Patricia Miranda y el primer proyecto argentino para utilizar plantas como fábricas farmacéuticas

Patricia Miranda es doctora en Química de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires y es investigadora del CONICET en el Instituto de Agrobiotecnología Rosario (INDEAR), en el área de I+D de Bioceres. Allí se desempeña como gerente de Asuntos Regulatorios y por eso su trabajo ha sido clave para la aprobación del trigo HB4 desarrollado por Raquel Chan. Para la revista «Bichos de campo», Patricia es la segunda mujer detrás de esta innovación argentina.

Pero Miranda además lideró el primer proyecto de “Molecular Farming” o “fábrica vegetal” para desarrollar una proteína animal en plantas. Consiste en utilizar a los vegetales como usinas productoras de un compuesto de interés comercial, es decir que la planta elegida se utiliza como un sistema de producción.

Las proteínas que hizo fabricar en Argentina Patricia Miranda son enzimas llamadas «cuajos» por la industria láctea, y «quimosinas» por la gente de laboratorio. Se generan en la primera de las cámaras en que se divide el estómago bovino, y sirven justamente para coagular la fase proteica y lipídica de las leches, y separarla del suero.

Una firma de biociencias extranjera logró transfectar a las plantas de cártamo los equipos de genes correspondientes a la síntesis de cuajos. Desde que Miranda se ocupó del licenciamiento a campo de estas plantas recombinantes y de la aprobación regulatoria del uso de las quimosinas, la industria quesera argentina extrae quimosinas de cártamo y no de estómagos de vaca. Es un proceso más sencillo y barato.

Todas las industrias de la fermentación, desde las del vino hasta las de la cerveza, el queso y los fiambres, usan enzimas oriundas de bacterias, levaduras y de organismos multicelulares transgénicos, y ahí hablamos tanto de plantas como de animales. Y esto es así desde los años ’80 y ’90, aunque los puristas de la biología pre-recombinante ni se enteran.

Lo cual es lógico: la biología pre-recombinante no existe ni existió jamás. La historia de la vida terrestre es la historia de especies que hace 3600 millones de años se transfieren genes unas a otras, cruzando impunemente y en forma natural su información genética a través de la barrera de las especies, y a caballo de vehículos moleculares tan variados como virus, liposomas, bacterias en conjugación y otros métodos de intercambiar información útil con el entorno biológico, que es una biblioteca circulante. La recombinación es una de las fuerzas fundamentales de la evolución.

Patricia Miranda

Según la experta, este sistema de obtención de quimosina posee muchas ventajas ambientales y económicas:

  • La producción en gran escala de moléculas en plantas es más económica que en microorganismos porque se utiliza energía solar en la mayor parte del proceso (en la planta) y no se necesitan instalaciones ni personal especializado para su manejo (como los fermentadores donde se cultivan los microorganismos).
  • Es más amigable con el ambiente y conlleva una menor huella de carbono ya que no se usa energía eléctrica en los primeros pasos de producción y las plantas consumen dióxido de carbono en lugar de producirlo, como los animales.
  • Se puede incrementar la escala de producción de manera rápida y simple (aumentando la superficie sembrada de cártamo, en este caso).
  • Hay menor posibilidad de contaminaciones durante la producción, ya que no hay cruce de patógenos entre plantas y animales. Explicación: a los estómagos de vaca hay que sacarles la quimosina con temperaturas y pH muy controlados y alejados de extremos, para que el producto no se desnaturalice. Y estos rangos medios de calor y acidez son ideales para que un virus de vaca llegue intacto al producto.

Y hay más: cuando la producción se hace en semilla se puede almacenar a bajo costo y ajustar el procesamiento a la demanda. Y además del producto principal, en este caso la quimosina, se pueden comercializar aceites y forrajes de cártamo.

Lo mismo vale para centenares de otras plantas recombinantes con las que trabaja la mayor parte de la industria alimenticia. ¿Te comiste un pan negro de masa madre comprado en «El templo del espíritu de Gaia», esa dietética de tu barrio atendida por veganos? Fue fermentado con levaduras recombinantes, aunque los dueños no tienen por qué saberlo. ¿Acompañado de un jamón serrano Bellota, ahora que ya no podés creer en el queso? Fue curado por levaduras recombinantes que mantienen mejor su nivel de acidez, y por ende lo vuelven menos contaminable con bacterias anaeróbicas de la putrefacción.

¿Esa constatación te deprime tanto que tenés que abrir una cerveza artesanal de otro boliche cercano? Fue también fermentada con levaduras recombinantes, sólo que los cerveceros no están al tanto de que tienen genes importados de otras especies. Son buenos en su oficio, pero no leen genomas.

Y es que son seres transgénicos, como todas las especies. La definición misma de especie es un invento humano, y la naturaleza es insospechable de atrincherarse en ella.