Argentinos, al CAREM!

El ingeniero Gustavo Barbarán, de la CNEA, nos hizo llegar sus argumentos para las decisiones a tomar en un tema que se ha estado discutiendo en AgendAR. Nos parece que deben ser evaluados. Y no sólo por la comunidad nuclear. Porque lo que él propone es una decisión que debe tomar el país. Por eso elegimos un título que recuerda la vieja exhortación, de casi un siglo, de Ortega y Gasset «Argentinos, a las cosas!» Más allá de lo que se piense de su filosofía, era un buen consejo.

Y la decisión debe ser rápida: El NuScale, la versión del CAREM desarrollada por los estadounidenses, acaba de obtener la aprobación de la Nuclear Regulatory Commission: reúne los requerimientos de seguridad.

«Sigo con mucho interés la discusión que se lleva adelante en AgendAR sobre la política nuclear argentina. Pero luego de leer los artículos publicados en los últimos meses sobre los acuerdos con China y el debate sobre cuál sería nuestra próxima central nuclear, siento que algo queda fuera, algo grande. Como se dice en inglés, “the elephant in the room” (ojo, no confundir con el elefante en el bazar).

Esto no pretende entablar un debate con ninguno de los defensores de la propuesta CANDU (Antúnez, Barceló, Kreiner), ni con sus cuestionadores (Caro). Mi respeto por sus carreras, conocimientos y logros es grande. Entiendo que los argumentos que expondré aquí también son tenidos en cuenta por ellos, y de hecho los mencionan en sus artículos.

Tampoco me adjudico la originalidad de las ideas que siguen, pero sí de tratar de transmitirlas al público no nuclear. Quiero abrir la discusión en otro sentido más: evitar que se limite a una propuesta CANDU de uranio natural versus una PWR de enriquecido.

A ambos lados de la discusión se observan argumentos muy sólidos y válidos. Pero en algo fallan los dos y es que hablan de UNA sola central, UN solo proyecto para la próxima década, y después de eso, la discusión queda terminada. Sé que para todos ellos la discusión va mucho más allá, pero para el interesado promedio que lee estos artículos, queda acotada únicamente a la próxima central nuclear.

En ambas visiones cada proyecto es único, irrepetible. Por un lado, es casi imposible que haya transferencia de tecnología sensible del PWR chino a Argentina, y solo seremos una linda vidriera regional para la venta de tecnología de la CNNC (China National Nuclear Corporation). Pensar en acceder a tecnologías de enriquecimiento de uranio o en formar parte de una sociedad igualitaria con la CNNC para desarrollar centrales Hualong-1 en otros países, … olvídalo, eso no va a suceder.

Pero lo mismo nos pasa con el CANDU: cada vez que se quiera construir una nueva central, se tendrá que recurrir a los canadienses y a los chinos para la ingeniería, licenciamientos y financiamientos. No es algo que la Argentina pueda hacer sola y por su cuenta.

Por supuesto que para mí el CANDU es la mejor opción de las dos: tenés capacidad instalada para hacer gran parte de los trabajos y equipamientos, y necesitás imperiosamente poner en movimiento al país. Podés hacer combustibles, tubos de presión, el agua pesada, etc. Pero el turbogrupo, las bombas del primario, la calandria y prácticamente todo el sistema de control hay que importarlos. Y la financiación del proyecto total es, sin embargo, la parte más inaccesible de todas.

Que los PWR hayan superado a CANDU y que ésta última ya sea una tecnología no viable es un argumento falaz. El nuclear NO ES UN MERCADO y si bien la oferta tiene derivas tecnológicas, está lejísimos de ser una competencia clara como la de Kodak vs. digital, o VHS contra Betamax. En esto estoy completamente de acuerdo con A-B-K, y le recomiendo al Dr. Caro que revise sus fundamentos sobre los procesos de desarrollo y el rol del Estado en el mismo, o que lea “La peor propuesta de negocios en la historia humana”[1] del economista coreano Ha-Joon Chang.

De hecho, de las tecnologías nucleares, los PWR son quizás las más caras y de mayor riesgo tecnológico en muchos aspectos. Triunfaron sobre otras propuestas nucleoeléctricas porque los EE.UU. pusieron un fangote de guita para el desarrollo de PWRs como propulsión nuclear en buques y submarinos, y fue de esa ingeniería que surgieron las máquinas nucleoeléctricas PWR contemporáneas. Lo que tenés es un entramado productivo-tecnológico (metalurgia, electrónicas y sistemas de control, ingenierías en sus múltiples ramas) que pueden (o no) trabajar sobre un modelo tecnológico específico.

El principal problema de ambas centrales, las PWR y las CANDU, es que son muy caras. A eso se le suma la forma espasmódica que tiene Argentina de trabajar. Estos proyectos estaban pensados para iniciarse en el 2016; estamos en el 2020 y todavía no se empezó nada. Dentro de 2 años no creo que la situación haya variado.

Cuando queramos arrancar el proyecto, todos los cuadros técnicos que estaban en Atucha II ya no servirán. Quedará cuando mucho un 20%, y se van a haber perdido el 80% de los soldadores especializados, los montadores, y los alrededor de 400 ingenieros que en Atucha II recalificaron su título y se volvieron “nucleares”.

Estas personas no pudieron hacer el puente entre uno y otro proyecto, ya cambiaron de rumbo, están trabajando en otros temas, tenés que volver a reconstruir esa fuerza laboral. Y eso lleva tiempo y cuesta caro. Si no me creen, pregúntenle al Ing. JL Antúnez, que vivió esto en carne propia y lo contó innumerables veces.

En resumen, para cualquiera de estos proyectos estás hablando de 8 años mínimo de obra, más de 6 mil millones de dólares para cada central, y devolución de capital en corto plazo: 12 años para el repago, luego de los 8 “de gracia”, te generan una bola de nieve, porque el mundo financiero funciona así. Y ni hablemos si la construcción se demora.

Eso hace que, dentro del lapso inicial consecuente a la entrada en servicio, los precios de energía sean MUY altos. En forma realista, estamos hablando de casi 160 USD/MWh generado durante esos 12 años, después el costo baja a 50 y pico, y se va acomodando.

Lo que sucede en esos 12 años iniciales (y sin duda después) es que todo el sistema (monetario, energético, industrial) queda muy estresado después de cualquier proyecto tan “mega”. Y por las características de nuestro país, solamente podés encarar uno de esos cada 10 años, o sea que, después de terminarlo, mandás a todos a casa y de nuevo, y en materia de recursos humanos, es vuelta a empezar de cero.

Ese continuo volver a cero es nocivo para el país y para la industria nuclear, por supuesto. La fuerza laboral no gana experiencia como para ganar eficiencia, las industrias no se comprometen a invertir en el largo plazo (porque un proyecto cada 10 años no lo justifica), en fin, se van acumulando pérdidas. Y esto pasará con AMBOS reactores planteados por China (CANDU y PWR). Nada termina de desarrollarse plenamente, no tenés ninguna emancipación ni soberanía energética ni nada cuando una construcción queda a medias porque el país se quedó (costumbre recurrente) sin dólares.

El marco general de esta decisión no solo se toma pensando en el presente, o en el pasado, sino principalmente, en el futuro, en el año 2050, como mínimo. ¿Dónde estaremos en el año 2050?

Las presiones por la descarbonización de las matrices energéticas ya serán tan grandes que Vaca Muerta no podrá ser lo que es, o dice ser, o dice querer ser. A la luz de la catástrofe climática en curso, habrá que reemplazar el 85% de la matriz actual de Argentina, que, como todo el mundo, está montada esencialmente sobre los hidrocarburos.

Ese reemplazo debe hacerse con todo que tengamos a mano: eólica, solar, hidroeléctrica y nuclear entre las que más aportarán, cada una con lo suyo. La transición es tan drástica que hay lugar para todas las diversas fuentes. De esa evolución y de cómo la Argentina se prepara (y la verdad es que no lo hace), se puede hablar largo y tendido.

El panorama por delante es fluido, se está transformando rápido. Por una parte, está el puente que significa Vaca Muerta en esa transición, las ventajas de tener el 75% de nuestro potencial hidroeléctrico todavía sin desarrollar, el no haber explotado casi nada ese cantero de MWh que significa la eficiencia energética. Por otro están las nuevas tecnologías de las que ya se habla: el hidrógeno “verde”, la fusión nuclear, está el fenómeno de la descentralización y distribución de las redes que se ve en Australia, en fin… De todo esto se puede y debe hablar, porque afecta nuestras decisiones inmediatas.

Un cálculo rápido, hecho en la cabeza, dice que, por imperativos políticos generados por imperativos climáticos, tendremos que multiplicar por cuatro nuestra capacidad de generación eléctrica para reducir en cuatro la demanda de combustibles fósiles.

Ante este panorama, mi postura es la del desarrollo autóctono: el CAREM. Hay que terminar de una buena vez con el prototipo de 32 MWe, y comenzar seriamente a trabajar en un plan a largo plazo para la implementación de por lo menos 10 de esas centrales medianas, con módulos “acumulables” de 100 o 120 MWe (y sus múltiplos).

Eso implica que vas a tener posibilidades de mejoras por el aprendizaje de las centrales, significa que vas a poder comprometer a la industria y que éstas tendrán incentivos para invertir a largo plazo en mejoras tecnológicas. Significa que por fin podrá haber un flujo de trabajo continuo en toda la cadena de valor y constructiva de los reactores. Son plantas más chicas, con plazos constructivos más cortos, con la posibilidad de instalar varios en un mismo sitio.

Para terminar un proyecto CAREM integral hay que trabajar en serio. Esto no involucra únicamente al sector nuclear, sino esencialmente a todas las dirigencias nacionales de un país que no termina de definir qué quiere ser (y hacer) de sí mismo.

Hay que atraer socios locales y de afuera al CAREM, para terminar de consolidar su tecnología y complementar varios asuntos que la Argentina no puede resolver (las turbinas de vapor, los sistemas de control, etc.).

Y hay que negociar con provincias, municipios, etc. para conseguir la famosa licencia social. Negociar significa hacerlas en una parte, dueñas de la planta: las centrales nucleares en Finlandia, por ejemplo, son cooperativas. UAMPS (Utah Associated Municipal Power Systems), la primera clienta del proyecto de central modular estadounidense NuScale, es también una cooperativa de municipalidades de varios estados vecinos del “Midwest”.

Un asunto no menor es desarrollar la industria financiera de largo plazo, algo casi inexistente en el país (exportar reactores sin pensar en el financiamiento te suma varios puntos de handicap). En fin, hay muchos deberes por hacer que todavía no se han siquiera formulado.

Si bien valoro y resalto la épica del sector nuclear (que bien merecida la tiene), no podemos vivir de épica en épica. Tardar 30 años en terminar un reactor (Atucha II) fue una epopeya, pero probablemente irrepetible y el heroísmo no puede ser una forma de trabajo. A lo que aspiro es a un sector energético plenamente integrado con la industria y la tecnología. Es difícil, pero creo que, en el largo plazo, como parte de una estrategia industrialista y de descarbonización, paga más que comprar una central monstruosa cada 10 años a los chinos, o a quien nos tenga en el puño en el momento.

¿Qué podemos hacer, desde el sector nuclear, ante tamaño desafío? ¿Seguimos esperando que este país termine de desarrollarse para poder pensar en un plan nuclear? ¿O damos vuelta la ecuación y usamos –como quería Jorge Sabato- a la energía nuclear como tractor del desarrollo?

No es mi intención desacreditar la discusión en curso: algunos de mis argumentos son usados por las dos partes. Simplemente quiero mostrar que hay un elefante en la habitación, que ese elefante es la transición energética, y que centrar la discusión en la próxima central quita el foco de lo importante. Y lo importante es el desarrollo nacional, en este caso, a través de la integración de la ciencia y la tecnología, con la industria nacional para el desarrollo de un plan a gran escala de un reactor de pequeña escala, y de diseño propio.

Hemos logrado reestructurar nuestra deuda, pero estamos mucho más endeudados que en 2014, cuando proyectábamos construir 2 grandes centrales, una china de 1160 MWe y una local pero financiada por China de 700 MWe. Y estamos en recesión por hiperendeudamiento desde 2018, pero para peor, el mundo también lo está por otros temas muy diversos. Y entre ellos, el disparador del crack mundial es esta pandemia sólo equiparable a la de 1917/1921.

Creer que todo se resolverá por el resucitamiento de China como locomotora de la demanda de nuestros commodities es puro pensamiento mágico. Eso puede suceder o no. Pero además, si sucede, no queda claro que cultivar porotos de soja o criar chanchos en granjas de capitales chinos para consumo de los chinos nos vaya a sacar de pobres, de deudores, de atrasados, o de coloniales.

De modo que muchas gracias, CNNC, pero la idea no es generar nueva deuda nuclear. Pretendemos que el átomo nos sirva para crear trabajo, pero en Argentina, no en China, y que nos permita recibir inversiones, pero no tanto hacer pagos al exterior. Ni Hualong-1 ni CANDU más o menos nacional, pero financiado por China. Metámonos en un reactor chico y propio, pero metámonos a lo grande, mostremos el CAREM prototipo en funcionamiento, tengamos un plan de negocios coherente y en marcha para el CAREM comercial, y escuchemos ofertas.

Todas las fichas al CAREM. Porque «…después de tanta mishiadura cuesta mucho pensar en cosas grandes», como le dijo un taxista anónimo a Jorge Sabato, según lo cuenta don Jorge en sus “Ensayos en campera”

Gustavo Barbarán

[1] revistas.ucu.edu.uy/index.php/cuadernodeeconomia/article/view/415