La propaganda del exilio, el menosprecio de lo nacional

Quisimos reproducir hoy este texto de la periodista Antonella Bartolozzi. Porque es muy actual. En las ciudades de Grecia en la época clásica, Atenas, Tebas, Esparta…, el castigo más grave para un ciudadano era el exilio, el «ostracismo». No es así en nuestros tiempos, por cierto. Además, la mayoría de los argentinos tiene ancestros que migraron aquí hace menos de 100 años. Y hoy es habitual que una parte importante de los jóvenes de las clases medias evalúen como posibilidad irse a otros países, en busca de oportunidades o de experiencias (costumbre dificultada ahora por la pandemia, claro).

Lo que es nuevo es que hoy encontramos en muchos medios de circulación masiva y en canales de TV una propaganda más o menos abierta para abandonar la Argentina. Por eso son importantes estas reflexiones de una mujer joven. Los hechos que haya valora más pueden ser distintos a los que mueven a otros, pero la clave es que éste es el lugar propio. En cualquier otro, uno puede ser bienvenido (o no), pero no dejará de ser extranjero.

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«Desde comienzos de septiembre, los grandes medios retomaron un viejo discurso: que el aeropuerto de Ezeiza es la única salida posible hacia una vida mejor. Con encuestas, notas sobre qué profesionales buscan otros países, testimonios encantadores de argentinos que viven afuera, explicaciones de cómo tramitar la visa o la ciudadanía europea, van sedimentando en el humor social la idea de que la vida en Argentina es mala, mientras que en el extranjero todo es mejor.

Lejos estoy de una postura necia que esconde problemas bajo la alfombra, o que niega que otros países tienen facilidades en algunas cuestiones que acá se presentan como una dificultad. Quiero cuestionar cómo puede ser que el relato de un diario pueda convencernos de cambiar nuestra percepción sobre nuestras vivencias.

¿Por qué pesa más la opinión de un periodista sentado en un escritorio que la propia experiencia? ¿Qué tan fiel son las representaciones que nos llegan de otros países, o incluso del nuestro, si siempre nos llegan sesgadas por el recorte que hacen los medios de comunicación?

No quiero promover una oda a la argentinidad y hacer enumeraciones de Maradona, Messi, el Papa Francisco y el Che, por más simpatías o antagonismos que despierten. Ciertamente Argentina tiene problemas a solucionar, como los tienen todos países del mundo (algunos más, otros menos). Pero Argentina tiene también un sistema de salud pública al que pueden acceder de manera gratuita todas y todos sus ciudadanos, sin distinción de clase social o nacionalidad, mientras que en otros países se endeudan o pagan seguros para poder atenderse en un hospital.

Argentina tiene, también, educación pública, que atrae a estudiantes del extranjero a formarse en nuestras instituciones, no sólo por la calidad de enseñanza en las mismas, sino también porque en sus países son inaccesibles los estudios universitarios. No quiero caer en el porteñocentrismo, pero todos y todas sabemos lo que significa la UBA como universidad a nivel regional: es la mejor posicionada de todo Latinoamérica, ocupando el puesto 66 a nivel global. Le sigue la Universidad Nacional de México, que ocupa el puesto número 100 (Fuente: Ranking QS 2020). La educación pública nos valió, también, varios Premios Nobel.

Argentinos que ganaron el premio Nobel

Argentina tiene saldadas cuestiones que aún son motivo de debate en muchos países. Aunque algunos sectores los minimicen o menosprecien, la educación y la salud son concebidos como derechos fundamentales y así están garantizados, aun con algunas falencias.

Nuestro país es vanguardista en materia de ampliación de derechos. Así lo fue con la Ley de Matrimonio Igualitario y la Ley de Identidad de Género Autopercibido. También en cuestiones de derechos humanos, con el Juicio a las Juntas Militares, con las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, reconocidas a nivel internacional. Con un movimiento activo que sigue pregonando la Memoria, Verdad y Justicia, y no perdona ni se reconcilia con los sectores que perpetraron el horror, como sí lo hicieron otros países de la región.

Los últimos años de crisis, agravados por la pandemia de Covid-19, son un escenario inédito. Problemáticas como la inseguridad o la inestabilidad económica nos desalientan a todos, y a algunos más que a otros: no olvidemos que el 40,9% de la población está bajo la línea de pobreza. Estas cuestiones nos remiten a épocas complejas de nuestra historia, como lo fue el estallido del 2001 y las consecuencias que tuvo en los años posteriores. Una etapa de la que pudimos salir, por más desesperanzador e incierto que fuera el futuro, y tener años prósperos y de crecimiento, caracterizados por la movilidad ascendente.

Elijo aferrarme a eso y mantener la esperanza. No somos el “país inviable” que nos dicen. Deberíamos cuestionar qué intereses tienen quienes nos quieren hacer creer que sí.»

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