El difícil equilibrio de Martín Guzmán

La situación que enfrenta el equipo económico actual encabezado por el ministro de Economía Martín Guzmán se puede resumir fácil: una recesión de tres años en una economía que no crece con vigor desde hace diez. Agravada por una pandemia que provocó una caída importante de la actividad el año pasado.

Una pandemia que sigue y amenaza con rebrotes, impidiendo reactivar muchos rubros. Todo eso en el marco de una sociedad dividida, donde actores dinámicos de la economía están amargamente opuestos al gobierno. Mientras otros le reclaman protección y subsidios…

A pesar de eso, ha logrado algo importante, que en la Argentina tiene un significado que va más allá de lo económico: ha conseguido que el precio del dólar no se «dispare». Porque ese dato ha sido, desde hace más de medio siglo, el barómetro de las tormentas argentinas.

Por eso, aunque la situación de un gran sector de la sociedad es angustiante, y parte de la coalición oficialista lo critica, mantiene el respaldo político que necesita para mantener ese actual «difícil equilibrio».

Ahora, hay un problema muy básico, que ya mencionamos en AgendAR en otras coyunturas: el valor del dólar oficial, con el cual se exporta e importa, puede considerarse razonable. Para la mayoría de las actividades, al menos. Pero… si el precio del dólar va detrás de la inflación.. si hoy no estuviera atrasado, en semanas o meses lo estará. Y si para evitar ese atraso cambiario devalúa más rápido, alimenta la inflación.

Walter Graziano, un economista no convencional pero agudo, lanzó ayer una advertencia. La reproducimos. Y agregamos algunos elementos que pueden jugar a favor del esquema de Martín Guzmán.

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«Argentina se ha ubicado esta vez en un esquema de retraso cambiario de una manera un tanto arrebatada. Normalmente la idea de ir al atraso cambiario requiere de un punto de partida sólido en cuanto a sector externo. Vale decir, a la acumulación de un sólido nivel de reservas externas y un saldo de comercio exterior ampliamente superavitario.

Hoy, lo primero de ello no está y lo segundo está en una especie de nebulosa al igual que en una gran mayoría de los países del mundo. ¿Por qué? Porque a pesar de que el país ha recuperado cifras de superávit comercial por encima de los u$s 1.000 millones mensuales en los últimos dos meses relevados, la realidad es que el nivel de importaciones está por el subsuelo. Hoy Argentina no llega a importar u$s 4.000 millones al mes. En parte como consecuencia del muy bajo nivel de actividad que se ha hundido por el efecto combinado de la prolongada recesión evidenciada desde 2018, en parte por la pandemia, y también en parte como efecto de la decisión del BCRA de abastecer con dólares en forma de cuentagotas a la compra de bienes en el exterior para vender o producir aquí.

Para saber si esta situación puede tender a algo estable o no, primero es necesario saber cuán alcanzable es la meta que los funcionarios se han trazado. Y ésta es llegar a fin de año con un tipo de cambio nominal en 102 pesos y un nivel de inflación lo más bajo posible.

¿Qué nivel de éxito puede esperarse en la lucha contra la inflación con este esquema? Pues bien, no estamos con un nivel de superávit fiscal robusto que garantice que no haya emisión monetaria. Por lo contrario, en febrero el BCRA debió auxiliar al Tesoro con $ 70.000 millones para que éste pudiera afrontar gasto corriente. Y aunque en marzo esa historia no se repitió, el equilibrio es ciertamente precario, lo que hace presumir que no vamos a converger a una tasa de inflación de un dígito anual ni mucho menos.

Sin embargo, la devaluación que nos plantea el equipo económico sí es digna de un país que ha erradicado la inflación. De aquí a fin de año se ha planteado una devaluación que sólo alcanza al 6%. Por lo tanto, si se logra que la tasa de inflación se reduzca al 2% mensual podría ser considerado un gran éxito. Ahora bien, entre febrero –mes en el cual se lanzó el esquema de retraso cambiario– y marzo la inflación erosionó el tipo de cambio real nada menos que 6%.

Si se lograra que la erosión del tipo de cambio real se reduzca a dos puntos mensuales durante 6 meses y luego se avanzara más reduciendo esa brecha entre suba de precios y del dólar en solo un punto y medio mensual nos encontraremos que en diciembre el tipo de cambio real será 20% inferior al de febrero. Y eso es si el esquema resulta exitoso. Si no lo fuera, la proyección del valor del tipo de cambio real de fin de año resulta más que sombría.

Cabe pensar entonces que la economía argentina se encuentra en una situación paradójica que recuerda al mito del Dr. Fausto, aquel personaje de la célebre obra de Christopher Marlowe, inmortalizado en una ópera de Wagner. En aquella obra Fausto le vende su alma al diablo a cambio de poder.

Veamos como se puede reeditar aquel riesgosísimo pacto. Pues bien, se ha reducido notablemente la incertidumbre de corto plazo, dado que el mercado no comete la imprudencia de jugar en contra del esquema puesto en práctica por el Gobierno. Ello favorece la reducción de la presión contra el dólar y se da así este presente más distendido que la dura realidad que se vivió en casi todo el segundo semestre del año pasado.

A cambio de ello estamos pagando un precio muy alto: nos estamos garantizando un fin de año con un dólar real mucho más bajo que el actual, que –desde el unto de vista de las reservas- solo convergería al equilibrio con un nivel de importaciones muy bajo, típico de un nivel de recesión que no ha cesado.

De otra manera tendríamos una apreciable presión sobre las reservas que, en el marco actual del esquema financiero puesto en práctica sólo podrían mantenerse en un nivel aceptable con más restricciones del Banco Central al acceso a los dólares a los importadores. Como un fluido nivel de importaciones es lo que se necesita para poseer un nivel de competencia que garantice cierta estabilidad de precios, más restricciones al acceso a las divisas equivalen a una economía bastante más cerrada que la actual. Prescindiendo de consideraciones ideológicas acerca de la conveniencia de una economía más abierta o más cerrada, lo cierto es que cuanto más cerrada es, más difícil es tener un nivel de inflación relativamente bajo por la sencilla razón de que los bienes nacionales no compiten con los importados.

En una economía regida por ese marco, cada vez que se produce un exceso de demanda sobre cualquier bien, la oferta no puede responder ni rápida ni eficientemente con lo cual la presión a alza de esos precios resulta inevitable. Corolario, si el Banco Central –el Dr. Fausto- se sale con la suya, el Diablo –las fuerzas del mercado desatadas– le empieza a sacar distancia dado que erosiona el tipo de cambio real con una tasa de inflación que continúa en forma persistente por encima de la tasa de devaluación. ¿En dónde estamos parados entonces? Pues bien, tras estos primeros meses de grata calma financiera llegaríamos a fin de año con un apreciable retraso cambiario.

Ante éste, si se elige por la opción librecambista, se reduce de forma muy peligrosa el nivel de reservas; y si en cambio se impide que ello ocurra restringiendo artificialmente las importaciones, entonces continúa de manera incesante la presión al alza de precios aumentando así el retraso cambiario, por lo que se va a un escenario en el cual no se converge a ningún equilibrio sino que se diverge de él. En otras palabras, el propio atraso cambiario termina produciendo más atraso cambiario.

¿Queda claro entonces cómo el Dr. Fausto empieza a pagar con creces el pacto realizado con el Diablo? Si el atraso cambiario nos hace diverger del equilibrio en vez de hacernos converger a él, entonces hay un momento del tiempo en el cual se franquea un punto de no retorno. Aún no estamos en esa posición, por suerte. Pero si las autoridades no meditan profundamente hacia dónde están llevando a la economía argentina y no reexaminan sus posturas, entonces nos arriesgaremos a vivir el síndrome de las elecciones de 2017. ¿Recuerda el lector lo que pasó aquel año?

El Banco Central por motivos electorales forzó merced a altas tasas de interés un dólar artificialmente subvaluado. A ese dólar barato de 2017 se sumó el hecho de que entraron a la Argentina una gran cantidad de capitales especulativos convencidos de que si el partido político de Macri ganaba las elecciones, habría grandes ganancias financieras a realizar. El partido político de Macri finalmente ganó las elecciones. Sin embargo, el resultado final, lejos de resultar el sueño dorado esperado tanto por aquel Gobierno como por los tenedores de los capitales financieros que habían entrado, se transformó en una pesadilla para el país entero. Y sobre todo para aquel Gobierno que pagó su propio pacto con el Diablo. Ganó las elecciones de 2017, pero a cambio de ello perdió toda chance en las mucho más importantes presidenciales de 2019.

Afortunadamente en esta ocasión no hay enormes cantidades de capitales financieros ingresando, aunque sí puede terminar habiendo una gran ganancia financiera a realizar, dado que si el dólar queda en los actuales niveles y la tasa de interés pasiva continúa en el 3% mensual, quien colocó fondos en pesos en febrero terminaría ganando nada menos que 38% en dólares en solo 11 meses. Más del triple de lo que había para ganar en dólares en el 2017 para quienes apostaban a que Macri ganaría las parlamentarias de octubre de aquel año.

Ahora, coquetear con imitar aquella experiencia no luce atinado. Una vez que las primeras señales indican que en solo dos meses se ha acumulado una fuerte dosis de retraso en el dólar, y con la proyección de que aún con la más optimista reducción en la tasa de inflación entre febrero y diciembre se acumularía una caída en el tipo de cambio real de 20%, es muy claro que es el momento de reexaminar la situación. De otra forma el equipo económico estaría, al concretar su pacto al estilo del Dr. Fausto, sellando el destino del país y el suyo propio, sin importar si las elecciones de octubre se ganan o se pierden. Si no hay importantes cambios, el final bien puede tener desagradables similitudes.»

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Lo que Graziano apunta aquí es un problema cuyas raíces son muy anteriores a la gestión de Guzmán. Un problema que está detrás de los ciclos de la economía argentina en los últimos 60 años, marcados por etapas de «dólar caro» y de «dólar barato». Estos alitibajos en la relación peso-dólar -que hacen imprecisas todas las estadísticas históricas, nacen de la diferencia entre la competitividad en nuestro país del agro, en general, y la industria, en general. Lo estudió hace décadas Marcelo Diamand.

Como sea, el problema es real, como dijimos. Si hay un elemente que puede aliviar los esfuerzos de Guzmán para no caer en el atraso cambiario, es el aumento de precios de los granos que exporta Argentina. Ya se empieza a notar la afluencia de dólares. No es una varita mágica, pero hace menos necesarias las restricciones financieras.

El otro factor, reconocemos que especulativo, es que todos los países desarrollados, y en particular EE.UU. y la Unión Europea, se han lanzado a una orgía keynesiana de estímulos y emisión. Está bien, ellos tienen espalda para aguantar, y no tienen nuestra historia de inflación desatada. Pero el contexto internacional será… ligeramente más favorable. El «superdólar» que destruyó la Convertibilidad a fines de los ´90… no parece la opción más probable.

Nada de esto garantiza el difícil equilibrio que lleva adelante Guzmán. Deseémosle suerte. La necesitaremos.