruplicación de la oferta laboral mundial.

Esto permitió sacar a millones de individuos de la pobreza en el mundo, pero también afectó el empleo de sectores importante de las clases medias de los países desarrollados, generando la actual revuelta contra la globalización.

El ascenso de China fue propiciado por gobiernos en EEUU y Europa con la expectativa de hacer de ese país un socio responsable del sistema internacional y la idea que el avance de la clase media iba a democratizar su sistema político.

Ambas perspectivas han cambiado negativamente desde mediados de los 2000s en los países desarrollados, mientras que la aparición del nuevo virus desde China y las próximas elecciones de EEUU (donde ambos candidatos argumentan que solamente él, y no su contrincante, puede manejar el conflicto con ese país), auguran más fractura geopolítica.

Argentina debe tratar de insertarse en la nueva división internacional del trabajo basándose en su capacidad de ciencia y tecnología (p.ej. medicinas, equipos médicos, energías renovables, autos eléctricos). Ciertamente la fragmentación geopolítica tiene otras importantes ramificaciones diplomáticas y económicas, pero es tema para otro artículo.

Nuestro país ha vivido una tensión permanente entre expectativas y posibilidades, tensión que explota a mediados de los 1970s (cuando empieza realmente nuestra decadencia), y, que, aunque atenuada desde la democracia, aún no está resuelta. Esa tensión ha llevado a una gran volatilidad política y económica y al terrible aumento de la pobreza. Esta pandemia es una tragedia, pero también nos da una oportunidad para trabajar por la unión nacional, alineando adecuadamente el desarrollo, la macroeconomía y las instituciones ¿Seremos capaces?«