La hiperinflación que no fue

Walter Graziano es un economista que escribe en forma amena. Eso ya alcanza para distinguirlo. Pero, como hemos dicho otras veces, escribe sobre lo que sucede en la realidad, no sobre modelos matemáticos que predicen lo que no sucede.

A menudo no estamos de acuerdo con él, es cierto. Pero en este caso, sí lo estamos. Eso sí, nos sentimos obligados a señalar que, aunque evitemos un episodio inflacionario, la inflación alta y constante que sufre nuestro país es un factor negativo grave. Para la actividad productiva y para la sociedad.

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«Quizás sea debido a las incesantes profecías de un núcleo de economistas libertarios, o quizás sea debido a que la expresión “emisión monetaria” causa urticaria en la piel de los argentinos que trajinaron muchas épocas de fuertes convulsiones; lo cierto es que una gran cantidad de argentinos -muchos de ellos activos participantes en los mercados- teme que la fuerte emisión monetaria que hubo en 2020 termine causando en 2021 hiperinflación en el peor de los casos o convulsiones en el mercado de cambios en el mejor de ellos.

¿Cómo es esta historia? Viene a ser así: antes de la pandemia el BCRA estaba emitiendo unos $ 100.000 millones al mes para que el Tesoro pudiera pagar sueldos y jubilaciones en término. Al iniciarse la cuarentena ese flujo de generación de pesos se triplicó merced a la instauración de los IFE y los ATP, gestándose así una creación de gran cantidad de pesos que no tenían una adecuada demanda por parte de particulares y empresas, porque si la hubiera habido, habrían vendido dólares al cambio oficial proveyéndose de tal manera de los pesos faltantes. Ahora entonces llegamos a fin de 2020 con una emisión de pesos para el Tesoro que superó los $1,6 billones y una contracción cercana a los $ 0,5 billones con origen en el sector externo dado que en 2020 el BCRA ha vendido más dólares de los que ha comprado.

Por lo tanto, si las cosas están en relativo orden llegando a diciembre de 2020, es porque el BCRA aspiró una gran cantidad de fondos del sistema financiero en forma de pases y Leliq de manera tal que ahora hay más de una base monetaria entera de deuda de corto plazo del BCRA en forma de ambos instrumentos de absorción monetaria. Vale decir que por los 2,3 billones de pesos que el BCRA emitió en total en forma de base monetaria hay 2,5 billones de pases y Leliq que pagan tasa de interés.

En este punto es precisamente cuando los más fanáticos de los libertarios advierten con el dedo índice acusador que en cuanto haya que abonar -o volver a emitir- los pesos de esos pases y Leliq nos aguarda algo así como una especie de Día del Juicio Final en el cual Dios Padre separará píos de pecadores arrojándonos a los argentinos al tórrido infierno inflacionario que merecemos por no cuidar la salud de nuestra moneda.

Quien más, quien menos, todos hemos escuchado este cuentito infantil en los medios al estilo “Juguemos en el Bosque mientras el Lobo No Está”, hasta que aparece el lobo tras merendarse a la abuelita. Sin embargo, no es a fuerza de mimetizarse con ancestrales cuentos, o de repetirse -ni siquiera de consensuarse- que las cosas terminan siendo ciertas.

Profundicemos un poco sobre el tema para ver si es cierto que nos espera en 2021 el infierno hiperinflacionario prometido. Veamos: que el BCRA adeude en forma de Leliq y pases más de una base monetaria poco y nada dice. De hecho, medido en términos de “dólares contado con liquidación” el total de ambos instrumentos llega a los u$s15.000 millones.

Hay que recordar en este punto que a fines de 2017, antes del “Gran Diluvio” de 2018 las Lebac adeudadas por el BCRA llegaban a orillar los u$s 60.000 millones, o sea, cuatro veces la deuda interna remunerada del BCRA que hay hoy. Además, si en algo ha acertado el BCRA -hay que convenir que hasta el momento ha acertado poco, pero en esto sí ha acertado- es en cuidar que las tasas de interés reales sean lo más bajas posibles. Al respecto, no es lo mismo una deuda interna sobre la cual hay que pagar 10 o 15 puntos anuales de tasa de interés real que una deuda interna sobre la cual hay que abonar uno o dos puntos anuales de interés real. La primera sale carísima. La segunda simplemente se mantiene en términos reales sin grandes divergencias del equilibrio.

En tercer lugar -tras estas consideraciones acerca del monto de la deuda interna y del déficit cuasifiscal- hay que meditar sobre una cuestión: el punto de equilibrio del mercado monetario. A diferencia de otros mercados, cuando la mercancía es el dinero los ajustes en oferta y demanda suelen darse con una rapidez total.

O sea que si ocurren barbaridades por el lado de la oferta monetaria porque el Banco Central emite sin parar, no puede esperarse el caso de que la gente actúe en “cámara lenta”, se mantenga meses y meses sin reaccionar y sólo lo haga más de un año más tarde. Algo así solo podría pasar, por ejemplo, si la tasa de interés fuera exorbitante y la gente acumulara más y más plazos fijos en pesos en término de dólares al calor de esas altas tasas de interés y de un dólar cada vez más retrasado por lo que llegado un momento, debido a un catalizador todos juntos se dirigen a la salida comprando dólares.

Ahí sí el ajuste podría ser lento mientras se acumulan plazos fijos y se puede tardar en provocar una devaluación. Pero hay que notar que este año transcurrió de la manera precisamente inversa: el BCRA emitía moneda y las variantes libres del dólar subían más que toda esa emisión monetaria en parte debido a que las tasas reales no eran ni son exorbitantes, por lo que no hay ganancias -sino pérdidas- que convertir a dólares.

Por ello cabe preguntarse cómo se espera que sobrevenga el infierno tan temido profetizado por los seguidores vernáculos de Hayek. Más bien puede pensarse lo contrario. O sea, el mercado monetario no va a ajustar, precisamente porque ya ajustó. Si no hubiera ajustado tendríamos al dólar blue durmiendo a 85 pesos por dólar como a inicios de año, en vez de verlo volar por encima de los $ 160, como estamos acostumbrados a verlo todos los días. También ajustó vía precios.

En el marco de una pandemia esta inflación algo menor al 40% anual es toda la inflación que podía haber en estas circunstancias por más exagerada que pueda parecer una emisión de $ 1,6 billones para financiar al Tesoro. Además, esa emisión se compensó en buena medida con caída de reservas y absorción de pesos por esa vía. Por lo tanto, sin desastre en materia cambiaria por venir ni por esperar en el futuro, ¿cuál podría ser la fuente de la frenética orgía inflacionaria que se profetiza?

Alguien podría contestar a esto que bastaría con que una parte de los pesos emitidos que hoy duermen en Leliq o pases se canalice a comprar bienes durables o al dólar para que se manifieste la moralizante y ejemplificadora hiperinflación que los adláteres de Mises esperan. Error: hay margen para aumentar los encajes de los depósitos a la vista y las cajas de ahorro para que sin un solo peso de costo cuasifiscal adicional los fondos sobrantes queden inmediatamente contenidos dentro de los bancos. O se podría aumentar las tasas o idear algún otro mecanismo de absorción monetaria.

Lejos estamos entonces -muy lejos- de la hiperinflación que tanto ansían algunos libertarios en la secreta esperanza de que esta restaure los “valores éticos y morales” de la sana moneda, el decálogo de Diez Mandamientos económicos que pretenden entronizar como universalmente válido justo en épocas en que todos los países desarrollados del mundo por segunda vez en solo una docena de años emiten moneda a diestra y siniestra para capear los efectos del coronavirus en la economía, de la misma manera que entre 2008 y 2012 lo hicieron para capear la crisis gatillada por la debacle inmobiliaria estadounidense y la caída de Lehman Brothers.

Si el lector espera que quienes esto postulan escarmienten cuando presencien que sus profecías se muestran nuevamente equivocadas, se equivoca de cabo a rabo. Así como a fin de 2019 anunciaban la hiperinflación para 2020, y en 2020 anuncian lo mismo para 2021, a fines de 2021 anunciarán otra hiperinflación para 2022. Aunque no se trate de psicóticos, les cabe la máxima de Freud: “El psicótico ama su delirio tanto como a sí mismo”. Ocurre que el delirio cumple la función de conectar a quien lo padece con la realidad. No debe llamar la atención. Después de todo, ¿qué sería de quien espera una aleccionadora hiperinflación si nada digno de mención ocurriera? Una pena, tratándose de gente talentosa.»