SABIA-Mar: la nueva mision de la CONAE para vigilar el Mar Argentino

El equipo de Revisión Crítica de Diseño de la Misión SABIA-Mar (MCDR, por sus siglas en inglés). El evento contó con la participación de 90 profesionales, representantes de la CONAE, proveedores y revisores locales e internacionales. Fuente: Prensa CONAE.

La misión SABIA-MAR iba a ser binacional, con un satélite argentino y otro brasileño pero de la misma ingeniería básica. Luego -estas cosas nos suceden seguido con nuestro socio principal en el Mercosur- Brasil se echó atrás y la CONAE (Comisión Nacional de Actividades Espaciales) juntó coraje y se cargó toda la misión a espaldas.

Con los atrasos inevitables de una agencia espacial que sólo una vez desarrolló dos satélites iguales entre sí, los SAOCOM, el SABIA-MAR es otro «FOAK» (First of a Kind, primero en su tipo) en la historia de la CONAE, que ya tiene siete satélites lanzados que funcionaron bien, uno astronómico (el SAC-B), y seis de ellos de observación terrestre. Si se tratara de una agencia con mayor presupuesto, el SABIA-MAR merecería ser dos, porque se dedicará a un asunto importante, de plata, industria y soberanía: el Mar Argentino.

La información puede o no alterar las conductas de la Argentina, pero saber qué está haciendo uno y con qué consecuencias, nunca está de más. Las opciones son como manejar vendado por la Panamericana, que es más o menos lo que venimos haciendo.

La Zona Económica Exclusiva (ZEE) del Mar Argentino mide algo más de un millón de km2, y está sometida a una sobrepesca brutal, tanto de barcos españoles como chinos, pertenecientes a empresas legales y con planta de procesamiento en tierra, o piratas sin permiso estacionados en la milla 201 durante el día. De noche los paratas apagan el traspondedor identificatorio e incursionan en la ZEE.

Las pérdidas para la Argentina son calculadas por el perito en asuntos pesqueros, Augusto Lerena, en unos U$ 3000 millones/año. No es poco, pero se vuelven más del cuádruple si uno suma el valor agregado de fileteo y packaging perdido por los trabajadores pesqueros argentinos para poner el pescado en los anaqueles de los supermercados europeos y asiáticos.

El SABIA-MAR no tiene la resolución óptica, la «tasa de revisita» (cantidad de tiempo entre pasadas sobre un mismo sitio) ni la misión de identificar barcos. Pero mide la productividad biológica del agua por la cantidad de clorofila del fitoplancton, formado por algas unicelulares o el menos muy chicas, y al detectar fotosíntesis, puede predecir adonde estarán los peces y por extensión, también donde estarán los pescadores, los legales y los otros.

Si tuviéramos varios SABIA-MAR la tasa de revisita bajaría tanto que podríamos tener casi detección en tiempo real. En realidad, el desafío es hacer el primero y que funcione. Luego, se ve cómo miniaturizarlo y clonarlo. Por sus objetivos y tecnología, éste satélite puede ser exportable de dos maneras: vendiendo imágenes, o vendiendo misiones, ya sea satélites enteros «llave en mano» o asociaciones de usuarios de una flota («constelación», dicen los del rubro) perteneciente a la CONAE.

Volviendo al árido presente, la Argentina optó por dejarse saquear por quien sea desde que perdió la Guerra de Malvinas: el SABIA-MAR probablemente no altere este trauma y esta servidumbre política y diplomática, ya extendida en la Cancillería, los dos grandes partidos políticos y las provincias costeras, y cronificada en todos los organismos de control y en la propia justicia federal. Pero el día que pinte un gobierno nacional con ambición de controlar sus espacios de soberanía marina, la información del SABIA-MAR le puede simplificar mucho la tarea. Si pinta alguno.

Otro tema en el que el país viene a contramano y a ciegas por la Panamericana es la descarga de efluentes cloacales crudos por parte de las municipalidades costeras. Grande y despoblada como es la costa atlántica argentina, debería estar libre de eventos adversos. Pero la concentración de nitratos y fosfatos cloacales combinada con las altas temperaturas del agua durante el verano causan fenómenos que hace veinte o treinta años eran impensables. Hay más habitantes, en verano se multiplican mucho, y el cambio climático no ayuda.

Los eventos adversos son las mareas rojas, en las que el mar se pone rojo o amarronado por floraciones de dinoflagelados neurotóxicos, a veces con visible mortandad de peces y de mamíferos marinos en la costa. Comer moluscos filtradores de agua, como los bivalbos, cosechados durante una marea roja, te puede llevar de cabeza al hospital con síntomas neurológicos. Bañarte te puede desencadenar una picazón perdurable pese a las pomadas con antihistamínicos que te vas a comprar de apuro. Y si sos un poco alérgico, el baile puede ser más movido.

Hay otro problema más «light» pero que causa pérdidas por turismo que se escapa y desiste de volver: las floraciones de «tapiocas», medusas diminutas, de 1 centímetro de diámetro, pero de picadura muy urticante y duradera: sabe alargarse hasta una semana. Son tan chiquitas que se quedan atrapadas bajo la malla, preferentemente en pliegues de la piel como el que se forma bajo los senos o el inguinal, e imaginate lo que sigue. Los científicos las llaman Liriope tetraphila, los turistas les dan nombre menos publicables, y se han vuelto una peste veraniega recurrente en las playas bonaerenses, incluso las más australes.

Nuevamente, el SABIA-MAR no obliga a ningún intendente o gobernador a construir plantas de tratamiento de aguas residuales, pero al medir la coloración del mar, permite medir y quizás predecir estos fenómenos. Cuando la información circula, tiene base científica y eso implica vacaciones perdidas o visitantes que no regresan, alguien queda mal parado.

Desisto de ver capitanes españoles o asiáticos presos, artes de pesca (valen más que los barcos) decomisadas por la justicia. Desisto de asistir al renacimiento de las empresas pesqueras argentinas, que entre los ochenta y los noventa perdimos casi todas, y eran históricas y familiares, fundadas por los fundadores mismos de Mar del Plata. Eran apellidos italianos que uno veía en latas en todos los supermercados del país. Era trabajo argentino.

Desisto de ver a intendentes enjuiciados por hoteleros debido a mareas rojas o por floración de tapiocas. Pero el SABIA-MAR nos pone un poco menos lejos de ese escenario, y de tolerar tanto abuso de propios y ajenos con esa resignación de perro apaleado. Este satélite va a ser como mirarse en el espejo. No va a alcanzar con peinarse para no parecer pelado.

En suma, me parece excelente que la Argentina se haya obstinado en continuar esta misión. Si la CONAE tuviera el presupuesto que merece, dos satélites darían mucha mayor continuidad temporal a la información. Pero a la larga necesitamos muchos, más chicos y livianos, idénticos entre sí y volando en flota para bajar costos y tener «tiempo real».

De vivir en un país que apuesta más a la ciencia y la tecnología, esta misión, formulada en 2012, habría terminado revisión técnica en 2014, no en 2023, y el primer SABIA-MAR habría volado en 2016, agotado su vida útil el año pasado, y estaría siendo reemplazado por dos o tres camionadas de «cubesats», microsatélites que caben en una cartera de dama. Pero nada es perfecto, y aquí estamos. Esto recién empieza.

Amigos brasucas, Uds. se la pierden.

Más detalles, en el artículo que sigue.

Daniel E. Arias

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Lento pero seguro, como un verdadero trabajo de hormiga que se sabe que va a llegar a buen puerto, avanza el proyecto de SABIA-Mar, el satélite que tendrá como objetivo principal estudiar en detalle el océano y sus costas a nivel regional y global. Recientemente, el trabajo dio otro paso significativo: se terminó la revisión crítica de diseño, que permitirá avanzar, en poco tiempo, en la fase de construcción.

SABIA-Mar (las siglas de Satélite de Aplicaciones Basadas en la Información Ambiental del Mar) tuvo su puntapié inicial allá por 2018. Con su puesta en órbita, prevista para 2025, se espera obtener información valiosa sobre la productividad primaria del mar, los ecosistemas marinos, el ciclo del carbono, la dinámica de las aguas costeras, el manejo de recursos pesqueros y la calidad del agua en costas y estuarios.

La revisión crítica de diseño, concluida poco tiempo atrás, es una etapa crucial en todo el proyecto. Así lo explica Carolina Tauro, investigadora principal del equipo de ciencia del satélite: “Intervienen expertos externos a la misión, tanto nacionales como internacionales, quienes hacen una revisión general de cómo se está llevando adelante el proyecto, con un enfoque multidisciplinar. Es, sin dudas, un hito en el desarrollo”.

Para Tauro, obtener la visión de expertos para abordar distintos problemas es enriquecedor. “Recibir las observaciones e intercambios de referentes en diversas áreas es una experiencia muy productiva, sobre todo porque estas nuevas perspectivas te pueden dar otro punto de vista. Además, la valoración que hicieron de todo lo hecho hasta ahora fue muy positiva”, asegura, en diálogo con la Agencia CTyS-UNLaM.

Con un peso estimado de 700 kilogramos y con una envergadura de 9 metros midiendo de punta a punta el satélite con los paneles solares desplegados, el SABIA se desarrolla en el seno del Plan Nacional Espacial de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), con participación de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).

Se construye, como todos los satélites de la CONAE, en las sala de integración de INVAP en Bariloche, que ya lleva construidos los satélites SAC-B, SAC-A, SAC-C y SAC-D de observación de la tierra en banda óptica y de infrarrojo, y los mucho más audaces SAOCOM 1A y 1B, también de observación pero con radar en banda L, únicos en el mundo por las dificultades técnicas de tamaño y potencia requerida por sus antenas. Sólo Japón tiene un satélite similar. INVAP también construyó los ARSAT 1 y 2, geoestacionarios de telecomunicaciones, y no sólo construye sino que pone parte del diseño. Hay varios proveedores importantes en el nuevo SABIA-MAR: IMER, Ascentio, VENG, entre otras.

Los principales sensores del SABIA son las cámaras para medir el color del mar, otra cámara pancromática de alta sensibilidad, un sistema de recolección de datos de estaciones en tierra y un receptor del sistema de navegación satelital GNSS.

Un diálogo de saberes, una multiplicidad de destinatarios

Cuenta Tauro que todo el proyecto de SABIA-Mar está formado por profesionales de distintas formaciones, lo que obliga a formular la tecnología de modo interdisciplinario. “Sería imposible pensar algo así desde un solo punto de vista, por lo que el continuo diálogo es desafiante y, al mismo tiempo, enriquecedor”, sostiene.

Tauro es investigadora principal y, junto al co-investigador del proyecto, Martín Labanda, lideran el equipo de Ciencia, que incluye a expertos y expertas de la física, la ingeniería, la matemática y ciencias de la computación, entre otras. “Este grupo heterogéneo es el que realiza y hace las pruebas del aspecto científico, como el desarrollo de los posibles usos de los datos que recabará el satélite, simulaciones antes del lanzamiento y la generación de algoritmos, entre muchas otras tareas”, expresa la doctora en Física.

“Sería imposible pensar algo así desde un solo punto de vista, por lo que el continuo diálogo es desafiante y, al mismo tiempo, enriquecedor”, sostiene Carolina Tauro, doctora en Física e investigadora principal del equipo de ciencia del satélite. Fuente imagen: Prensa CONAE.

Y todo ese trabajo… ¿para quién? “Serán múltiples los usuarios que van a disponer de los datos e información que reúna este satélite- enumera Tauro-. En principio, el sistema de ciencia y tecnología nacional, más otros organismos regionales e internacionales. Esto incluye tanto al CONICET como a institutos especializados en el estudio del mar o del agua, como el Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (INIDEP), o el Instituto Nacional del Agua (INA)”.

A eso le suma el Servicio de Hidrografía Naval y el Instituto Antártico Argentino, ya que SABIA-MAR también generará información de cuerpos de aguas interiores; programas interministeriales, como Pampa Azul; la Armada y Prefectura Nacional, para función de soporte en tareas de vigilancia; y diversos actores sociales regionales, cuya economía regional se basa, por ejemplo, en la actividad pesquera.

“Vamos a poder contribuir al manejo de la pesquería y la acuicultura desde varios lugares. Por ejemplo, alertando sobre la posibilidad de que se produzca un boom de algas nocivas, las conocidas como mareas rojas, que es un evento de crecimiento desmedido de ciertas algas  que pueden afectar la calidad del agua y, por ende, a la producción y a la salud humana. También se puede monitorear calidad del agua en las costas. Todo eso hace al hábitat marino, por lo que te permite hacer estudios de tipo ecológicos, como así también para dar soporte a las actividades productivas y de turismo”, detalló la investigadora.

Para Tauro, hay pilares que sostienen proyectos tan complejos y ambiciosos como este. Uno es la visión a largo plazo. “Sin dudas, mantener la continuidad es fundamental en este tipo de trabajos, es muy valioso que se pueda mantener la misma política con el correr de los años porque este tipo de desarrollos es fundamental, a nivel nacional”, subraya.

La otra cuestión es que, al aprendizaje continuo que se tiene en el camino sobre cuestiones satelitales, marítimas y socioeconómicas costeras, se le suman preguntas de origen que funcionan de brújula y espíritu a todo el trabajo.

“Es importante tomar conciencia sobre para qué van a servir los datos del satélite y quiénes harán uso de los mismos, cómo todos los actores en los que estamos pensando van a poder acceder fácilmente a la información. Porque, de hecho, no todos los usuarios van a ser científicos. Proyectos como este implican y fortalecen la soberanía”, concluye.

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